El pasado
En 1984 (la novela, no el año) se plantea la siguiente pregunta: ¿existe el pasado?
El que hace la pregunta la contesta: no, dice, a menos que estemos dispuestos a creer el absurdo de que en algún lugar exista un mundo aparte en que el pasado "todavía se esté desarrollando". (Claro que hay predisposición por esa respuesta: permite al personaje, O'Brien, y a su Partido, reescribir el pasado a voluntad. "El pasado es lo que nosotros decidimos que fue.")
Cuando leí esa novela, recuerdo haber pensado: claro que el pasado existe. Además, es lo único que existe. Mi razonamiento es el siguiente. Para saber que cualquier cosa existe, primero tenemos que enterarnos de la existencia de esa cosa. Para enterarnos de la existencia de algo, tenemos que acumular información sensorial al respecto. Esa información nos puede venir en forma de ondas que surcan el aire, en forma de luz que estimula nuestros órganos visuales, en forma de señales químicas que viajan a través de nuestras sinapsis desde las terminaciones nerviosas hasta nuestro cerebro. Sea como sea, siempre habrá desfase temporal entre el evento y nuestra percepción de él. Puede ser de milésimos de segundo, pero existirá. Sólo somos capaces de enterarnos de lo que ya pasó. El presente es, por tanto, una ilusión, una intuición, un supuesto. Lo que llamamos presente es simplemente un pasado tan reciente que todavía tiene relevancia, tal vez en el sentido en que nos descubre procesos todavía en desarrollo en que podemos influir. El presente es ese trozo del pasado que acepta sugerencias.
He conocido a historiadores y economistas que hablan del s. XVIII como si fuera anteayer. Claro: si el presente se apercibe como un conjunto de procesos inacabados, será que ellos se fijan en preguntas filosóficas o en desafíos tecnológicos planteados hace siglos y que todavía siguen en el aire, sin que la humanidad les haya dado aún respuesta definitiva. Para ellos, Locke y Hobbes y Mill son pensadores actuales (a diferencia de, p.ej., Marx, que como las sectas que incautamente fijan día y fecha para el Fin del Mundo, caducó con el incumplimiento de sus predicciones). Al otro extremo, hay quienes miran los años 80 como si fuera la época Jurásica. No les culpo por ello. A diferencia de mis estudiantes, yo viví los ochenta, pero eso no quita que ahora esos personajes - Reagan y Thatcher, sobre todo - me parezcan dinosaurios tanto en los buenos como en los malos sentidos de la palabra. Enormes, grotescos, lentos y terroríficos, pertenecen a una época anterior al descubrimiento de que el político, ante nada, es una creación de maquillistas y manicuristas. Ahora es inconcebible que alguien tan entrañablemente feo como la Thatcher pueda triunfar en ese negocio. Miren al tándem de coalición que ahora gobierna en el R. hUnDido. El conservador y el "socialdemócrata liberal", no los consigo distinguir. Los dos parecen, con sus sonrisas permanentes, corbatas milimétricas y hectáreas de maquillaje, vendedores de colchones ortopédicos en un almacén de suburbio.
El pasado es una mierda, dice JMLC. Estoy de acuerdo. Según la fecha adonde apuntas en tu Máquina del Tiempo, puedes salir en una época en que ni siquiera había baños decentes, en que todo el mundo apestaba a caca y a mugre, en que los aristócratas nunca se lavaban el cabello y coleccionaban piojos en sus enormes pelucas (de donde pelucones), y pocas mujeres por bonitas que fuesen se escapaban de lucir cicatrices de viruela en toda la cara y en otras partes. Ni qué decir de las estadísticas de muertes en el parto, la mortalidad infantil, la reducidísima esperanza de vida, la ubicuidad de la gonorrea, de la sífilis (de donde sifilización) y las ratas. En Inglaterra, habitualmente se vendía el pan mezclado con diversas sustancias de alta toxicidad que se usaban para hacer llegar más lejos la harina y prevenir los hongos. La tercera parte de las mujeres jóvenes en Londres, en el s. XIX, trabajaba 18 horas diarias como sirvientas, y otra tercera parte, como putas. El matrimonio "por amor" era una excentricidad de novela barata. Ir al dentista era como experimentar el purgatorio: como única anestesia, el whisky, y sólo para la gente más pudiente.
Y acá, bueno, ya se sabe.
