El ciudadano invisible (1)
De su infancia, recuerda palos y paraisos.
En su juventud, chupó.
Ahora vive en un lugar llamado martirmonio. Su religión profesa es la de hacer cuadrar, un poco como sea y ahorrando esfuerzos donde puede, los números que permiten comer a él y a su familia. Por cierto le quedan algunos restos de valores, en el fondo de la nevera, mohosos: sabe que ni por hacer cuadrar mejor asesinaría, violaría... pero ya, a su edad, los valores activos difícilmente se distinguen de los pasivos, de la cobardía o de la pereza. Secretamente, agradece el hecho de que ser inofensivo, ser bueno, sea la opción más fácil y la más acorde con ese permanente cansancio que le persigue como oficioso acreedor. Tiene la vaga sensación de que este hecho es algo extraordinario. Lo atribuye a alguna estructura confusa y difuminada que él llama "sociedad".
Le encantaría tener algún vicio, y está abierto a todos ellos, pero a diferencia de antaño, no le vienen a buscar, y él ni sabe dónde viven. Los más asequibles están ahí, dándole la espalda, justo a unos centímetros más allá de su poder adquisitivo. Envidia a quien le sobren centavos para tomarse una botella los viernes por la noche. Son los únicos a quienes envidian. Las aspiraciones de la mayoría son incomprensibles para él
Todavía recuerda (pero cada día menos) ese país que antaño visitaba con frecuencia, el de las mujeres. Ahora ni en sueños se ve posibilitado para volver a visitarlo. Sólo le queda como souvenir esa esposa, que como todo souvenir, en lugar de estimular el recuerdo lo neutraliza y trivializa. Amar, para él, se quedó en agradecer que te aguanten.
Se siente atrapado, como muchas veces antes en su vida, pero esta vez sabe que es hasta la muerte: los números así lo decretan. Lo encara bien. Intenta aprovechar al máximo su talento para gozar cada vez más de cada vez menos. Un descanso de cinco minutos entre trabajo y trabajo, la posibilidad de estar solo y de pensar, sin tener en qué, ha devenido en horizonte de su ambición.
En su juventud, chupó.
Ahora vive en un lugar llamado martirmonio. Su religión profesa es la de hacer cuadrar, un poco como sea y ahorrando esfuerzos donde puede, los números que permiten comer a él y a su familia. Por cierto le quedan algunos restos de valores, en el fondo de la nevera, mohosos: sabe que ni por hacer cuadrar mejor asesinaría, violaría... pero ya, a su edad, los valores activos difícilmente se distinguen de los pasivos, de la cobardía o de la pereza. Secretamente, agradece el hecho de que ser inofensivo, ser bueno, sea la opción más fácil y la más acorde con ese permanente cansancio que le persigue como oficioso acreedor. Tiene la vaga sensación de que este hecho es algo extraordinario. Lo atribuye a alguna estructura confusa y difuminada que él llama "sociedad".
Le encantaría tener algún vicio, y está abierto a todos ellos, pero a diferencia de antaño, no le vienen a buscar, y él ni sabe dónde viven. Los más asequibles están ahí, dándole la espalda, justo a unos centímetros más allá de su poder adquisitivo. Envidia a quien le sobren centavos para tomarse una botella los viernes por la noche. Son los únicos a quienes envidian. Las aspiraciones de la mayoría son incomprensibles para él
Todavía recuerda (pero cada día menos) ese país que antaño visitaba con frecuencia, el de las mujeres. Ahora ni en sueños se ve posibilitado para volver a visitarlo. Sólo le queda como souvenir esa esposa, que como todo souvenir, en lugar de estimular el recuerdo lo neutraliza y trivializa. Amar, para él, se quedó en agradecer que te aguanten.
Se siente atrapado, como muchas veces antes en su vida, pero esta vez sabe que es hasta la muerte: los números así lo decretan. Lo encara bien. Intenta aprovechar al máximo su talento para gozar cada vez más de cada vez menos. Un descanso de cinco minutos entre trabajo y trabajo, la posibilidad de estar solo y de pensar, sin tener en qué, ha devenido en horizonte de su ambición.
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