Viendo viejas fotos
¿De qué siempre tuve tanto miedo?
Hay taxonomía de fealdades: la mía siempre fue la del muñón virtual, de ese algo que notas que falta pero que no corresponde a nada obvio, cuya ubicación se tiene que inferir a partir de gestos torcidos, bruscamente interrumpidos.
Bien: la vida siempre fue eso, un luchar por llegar a ser. Ya que tus facultades superiores no quisieron participar, y tiraron la toalla ya en ese lejano jadis, la lucha se trasladó a otras regiones de tu sistema nervioso, que pronto inventaron sus propios códigos y vocabularios. Terminas, como ahora, desconociéndote. En esa foto se apercibe felicidad: destaca, irradia felicidad, tanto mi cara como la de ella; pero no recuerdo, no sé, cuál fue la fuente de esa felicidad, sólo puedo asegurar que no tuvo nada que ver con mis pensamientos en esos días, que, lo recuerdo, revistieron la misma implacable sordidez de siempre. Es duro reconocer como irrelevante el proceso consciente de toda una vida. Pero ahí está la evidencia, en estas fotos, de que fui yo siempre a pesar mío, a hurtadillas, a ratos, a mis espaldas, mirando el cielo plomizo y preso de terror.
Raras veces se puede observar un alma más asqueado con la payasada de cuerpo que lo encarna.
Like a drunk in some midnight choir.
Llegó el día en que tuve que enterrar, como a un perro fiel, el sueño de alguna vez ser desatado por unas manos firmes, delicadas y curiosas, sentir por una vez el viento y el agua.
Sobrevino la larga espera, el esperpento, el metódico deshojar de una mente mal hecha. Ni estamos fuera de ella.
El ser británico es, en suma, una refinada hipocresía. Es darse importancia quitándosela. Esa maquiavélica preocupación por ser siempre el último de la columna. La encarnizada pelea (a través de entrevistas de trabajo, a través de cigarrillos a escondidas, a través de uñas rotas y sangrientas del friegue de las ollas) por el premio al más insignificante. Esa horrible atracción por la basura...
Las enfiladas calvicies del Loser's Bar, después de medianoche, brotan árboles, foisonnent.
Hay taxonomía de fealdades: la mía siempre fue la del muñón virtual, de ese algo que notas que falta pero que no corresponde a nada obvio, cuya ubicación se tiene que inferir a partir de gestos torcidos, bruscamente interrumpidos.
Bien: la vida siempre fue eso, un luchar por llegar a ser. Ya que tus facultades superiores no quisieron participar, y tiraron la toalla ya en ese lejano jadis, la lucha se trasladó a otras regiones de tu sistema nervioso, que pronto inventaron sus propios códigos y vocabularios. Terminas, como ahora, desconociéndote. En esa foto se apercibe felicidad: destaca, irradia felicidad, tanto mi cara como la de ella; pero no recuerdo, no sé, cuál fue la fuente de esa felicidad, sólo puedo asegurar que no tuvo nada que ver con mis pensamientos en esos días, que, lo recuerdo, revistieron la misma implacable sordidez de siempre. Es duro reconocer como irrelevante el proceso consciente de toda una vida. Pero ahí está la evidencia, en estas fotos, de que fui yo siempre a pesar mío, a hurtadillas, a ratos, a mis espaldas, mirando el cielo plomizo y preso de terror.
Raras veces se puede observar un alma más asqueado con la payasada de cuerpo que lo encarna.
Like a drunk in some midnight choir.
Llegó el día en que tuve que enterrar, como a un perro fiel, el sueño de alguna vez ser desatado por unas manos firmes, delicadas y curiosas, sentir por una vez el viento y el agua.
Sobrevino la larga espera, el esperpento, el metódico deshojar de una mente mal hecha. Ni estamos fuera de ella.
El ser británico es, en suma, una refinada hipocresía. Es darse importancia quitándosela. Esa maquiavélica preocupación por ser siempre el último de la columna. La encarnizada pelea (a través de entrevistas de trabajo, a través de cigarrillos a escondidas, a través de uñas rotas y sangrientas del friegue de las ollas) por el premio al más insignificante. Esa horrible atracción por la basura...
Las enfiladas calvicies del Loser's Bar, después de medianoche, brotan árboles, foisonnent.
Y sin embargo habemos los pocos que reconocemos otra realidad. Aunque suene un tanto homosexual, te conozco bastante aún sin conocerte.
ReplyDeleteUn gusto el siempre leerte aún en tus horas de desasosiego.