El Libro Sagrado
Los ves en los colectivos (para lectores españoles: autobuses) a cualquier hora. Suelen vestir formalmente, siguiendo la moda de hace medio siglo. Peinados pulcros y funcionales, caras un tantico asustadizas, pasmadas, o simplemente miradas perdidas. El enfoque de la cámara, forzosamente, baja a sus manos e inicia un lento acercamiento hasta quedarse en un primer plano de esas fascinantes extremidades. Los dedos, largos y delgados, palpitan, crepitan como oficiosos recuerdos, y se aferran más al Libro, el cual, a su vez, parece agradecer ese cobijo y acurrucarse más en esas finas articulaciones. Entre el Libro Sagrado y su portador humano hay un entendimiento íntimo, mucho más profundo que lo que el avezado matrimonio pudiera alcanzar. A veces incluso cuesta creer que el Libro sea, tal como afirma Dawkins, un parásito, que utiliza a los seres humanos cínicamente para reproducirse y propagarse. ¿Podemos llegar a depender, nosotros también, de nuestros parásitos? A mí me han dicho, de fuentes fidedignas, que en el Cielo hay psicólogos angelicales dedicados a socorrer a los que sufren del llamado "síndrome de desbiblificación", es decir a los que se resisten a aceptar que, una vez llegados a la meta, ya no sirva de nada la hoja de ruta; o que ese hermoso Libro no fuera más que un simple manual de instrucciones, ya,. en el Paraiso, caduco. Para ellos, quizás, el Libro que advierte contra los ídolos siempre fue el único ídolo que se permitían adorar.
Y lo cierto es que, puestos a elegir entre las tentaciones del amor terrenal y la oscura seducción del Libro, éste tiene casi todas las de ganar. Hasta la pareja más atenta y recursiva no siempre acierta en tus estados de ánimo: el Libro sí. Hay versos para cada ocasión, para cada dificultad, para cada nuevo reto, para cada chubasco interior. Y si son difíciles, muchas veces, de encontrar, eso no es sino parte de la seducción, pues ya se sabe que la desnudez aburre donde la provocación triunfa. Encantador el hecho de que, para encontrar una ternura, un guiño cariñoso de parte del Todopoderoso, tienes que ir a buscar esa perla en medio de lo que aparenta ser la yerma crónica de un reyezuelo. El Libro es, además, personalizable, pues cada uno de esos devotos lectores pasajeros en los 17 (Durán-Guayaquil) tiene marcados diferentes versos de diferente manera: y he aquí que el mismo Isaías 55:1 le merece a uno un marcador amarillo, a otro uno verde musgo, a otro el servicial naranja; pues para el uno es profecía, para otro, palabra de consuelo, y para un tercero, manual de cómo colarse en los cocteles al aire libre de las instituciones de educación superior locales para hacerse con los bocaditos amorosamente brindados por la Escuela de Catering. La opacidad es, en suma, requisito sine qua non de cualquier Libro Sagrado que se respete. Un Dios que esté viendo de cerca el proceso digestivo de una musaraña, al tiempo que atiende tus egoistas demandas y a las de tu director de banco, e intenta recordar que hay que ajustar los calendarios en el año 4882, no va a ver las cosas de la misma manera que uno cualquiera. Más se parece a ese profesor distraido que, en medio de una explicación sobre la fotosíntesis, descubre un tren de discurso que lleva hacia el Sitio de Badajoz pasando por la glándula pineal cartesiana. El lector hambriento de teleología no encuentra en ningún sitio el por qué de todo (para eso están los catecismos y las varas de mimbre), pero de generación en generación se renueva la invitación a entreverlo a través de mosaicas historias de hombres soñadores, de mujeres abnegadas, de trágicas equivocaciones, de épicos destinos. Para ser sagrado, el Libro no necesita ser inmenso; pero en la medida en que renuncia a serlo, se ve obligado a revestir mayor misterio y opacidad. Sin duda se podría resumir la Biblia en diez folios; pero el resultado sería una monstruosidad cifrada que dejaría atrás hasta el ingenio de un Mallarmé, de un Nerval o de un Ezra Pound.
