Gracias, Orlando
Su artículo navideño me iluminó tanto como la lectura de un soneto de Nerval iluminaría a quien busca una buena receta para el relleno de pavo. Ya sé, la culpa es mía: es absurdo esperar que un artículo con el título festivo de "¿Cuánto de popular hay en las demandas de los movimientos indígenas?" pudiera dar alguna pista sobre cuáles son esas demandas. Pero por lo menos quisiera aprovechar la ocasión para señalar mi incipiente curiosidad por saber qué demandas tienen, en la actualidad, los movimientos indígenas del Ecuador: si algún lector, indígena o no, quisiera ilustrarme algo al respecto, ahí está la caja de comentarios.
Claro que como seguidor superficial de las páginas de las noticias, estoy consciente de que hay un edificio en Quito que la CONAIE ocupa desde hace 25 años y que el gobierno ahora, de manera sorpresiva, quiere destinar a otros usos. A mí me parece que ubicar la sede de tu organización en un edificio que, a más de no ser tuyo, pertenece al enemigo, es ser cojudos en grado culposo, pero igual hay algún aspecto de la cuestión que me elude, y a más a más, confesaré que mis conocimientos sobre la figura legal del comodato brillan por su inexistencia. (Como dato aparte, mencionaré que el régimen de vivienda que mejor he conocido a lo largo de mi vida ha sido, precisamente, el incomodato.)
Cambiando de tema un poco, me parece que idéntico grado de cojudez demuestra esa organización que, desde un apartamento alquilado o cómodamente cedido, se pone a denunciar a su propio terrateniente, y esa mujer que, tras cerciorarse de que el hombre desconocido que tiene al lado en el tren subterráneo es un simio antisocial, que además va armado (una taza de chocolate caliente), le interpela sobre sus malas costumbres. Creo que hasta ahí podemos estar todos de acuerdo: como reza el refrán, discretion is the better part of valour. Pero la anécdota enlazada, a la que pienso volver, me pone sobre la pista de un tema de fondo que quisiera explorar también un poco, mayormente para enterarme yo mismo de lo que pienso al respecto. Así que (esto amenaza con ser largo):
Hace muchos, muchos años, hablamos tal vez del año 1986 o por ahí, yo iba viajando en un tren nocturno desde Madrid a Irún-Hendaye, con vistas a continuar luego el viaje a París y más allá. El tren iba lleno, y me resigné enseguida a hacer el viaje de pie, o acurrucado en una esquina de uno de los pasillos, como muchos viajeros más (la inmensa mayoría jóvenes estudiantes) ya estaban haciendo. No recuerdo cómo fue, entablé conversación con una chica de mi misma edad, una inglesa creo que fue, o tal vez estadounidense, no recuerdo bien, aparentemente de clase media y estudios superiores y de trato muy agradable. Como ella expresaba cierta frustración por el hecho de tener que viajar de noche sin asiento, decidí por mi cuenta ayudarla a resolver el problema. Empecé a mirar dentro de las cabinas de segunda clase. Al final hallé una que tenía una plaza vacía. Las otras cinco plazas, de un total de seis (tres y tres, enfrentadas) iban ocupadas por hombres jóvenes que por su aspecto pensé que probablemente eran magrebíes. Sin pensármelo más, fui a buscar a la chica.
- Mira, he encontrado una plaza vacía en una cabina, si quieres sentarte.
- Ah, maravilloso. ¿También para ti?
- No, sólo hay una.
La chica dudó un instante, como procesando si tal alarde de "caballerosidad" merecía una reprenda por sexismo o no. Al final su cara llegó a la conclusión de que lo que había allí no era rancia caballerosidad sexista, sino simple cojudez de tonto pueblerino, y sonrió. - Gracias.
La acompañé por el pasillo, mentalmente prendiendo en la solapa de mi descosido saco una medalla de los Boy Scouts por la Buena Acción del Día. Cuando llegamos a la cabina, abrí la puerta deslizante, dije "allí está, plaza vacía", ella echó un vistazo dentro, dio media vuelta, y me miró con cara de ilimitado desprecio. "Qué eres, algún tipo de pervertido," me espetó, y se alejó rápidamente por el pasillo.
Me quedé anonadado. Al final, decidí que la inexplicable rareza de esa chica no era cortapiés para yo aprovecharme de ese asiento libre. Coloqué mi maleta en el estante superior y me senté. Al cabo de un minuto, uno de los supuestos magrebíes que iba ahí, con cara de muy pocos amigos, se inclinó hacia mí con un gesto amenazador. Echo un rápido vistazo hacia sus compañeros, y luego dijo: "¿Qué querías hacer, metiendo aquí a esa mujer?" Me rasqué la cabeza. "Ofrecerle un asiento para el viaje," contesté, intentando devolverle la mueca de pocos amigos lo mejor que pude, para no desentonar. El otro dudó, luego hizo un gesto como señalando la enajenación mental de su interlocutor, y se repantigó de nuevo en su asiento, hablando con sus compañeros en árabe. No dije más en lo que quedó del viaje.
