Bennie and the Jets
Que los gustos en telenovelas varían en función del país sigue siendo un dato inexplicable en medio de tanta globalización mediática. El formato más popular a nivel internacional creo que es el latino: una huérfana con rasgos de reina de belleza que se disputa con una o dos astutas rivales el "amor" (léase: verga y/o cuentas bancarias) de un galán, todo ello salpìcado de criadas uniformadas, intrigas de herencias, un cura, varias hectareas de terrenos de cultivo y tres escopetas. Esto arrasa no sólo aquí sino, según tengo entendido, en las Filipinas, en Taiwan y hasta en Sudáfrica. El formato estadounidense, de dos familias poderosas enfrentadas, cada una con su patriarca o matriarca, su hijo pródigo, su hijo ingenuo/buen dato y su hija cursi y volátil, tiene bastante aceptación en algunos países, notablemente España, pero últimamente sus exponentes parecen sufrir crisis de creatividad. El formato británico, que muestra una pequeña comunidad de clase obrera con dos o tres elementos criminales que se reune cada noche en un pub para intercambiar chismes y problemas existenciales relacionados con temas como homosexualidad, infidelidad, SIDA, desempleo, drogadicción o agorafobia, no parece apenas exportable; recuerdo que en España se aireaba Eastenders durante un tiempo, y hasta se probó con Corrie, pero por mucho que los más aburguesados intentaban cogerles el gusto a esas series, dizque para "mejorar su inglés", no podían dejar de sentirlo como un oneroso deber, como leerse El Poema de Mío Cid o llenar una declaración de impuestos.
Por ello, que a los habitantes de las islas Malvinas se dio en llamarles Bennies hace cosa de veintiocho años requiere explicación.
La telenovela se llamaba Crossroads, y la trama se desarrollaba en un motel de la zona Midlands de Inglaterra. Uno de los personajes más populares de la serie era Bennie, un joven bajito, grueso, con aire simpático, inocente y obsecuente, que hablaba despacio y daba muestras continuas de un notable retraso mental. Esa serie todavía se daba cuando en 1982 estalló la guerra de las Malvinas, por tanto, tal vez fue natural que los soldados británicos que se desplazaron a las Islas echaran mano de ese prototipo para referirse a las consecuencias de la endogamia, al parecer harto evidentes en la población nativa de ese archipiélago. Eso sí, al enterarse del uso extendido de ese término (Bennies), las autoridades militares británicos ordenaron que se deje de usar, por considerarlo irrespetuoso. Al cabo de unas semanas, a uno de los oficiales se le ocurrió preguntar a un soldado por qué ahora les llamaban a los isleños Stills.
La sencilla respuesta: "Because they´re still Bennies." (porque todavía siguen siendo Bennies).
Ahora, no es que me las dé de diplómata internacional, pero se me ocurre que ese dato puede servir para, de una vez, resolver una posible crisis internacional y mejorar sensiblemente el gene pool de la humanidad.
El problema sigue siendo que los argentinos (mejor dicho, los políticos argentinos) insisten en reivindicar soberanía sobre las Islas Malvinas. Claro que tienen todo el derecho de reivindicarla, al igual que los británicos, los franceses, los holandeses y los españoles. De hecho, mirando la historia de esas islas, parece que prácticamente todo país, con las posibles excepciones de Andorra y de los Emiratos Árabes, tiene alguna reivindicación legítima sobre ellas, basada en alguna placa, o algún encendedor de cigarrillos que sus exploradores habrán dejado allí, así sea por descuido y por las prisas, en algún momento de los pasados 250 años. Pero dejando de lado cualquier argumento basado en la proximidad geográfica (pues esos argumentos son ciertamente infantiles), la reivindicación británica se demuestra netamente superior por el simple hecho de que se basa no solamente en los argumentos históricos sino en el deseo de los propios isleños (hablo de los humanos; de los pinguinos no hay datos estadísticos fiables) de seguir siendo posesión de Su Majestad, o séase de la respetable Sra. May Hessbinder-Neigh (Mrs). Cosa que no tendría especial relevancia (que la dinastía Kirchner vea peligrar sus criadas uniformadas ante la llegada de alguna huérfana arribista y haya decidido atrincherarse en el patrioterismo estilo Galtieri, son cuestiones de moneda pequeña electoral) si no fuera por el hecho de que ahí hay petróleo.
Ante un descubrimiento de tal envergadura, creo que sólo hay una opción diplomática realista: que los argentinos destaquen allí una brigada de soldadas del amor.
El plan sería, simplemente, hacer llegar a las islas, de cualquier modo, a un grupo de mujeres argentinas de la misma especie de las que pueblan las telenovelas de este continente. Esas operativas tendrían la misión de enamorar a los isleños, acostarse con ellos, enseñarles si fuera necesario unas nociones del castellano, y de esta forma trocar ese inexplicable deseo de ser británicos en un ardiente afán de pertenecer a un país capaz de proporcionar tales bellezas en abundancia. Tal misión no se me antoja demasiado difícil (la Diana Rigg ya está algo envejecida, y no se me ocurre ninguna otra arma secreta que los británicos pudieran usar para montar un contraataque en este campo); además, el plan se muestra fiel al lema Make Love, Not War, y como ya dije, con ello se superaría posiblemente, con el tiempo, esas aborrecibles tendencias endógamas que tanto se han hecho notar en esas islas. Lo único difícil, tal vez, sería encontrar a unas voluntarias con el necesario sentimiento patriótico arraigado que les motive para tal sacrificio. En esto, confío en que siga existiendo ese heroismo que antaño inspiró a la Cicciolina a ofrecerse a Saddam Hussein a cambio de evitar una guerra. En todo caso, no se pierde nada al intentar.