Ahora dicen que el Libro ha pasado a la historia. Tal vez este país se ha adelantado a la historia enterrándose en el pasado. Nunca descubrió, por lo que veo, y con la salvedad heroica de esos pasajeros de autobus, el hábito de lectura. Coqueteó con la novela (Cumandá, es momento de confesarlo, a mí me dejó frío) sin encontrarle el qué. Devora bulímicamente opúsculos de autosuperación para no autosuperarse. Compra revistas con intención de leer los artículos, pero se queda con los titulares y con la modelo de la página 11. El profesor universitario ya está acostumbrado a escuchar, cuando pide una reseña "de algún libro que Ud. haya leído": pero profe, nunca he leído un libro. Más sorprendente que el hecho en sí, es que lo digan con toda naturalidad, hasta con cierta actitud de compasivo desdén. Está claro que piensan que el libro es algo obsoleto, como las máquinas de escribir, los calzoncillos apretados o las melodías, y que quien lo lea pertenece en un asilo de nostálgicos ancianos. Y será así hasta que alguien consiga escribir el próximo libro sagrado.
Ya va siendo hora. Los libros sagrados de ayer ya no sirven, la realidad los vence con una sola mano escojan el arma que escojan. Pero el desafío es terrible. Quien lo acometa tendrá que ser inmenso, como Shakespeare, y saber, como los doctos traductores del King James Bible, de ritmos y cadencias un buen rato. Tendrá (también como Shakespeare) que inventar una cuarta parte de las palabras que utiliza. Tal vez tendrá (en la tradición de los libros sagrados: la Biblia, las Mil y Una Noches, la Celestina) que ser varias personas. La escritura colectiva, la tradición oral del romancero y del épico, están por redescubrirse. (Algo de tradición oral se encuentra en los autobuses guayaquileños, donde cada vendedor intenta afinar más sobre lo heredado, ese "voy a pasar por ca'uno de sus respectivos asientos", ese "pero no vengo con las manos vacías", "no me dehen con la mao estirá", "su educación vale má que su dinero", etcétera: con el tiempo se vislumbra un verdadero poema, pero se pierden, de momento, en la perenne tentación castiza de la prolijidad y de la redundancia: "Ustedes se preguntarán cuánto le vale, cuánto le cuesta" y lo peor de todo, la muletilla del "lo que es": "He subido a lo que es este medio de transporte, a pedir lo que es una ayuda, después de estar perdido en lo que es el mundo de las drogas, confiando en lo que es su educación", &c. Tal vez todo esto se justifique por consideraciones prosódicas, ahí no me meto. Soy de fuera.)
Si los jóvenes de hoy pueden prescindir de los libros, bien por ellos. Tienen, a fin de cuentas, sucedáneos prometedores: el Interné, las redes sociales, las telenovelas (no se rían: Dickens escribió para revistas hebdomadales o mensuales, para un público novelero, y muchas veces, como en las telenovelas, los argumentos se fueron construyendo sobre la marcha en función de la reacción del público). Sólo digo que yo no podría. Y no es que lea mucho últimamente: no hay tiempo, y en este país tampoco hay cómo acercar esos productos suntuarios, con sus exorbitantes precios, al público de clase media-baja, de precarios ingresos. Pero tengo que reconocer que, de joven o de niño, heredé mi sentido de humor de Mark Twain, mi sentido trágico de la vida de Shakespeare, TH White, Dostoevsky y Graham Greene, algo de mi noción de individualidad de George Eliot; el deleite de lo pintoresco dentro de lo grotesco lo descubrí en Dickens, el poderoso imán de la excentricidad en Poe, en Sterne y en Alfred Jarry. Mis nociones de moralidad y de ética derivan en principio de Nathaniel Hawthorne, para quien la frialdad calculadora era el peor pecado humano, con glosas significativas de EM Forster y de DH Lawrence (a pesar de las tendencias criptofascistas de este último) y tal vez de Leopoldo Alas. Descubrí en las epopeyas cómicas de Fielding y en el Mr Polly de Wells (otro autor de cuestionables ideas políticas) el retrato de una mítica y caótica Inglaterra en la que me podía sentir en casa, en Cervantes una España también venerable, y en Lorca una embriagadora. En Villon descubrí mi vocación de pendu (algunos dirían, de pendejo) ansioso sólo por repartir un idiosincrático legado a la desconocida y desconfiada sociedad. De Rimbaud aprendí que se puede partir de cero, y de Joyce, que ese cero puede incluir todo y a todos. De Neruda (en las primeras dos Residencias), y de Chejov, una forma de entender mi propia desesperación. De Eliot, Larkin y Auden aprendí a callarme lo que debo callarme (olvidé esa lección después: se olvida fácilmente) y el valor incalculable del sustantivo idóneo. Hasta en la basura (Walt Whitman, Charlotte Bronte, Tolstoy, Chateaubriand, Tennyson, Vigny, el plasta insufrible de Victor Hugo, el piadoso Bunyan, etc) aprendí a identificar y sacar joyas. Sin todos estos autores y muchos más, yo no sería yo. Sería otra persona. No sé bien cómo sería. Tal vez más afable, más socializado, más contestador de emails, más sapiente en temas futbolísticos. O tal vez sería mísero presidiario, encarcelado por tentativa de estupro (uno de los valores menos reconocidos de la literatura es que enseña a masturbarse con elegante discreción: valioso aliado, por tanto, para la conviencia armoniosa en sociedad). Es decir (merece cursiva): Yo no podría.