Me parece que esta historia demuestra una de dos cosas. Descartemos primero la conjetura de la chica: sí, efectivamente, da la casualidad de que soy algún tipo de pervertido, pero no ese tipo. Dedicarme a buscar un asiento para alguien en un tren atestado no entre en la lista de mis 20 fantasías sexuales favoritas. Entonces, la conclusión a sacar podría ser que esa chica era simplemente una estúpida. No por el evidente hecho de que no quería compartir cabina en horario nocturno con esos cinco hombres, lo cual encuentro perfectamente comprensible (ahí llegaremos) sino por proyectar sobre mí la parte culposa de sus propios temores y prejuicios. Podría haber dicho simplemente, con una sonrisa apaciguadora: Gracias, pero creo que me quedaré acá fuera. ¿Por qué no te sientas tú allí? y asunto concluido.
Entre las posibles razones por que no lo hizo: si después de mirar la gente que viaja en una cabina, luego rechazas entrar a acompañarles, tal rechazo podría interpretarse como una muestra de prejuicio. Obviamente, una chica de clase media y estudios superiores no va a decir: ¿Estás loco? ¿Meterme en una cabina con cinco marroquíes? No va a decir eso, porque suena terriblemente racista. Pero en este caso, nada le hubiera impedido decir: "No, gracias, prefiero no compartir cabina con cinco hombres", acompañándolo con uno de esos eye-rollings, de indulgente resignación ante la estupidez ajena, que toda anglosajona tiene en su arsenal (muchas incluso no tienen nada más que eso). Si bien el racismo está mal visto, la misandria (una forma de sexismo) es otra historia. Es hasta políticamente correcta. Es y era. Por eso digo: para mí, la chica queda como una estúpida. Tenía salidas perfectamente urbanas ante la situación. No era necesario acusar a nadie de ser pervertido.
Pero hay otra interpretación supongo que igualmente válida: que el estúpido fui yo. Fui estúpido por no haber aprendido cierta norma social, que de haberla tenido bien digerida, me hubiera impedido hacer así el ridículo, invitando a una chica que ningún mal me había hecho a exponerse a una situación, para ella, embarazosa y desagradable. Lo único que puedo decir al respecto es que sigo sin conocer la norma social en cuestión (si alguien quiere explicármelo, ahí está la caja de comentarios). Ella quería un asiento. Yo encontré un asiento y de bondad se lo ofrecí. Punto. Es cierto que cuando vi aquel departamento por primera vez, me pasó por la mente algo así como "estos tipos, por su aspecto, dan un poco de miedo". Es también cierto que cuando yo finalmente ocupé ese asiento, no iba cómodo: me negué a dormir porque se me ocurrió que ellos podrían robarme, que me despertaría sin mi equipaje. Pero no soy tan, cómo lo digo, tan primitivo como para pensar que mis prejuicios y miedos necesariamente serán compartidos por el resto de las personas. Porque de eso se trata, precisamente: de prejuicios.
Pre-juicios: juicios preliminares que haces antes de poder disponer de mayor información. Todos los manejamos cotidianamente. Si voy caminando de noche por una calle casi desierta, y en dirección contraria viene una chica bajita, con tacones y falda corta, no me sentiré en peligro, o digamos que mi peligrómetro registrará un valor mínimo de 0.7 sobre una escala de diez. El de la chica, previsiblemente algo así como un 6.7: quien viene hacia mí es hombre, es alto y algo corpulento... pero por su manera de vestir y sus facciones y sobre todo su edad, parece un hombre inofensivo, un viejo ratón de biblioteca o algo así... aunque los hombres de esa edad nunca se sabe, bastantes viejos verdes hay, y es horrorosamente feo... ¿dónde está el Mace por si acaso?... Si quien viene hacia mí, o hacia ella, es un grupo de tres hombres jóvenes, vestidos con wifebeaters, y uno de ellos lleva un bate de beisbol, y otro demuestra un leve grado de embriaguez por su forma de caminar, creo que el peligrómetro tanto mío como de ella registrará un valor más alto, algo así como un 7.8 (yo) o un 8.8 (ella). Y si a más de los datos mencionados, da la casualidad de que los tres hombres son inmigrantes, aparentemente de uno de esos países que tienen en común una mayoritaria adhesión al Islam, esa religión impresentable que desprecia a las mujeres, es posible que en algunas personas (yo mismo, si soy esa chica) el peligrómetro suba un poquito más, hacia 8.9 o hasta 9.1, dependiendo de cuáles han sido mis últimas lecturas de prensa sensacionalista o datos estadísticos de crímenes violentos. Si soy la chica, agarro el Mace firmemente con la mano derecha, mi desarmador favorito en la otra y, por precaución, cruzo la calle. Son simples estrategias de supervivencia.
Si el prejuicio no admite rectificación ante la abrumadora evidencia, merece otro nombre: posjuicio tal vez. Cuídate de ellos: dan cáncer.
En el caso mencionado, entonces, la chica vio un departamento con cinco hombres que por su aspecto parecían peligrosos. Sí, eran sus prejuicios los que la llevaron a esa conclusión (siempre suponiendo que si los cinco hombres hubieran sido blancos, de clase media y avanzada edad, y que discutían sobre teología cristiana mientras alguno de ellos ajustaba su cuello de pastor o sacerdote, ella hubiera aceptado el asiento sin mayores dificultades). Sobre ese tipo de prejuicios hay mucho que decir: de entrada, creo que hay algunos que son bien fundamentados, y otros que no tanto. Dejo esta observación de lado para no perder el hilo. También creo que hay situaciones en que los prejuicios nos pueden ayudar, y otras en que sólo nos estorban. De nuevo, dejo esto de lado. Lo que quiero recalcar es lo siguiente: que crecí y me formé en una cultura en que, consensualmente, podrías tener los prejuicios que quisieras, con una sola condición: la de no expresarlos.
