Murdersville
Que "una inglesa bonita" no sea oxímoron, por mucho que lo parezca, se encarga de demostrar una en cada generación. Hasta donde me alcanzan las arruinadas neuronas, la más reciente contraejemplar fue la neumática Liz Hurley, cuyas curvas al entonces editor auxiliar de The Daily Telegraph (un tipo con el peregrino nombre de Phwoarsthorne) se le antojaron asunto de importancia nacional, tanto que el diario fue rebautizado, por los de Private Eye, como Hurleygraph (y a mucha honra). Antes de ella hubo la diosa de las matemáticas Carol Vorderman, que aun ahora se las arregla para llevarse el codiciado Rear of the Year. De ella lo que más recuerdo es una encuesta publicada en que británicos de ambos sexos le votaron como "el personaje a semejanza del cual más le gustaría tener un robot doméstico" (se supone que el uso a la que se dedicaría tal robot sí manifestaría variaciones según género). De Zeta-Jones no digo nada porque no es inglesa, sino galesa, al igual que la madre de Vorderman. Y así, viajando atrás en el tiempo y haciendo caso omiso de aberraciones como Twiggy o la princesa Di, llegamos a los años sesenta, y con ellos a la Diana Rigg, la que me envenenó la mente en la infancia ya para siempre. Toda la culpa, toda, se la echo a ella. Y es que no es para menos: de niño, no me dejaban ver The Forsyte Saga pero sí en cambio Los Vengadores, en que Rigg encarna al personaje de Emma Peel (de M-Appeal, obvio), frente al John Steed de Patrick MacNee. Es decir, ella es la mitad de un equipo de elegantes agentes dedicados a cazar a esos diabolical masterminds que tanto pululaban en la Inglaterra de los años de posguerra. Él, usando como principales armas sus exquisitos trajes de Pierre Cardin, su amenazador paraguas, y sus estudiados modales; ella, abusando a menudo de esa pasmosa facilidad que tenía para someter a una serie de hombres mediante golpes de karate. Para que el episodio durara cincuenta minutos, el recurso más habitual era emplear a Steed como gumshoe de lujo, mientras que Emma era atada a una silla, a un pilar, a una cama, a unos carriles de tren, por parte de unos desaprensivos a quienes ella ni les concede la satisfacción de verle asustada o descompuesta, sino, como mucho, levemente preocupada. De lo que se deduce que yo, durante toda la vida y hasta la fecha, añoro, con esa desesperada añoranza infantil, conocer a una mujer capaz de lanzarme a través de una pared o de una ventana, como quien lanza un cojín, y que cuando no esté haciendo eso esté atada a una camilla rodeada de malvados científicos locos, entre los que yo también figuraría. Para que me diga esas inmortales palabras que yo antes tenía (en versión .wav) como música de arranque del Windows, en ese tono entre desafiante y cariñosa: "you diabolical mastermind, you!"
Para quien no conozca la serie y desee una introducción (ojo, esto es para adultos, a los niños como ya indiqué se les podría causar un daño irreparable, empezando con la música, que por sí sóla es peligrosamente afrodisiaca), tal vez recomendaría Murdersville, más que nada por lo insinuante del argumento. Veamos. Un pueblo inglés, de aquéllos que conforman el sueño bucólico de las lectoras de Victoria Magazine (q.v.), donde los habitantes poco tienen que hacer aparte de tomar su cerveza, jugar al dominó y predecir las próximas lluvias, es escenario de un asesinato. El asesino, hombre poderoso, ofrece un millón de libras a ser distribuido entre el pueblo entero a cambio de su silencio y connivencia en el crimen. Por encima de las protestas de los pocos honrados, la cosa se somete a votación (consulta popular, digamos). Una mayoría a favor (se menciona que el pueblo tenía problemas, y la cosa estaba entre aceptar la oferta o "escribirle el epitafio" a la aldea), y listos. La minoría de los honrados, en total cuatro habitantes, desde entonces se encuentran presos en el museo del pueblo, colindante a la biblioteca. Estos cuatro son el sacerdote, el sargento de policía, el magistrado y la operadora de la central telefónica. ¿Lo quieren más claro? Para hacerse con el poder, se ha secuestrado, según antigua y venerable receta, a la religión, a las fuerzas del orden, a la justicia y a los medios de comunicación. Éstos últimos, amordazados y reemplazados en sus funciones; el policía desacreditado y acusado de conducta antisocial; la justicia reemplazada por los caprichos de las nuevas autoridades; y (aunque no lo dicen) la religión seguramente ídem. El resultado: un lugar donde quienquiera desee cometer un asesinato sabe que gozará de la protección y connivencia de los nuevos dueños del lugar, con tal de untarles las manos según previo acuerdo. Y el resultado secundario: trae allá un juego de porcelana, un bonito cuadro, un carro del año, y contempla con qué gozo tomarán posesión de todo, para destruirlo se entiende, pues a otra cosa no se ambiciona ya. Y la honradez relegada, sí, a pieza de museo. ¿Impresionante alegoría? Yo me quedo en cambio con esa divina cara, esos finísimos labios, esa barbilla oblanceolada, ese cabello de delirio. Uno no ha sido niño en vano.
Para quien no conozca la serie y desee una introducción (ojo, esto es para adultos, a los niños como ya indiqué se les podría causar un daño irreparable, empezando con la música, que por sí sóla es peligrosamente afrodisiaca), tal vez recomendaría Murdersville, más que nada por lo insinuante del argumento. Veamos. Un pueblo inglés, de aquéllos que conforman el sueño bucólico de las lectoras de Victoria Magazine (q.v.), donde los habitantes poco tienen que hacer aparte de tomar su cerveza, jugar al dominó y predecir las próximas lluvias, es escenario de un asesinato. El asesino, hombre poderoso, ofrece un millón de libras a ser distribuido entre el pueblo entero a cambio de su silencio y connivencia en el crimen. Por encima de las protestas de los pocos honrados, la cosa se somete a votación (consulta popular, digamos). Una mayoría a favor (se menciona que el pueblo tenía problemas, y la cosa estaba entre aceptar la oferta o "escribirle el epitafio" a la aldea), y listos. La minoría de los honrados, en total cuatro habitantes, desde entonces se encuentran presos en el museo del pueblo, colindante a la biblioteca. Estos cuatro son el sacerdote, el sargento de policía, el magistrado y la operadora de la central telefónica. ¿Lo quieren más claro? Para hacerse con el poder, se ha secuestrado, según antigua y venerable receta, a la religión, a las fuerzas del orden, a la justicia y a los medios de comunicación. Éstos últimos, amordazados y reemplazados en sus funciones; el policía desacreditado y acusado de conducta antisocial; la justicia reemplazada por los caprichos de las nuevas autoridades; y (aunque no lo dicen) la religión seguramente ídem. El resultado: un lugar donde quienquiera desee cometer un asesinato sabe que gozará de la protección y connivencia de los nuevos dueños del lugar, con tal de untarles las manos según previo acuerdo. Y el resultado secundario: trae allá un juego de porcelana, un bonito cuadro, un carro del año, y contempla con qué gozo tomarán posesión de todo, para destruirlo se entiende, pues a otra cosa no se ambiciona ya. Y la honradez relegada, sí, a pieza de museo. ¿Impresionante alegoría? Yo me quedo en cambio con esa divina cara, esos finísimos labios, esa barbilla oblanceolada, ese cabello de delirio. Uno no ha sido niño en vano.

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