Por lo que, evidentemente, o se es progresista o se es un poco gil.
Por "progresista", se entiende: agradecido por lo que nos ha tocado vivir rodeado de anestesia, de medicamentos más o menos fiables, de comida sana (no hay que ir muy atrás en el tiempo para toparse con el aceite de colza, de triste recuerdo en España), de mujeres de piel suave, de baños más o menos limpios y relucientes (cuando alguien invente el papel higiénico todo será perfecto), de telefonía móvil (yo prescindo, pero tú no), de Internet, de carros con ABS, y del trasero de la Kim Kardashian (si esa anatomía no es progreso no sé lo que será).
Pero otra manera de ser gil es creer que todo eso son conquistas ya permanentes. Una vez yo creí eso. Mi educación fue muy diferente al de esos historiadores que mencioné: a nosotros, los de mi generación, nos decían que ese pasado, siquiera reciente, era algo "superado". No podíamos aprender nada de las generaciones pasadas. Sólo existía "la ciencia moderna". El pensamiento político arrancó con Marx o acaso con Gramsci, y el económico con Keynes. Lo demás era basura, trastos viejos para guardar en buhardilla. Fuimos la generación BBC. Gente así, de mi edad, ahora está en el poder. Tiemblen.
Ellos creen que "el progreso" es algo que simplemente se da. Son capaces de ironizar sobre idealismo decimonónico, pero todos ellos creen que las cosas naturalmente mejoran, guiadas por una especie de dialéctica hegeliana que nos conduce al nirvana prusiano de la sociedad ideal. Así, pueden inventar eslóganes como "¡estamos haciendo historia!" sin percatarse de que también Pol Pot y Mao Dze-Dung, a su manera, y Genghis Khan mucho antes, "hicieron historia". Y son capaces de desmantelar la civilización, confiados en que todo lo que se destruye será reemplazado por algo mejor, simplemente porque así funciona la historia. Es una línea diagonal que, haga lo que se haga, siempre apunta hacia arriba.
Ahora dicen: abajo la energía nuclear. Nos merecemos algo mejor, algo más seguro que eso. No sabemos qué será, pero ya lo descubriremos. Mientras tanto, a construir molinos.
También, al parecer, se merecen algo mejor que el capitalismo. Comunismo no, por favor: eso de ir enviando a la gente a Siberia queda muy cursi. No sé, algo mejor, algo más estético. No sabemos cómo será, pero de momento llamémoslo "tercera vía" y ya lo iremos descubriendo sobre la marcha. La cuestión es que queremos ser originales, frescos, no quedarnos con ese pasado lleno de sinsabores. Vayamos a esa encantadora isla llena de tigres: una vez allá aprenderemos cómo matarlos.
No quiero verles la cara de chasco cuando de repente descubran haber destruido, por accidente, algo que ya no se podrá rehacer.
Por eso discrepo con JMLC donde dice que el pasado "sólo sirve" para aprender de nuestros errores. Y los aciertos, ¿qué? Si no soy conservador, es porque veo que los conservadores muchas veces se proponen conservar, por nostalgia, cosas que ya no funcionan (como la religión, o la homofobia, o el caciquismo, o el latifundismo, o la frase "quieres subir un momento a ver mis grabados"), pero donde veo que quieren conservar algo que sí funciona, como la economía de mercado, el motor de combustión interna, los cultivos genéticamente modificados, la cortesía o la libertad de prensa, pues a la fuerza tengo que estar con ellos, o si no, tengo la obligación moral de proponer algo mejor.
No me malentiendan. Para nostalgia, yo. Todavía la canción Baby Love, de las Supremes, me remueve en un lugar de las entrañas (aprox. el plexo solar, pero más adentro) donde no llega ninguna canción posterior, con la posible excepción de Lady Madonna, de los Beatles. No son canciones especialmente buenas: pero resulta que coincidieron con mi brote de sarampión, o con las vacaciones y el viaje a la playa, o algo así. La cuestión es que el ser humano puede añorar prácticamente cualquier cosa si se activan las químicas apropiadas, las dopaminas precisas, en ese momento de la tierna infancia, que todo lo dora. Pero uno no preconiza en función de remezones de entrañas. Yo soy prisionero de mi infancia: recién lo descubro, he medido demasiadas veces la celda, ya estoy para que me saquen de aquí. Estoy entre las cosas que ya no sirven y que no merecen ser conservadas. Pero por lo menos soy consciente de ello.