Interesante pregunta: si realmente crees que los hombres marroquíes son, en general y con insignificantes excepciones, violadores en potencia, ¿qué hay de malo en decir lo que piensas? Pues hay dos motivos que te lo podrían desaconsejar: (1) quedas como racista, y te expones a crítica por el mismo hecho; (2) puedes ofender la sensibilidad de las personas objeto de tu prejuicio, en este caso, de todos los miembros del conjunto hombres-marroquíes-no-potenciales-violadores. Creo que ambas razones pesan, en la cabeza de mucha gente, aunque tal vez más pesa la primera; en todo caso, son argumentos de un valor algo relativo. Primero, porque en general hay situaciones, nadie lo duda, en que es mejor definirte y exponerte a críticas, justificadas o no, que callarte sólo para quedar bien. Segundo, porque ofenderse o no ofenderse es cosa de cada uno. Si alguien cree firmemente que yo soy un pederasta, porque todos los europeos viejos lo son, puedo o no "ofenderme" por ello, pero de todos modos, prefiero que me lo diga en lugar de sólo pensarlo: así, no tendré que ocuparme en adivinar la razón de su evidente animadversión, y tal vez, dialogando, podré convencerle de que se ha equivocado. Pero por otro lado, no siempre es fácil ver qué beneficio trae la simple expresión de un prejuicio. La mayoría de las ofensas son gratuitas, innecesarias y feas. Por lo que tener como principio general "no expresarás tus prejuicios" puede ser considerado como un elemento cultural civilizador. De todas maneras, y repito, es un principio que me ha acompañado por toda la vida.
Así que, en la anécdota referida, si invité a la chica a ocupar un lugar que a mí mismo me parecía un poco peligroso, fue porque el no hacerlo hubiera sido, de modo indirecto, la "expresión" o exteriorización de un "prejuicio", algo que mi ética personal me impedía de hacer. De todas maneras, si realmente había allí un peligro para esa chica, la responsabilidad de evaluarlo y de actuar en consecuencia era suya, no mía. Y ese tema de la responsabilidad también hay que tenerlo en cuenta.
Es posible que alguno que lea eso piense "qué hipócrita es esa cultura que dice que es la suya". Tiene toda la razón. La hipocresía forma la base del modo de convivencia británico. Es indiscutible. La idea de que uno siempre, como norma general, debe decir lo que piensa, allá es de un exotismo sobrecogedor. Es prácticamente imposible convencer a un británico sereno para que diga, sin más, lo que piensa. Por eso alguno de nosotros tenemos blogs: para decir todo aquello que en la vida real, sería imposible siquiera esbozar. Tal hipocresía, dicho sea de paso, quizá contribuya a esa reputación, justificada creo yo, de que los británicos somos los peores amantes del mundo. En ningún otro país, con la posible salvedad de Japón, encontrarás hombres y mujeres para quienes el escarceo amoroso se parece tanto a un complicado juego de ajedrez. Y ello porque las "normas sociales" que deben regir ese tipo de encuentro son de naturaleza muy esquivos, sobre todo cuando conscientemente intentas dar con ellos y codificarlos para no apartarte de ellos ni un ápice. Si quieres que un británico se enamore de ti, por el resto de su vida, sólo tienes que conseguir que, durante algunos segundos aunque sea, pierda el control y se deje ir. Pero ojo, no lo vas a tener fácil. Planifícalo bien, y ensaya bien tus técnicas. Y ten preparado el discurso pos-coito, eso de "no te arrepientes, no pasó nada, tranquilízate, no hiciste nada malo". Yo, en tu lugar, me olvidaría el asunto y me pondría a seducir a un ucraniano instead. Mucho más fácil y divertido.
Pero qué te voy a contar a ti, que ya viste Un Pez Llamado Wanda.
En fin. Volviendo a la anécdota enlazada anteriormente, de la bloguera que defiende a una mujer víctima de comentarios racistas de parte de un babeante imbécil en un tren subterráneo, tanto la reacción de la víctima inicial como de la bloguera me dejaron pensando.
Obviously the carriage thinned out, due to us being in embarrassed England, apart from one amazing woman who stood protectively next to me like a long-lost aunt. (...) But I wasn’t bothered about the lack of back-up. I expect nothing less in this country. We don’t “do” conflict.
Cierto. Habría sido muy sorprendente si, en la Inglaterra del año 2014, el resto de pasajeros hubieran tomado parte en el asunto, por ejemplo, exigiendo al simio que se calle y que muestre algo de respeto. Pero da la casualidad de que soy un viejo que hasta soy capaz de recordar cómo funcionaba este tipo de cosas antes, allá en los años 60. Y estoy dispuesto a decir que, si bien los ingleses siempre han sido reacios a entrar en situaciones de conflicto, y a interpelar a personas extrañas sobre asuntos "que no les conciernen", en ese remoto pasado un patán de esa especie habría tenido, al final, que ceder ante la presión social de la mayoría de pasajeros, aunque dicha presión se habría expresado de un modo muy sutil y parco en palabras. Y ello es así porque la presión "social" sólo necesita, para ejercitarse, que exista una sociedad: en este contexto, una comunidad que, más o menos conscientemente, comparta ciertos valores y, si se quiere, también ciertos prejuicios. Por ejemplo, que comparta la idea de que está mal que un hombre increpe a una mujer en un lugar público usando gestos amenazantes y lenguaje de la alcantarilla. Idea que, eso sí, se basa en un "estereotipo sexista", y que, por lo mismo, sería imposible de expresar en los mismos términos hoy en día.
