Información y masaje(3)
Los economistas de la escuela de los trastornados-narcisistas, a más de los gobernantes de similar persuasión, son muy proclives a hablar de los famosos market failures o fallos del mercado. Para ellos, la existencia teórica de estos fenómenos les da un pretexto para interferir en el mercado, o lo que es lo mismo, para acaparar el poder. Su razonamiento: si el mercado no lo hace, o no lo hace bien, el gobierno lo tiene que hacer. Lo que no te dicen es que no existe una sola razón, siquiera en el reino etéreo de la economía teórica, que permita suponer que lo el mercado hace mal, el gobierno no conseguirá hacer peor todavía.
De todas maneras, en el caso de la información, ¿qué es lo que hace suponer que los fallos visibles tengan algo que ver con el mercado? Hemos visto que la descripción de la información como una sustancia invisible, homogénea, universal, algo así como "el masaje", difícilmente se adecúa con la experiencia, que nos enseña la información bajo otro aspecto, como un proceso intelectual que reviste de significado la materia prima, que son simples datos, proceso que habitualmente se replica de diferente manera en el emisor y el receptor, es decir, yo selecciono e interpreto las noticias para ti, tú analizas y criticas mi selección basándote, en parte, en otras informaciones recibidas de otras fuentes. Este proceso, del lado del emisor, se puede ofrecer como servicio, o sea que en principio puede formar parte de un mercado: yo te ofrezco un diario hecho a la medida del ecuatoriano de cierto nivel de ingresos y de determinada ideología política, para que te ahorres tiempo buscando escándalos y lo utilices para reforzar tus prejuicios, o bien, te lo ofrezco como medio publicitario para posicionar tus productos. Habitualmente, en la actualidad, las posibles falencias derivadas de la naturaleza propia de tal información - es decir, su dificultosa apropiación - se suplen con los ingresos derivados de la actividad publicitaria. Es una fórmula que, hasta hoy o digamos que hasta ayer, funciona. Por lo menos, eso parece. Tiene algo de irónico que Correa por un lado sostiene que el negocio de la información no puede ser rentable ("fallo de mercado", recuerdan) y por otro lado esté pidiendo $40m a unos perdedores que se dedican exclusivamente a ese negocio. Si un market failure proporciona ese tipo de ganancias, pues que vengan fallos y más fallos.
Pero claro, no se trata de eso, no se trata de esos cuantiosos ingresos que el negocio permite percibir. Eso, en realidad, es otro motivo más de queja. En teoría, quien intenta suministrar, a través del mercado, un producto con las características de no exclusividad y no rivalidad está destinado al fracaso. En la práctica, sin embargo, eso no sucede, por las razones esgrimidas, es decir, porque lo que se vende no es un intangible producto, sino un servicio. Entonces, para que podamos seguir hablando de un fallo del mercado necesitado de intervención gubernamental, hay que buscar otros pretextos. Uno podría ser la mala calidad de la información proporcionada. Sin embargo, mientras esto puede ejercer el pequeño ingenio de los columnistas del Telégrafo - demasiado cortos de entendederas para reconocer la ironía implícita en tales quejas - como argumento serio, y sobre todo en el campo de la economía, no sirve. ¿Por qué no? Porque en economía, están vedados los juicios de valor acerca de las necesidades y preferencias de los consumidores. Éstos son, simplemente, "given". Para que ese argumento de la "mala calidad" tenga algún sentido, se tendría que demostrar que una necesidad o un deseo de los consumidores, que en teoría podría ser saciado mediante una adecuada distribución de determinado bien, no lo está siendo. Es decir, que la población está pidiendo, infructuosamente, unos productos mediáticos de una determinada calidad, que no existe en el mercado actual. Y con eso volvemos al Telégrafo. El experimento - un diario gubernamental, "público", hecho con fondos ilimitados según la receta del sabio economista, y de una "calidad" infinitamente superior a la de cualquiera de sus rivales (pues evidentemente, "calidad" aquí se entiende como "sumisión al gobierno") sólo ha conseguido una minúscula penetración del mercado, correspondiente a ese segmento que podríamos calificar como el mercado lobotomizado. Lo que demuestra que es muy fácil ponerse a soñar, imaginar maravillosos periódicos llenos de diversidad, de sano entretenimiento, de útiles lecciones, de tronantes "voces excluidas"... hasta que se topa con la realidad de lo que el público realmente quiere. Fin de la lección.