En los colegios te dan literatura como si fuera gimnasia, o purgante, o braque para los dientes. Tienes que descubrir por ti solo que realmente, un libro es como un cigarrillo, como una botella de vino, como una foto de Erika Velez en paños menores. Si no es placentero, no vale paná. Buscando los misteriosos senderos del placer, te encuentras a ti mismo, en estos autores o en otros.
La consecuencia más nefasta de la falta de lecturas, cuando esto se transforma en referente e identificador cultural (Ecuador, el país que no lee) es esto que estamos viendo ahora, la metástasis de la sobredimensionada Palabra. La supersticiosa y temorosa reverencia hacia la palabra escrita o impresa viene a ser tal, que sin que nadie se muera de la risa, sin que sus seres más allegados le sugieran unas vacaciones o un tratamiento siquiátrico, un político puede declarar que por una sola frase impresa en un diario, en un artículo (para más inri) "de opinión", una serie de personas merecen pasar tres años de tortura en la cárcel, una empresa debe quebrar, y sus empleados deben languidecer en el desempleo. ¡Cúanta más sabiduría se encuentra en boca de los tiernos infantes ("sticks and stones", &c), antes de que se les conmine a participar de la locura general, con sesudos artículos de avispados enseñahigos gubernamentales sobre el supuesto poder de la prensa, y las terribles responsabilidades de quienes publican sus observaciones en formato broadsheet! Y de ahí, cuando el analfabetismo se casa con la sicopatología, nacen, ineluctablemente las Constituciones Progresistas, esas apoteosis de la intolerancia autoritaria, esos himnos a la tendencia humana de querer obligar a extraños a participar de la pobreza espiritual propia en aras de la igualdad y de la justicia, esas ruedas de molino de obligada comulgación. Y es que si reunes a doscientos metiches en un solo lugar y les das lápiz y papel, fácilmente te saldrán con otro Libro Sagrado, listo para ser encuadernado en el más lujoso piel de lagarto, para ser traducido al más shuar de los idiomas, para ser citado en la más rocambolesca de las Asambleas Nacionales. Y yo digo: si con la Constitución consigues una erección o una carcajada, bien por ti: léela. Incluso practícala si quieres (ama quilla, &c). Yo, para lo primero tengo a Anaïs Nin, y para lo segundo a John Kennedy Toole. Todo son gustos. Pero yo puedo sentir lástima por tu elección sin tener ganas de pregonarlo a través de un diario secuestrado. Tal vez ahí está la diferencia.
Y lo cierto es que, puestos a elegir entre las tentaciones del amor terrenal y la oscura seducción del Libro, éste tiene casi todas las de ganar. Hasta la pareja más atenta y recursiva no siempre acierta en tus estados de ánimo: el Libro sí. Hay versos para cada ocasión, para cada dificultad, para cada nuevo reto, para cada chubasco interior. Y si son difíciles, muchas veces, de encontrar, eso no es sino parte de la seducción, pues ya se sabe que la desnudez aburre donde la provocación triunfa. Encantador el hecho de que, para encontrar una ternura, un guiño cariñoso de parte del Todopoderoso, tienes que ir a buscar esa perla en medio de lo que aparenta ser la yerma crónica de un reyezuelo. El Libro es, además, personalizable, pues cada uno de esos devotos lectores pasajeros en los 17 (Durán-Guayaquil) tiene marcados diferentes versos de diferente manera: y he aquí que el mismo Isaías 55:1 le merece a uno un marcador amarillo, a otro uno verde musgo, a otro el servicial naranja; pues para el uno es profecía, para otro, palabra de consuelo, y para un tercero, manual de cómo colarse en los cocteles al aire libre de las instituciones de educación superior locales para hacerse con los bocaditos amorosamente brindados por la Escuela de Catering. La opacidad es, en suma, requisito sine qua non de cualquier Libro Sagrado que se respete. Un Dios que esté viendo de cerca el proceso digestivo de una musaraña, al tiempo que atiende tus egoistas demandas y a las de tu director de banco, e intenta recordar que hay que ajustar los calendarios en el año 4882, no va a ver las cosas de la misma manera que uno cualquiera. Más se parece a ese profesor distraido que, en medio de una explicación sobre la fotosíntesis, descubre un tren de discurso que lleva hacia el Sitio de Badajoz pasando por la glándula pineal cartesiana. El lector hambriento de teleología no encuentra en ningún sitio el por qué de todo (para eso están los catecismos y las varas de mimbre), pero de generación en generación se renueva la invitación a entreverlo a través de mosaicas historias de hombres soñadores, de mujeres abnegadas, de trágicas equivocaciones, de épicos destinos. Para ser sagrado, el Libro no necesita ser inmenso; pero en la medida en que renuncia a serlo, se ve obligado a revestir mayor misterio y opacidad. Sin duda se podría resumir la Biblia en diez folios; pero el resultado sería una monstruosidad cifrada que dejaría atrás hasta el ingenio de un Mallarmé, de un Nerval o de un Ezra Pound.