Si había otros hombres en ese tren, lo más probable es que habrán pensado: si intervengo, me dirán sexista, por aparentemente creer que las mujeres necesitan de mi protección. Mejor me callo, entonces, y miro por otro lado. Que se defiendan ellas mismas. Ya son grandecitas.
En fin. Lo que está claro es que en el Reino hUnDido ya no hay una sociedad. Algunos culparán a los sindicatos, otros a la Maggie, otros al Zeitgeist, otros considerarán que no hay culpa sino motivo de júbilo, en fin, el tema escapa largamente del alcance de este post (y de este cerebro) pero hay que constatar lo evidente: lo que hay en ese país ya no es una sociedad sino, acaso, una multitud de microsociedades fraccionadas, en guerra encubierta entre sí. Para decir eso me baso, en parte, en el hecho documentado de que a bastantes personas de ese país les seduce la idea de irse a Siria con la esperanza de poder cortarles la cabeza a otros paisanos suyos ahí. Cuando una parte de la población quiere cortarles la cabeza a otra parte de la población creo que no se puede hablar de una sociedad. Y esta situación no puede, a pesar de las nostalgias conservadoras y de la retórica de ciertos partidos, remediarse. Cuando una sociedad desaparece, desaparece para siempre. Para bien o para mal, ya no hay vuelta atrás.
Y me viene todo eso a la mente en parte porque hoy día, vivo en un país en que todavía existe una sociedad, que la clase política está haciendo todo lo posible por destruir, dizque "para construir otra sociedad más justa, más esto, más lo otro". ¿Cuándo se darán cuenta que para los políticos, destruir una sociedad es tarea fácil, hasta rutinaria, pero crear una nueva, netamente imposible? ¿Cuándo?
En el R.hU llevan décadas intentándolo. Los eslóganes se suceden con electorera puntualidad. Para John Major, allá en los 90, era la Classless Society (algo menos británico que eso, imposible de concebir, pero se admira la valentía del intento). Luego vino el Third Way de Blair, seguido por Cool Britannia. Luego el Big Society del actual inquilino de Downing Street, cuyo nombre en este momento no recuerdo. Eslóganes, nada más. El cadáver no se mueve ni cuando se dan esos rayos.
Lo que había antes era una sociedad con muchos problemas (el class system, entre ellos) y muchos defectos. No era perfecto, pero tampoco era un infierno sobre la tierra estilo Corea del Norte. Tenía también sus cosas buenas: entre ellas, que una mujer podría viajar tranquilamente en tren sin miedo. Era una sociedad. Ahora, repito, no vale la pena ni intentar resucitar eso, pese a las cómicas nostalgias de los UKIPpers. Se fue.
¿Qué haces, entonces, cuando ya no compartes con quienes te rodean nada, ningún valor, ninguna esperanza, ningún rasgo cultural? Pues adaptarte a la vida posmoderna, a otra manera de vivir, a otro saber estar. Intentar una convivencia pacífica a base de unos sencillos principios básicos, acaso a base del Principio de No Agresión y punto.
Pero ¿aun puedes hablar con otros viajeros en un tren, increparles sobre su comportamiento?
La chica del blog, aparentemente, piensa que sí. Yo hubiera pensado lo contrario. Ella habla y actúa como si todavía viviera en una sociedad. O bien es tonta, o bien valiente, o bien metiche. No sé qué pensar de ella, en realidad. Es rara.
No dejo de preguntarme qué pasa con esta sociedad en que ahora vivo y paso desapercibido. Está asediado desde tantos ángulos. Me apena ver que uno de los rasgos más valiosos (para mí) de la sociedad ecuatoriana, la llamativa capacidad de su gente para llamar las cosas por su nombre y decir frontalmente lo que piensa, está siendo agredido ahora mismo desde la Corrección Política, desde el Feminismo Bobo Norteamericano, desde el discurso populista de importación Made In China y desde una legalidad secuestrada (caso Monge), y que se intenta y se valora que el ecuatoriano haga el esfuerzo por parecerse a un hipócrita anglosajón. Lo único que les puedo decir: I have seen the future and it swears and throws chocolate on your shoes.
Volviendo a Orlando: sí, seguramente tienes razón y los afroecuatorianos, los montubios, los indígenas y quién sabe si también los gringos empleados de la CIA todos quepamos en una sola casa, la de Los Pueblos, y así se evita tanta duplicación de trabajo de espionaje y demás gastos. Y el nuevo Comodato, de un año renovable por buena conducta, por si acaso.