Entonces ¿qué nos queda? Ah, sí, la cuestión del "poder". Esto es la parte más surrealista del argumento de Correa, que por mucho que estemos acostumbrados a escucharlo acá, debe de haber chocado al público de la U. De Columbia. Esencialmente la cosa va así: Los magnates mediáticos tienen demasiado poder. Esto puede dar lugar a abusos. Así que la solución es que los medios estén en manos de quienes tienen muchísimo más poder. De esta manera, terminarán los abusos.
(Para lectores extranjeros: no, no es coña. Así hablan estos incalificables señores.)
En realidad, debe de estar claro a estas alturas que eso del "poder" del magnate de la Comunicación es pura ficción. Si poder significa capacidad de ejercer coercíón (y si no, que me propongan una definición mejor), entonces a estas alturas debe ser claro que el único poder de los señores Pérez es el que posiblemente vienen ejerciendo sobre sus propios empleados. Si tienen algún otro poder, pues ya estaríamos viendo en cadena nacional esos escandalosos casos de personas que han sido obligados, a punta de pistola, a comprar un diario que no quisieron comprar, o a leer una columna que no quisieron leer, o a expresar conformidad con una opinión pese a no estar de acuerdo con ella. En realidad, todas esas cosas son prerogativa exclusiva de los gobernantes. Lo que pasa es que no quieren que nos demos cuenta de ello. Por eso esa extraña proliferación de "poderes fácticos" imaginarios, de cuento de hada.
(De acuerdo, hay columnistas que de vez en cuando discurren sobre el supuesto "cuarto poder". Pura masturbación intelectual. No tiene mayor relevancia.)
Lo que le duele al Sr Correa no es el "poder" de los medios o de sus dueños, que ninguno tienen. Es el hecho de que, en su imaginación, le restan devotos y seguidores. Convence a su público de que el Presidente no es el Mesías. Es decir, influyen sobre "la opinión pública".
Y peor todavía, ¡lo hacen con mentiras y medias verdades! Es decir, ¡copian al propio gobierno!
Aquí es donde a Correa y a sus seguidores les falta un poco de generosidad. Al gobernante se le elige una vez cada cuatro años: el medio se somete a elección todos los días. El político, donde le fallan los argumentos, puede usar la fuerza para salirse con la suya: el medio no. El político puede acaparar emisoras: el medio no. El político puede mandar a su competencia o su rival a la cárcel, o destruirlo financieramente por decreto, o simplemente "confiscarlo". El medio, en cambio, suponiendo un estado de derecho tiene que seguir las reglas del juego establecidas. Se mire por donde se mire, el político, el gobernante, tienen todas las de ganar. Si con todas esas ventajas a su favor, no consigue hacerse con la opinión pública, entonces es lícito preguntar si la culpa estará en sus estrellas o en algún otro sitio.
Fue realmente cómico escuchar, ayer, esa extensa perorata de Correa acerca de la supuesta "rule of opinion". Fue como escuchar a un niño en medio de una intempestiva rabieta. ¿De qué se queja exactamente? ¿De que algunos columnistas expresan opiniones? ¿De que algunas opiniones no le son favorables? ¿De que algunas de esas opiniones originan de unos sujetos que creen que el mundo gira en torno a ellos, y que el gobierno tiene la obligación de escucharles y seguir sus consejos? Si se trata de esto último, de acuerdo, yo también conozco a unos cuantos de éstos: pero por mucho que ellos piensen así, no tienen en realidad ningún poder, ninguna manera de obligar al gobernante a tomarles en cuenta. Por tanto, no existe "rule of"... nada. Se dice que no ofende quien quiere, sino quien puede; asimismo, no te influencia quien quiere, sino a quien le concedes voluntariamente tal "poder". Al parecer, Correa es de esas personas que no son capaces de simplemente ignorar a quien no le quiere bien, sino que deja que la mera existencia de esa persona le envenene el alma. Trastorno narcisista puro y duro. No veo otra explicación.
Y para terminar, eso de "greater citizen control". De nuevo, estamos ante la contradicción flagrante, esquizofrénica: pues ahora mismito el gobierno de Correa está intentando introducir una nueva ley que pretende controlar "el poder del mercado". Siendo economista, se supone que el Majestuoso Ilimitadito por lo menos entiende lo que es el mercado, es decir, un sistema de "citizen control" que hasta la fecha se ha demostrado superior a cualquier otro, en donde cada ciudadano tiene la posibilidad de hacer valer sus preferencias individuales con total libertad, donde las únicas reglas son, primero, que mis preferencias no pueden ser impuestas en otros individuos, y segundo, que no me van a dar algo a cambio de nada. Pretender "controlar" tal sistema desde arriba es una clara señal de que eso del "citizen control" no le convence mucho: por tanto, se ha de interpretar como eufemismo, donde el significado real es "control from above". Tal como estamos viendo todos los días.