Ahora dicen que el Libro ha pasado a la historia. Tal vez este país se ha adelantado a la historia enterrándose en el pasado. Nunca descubrió, por lo que veo, y con la salvedad heroica de esos pasajeros de autobus, el hábito de lectura. Coqueteó con la novela (Cumandá, es momento de confesarlo, a mí me dejó frío) sin encontrarle el qué. Devora bulímicamente opúsculos de autosuperación para no autosuperarse. Compra revistas con intención de leer los artículos, pero se queda con los titulares y con la modelo de la página 11. El profesor universitario ya está acostumbrado a escuchar, cuando pide una reseña "de algún libro que Ud. haya leído": pero profe, nunca he leído un libro. Más sorprendente que el hecho en sí, es que lo digan con toda naturalidad, hasta con cierta actitud de compasivo desdén. Está claro que piensan que el libro es algo obsoleto, como las máquinas de escribir, los calzoncillos apretados o las melodías, y que quien lo lea pertenece en un asilo de nostálgicos ancianos. Y será así hasta que alguien consiga escribir el próximo libro sagrado.
Ya va siendo hora. Los libros sagrados de ayer ya no sirven, la realidad los vence con una sola mano escojan el arma que escojan. Pero el desafío es terrible. Quien lo acometa tendrá que ser inmenso, como Shakespeare, y saber, como los doctos traductores del King James Bible, de ritmos y cadencias un buen rato. Tendrá (también como Shakespeare) que inventar una cuarta parte de las palabras que utiliza. Tal vez tendrá (en la tradición de los libros sagrados: la Biblia, las Mil y Una Noches, la Celestina) que ser varias personas. La escritura colectiva, la tradición oral del romancero y del épico, están por redescubrirse. (Algo de tradición oral se encuentra en los autobuses guayaquileños, donde cada vendedor intenta afinar más sobre lo heredado, ese "voy a pasar por ca'uno de sus respectivos asientos", ese "pero no vengo con las manos vacías", "no me dehen con la mao estirá", "su educación vale má que su dinero", etcétera: con el tiempo se vislumbra un verdadero poema, pero se pierden, de momento, en la perenne tentación castiza de la prolijidad y de la redundancia: "Ustedes se preguntarán cuánto le vale, cuánto le cuesta" y lo peor de todo, la muletilla del "lo que es": "He subido a lo que es este medio de transporte, a pedir lo que es una ayuda, después de estar perdido en lo que es el mundo de las drogas, confiando en lo que es su educación", &c. Tal vez todo esto se justifique por consideraciones prosódicas, ahí no me meto. Soy de fuera.)