Claro que como seguidor superficial de las páginas de las noticias, estoy consciente de que hay un edificio en Quito que la CONAIE ocupa desde hace 25 años y que el gobierno ahora, de manera sorpresiva, quiere destinar a otros usos. A mí me parece que ubicar la sede de tu organización en un edificio que, a más de no ser tuyo, pertenece al enemigo, es ser cojudos en grado culposo, pero igual hay algún aspecto de la cuestión que me elude, y a más a más, confesaré que mis conocimientos sobre la figura legal del comodato brillan por su inexistencia. (Como dato aparte, mencionaré que el régimen de vivienda que mejor he conocido a lo largo de mi vida ha sido, precisamente, el incomodato.)
Cambiando de tema un poco, me parece que idéntico grado de cojudez demuestra esa organización que, desde un apartamento alquilado o cómodamente cedido, se pone a denunciar a su propio terrateniente, y esa mujer que, tras cerciorarse de que el hombre desconocido que tiene al lado en el tren subterráneo es un simio antisocial, que además va armado (una taza de chocolate caliente), le interpela sobre sus malas costumbres. Creo que hasta ahí podemos estar todos de acuerdo: como reza el refrán, discretion is the better part of valour. Pero la anécdota enlazada, a la que pienso volver, me pone sobre la pista de un tema de fondo que quisiera explorar también un poco, mayormente para enterarme yo mismo de lo que pienso al respecto. Así que (esto amenaza con ser largo):
Hace muchos, muchos años, hablamos tal vez del año 1986 o por ahí, yo iba viajando en un tren nocturno desde Madrid a Irún-Hendaye, con vistas a continuar luego el viaje a París y más allá. El tren iba lleno, y me resigné enseguida a hacer el viaje de pie, o acurrucado en una esquina de uno de los pasillos, como muchos viajeros más (la inmensa mayoría jóvenes estudiantes) ya estaban haciendo. No recuerdo cómo fue, entablé conversación con una chica de mi misma edad, una inglesa creo que fue, o tal vez estadounidense, no recuerdo bien, aparentemente de clase media y estudios superiores y de trato muy agradable. Como ella expresaba cierta frustración por el hecho de tener que viajar de noche sin asiento, decidí por mi cuenta ayudarla a resolver el problema. Empecé a mirar dentro de las cabinas de segunda clase. Al final hallé una que tenía una plaza vacía. Las otras cinco plazas, de un total de seis (tres y tres, enfrentadas) iban ocupadas por hombres jóvenes que por su aspecto pensé que probablemente eran magrebíes. Sin pensármelo más, fui a buscar a la chica.
- Mira, he encontrado una plaza vacía en una cabina, si quieres sentarte.
- Ah, maravilloso. ¿También para ti?
- No, sólo hay una.
La chica dudó un instante, como procesando si tal alarde de "caballerosidad" merecía una reprenda por sexismo o no. Al final su cara llegó a la conclusión de que lo que había allí no era rancia caballerosidad sexista, sino simple cojudez de tonto pueblerino, y sonrió. - Gracias.
La acompañé por el pasillo, mentalmente prendiendo en la solapa de mi descosido saco una medalla de los Boy Scouts por la Buena Acción del Día. Cuando llegamos a la cabina, abrí la puerta deslizante, dije "allí está, plaza vacía", ella echó un vistazo dentro, dio media vuelta, y me miró con cara de ilimitado desprecio. "Qué eres, algún tipo de pervertido," me espetó, y se alejó rápidamente por el pasillo.
Me quedé anonadado. Al final, decidí que la inexplicable rareza de esa chica no era cortapiés para yo aprovecharme de ese asiento libre. Coloqué mi maleta en el estante superior y me senté. Al cabo de un minuto, uno de los supuestos magrebíes que iba ahí, con cara de muy pocos amigos, se inclinó hacia mí con un gesto amenazador. Echo un rápido vistazo hacia sus compañeros, y luego dijo: "¿Qué querías hacer, metiendo aquí a esa mujer?" Me rasqué la cabeza. "Ofrecerle un asiento para el viaje," contesté, intentando devolverle la mueca de pocos amigos lo mejor que pude, para no desentonar. El otro dudó, luego hizo un gesto como señalando la enajenación mental de su interlocutor, y se repantigó de nuevo en su asiento, hablando con sus compañeros en árabe. No dije más en lo que quedó del viaje.
Me parece que esta historia demuestra una de dos cosas. Descartemos primero la conjetura de la chica: sí, efectivamente, da la casualidad de que soy algún tipo de pervertido, pero no ese tipo. Dedicarme a buscar un asiento para alguien en un tren atestado no entre en la lista de mis 20 fantasías sexuales favoritas. Entonces, la conclusión a sacar podría ser que esa chica era simplemente una estúpida. No por el evidente hecho de que no quería compartir cabina en horario nocturno con esos cinco hombres, lo cual encuentro perfectamente comprensible (ahí llegaremos) sino por proyectar sobre mí la parte culposa de sus propios temores y prejuicios. Podría haber dicho simplemente, con una sonrisa apaciguadora: Gracias, pero creo que me quedaré acá fuera. ¿Por qué no te sientas tú allí? y asunto concluido.