Por ello, que a los habitantes de las islas Malvinas se dio en llamarles Bennies hace cosa de veintiocho años requiere explicación.
La telenovela se llamaba Crossroads, y la trama se desarrollaba en un motel de la zona Midlands de Inglaterra. Uno de los personajes más populares de la serie era Bennie, un joven bajito, grueso, con aire simpático, inocente y obsecuente, que hablaba despacio y daba muestras continuas de un notable retraso mental. Esa serie todavía se daba cuando en 1982 estalló la guerra de las Malvinas, por tanto, tal vez fue natural que los soldados británicos que se desplazaron a las Islas echaran mano de ese prototipo para referirse a las consecuencias de la endogamia, al parecer harto evidentes en la población nativa de ese archipiélago. Eso sí, al enterarse del uso extendido de ese término (Bennies), las autoridades militares británicos ordenaron que se deje de usar, por considerarlo irrespetuoso. Al cabo de unas semanas, a uno de los oficiales se le ocurrió preguntar a un soldado por qué ahora les llamaban a los isleños Stills.
La sencilla respuesta: "Because they´re still Bennies." (porque todavía siguen siendo Bennies).
Ahora, no es que me las dé de diplómata internacional, pero se me ocurre que ese dato puede servir para, de una vez, resolver una posible crisis internacional y mejorar sensiblemente el gene pool de la humanidad.
El problema sigue siendo que los argentinos (mejor dicho, los políticos argentinos) insisten en reivindicar soberanía sobre las Islas Malvinas. Claro que tienen todo el derecho de reivindicarla, al igual que los británicos, los franceses, los holandeses y los españoles. De hecho, mirando la historia de esas islas, parece que prácticamente todo país, con las posibles excepciones de Andorra y de los Emiratos Árabes, tiene alguna reivindicación legítima sobre ellas, basada en alguna placa, o algún encendedor de cigarrillos que sus exploradores habrán dejado allí, así sea por descuido y por las prisas, en algún momento de los pasados 250 años. Pero dejando de lado cualquier argumento basado en la proximidad geográfica (pues esos argumentos son ciertamente infantiles), la reivindicación británica se demuestra netamente superior por el simple hecho de que se basa no solamente en los argumentos históricos sino en el deseo de los propios isleños (hablo de los humanos; de los pinguinos no hay datos estadísticos fiables) de seguir siendo posesión de Su Majestad, o séase de la respetable Sra. May Hessbinder-Neigh (Mrs). Cosa que no tendría especial relevancia (que la dinastía Kirchner vea peligrar sus criadas uniformadas ante la llegada de alguna huérfana arribista y haya decidido atrincherarse en el patrioterismo estilo Galtieri, son cuestiones de moneda pequeña electoral) si no fuera por el hecho de que ahí hay petróleo.
Ante un descubrimiento de tal envergadura, creo que sólo hay una opción diplomática realista: que los argentinos destaquen allí una brigada de soldadas del amor.
El plan sería, simplemente, hacer llegar a las islas, de cualquier modo, a un grupo de mujeres argentinas de la misma especie de las que pueblan las telenovelas de este continente. Esas operativas tendrían la misión de enamorar a los isleños, acostarse con ellos, enseñarles si fuera necesario unas nociones del castellano, y de esta forma trocar ese inexplicable deseo de ser británicos en un ardiente afán de pertenecer a un país capaz de proporcionar tales bellezas en abundancia. Tal misión no se me antoja demasiado difícil (la Diana Rigg ya está algo envejecida, y no se me ocurre ninguna otra arma secreta que los británicos pudieran usar para montar un contraataque en este campo); además, el plan se muestra fiel al lema Make Love, Not War, y como ya dije, con ello se superaría posiblemente, con el tiempo, esas aborrecibles tendencias endógamas que tanto se han hecho notar en esas islas. Lo único difícil, tal vez, sería encontrar a unas voluntarias con el necesario sentimiento patriótico arraigado que les motive para tal sacrificio. En esto, confío en que siga existiendo ese heroismo que antaño inspiró a la Cicciolina a ofrecerse a Saddam Hussein a cambio de evitar una guerra. En todo caso, no se pierde nada al intentar.
"Bennie and the Jets" me encanta. Y creo que una invasión socio-cultural, por medio de mujeres que enamoren a los hombres de una población, es una manera deliciosa de ser asimilado. El problema surgiría cuando para la población femenina --no obstante un supuesto patriotismo que en ellas parece ser una sensación imposible de generar, salvo como recurso poético-- el blanco de conquista resulta poco beneficioso en el campo de la manutención posterior (que es lo que las movería al fin y al cabo).
ReplyDeleteY mandar fondos para la manutención de las nuevas familias vendría a salirle más caro al país conquistador, que enviar a los siempre ávidos por patrioterismos vanos, hombres, a simplemente desaparecer a la población anterior, que resultaría ser la única forma de conquista definitiva históricamente confiable.
No creo que llegue a ver el día en que las Malvinas sean de Argentina, pero tal vez sí vea el día en que las Galápagos no sean Ecuatorianas.