El que hace la pregunta la contesta: no, dice, a menos que estemos dispuestos a creer el absurdo de que en algún lugar exista un mundo aparte en que el pasado "todavía se esté desarrollando". (Claro que hay predisposición por esa respuesta: permite al personaje, O'Brien, y a su Partido, reescribir el pasado a voluntad. "El pasado es lo que nosotros decidimos que fue.")
Cuando leí esa novela, recuerdo haber pensado: claro que el pasado existe. Además, es lo único que existe. Mi razonamiento es el siguiente. Para saber que cualquier cosa existe, primero tenemos que enterarnos de la existencia de esa cosa. Para enterarnos de la existencia de algo, tenemos que acumular información sensorial al respecto. Esa información nos puede venir en forma de ondas que surcan el aire, en forma de luz que estimula nuestros órganos visuales, en forma de señales químicas que viajan a través de nuestras sinapsis desde las terminaciones nerviosas hasta nuestro cerebro. Sea como sea, siempre habrá desfase temporal entre el evento y nuestra percepción de él. Puede ser de milésimos de segundo, pero existirá. Sólo somos capaces de enterarnos de lo que ya pasó. El presente es, por tanto, una ilusión, una intuición, un supuesto. Lo que llamamos presente es simplemente un pasado tan reciente que todavía tiene relevancia, tal vez en el sentido en que nos descubre procesos todavía en desarrollo en que podemos influir. El presente es ese trozo del pasado que acepta sugerencias.
He conocido a historiadores y economistas que hablan del s. XVIII como si fuera anteayer. Claro: si el presente se apercibe como un conjunto de procesos inacabados, será que ellos se fijan en preguntas filosóficas o en desafíos tecnológicos planteados hace siglos y que todavía siguen en el aire, sin que la humanidad les haya dado aún respuesta definitiva. Para ellos, Locke y Hobbes y Mill son pensadores actuales (a diferencia de, p.ej., Marx, que como las sectas que incautamente fijan día y fecha para el Fin del Mundo, caducó con el incumplimiento de sus predicciones). Al otro extremo, hay quienes miran los años 80 como si fuera la época Jurásica. No les culpo por ello. A diferencia de mis estudiantes, yo viví los ochenta, pero eso no quita que ahora esos personajes - Reagan y Thatcher, sobre todo - me parezcan dinosaurios tanto en los buenos como en los malos sentidos de la palabra. Enormes, grotescos, lentos y terroríficos, pertenecen a una época anterior al descubrimiento de que el político, ante nada, es una creación de maquillistas y manicuristas. Ahora es inconcebible que alguien tan entrañablemente feo como la Thatcher pueda triunfar en ese negocio. Miren al tándem de coalición que ahora gobierna en el R. hUnDido. El conservador y el "socialdemócrata liberal", no los consigo distinguir. Los dos parecen, con sus sonrisas permanentes, corbatas milimétricas y hectáreas de maquillaje, vendedores de colchones ortopédicos en un almacén de suburbio.
El pasado es una mierda, dice JMLC. Estoy de acuerdo. Según la fecha adonde apuntas en tu Máquina del Tiempo, puedes salir en una época en que ni siquiera había baños decentes, en que todo el mundo apestaba a caca y a mugre, en que los aristócratas nunca se lavaban el cabello y coleccionaban piojos en sus enormes pelucas (de donde pelucones), y pocas mujeres por bonitas que fuesen se escapaban de lucir cicatrices de viruela en toda la cara y en otras partes. Ni qué decir de las estadísticas de muertes en el parto, la mortalidad infantil, la reducidísima esperanza de vida, la ubicuidad de la gonorrea, de la sífilis (de donde sifilización) y las ratas. En Inglaterra, habitualmente se vendía el pan mezclado con diversas sustancias de alta toxicidad que se usaban para hacer llegar más lejos la harina y prevenir los hongos. La tercera parte de las mujeres jóvenes en Londres, en el s. XIX, trabajaba 18 horas diarias como sirvientas, y otra tercera parte, como putas. El matrimonio "por amor" era una excentricidad de novela barata. Ir al dentista era como experimentar el purgatorio: como única anestesia, el whisky, y sólo para la gente más pudiente.
Y acá, bueno, ya se sabe.
Por lo que, evidentemente, o se es progresista o se es un poco gil.