Entre las posibles razones por que no lo hizo: si después de mirar la gente que viaja en una cabina, luego rechazas entrar a acompañarles, tal rechazo podría interpretarse como una muestra de prejuicio. Obviamente, una chica de clase media y estudios superiores no va a decir: ¿Estás loco? ¿Meterme en una cabina con cinco marroquíes? No va a decir eso, porque suena terriblemente racista. Pero en este caso, nada le hubiera impedido decir: "No, gracias, prefiero no compartir cabina con cinco hombres", acompañándolo con uno de esos eye-rollings, de indulgente resignación ante la estupidez ajena, que toda anglosajona tiene en su arsenal (muchas incluso no tienen nada más que eso). Si bien el racismo está mal visto, la misandria (una forma de sexismo) es otra historia. Es hasta políticamente correcta. Es y era. Por eso digo: para mí, la chica queda como una estúpida. Tenía salidas perfectamente urbanas ante la situación. No era necesario acusar a nadie de ser pervertido.
Pero hay otra interpretación supongo que igualmente válida: que el estúpido fui yo. Fui estúpido por no haber aprendido cierta norma social, que de haberla tenido bien digerida, me hubiera impedido hacer así el ridículo, invitando a una chica que ningún mal me había hecho a exponerse a una situación, para ella, embarazosa y desagradable. Lo único que puedo decir al respecto es que sigo sin conocer la norma social en cuestión (si alguien quiere explicármelo, ahí está la caja de comentarios). Ella quería un asiento. Yo encontré un asiento y de bondad se lo ofrecí. Punto. Es cierto que cuando vi aquel departamento por primera vez, me pasó por la mente algo así como "estos tipos, por su aspecto, dan un poco de miedo". Es también cierto que cuando yo finalmente ocupé ese asiento, no iba cómodo: me negué a dormir porque se me ocurrió que ellos podrían robarme, que me despertaría sin mi equipaje. Pero no soy tan, cómo lo digo, tan primitivo como para pensar que mis prejuicios y miedos necesariamente serán compartidos por el resto de las personas. Porque de eso se trata, precisamente: de prejuicios.
Pre-juicios: juicios preliminares que haces antes de poder disponer de mayor información. Todos los manejamos cotidianamente. Si voy caminando de noche por una calle casi desierta, y en dirección contraria viene una chica bajita, con tacones y falda corta, no me sentiré en peligro, o digamos que mi peligrómetro registrará un valor mínimo de 0.7 sobre una escala de diez. El de la chica, previsiblemente algo así como un 6.7: quien viene hacia mí es hombre, es alto y algo corpulento... pero por su manera de vestir y sus facciones y sobre todo su edad, parece un hombre inofensivo, un viejo ratón de biblioteca o algo así... aunque los hombres de esa edad nunca se sabe, bastantes viejos verdes hay, y es horrorosamente feo... ¿dónde está el Mace por si acaso?... Si quien viene hacia mí, o hacia ella, es un grupo de tres hombres jóvenes, vestidos con wifebeaters, y uno de ellos lleva un bate de beisbol, y otro demuestra un leve grado de embriaguez por su forma de caminar, creo que el peligrómetro tanto mío como de ella registrará un valor más alto, algo así como un 7.8 (yo) o un 8.8 (ella). Y si a más de los datos mencionados, da la casualidad de que los tres hombres son inmigrantes, aparentemente de uno de esos países que tienen en común una mayoritaria adhesión al Islam, esa religión impresentable que desprecia a las mujeres, es posible que en algunas personas (yo mismo, si soy esa chica) el peligrómetro suba un poquito más, hacia 8.9 o hasta 9.1, dependiendo de cuáles han sido mis últimas lecturas de prensa sensacionalista o datos estadísticos de crímenes violentos. Si soy la chica, agarro el Mace firmemente con la mano derecha, mi desarmador favorito en la otra y, por precaución, cruzo la calle. Son simples estrategias de supervivencia.
Si el prejuicio no admite rectificación ante la abrumadora evidencia, merece otro nombre: posjuicio tal vez. Cuídate de ellos: dan cáncer.
En el caso mencionado, entonces, la chica vio un departamento con cinco hombres que por su aspecto parecían peligrosos. Sí, eran sus prejuicios los que la llevaron a esa conclusión (siempre suponiendo que si los cinco hombres hubieran sido blancos, de clase media y avanzada edad, y que discutían sobre teología cristiana mientras alguno de ellos ajustaba su cuello de pastor o sacerdote, ella hubiera aceptado el asiento sin mayores dificultades). Sobre ese tipo de prejuicios hay mucho que decir: de entrada, creo que hay algunos que son bien fundamentados, y otros que no tanto. Dejo esta observación de lado para no perder el hilo. También creo que hay situaciones en que los prejuicios nos pueden ayudar, y otras en que sólo nos estorban. De nuevo, dejo esto de lado. Lo que quiero recalcar es lo siguiente: que crecí y me formé en una cultura en que, consensualmente, podrías tener los prejuicios que quisieras, con una sola condición: la de no expresarlos.