De todas maneras, en el caso de la información, ¿qué es lo que hace suponer que los fallos visibles tengan algo que ver con el mercado? Hemos visto que la descripción de la información como una sustancia invisible, homogénea, universal, algo así como "el masaje", difícilmente se adecúa con la experiencia, que nos enseña la información bajo otro aspecto, como un proceso intelectual que reviste de significado la materia prima, que son simples datos, proceso que habitualmente se replica de diferente manera en el emisor y el receptor, es decir, yo selecciono e interpreto las noticias para ti, tú analizas y criticas mi selección basándote, en parte, en otras informaciones recibidas de otras fuentes. Este proceso, del lado del emisor, se puede ofrecer como servicio, o sea que en principio puede formar parte de un mercado: yo te ofrezco un diario hecho a la medida del ecuatoriano de cierto nivel de ingresos y de determinada ideología política, para que te ahorres tiempo buscando escándalos y lo utilices para reforzar tus prejuicios, o bien, te lo ofrezco como medio publicitario para posicionar tus productos. Habitualmente, en la actualidad, las posibles falencias derivadas de la naturaleza propia de tal información - es decir, su dificultosa apropiación - se suplen con los ingresos derivados de la actividad publicitaria. Es una fórmula que, hasta hoy o digamos que hasta ayer, funciona. Por lo menos, eso parece. Tiene algo de irónico que Correa por un lado sostiene que el negocio de la información no puede ser rentable ("fallo de mercado", recuerdan) y por otro lado esté pidiendo $40m a unos perdedores que se dedican exclusivamente a ese negocio. Si un market failure proporciona ese tipo de ganancias, pues que vengan fallos y más fallos.
Pero claro, no se trata de eso, no se trata de esos cuantiosos ingresos que el negocio permite percibir. Eso, en realidad, es otro motivo más de queja. En teoría, quien intenta suministrar, a través del mercado, un producto con las características de no exclusividad y no rivalidad está destinado al fracaso. En la práctica, sin embargo, eso no sucede, por las razones esgrimidas, es decir, porque lo que se vende no es un intangible producto, sino un servicio. Entonces, para que podamos seguir hablando de un fallo del mercado necesitado de intervención gubernamental, hay que buscar otros pretextos. Uno podría ser la mala calidad de la información proporcionada. Sin embargo, mientras esto puede ejercer el pequeño ingenio de los columnistas del Telégrafo - demasiado cortos de entendederas para reconocer la ironía implícita en tales quejas - como argumento serio, y sobre todo en el campo de la economía, no sirve. ¿Por qué no? Porque en economía, están vedados los juicios de valor acerca de las necesidades y preferencias de los consumidores. Éstos son, simplemente, "given". Para que ese argumento de la "mala calidad" tenga algún sentido, se tendría que demostrar que una necesidad o un deseo de los consumidores, que en teoría podría ser saciado mediante una adecuada distribución de determinado bien, no lo está siendo. Es decir, que la población está pidiendo, infructuosamente, unos productos mediáticos de una determinada calidad, que no existe en el mercado actual. Y con eso volvemos al Telégrafo. El experimento - un diario gubernamental, "público", hecho con fondos ilimitados según la receta del sabio economista, y de una "calidad" infinitamente superior a la de cualquiera de sus rivales (pues evidentemente, "calidad" aquí se entiende como "sumisión al gobierno") sólo ha conseguido una minúscula penetración del mercado, correspondiente a ese segmento que podríamos calificar como el mercado lobotomizado. Lo que demuestra que es muy fácil ponerse a soñar, imaginar maravillosos periódicos llenos de diversidad, de sano entretenimiento, de útiles lecciones, de tronantes "voces excluidas"... hasta que se topa con la realidad de lo que el público realmente quiere. Fin de la lección.
Entonces ¿qué nos queda? Ah, sí, la cuestión del "poder". Esto es la parte más surrealista del argumento de Correa, que por mucho que estemos acostumbrados a escucharlo acá, debe de haber chocado al público de la U. De Columbia. Esencialmente la cosa va así: Los magnates mediáticos tienen demasiado poder. Esto puede dar lugar a abusos. Así que la solución es que los medios estén en manos de quienes tienen muchísimo más poder. De esta manera, terminarán los abusos.
