Tartuffe got nothin' on this joker

Realmente, es para desternillarse de la risa.

Cuando llegué a este país, el Presidente de la República era un tal Lucio Gutiérrez. No tuve mucho tiempo para hacer indagaciones al respecto de ese tipo: entre mi pequeño círculo de conocidos, se comentaba que era un mentiroso consumado, pero al mismo tiempo se le concedía cierto nivel de éxito en el manejo de la economía. Pensé que se trataba del típico caso de un político que llega al poder con eslóganes izquierdistas, que luego se trocan en un pragmatismo de incierto tinte ideológico, algo al estilo de Felipe González en España, a quien muchos todavía no perdonan su abandono del marxismo en Suresnes y su llamativo volte-face en torno al tema del ingreso en la OTAN. Pero a medida que pasaban las semanas, y pude ver esos hilarantes anuncios de autoadulación en la tele, el tal Gutiérrez empezó a revestir para mí cierto patetismo. No era muy claro para mí el por qué, pero era evidente que se sentía arrinconado; tan evidente como que no tenía la necesaria astucia para ejercer de estadista por mucho tiempo.

Luego vino esa sorpresa teatral de la breve visita de Abdalá Bucarám a Guayaquil. Esa visita, festejada por algunos y motivo de escándalo para otros, junto con esa larga y sinuosa telenovela de la Pichicorte, que para mí era fascinante a pesar de que no conocía los personajes ni su historial (la verdad, para un recién llegado desde España el término pichicorte evocaba más que nada alguna proeza de la Bobbit, que recién por esas fechas supe que era ecuatoriana), al parecer fueron los dos detonantes de lo que pasó después, que no sorprendió a nadie excepto a mí.

Para aquellas fechas yo ya daba clases en el Colegio Bilingüe Pequeños Ornitorrincos del Saber, en la Juan Tanca Marengo. Recuerdo esa sensación de viva curiosidad que sentí cuando tocó asistir al siguiente Momento Cívico (lo de "momento" es un decir: había que escuchar el himno nacional ecuatoriano entero, a más del estadounidense). Sabía que la Rectora del colegio se sentiría obligada a soltar un pequeño discurso y que era imposible evitar el reconocimiento explícito de que el país acababa de sufrir un golpe de estado. ¿Qué nos diría? ¿Que era menester rezar para que las legítimas autoridades democráticamente elegidas se restablecieran en el poder? ¿Que tendríamos que ejercer una resistencia pasiva contra los golpistas? Cuál fue mi sorpresa al escuchar que, "cualesquiera que fuesen las razones que una u otra parte pudieran tener de su lado", lo que tocaba era desear con todas nuestras fuerzas que al nuevo Presidente se le guiara y se le iluminara Dios para que tome decisiones acertadas en beneficio de todo el país. Y nada, a seguir con las clases. Se acabó la fiesta.

Recuerdo preguntarme: ¿qué significará democracia para esta gente?

Pasó sin pena ni gloria la corta presidencia de Alfredo Palacio, y vino el turno de Correa, un joven listillo que salió al parecer de la nada para ocupar el puesto de Ministro de Economía en el gobierno interino, golpista si se quiere, de Palacio; recuerdo que a los periodistas de Radio Sucre el tipo les caía muy bien: era locuaz, muy seguro de sí mismo, un tantico arrogante, con respuestas para todo. Empecé a escuchar aquí y allá "ése se candidatizará para Presidente", y pensé que era poco probable tal cosa, pues el brillante economista tenía de todo menos un partido que le apoyara, y acá, sin un partido no vas ni a la esquina. (Así de wrong about everything me empecé a mostrar desde temprana edad. También creí que iba a ganar la Cynthia. Cuando soy malo, soy muy malo.) En fin. El tipo sí se presentó, y ganó de manera espectacular, aparentemente sin trucos (con algunas mentiras, eso sí, pero con los políticos ya se sabe. Una campaña electoral sin mentiras sería como una Navidad sin regalos.)