Interesante pregunta: si realmente crees que los hombres marroquíes son, en general y con insignificantes excepciones, violadores en potencia, ¿qué hay de malo en decir lo que piensas? Pues hay dos motivos que te lo podrían desaconsejar: (1) quedas como racista, y te expones a crítica por el mismo hecho; (2) puedes ofender la sensibilidad de las personas objeto de tu prejuicio, en este caso, de todos los miembros del conjunto hombres-marroquíes-no-potenciales-violadores. Creo que ambas razones pesan, en la cabeza de mucha gente, aunque tal vez más pesa la primera; en todo caso, son argumentos de un valor algo relativo. Primero, porque en general hay situaciones, nadie lo duda, en que es mejor definirte y exponerte a críticas, justificadas o no, que callarte sólo para quedar bien. Segundo, porque ofenderse o no ofenderse es cosa de cada uno. Si alguien cree firmemente que yo soy un pederasta, porque todos los europeos viejos lo son, puedo o no "ofenderme" por ello, pero de todos modos, prefiero que me lo diga en lugar de sólo pensarlo: así, no tendré que ocuparme en adivinar la razón de su evidente animadversión, y tal vez, dialogando, podré convencerle de que se ha equivocado. Pero por otro lado, no siempre es fácil ver qué beneficio trae la simple expresión de un prejuicio. La mayoría de las ofensas son gratuitas, innecesarias y feas. Por lo que tener como principio general "no expresarás tus prejuicios" puede ser considerado como un elemento cultural civilizador. De todas maneras, y repito, es un principio que me ha acompañado por toda la vida.
Así que, en la anécdota referida, si invité a la chica a ocupar un lugar que a mí mismo me parecía un poco peligroso, fue porque el no hacerlo hubiera sido, de modo indirecto, la "expresión" o exteriorización de un "prejuicio", algo que mi ética personal me impedía de hacer. De todas maneras, si realmente había allí un peligro para esa chica, la responsabilidad de evaluarlo y de actuar en consecuencia era suya, no mía. Y ese tema de la responsabilidad también hay que tenerlo en cuenta.
Es posible que alguno que lea eso piense "qué hipócrita es esa cultura que dice que es la suya". Tiene toda la razón. La hipocresía forma la base del modo de convivencia británico. Es indiscutible. La idea de que uno siempre, como norma general, debe decir lo que piensa, allá es de un exotismo sobrecogedor. Es prácticamente imposible convencer a un británico sereno para que diga, sin más, lo que piensa. Por eso alguno de nosotros tenemos blogs: para decir todo aquello que en la vida real, sería imposible siquiera esbozar. Tal hipocresía, dicho sea de paso, quizá contribuya a esa reputación, justificada creo yo, de que los británicos somos los peores amantes del mundo. En ningún otro país, con la posible salvedad de Japón, encontrarás hombres y mujeres para quienes el escarceo amoroso se parece tanto a un complicado juego de ajedrez. Y ello porque las "normas sociales" que deben regir ese tipo de encuentro son de naturaleza muy esquivos, sobre todo cuando conscientemente intentas dar con ellos y codificarlos para no apartarte de ellos ni un ápice. Si quieres que un británico se enamore de ti, por el resto de su vida, sólo tienes que conseguir que, durante algunos segundos aunque sea, pierda el control y se deje ir. Pero ojo, no lo vas a tener fácil. Planifícalo bien, y ensaya bien tus técnicas. Y ten preparado el discurso pos-coito, eso de "no te arrepientes, no pasó nada, tranquilízate, no hiciste nada malo". Yo, en tu lugar, me olvidaría el asunto y me pondría a seducir a un ucraniano instead. Mucho más fácil y divertido.
Pero qué te voy a contar a ti, que ya viste Un Pez Llamado Wanda.
En fin. Volviendo a la anécdota enlazada anteriormente, de la bloguera que defiende a una mujer víctima de comentarios racistas de parte de un babeante imbécil en un tren subterráneo, tanto la reacción de la víctima inicial como de la bloguera me dejaron pensando.
Obviously the carriage thinned out, due to us being in embarrassed England, apart from one amazing woman who stood protectively next to me like a long-lost aunt. (...) But I wasn’t bothered about the lack of back-up. I expect nothing less in this country. We don’t “do” conflict.
Cierto. Habría sido muy sorprendente si, en la Inglaterra del año 2014, el resto de pasajeros hubieran tomado parte en el asunto, por ejemplo, exigiendo al simio que se calle y que muestre algo de respeto. Pero da la casualidad de que soy un viejo que hasta soy capaz de recordar cómo funcionaba este tipo de cosas antes, allá en los años 60. Y estoy dispuesto a decir que, si bien los ingleses siempre han sido reacios a entrar en situaciones de conflicto, y a interpelar a personas extrañas sobre asuntos "que no les conciernen", en ese remoto pasado un patán de esa especie habría tenido, al final, que ceder ante la presión social de la mayoría de pasajeros, aunque dicha presión se habría expresado de un modo muy sutil y parco en palabras. Y ello es así porque la presión "social" sólo necesita, para ejercitarse, que exista una sociedad: en este contexto, una comunidad que, más o menos conscientemente, comparta ciertos valores y, si se quiere, también ciertos prejuicios. Por ejemplo, que comparta la idea de que está mal que un hombre increpe a una mujer en un lugar público usando gestos amenazantes y lenguaje de la alcantarilla. Idea que, eso sí, se basa en un "estereotipo sexista", y que, por lo mismo, sería imposible de expresar en los mismos términos hoy en día.
Si había otros hombres en ese tren, lo más probable es que habrán pensado: si intervengo, me dirán sexista, por aparentemente creer que las mujeres necesitan de mi protección. Mejor me callo, entonces, y miro por otro lado. Que se defiendan ellas mismas. Ya son grandecitas.
