Información y masaje (2)

Cuando yo vivía en España, hace fuuu, una de mis actividades favoritas era ir a la peluquería. Sí, en serio. Me volví tan adicto a este pasatiempo, que la frecuencia de mis visitas pasó del reglamentario (dados mi nacionalidad y género) cada seis meses, a algo así como cada dos ó tres. El por qué, creo que quedó plasmado en una serie de posts en diferentes blogs o newsgroups que frecuentaba por aquel entonces; pero para entenderlo a cabalidad, mejor que primero vean la cinta Le Mari de la Coiffeuse. En el tiempo que duraban mis visitas, yo era aquel niño, aquel hombre feúcho, ensimismado a la vez que extasiado ante tanta inmerecida opulencia de carne femenina entrevista, o simplemente barruntada, a través de esas clínicas y a menudo astutamente escotadas batas blancas. No tuve más remedio que reconocer que mi cráneo reunía un sinfín de zonas erógenas antes insospechadas; y ese descubrimiento mucho tuvo que ver con aquella costumbre practicada por las huríes del lugar, que consistía en llevarte a una especie de lavacaras modificado, con apoyacuellos incluido, donde con el pérfido pretexto de lavarte el cabello te sometían a una especie de terapia de choque hormonal que por falta de una palabra más adecuada denominaré masaje (del enjabonado cuero cabelludo).

Los caballeros lo entenderán: en cada visita, lo primero que pedía era el diario. Y es que cuando tienes la cabeza echada patrás, y los ojos cerrados, y unos dedos femeninos recorriendo con insistencia los más íntimos escondites de tu frenológicamente accidentada testa, definitivamente no es el momento para pensar en el baloncesto, o en la fórmula química del glutamato monosódico (gracias, Anthony Burgess), o en la carrera armamentística de Corea del Norte, o en ninguna de esas cosas con las que uno habitualmente intenta conjurar en diferentes circunstancias el amenazante priapismo. El diario es mucho más práctico y perfectamente resultón. Se coloca cuidadosamente, doblado, en forma de V invertida, sobre el tumultuoso regazo y ya. Asunto solucionado, y a gozar.

Casi, casi, se supondría que para eso precisamente se inventó; o por lo menos, para eso se constata su presencia en todos los locales de trasquile con personal femenino que en el mundo hay. Pero no.

Ni siquiera, dicen, fue inventado para aquella finalidad a la que los ingleses, según secular tradición, lo dedican, verbigracia, el envolvimiento de filetes de pescado acompañados de papas fritas.

No, no, nada de eso. La finalidad del diario es comunicar información. Eso es lo que dice Correa, y como sabemos, él dice siempre la verdad.

Bueno, tampoco es como para parodiarle ni distorsionarle. He aquí lo que realmente dice:

Information, I repeat, is a public good. That is, an economic good that is available to everybody, and its use by one person should not prevent its use by others. In technical terms, these two characteristics are known as non-exclusion and non-rivalry, respectively. The problem of supplying public goods is a well-known problem in economics... And this involves what is known as a market failure. To provide public goods is a market failure. Why? In other words, that market driven businesses will not supply this good efficiently. And nevertheless, economics has hardly conducted any studies at all on the matter of supplying public goods from the standpoint of power. Supplying a public good such as information bestows power. The good or bad quality of information affects all of society. It impacts decision making by the public every single day. ... That is why, in supplying this good, regulations are required to prevent the abuse of power and foster greater citizen control over something than can help or civilly(? ) undermine society.

(énfasis mío)

Acabo de recordarlo. Sí, en aquellas visitas a la peluquería (al gabinete), yo sí consumía información. Pero no puede decir que tal información me fue suministrada eficientemente. Para empezar, y en aras de higiene esencial y simetría capilar, había que quitarse las gafas (los lentes). Con mi grado de miopía, eso representaba un óbice harto dificultoso para la adecuada asimilación de la información proporcionada por el Periódico de Catalunya, aunque ayudaba bastante el estilo casero de ese diario, con su característico apego al uso de diagramas y todo tipo de gráficos explicativos. Pero donde más padecí la falta de información fue en presencia de esas exquisitamente rellenas batas blancas. ¿Qué no quería saber? Desde el teléfono de la chica, pasando por su relación particular con los hombres feos, hasta la ecuación polinomial de segundo grado adecuada para describir la oculta curva inferior de esos senos celestiales vistos de reojo, más allá del borroso mapa de Kosovo. En momentos como ése, de epifanía que diríamos, todo deviene información, y todo es a la vez falta de información: pues el trabajo del cerebro, cuando está despierto, consiste en transformar datos en información mediante la asignación de significado, un proceso para él tan nativo como es la fotosíntesis para las plantas.

