No intervención

Como siempre, el artículo de Gabriela Calderón va directo al grano y da enorme satisfacción por su sencillez y lucidez. Efectivamente, la historia de intervenciones militares de grandes potencias, aun cuando se justifican (a veces con sarcasmo) como intentos de promover "la democracia", es bien desalentadora. Habría que ser sordo y ciego para ignorar que la intervención militar estadounidense en Irak o en Afganistán ha sido un desastre desde cualquier punto de vista, al igual que la triste historia que deriva de la Corolaria Roosevelt a la Doctrina de Monroe, y la propuesta de intervenir militarmente en Libia (por mucho que los propios rebeldes, según algunas versiones, lo estén pidiendo), una simple locura, pues lo único que se conseguiría es aumentar la cifra de bajas inocentes, y provocar la presencia de otros efectivos extranjeros en una pretendida lucha antiimperialista que bien podría convertirse en una conflagración mayor que sobrepase las fronteras de ese país y arrastre a toda la población magrebí al caos. Frente a tales realidades, lo más cómodo es propugnar la no intervención como doctrina; pero eso, para un británico, lleva a una evidente contradicción, pues es imposible para nosotros olvidar el hecho de que sin la oportuna intervención de EEUU en la segunda guerra mundial, que conllevaba evidentemente la presencia de tropas americanas en suelo británico, yo mismo hubiera crecido hablando alemán y jurando fidelidad a una siniestra bandera que llevara en su centro la cruz gamada. Por lo tanto, la versión de la doctrina de no intervención que yo personalmente apoyo es la siguiente: no intervenir a menos que sea en contra de otra intervención extranjera real. Es decir, que si el país X amenaza con invadir al país Y, es perfectamente factible que el país Y acepte la ayuda del país Z para hacer frente a esta amenaza. Según esta óptica, la defensa de Kuwait por parte de EEUU en la primera Guerra del Golfo fue legítima: la posterior invasión de Irak, en cambio, no.

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