En fin. Lo que está claro es que en el Reino hUnDido ya no hay una sociedad. Algunos culparán a los sindicatos, otros a la Maggie, otros al Zeitgeist, otros considerarán que no hay culpa sino motivo de júbilo, en fin, el tema escapa largamente del alcance de este post (y de este cerebro) pero hay que constatar lo evidente: lo que hay en ese país ya no es una sociedad sino, acaso, una multitud de microsociedades fraccionadas, en guerra encubierta entre sí. Para decir eso me baso, en parte, en el hecho documentado de que a bastantes personas de ese país les seduce la idea de irse a Siria con la esperanza de poder cortarles la cabeza a otros paisanos suyos ahí. Cuando una parte de la población quiere cortarles la cabeza a otra parte de la población creo que no se puede hablar de una sociedad. Y esta situación no puede, a pesar de las nostalgias conservadoras y de la retórica de ciertos partidos, remediarse. Cuando una sociedad desaparece, desaparece para siempre. Para bien o para mal, ya no hay vuelta atrás.
Y me viene todo eso a la mente en parte porque hoy día, vivo en un país en que todavía existe una sociedad, que la clase política está haciendo todo lo posible por destruir, dizque "para construir otra sociedad más justa, más esto, más lo otro". ¿Cuándo se darán cuenta que para los políticos, destruir una sociedad es tarea fácil, hasta rutinaria, pero crear una nueva, netamente imposible? ¿Cuándo?
En el R.hU llevan décadas intentándolo. Los eslóganes se suceden con electorera puntualidad. Para John Major, allá en los 90, era la Classless Society (algo menos británico que eso, imposible de concebir, pero se admira la valentía del intento). Luego vino el Third Way de Blair, seguido por Cool Britannia. Luego el Big Society del actual inquilino de Downing Street, cuyo nombre en este momento no recuerdo. Eslóganes, nada más. El cadáver no se mueve ni cuando se dan esos rayos.
Lo que había antes era una sociedad con muchos problemas (el class system, entre ellos) y muchos defectos. No era perfecto, pero tampoco era un infierno sobre la tierra estilo Corea del Norte. Tenía también sus cosas buenas: entre ellas, que una mujer podría viajar tranquilamente en tren sin miedo. Era una sociedad. Ahora, repito, no vale la pena ni intentar resucitar eso, pese a las cómicas nostalgias de los UKIPpers. Se fue.
¿Qué haces, entonces, cuando ya no compartes con quienes te rodean nada, ningún valor, ninguna esperanza, ningún rasgo cultural? Pues adaptarte a la vida posmoderna, a otra manera de vivir, a otro saber estar. Intentar una convivencia pacífica a base de unos sencillos principios básicos, acaso a base del Principio de No Agresión y punto.
Pero ¿aun puedes hablar con otros viajeros en un tren, increparles sobre su comportamiento?
La chica del blog, aparentemente, piensa que sí. Yo hubiera pensado lo contrario. Ella habla y actúa como si todavía viviera en una sociedad. O bien es tonta, o bien valiente, o bien metiche. No sé qué pensar de ella, en realidad. Es rara.
No dejo de preguntarme qué pasa con esta sociedad en que ahora vivo y paso desapercibido. Está asediado desde tantos ángulos. Me apena ver que uno de los rasgos más valiosos (para mí) de la sociedad ecuatoriana, la llamativa capacidad de su gente para llamar las cosas por su nombre y decir frontalmente lo que piensa, está siendo agredido ahora mismo desde la Corrección Política, desde el Feminismo Bobo Norteamericano, desde el discurso populista de importación Made In China y desde una legalidad secuestrada (caso Monge), y que se intenta y se valora que el ecuatoriano haga el esfuerzo por parecerse a un hipócrita anglosajón. Lo único que les puedo decir: I have seen the future and it swears and throws chocolate on your shoes.
Volviendo a Orlando: sí, seguramente tienes razón y los afroecuatorianos, los montubios, los indígenas y quién sabe si también los gringos empleados de la CIA todos quepamos en una sola casa, la de Los Pueblos, y así se evita tanta duplicación de trabajo de espionaje y demás gastos. Y el nuevo Comodato, de un año renovable por buena conducta, por si acaso.
Hmmmmm....
ReplyDeleteLa chica del tren:
- tal vez penso que tu eras parte del grupo de marroquies y la conociste y llevaste alla con ese proposito.
- tal vez ella, de alguna manera, percibio un interes sexual tuyo y cuando la llevaste alla, penso que lo tuyo era observar
- tal vez entendio que habia un interes mutuo obvio, pero se sintio engañada cuando llego alla y penso que lo que tu querias era que la violen
La chica del incidente:
- tal vez, sencillamente, la chica maltratada le gusto y la defendio como propiedad
Mujeres...quien diablos sabe porque hacen las cosas que hacen y dicen las cosas que dicen. Y me refiero, por supuesto, a esas cosas obvias para ellas, que nos eluden a los heterosexuales.
Finalmente, igual que tu, aprecio y me enorgullece nuestra candidez o frontalidad, como sea, y me duele el camino cobarde e hipocrita que estamos siguiendo. Pienso que tener miedo a decir lo que se piensa es solo valido cuando es una mujer que te lo hace sentir.