Lo que no fue tan claro de inmediato, sino que poco a poco se fue descubriendo, era que con el cambio de regimen se había producido también un cambio sustancial en la cultura política del país, que si antes se caracterizaba por la hilarante incompetencia, la improvisación, la irresponsabilidad y cierto toque dionisiaco de borrachera y frivolidad, a partir de entonces se transformaba en un acoso mediático permanente conducido con fría eficiencia, en alarmantes manifestaciones de groupthink y doublethink, en una brecha vertiginosa entre retórica y realidad (por ejemplo, se arremetía contra la vieja partidocracia al tiempo que se ofrecía pingües sinecuras a todos los miembros de dicha partidocracia que no se autodescalificaran voluntariamente) y en la institucionalización de la corrupción. De tal modo que todo aquello que antes escandalizaba (por ejemplo, que un Presidente electo pudiera crear una Corte Suprema a su imagen y semejanza, con un amigo personal a la cabeza) parece moneda pequeña al lado de lo de ahora, sin que a nadie le parezca extraño ni piense en derrocamientos y defenestraciones. Y claro, es precisamente esta nueva cultura de hipocresía ilimitada la que tenemos que colocarle como trasfondo a las recientes declaraciones de Correa, para poder entender de dónde saca tanto desparpajo. Es que se supone que ya estamos todos acostumbrados.

Los detalles se pueden leer en Ecuador Sin Censura. Basta con esta breve cita:

"Nosotros no vamos a legitimar un Gobierno cuyo origen es ilegítimo, no se pueden legitimar elecciones bajo un gobierno de facto, ¿qué garantía tienen esas elecciones? además de que no se permitió terminar su periodo al gobierno democrático del presidente Zelaya", sostuvo Correa, que aclaró que la actitud de Ecuador no significa un rompimiento con el pueblo hondureño."

(Rafael Correa, elegido por primera vez en elecciones bajo un gobierno de facto, tras no poder terminar su período el gobierno democrático el presidente Gutiérrez. Se supone que tal negativa a legitimar a los ilegítimos no significa un rompimiento consigo mismo.)

Es que es para mearse de la risa. Cuando termine como Presidente, que se ponga la nariz roja y desplazará al mismísimo Tikotiko.

Comments

  1. De repente, todos en el Ecuador defendemos la democracia, nadie quiere tumbar al régimen porque eso está mal, es oprobioso.

    Que rápido cambio en un país que posee poco menos que un récord mundial de presidentes en una década (¿Ocho?), hasta publicaron en El Universo una caricatura de Ripley´s que hacía referencia al tema.

    A Lucio y a Bucaram, por ejemplo, los sacaron a patadas por horrores que al lado de los de Correa resultan nimios. Y este es un tema que ha quedado prácticamente en el olvido, se defiende a un gobierno, como el de Correa, bajo la excusa de que es un gobierno democrático, cuando hace rato no lo es. Desde el golpe de estado en contra del congreso, este es un régimen de facto. Lo que ocurre es que en ese momento Correa era popular (hasta Carlos Vera apoyó la acción), y el Congreso era el símbolo de la decadencia de la partidocracia, pero era, con todo, un congreso con la misma legalidad y legitimidad de Correa, elegido en la misma elección, que fue destituido sin que nadie se inmute, para que uno se haga la idea de que significa o que entendemos por democracia en este país.

    Ahora que aquellos que antes lideraban los golpes de estado como Nebot, hoy en día, defiendan la democracia, no es sorpresa, estos cambian el discurso a su conveniencia, si antes era útil usar el discurso liberal para ganar adeptos, hoy en día ¨las ideologías son secundarias¨. Nada nuevo, la partidocracia y sus miserias son responsables de la devaluación de los partidos políticos, de la destrucción de la postura de derecha (actualmente una mala palabra) y sentaron las bases para el advenimiento de los ¨outsiders¨.

    El asunto es que no se quien es peor, si aquellos que buscan el poder (llámese LFC, Gutiérrez, Correa) o los que le siguen el juego por simple interés, como un tal Jorge Acosta, miembro de PSP, que fue clave en la eliminación del congreso (con la ayuda de Elsita, tan ¨linda¨
    ella). O un Jimmy Jairala, elástico bailarín que un día se va de juerga con el PRE, al siguiente con el PSP, y ahora resulta que gracias a un empréstito, en un acto simbólico, solo le faltó realizar una genuflexión ante su majestad. Si Correa logra imponer su socialismo/totalitarismo del siglo XXI (muy difícil como están las cosas) ya sabemos de que lado de la cancha va a jugar Jimmy.

    La idiosincracia del ecuatoriano es una cuestión muy singular.
    Realmente hay algo peor, mucho peor que la partidocracia y los políticos en este país.

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