(Para lectores extranjeros: no, no es coña. Así hablan estos incalificables señores.)
En realidad, debe de estar claro a estas alturas que eso del "poder" del magnate de la Comunicación es pura ficción. Si poder significa capacidad de ejercer coercíón (y si no, que me propongan una definición mejor), entonces a estas alturas debe ser claro que el único poder de los señores Pérez es el que posiblemente vienen ejerciendo sobre sus propios empleados. Si tienen algún otro poder, pues ya estaríamos viendo en cadena nacional esos escandalosos casos de personas que han sido obligados, a punta de pistola, a comprar un diario que no quisieron comprar, o a leer una columna que no quisieron leer, o a expresar conformidad con una opinión pese a no estar de acuerdo con ella. En realidad, todas esas cosas son prerogativa exclusiva de los gobernantes. Lo que pasa es que no quieren que nos demos cuenta de ello. Por eso esa extraña proliferación de "poderes fácticos" imaginarios, de cuento de hada.
(De acuerdo, hay columnistas que de vez en cuando discurren sobre el supuesto "cuarto poder". Pura masturbación intelectual. No tiene mayor relevancia.)
Lo que le duele al Sr Correa no es el "poder" de los medios o de sus dueños, que ninguno tienen. Es el hecho de que, en su imaginación, le restan devotos y seguidores. Convence a su público de que el Presidente no es el Mesías. Es decir, influyen sobre "la opinión pública".
Y peor todavía, ¡lo hacen con mentiras y medias verdades! Es decir, ¡copian al propio gobierno!
Aquí es donde a Correa y a sus seguidores les falta un poco de generosidad. Al gobernante se le elige una vez cada cuatro años: el medio se somete a elección todos los días. El político, donde le fallan los argumentos, puede usar la fuerza para salirse con la suya: el medio no. El político puede acaparar emisoras: el medio no. El político puede mandar a su competencia o su rival a la cárcel, o destruirlo financieramente por decreto, o simplemente "confiscarlo". El medio, en cambio, suponiendo un estado de derecho tiene que seguir las reglas del juego establecidas. Se mire por donde se mire, el político, el gobernante, tienen todas las de ganar. Si con todas esas ventajas a su favor, no consigue hacerse con la opinión pública, entonces es lícito preguntar si la culpa estará en sus estrellas o en algún otro sitio.
Fue realmente cómico escuchar, ayer, esa extensa perorata de Correa acerca de la supuesta "rule of opinion". Fue como escuchar a un niño en medio de una intempestiva rabieta. ¿De qué se queja exactamente? ¿De que algunos columnistas expresan opiniones? ¿De que algunas opiniones no le son favorables? ¿De que algunas de esas opiniones originan de unos sujetos que creen que el mundo gira en torno a ellos, y que el gobierno tiene la obligación de escucharles y seguir sus consejos? Si se trata de esto último, de acuerdo, yo también conozco a unos cuantos de éstos: pero por mucho que ellos piensen así, no tienen en realidad ningún poder, ninguna manera de obligar al gobernante a tomarles en cuenta. Por tanto, no existe "rule of"... nada. Se dice que no ofende quien quiere, sino quien puede; asimismo, no te influencia quien quiere, sino a quien le concedes voluntariamente tal "poder". Al parecer, Correa es de esas personas que no son capaces de simplemente ignorar a quien no le quiere bien, sino que deja que la mera existencia de esa persona le envenene el alma. Trastorno narcisista puro y duro. No veo otra explicación.
Y para terminar, eso de "greater citizen control". De nuevo, estamos ante la contradicción flagrante, esquizofrénica: pues ahora mismito el gobierno de Correa está intentando introducir una nueva ley que pretende controlar "el poder del mercado". Siendo economista, se supone que el Majestuoso Ilimitadito por lo menos entiende lo que es el mercado, es decir, un sistema de "citizen control" que hasta la fecha se ha demostrado superior a cualquier otro, en donde cada ciudadano tiene la posibilidad de hacer valer sus preferencias individuales con total libertad, donde las únicas reglas son, primero, que mis preferencias no pueden ser impuestas en otros individuos, y segundo, que no me van a dar algo a cambio de nada. Pretender "controlar" tal sistema desde arriba es una clara señal de que eso del "citizen control" no le convence mucho: por tanto, se ha de interpretar como eufemismo, donde el significado real es "control from above". Tal como estamos viendo todos los días.
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