Si los jóvenes de hoy pueden prescindir de los libros, bien por ellos. Tienen, a fin de cuentas, sucedáneos prometedores: el Interné, las redes sociales, las telenovelas (no se rían: Dickens escribió para revistas hebdomadales o mensuales, para un público novelero, y muchas veces, como en las telenovelas, los argumentos se fueron construyendo sobre la marcha en función de la reacción del público). Sólo digo que yo no podría. Y no es que lea mucho últimamente: no hay tiempo, y en este país tampoco hay cómo acercar esos productos suntuarios, con sus exorbitantes precios, al público de clase media-baja, de precarios ingresos. Pero tengo que reconocer que, de joven o de niño, heredé mi sentido de humor de Mark Twain, mi sentido trágico de la vida de Shakespeare, TH White, Dostoevsky y Graham Greene, algo de mi noción de individualidad de George Eliot; el deleite de lo pintoresco dentro de lo grotesco lo descubrí en Dickens, el poderoso imán de la excentricidad en Poe, en Sterne y en Alfred Jarry. Mis nociones de moralidad y de ética derivan en principio de Nathaniel Hawthorne, para quien la frialdad calculadora era el peor pecado humano, con glosas significativas de EM Forster y de DH Lawrence (a pesar de las tendencias criptofascistas de este último) y tal vez de Leopoldo Alas. Descubrí en las epopeyas cómicas de Fielding y en el Mr Polly de Wells (otro autor de cuestionables ideas políticas) el retrato de una mítica y caótica Inglaterra en la que me podía sentir en casa, en Cervantes una España también venerable, y en Lorca una embriagadora. En Villon descubrí mi vocación de pendu (algunos dirían, de pendejo) ansioso sólo por repartir un idiosincrático legado a la desconocida y desconfiada sociedad. De Rimbaud aprendí que se puede partir de cero, y de Joyce, que ese cero puede incluir todo y a todos. De Neruda (en las primeras dos Residencias), y de Chejov, una forma de entender mi propia desesperación. De Eliot, Larkin y Auden aprendí a callarme lo que debo callarme (olvidé esa lección después: se olvida fácilmente) y el valor incalculable del sustantivo idóneo. Hasta en la basura (Walt Whitman, Charlotte Bronte, Tolstoy, Chateaubriand, Tennyson, Vigny, el plasta insufrible de Victor Hugo, el piadoso Bunyan, etc) aprendí a identificar y sacar joyas. Sin todos estos autores y muchos más, yo no sería yo. Sería otra persona. No sé bien cómo sería. Tal vez más afable, más socializado, más contestador de emails, más sapiente en temas futbolísticos. O tal vez sería mísero presidiario, encarcelado por tentativa de estupro (uno de los valores menos reconocidos de la literatura es que enseña a masturbarse con elegante discreción: valioso aliado, por tanto, para la conviencia armoniosa en sociedad). Es decir (merece cursiva): Yo no podría.
En los colegios te dan literatura como si fuera gimnasia, o purgante, o braque para los dientes. Tienes que descubrir por ti solo que realmente, un libro es como un cigarrillo, como una botella de vino, como una foto de Erika Velez en paños menores. Si no es placentero, no vale paná. Buscando los misteriosos senderos del placer, te encuentras a ti mismo, en estos autores o en otros.
La consecuencia más nefasta de la falta de lecturas, cuando esto se transforma en referente e identificador cultural (Ecuador, el país que no lee) es esto que estamos viendo ahora, la metástasis de la sobredimensionada Palabra. La supersticiosa y temorosa reverencia hacia la palabra escrita o impresa viene a ser tal, que sin que nadie se muera de la risa, sin que sus seres más allegados le sugieran unas vacaciones o un tratamiento siquiátrico, un político puede declarar que por una sola frase impresa en un diario, en un artículo (para más inri) "de opinión", una serie de personas merecen pasar tres años de tortura en la cárcel, una empresa debe quebrar, y sus empleados deben languidecer en el desempleo. ¡Cúanta más sabiduría se encuentra en boca de los tiernos infantes ("sticks and stones", &c), antes de que se les conmine a participar de la locura general, con sesudos artículos de avispados enseñahigos gubernamentales sobre el supuesto poder de la prensa, y las terribles responsabilidades de quienes publican sus observaciones en formato broadsheet! Y de ahí, cuando el analfabetismo se casa con la sicopatología, nacen, ineluctablemente las Constituciones Progresistas, esas apoteosis de la intolerancia autoritaria, esos himnos a la tendencia humana de querer obligar a extraños a participar de la pobreza espiritual propia en aras de la igualdad y de la justicia, esas ruedas de molino de obligada comulgación. Y es que si reunes a doscientos metiches en un solo lugar y les das lápiz y papel, fácilmente te saldrán con otro Libro Sagrado, listo para ser encuadernado en el más lujoso piel de lagarto, para ser traducido al más shuar de los idiomas, para ser citado en la más rocambolesca de las Asambleas Nacionales. Y yo digo: si con la Constitución consigues una erección o una carcajada, bien por ti: léela. Incluso practícala si quieres (ama quilla, &c). Yo, para lo primero tengo a Anaïs Nin, y para lo segundo a John Kennedy Toole. Todo son gustos. Pero yo puedo sentir lástima por tu elección sin tener ganas de pregonarlo a través de un diario secuestrado. Tal vez ahí está la diferencia.
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