Resumimos. Según nuestro ilimitado oráculo, la información es algo que el mercado nos puede suministrar, o tal vez no, pero en ningún caso eficientemente: "market failure". Siendo esta cosa, o sustancia, o como quieras llamarlo, "un bien", del cual todo el mundo debería gozar. A este alto nivel de abstracción, creo que estaríamos justificados en postular como complemento conceptual, relevante en el caso citado (el de los gabinetes) y a guisa de comparación, otro bien público como es el masaje, pues en principio satisface los mismos criterios, es decir, los de no exclusión y no rivalidad, respectivamente: si me dan un masaje eso no significa que quede menos masaje para ti, ni que sea menos probable que te dén uno, aunque tal vez no sea la misma chica que te dé. Y de acuerdo que en uno y otro caso, el mercado, el dichoso mercado, fracasa estrepitosamente, pues si bien hay muchas formas de masaje y muchos lugares donde puedes conseguir uno, la distribución global de masajes en nuestra sociedad dista mucho, flagrantemente diría yo, de ser Pareto optimal. Sobre todo los del cuero cabelludo, de que no he vuelto a gozar desde que abandoné ese lujoso y sensual país. Ah, y además, "masajear confiere poder". (Pregunten si no a la que, al segundo año de estar yo acá en Durán, casi me rompe la espalda. Creo que se llamaba Hotty. No se rían.) Y si algún político está leyendo esto: sí, evidentemente, estoy diciendo que el gobierno debería tomar cartas en el asunto. Urge crear una Ley de Masajes, que garantice el acceso equitativo de todas y de todos a algún tipo de fricción corporal placentera, y castigos para quien tenga los pulgares callosos. Es la única solución.

Fuera de coña: ¿lo será?

Si una cosa se puede decir de Correa sin temor a equivocación, es que él odia los periódicos como yo la remolacha. No los aguanta cerca de él. Lo encuentro muy respetable. Todos tenemos nuestras betes noires. Pero el deceso del diario impreso en los países avanzados, que considero inminente, a mí personalmente me inspira una indecible nostalgia. Crecí con ellos. Me sirvieron para tanto: los usos detallados arriba, amén de las crucigramas de Araucaria en el Grauniad, sobre todo las de Navidad que eran soberbias en su cripticidad (¿existe?). Una amiga colombiana que trabajaba en los campos en Murcia los usaba para forrarse la ropa en aquellas heladas madrugadas. Para limpiar ventanas no hay nada mejor. El ya difunto News of the Screws, de Murdoch, era imposible de leer con fruición (la morfología pectoral femenina no se traduce bien en los colores simplificados de las imprentas de Wapping) pero tenía el tamaño perfecto para forrar la bandeja de arena de los gatos (que también era tabloide). Los gazapos tipográficos, sobre todo los del Grauniad, eran una fuente de hilaridad sin parangón en el mundo civilizado. Y encima de todos estos valiosos usos, como quien no quiere la cosa, te daban las noticias del día. De una manera torpe, a veces, sesgada, sensacionalista, incompleta, burda, pero te daban las noticias. Y eso, sin gobiernos de por medio, sin leyes de comunicación ni nada de nada. Puro mercado. Así que, a este nivel ahora no tan abstracto pero sí superficial, el mercado parece que algo hace. El problema, empero, y siempre según el Oráculo, es que ese mismo mercado no lo hacía entonces, ni lo puede hacer nunca, "bien", "eficientemente". ¿Bien según los criterios de quién? Y ¿cual es la alternativa? Estas fascinantes preguntas tenía intención de explorar aquí y ahora, pero veo que tengo sueño. Será para mañana.

Comments

Popular posts from this blog

Odio

Relaciones diplomáticas

The OK Salvadoran