Por "progresista", se entiende: agradecido por lo que nos ha tocado vivir rodeado de anestesia, de medicamentos más o menos fiables, de comida sana (no hay que ir muy atrás en el tiempo para toparse con el aceite de colza, de triste recuerdo en España), de mujeres de piel suave, de baños más o menos limpios y relucientes (cuando alguien invente el papel higiénico todo será perfecto), de telefonía móvil (yo prescindo, pero tú no), de Internet, de carros con ABS, y del trasero de la Kim Kardashian (si esa anatomía no es progreso no sé lo que será).
Pero otra manera de ser gil es creer que todo eso son conquistas ya permanentes. Una vez yo creí eso. Mi educación fue muy diferente al de esos historiadores que mencioné: a nosotros, los de mi generación, nos decían que ese pasado, siquiera reciente, era algo "superado". No podíamos aprender nada de las generaciones pasadas. Sólo existía "la ciencia moderna". El pensamiento político arrancó con Marx o acaso con Gramsci, y el económico con Keynes. Lo demás era basura, trastos viejos para guardar en buhardilla. Fuimos la generación BBC. Gente así, de mi edad, ahora está en el poder. Tiemblen.
Ellos creen que "el progreso" es algo que simplemente se da. Son capaces de ironizar sobre idealismo decimonónico, pero todos ellos creen que las cosas naturalmente mejoran, guiadas por una especie de dialéctica hegeliana que nos conduce al nirvana prusiano de la sociedad ideal. Así, pueden inventar eslóganes como "¡estamos haciendo historia!" sin percatarse de que también Pol Pot y Mao Dze-Dung, a su manera, y Genghis Khan mucho antes, "hicieron historia". Y son capaces de desmantelar la civilización, confiados en que todo lo que se destruye será reemplazado por algo mejor, simplemente porque así funciona la historia. Es una línea diagonal que, haga lo que se haga, siempre apunta hacia arriba.
Ahora dicen: abajo la energía nuclear. Nos merecemos algo mejor, algo más seguro que eso. No sabemos qué será, pero ya lo descubriremos. Mientras tanto, a construir molinos.
También, al parecer, se merecen algo mejor que el capitalismo. Comunismo no, por favor: eso de ir enviando a la gente a Siberia queda muy cursi. No sé, algo mejor, algo más estético. No sabemos cómo será, pero de momento llamémoslo "tercera vía" y ya lo iremos descubriendo sobre la marcha. La cuestión es que queremos ser originales, frescos, no quedarnos con ese pasado lleno de sinsabores. Vayamos a esa encantadora isla llena de tigres: una vez allá aprenderemos cómo matarlos.
No quiero verles la cara de chasco cuando de repente descubran haber destruido, por accidente, algo que ya no se podrá rehacer.
Por eso discrepo con JMLC donde dice que el pasado "sólo sirve" para aprender de nuestros errores. Y los aciertos, ¿qué? Si no soy conservador, es porque veo que los conservadores muchas veces se proponen conservar, por nostalgia, cosas que ya no funcionan (como la religión, o la homofobia, o el caciquismo, o el latifundismo, o la frase "quieres subir un momento a ver mis grabados"), pero donde veo que quieren conservar algo que sí funciona, como la economía de mercado, el motor de combustión interna, los cultivos genéticamente modificados, la cortesía o la libertad de prensa, pues a la fuerza tengo que estar con ellos, o si no, tengo la obligación moral de proponer algo mejor.
No me malentiendan. Para nostalgia, yo. Todavía la canción Baby Love, de las Supremes, me remueve en un lugar de las entrañas (aprox. el plexo solar, pero más adentro) donde no llega ninguna canción posterior, con la posible excepción de Lady Madonna, de los Beatles. No son canciones especialmente buenas: pero resulta que coincidieron con mi brote de sarampión, o con las vacaciones y el viaje a la playa, o algo así. La cuestión es que el ser humano puede añorar prácticamente cualquier cosa si se activan las químicas apropiadas, las dopaminas precisas, en ese momento de la tierna infancia, que todo lo dora. Pero uno no preconiza en función de remezones de entrañas. Yo soy prisionero de mi infancia: recién lo descubro, he medido demasiadas veces la celda, ya estoy para que me saquen de aquí. Estoy entre las cosas que ya no sirven y que no merecen ser conservadas. Pero por lo menos soy consciente de ello.
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