¡Vuelve, Emilio, por favor, todo está perdonado!
La verdad, nunca me gustó mucho ese título que ostentaba el bueno de Emilio, "Editor de Opinión". Las opiniones no se pueden editar. Cambiar, sí, pero ¿editar? "Disculpe el atrevimiento, señora, tiene ahí una opinión un poquito chueca, permítame un momento editarla..." - Naah. Los artículos de opinión, en cambio, sí. Se pueden editar de cualquier de las siguientes tres maneras: (1) mejorándolos en el plano puramente formal, sin alterar el contenido, por ejemplo, corrijiendo erorres de hortografía; (2) haciendo pequeños ajustes en el contenido, negando el visado a metáforas demasiado sauditas, suprimiendo referencias a "dictadores" y otras cosas que podrían derivar en millonarios juicios, etcétera (eso, para los especialistas, se llama "censura previa"), y (3) negándole espacio en el diario a artículos que son una pérdida de tiempo de principio a fin. Ojalá hubiera habido un Emilio en El Universo para este último y santo propósito cuando les llegó el artículo de JJ Illingworth de hoy día. Veamos:
Creer en Dios aumenta el IQ
Podría ser. A pesar de no creer en Dios yo mismo, cuando leí este sorprendente título, enseguida pensé: sí, no me extrañaría tanto si la cosa fuera así. Al fin y al cabo, la creencia religiosa ya tiene varias ventajas bien documentadas: suele dar acceso a redes sociales de amistad y apoyo (la falta de creencia sólo te da acceso a Rebecca Watson y a PZ Myers: la vida es cruel); suele servir de consuelo ante hechos desgarradores de la vida; y el estilo de vida puritana que muchas veces va asociado a tal creencia aleja un tantico el peligro de morir por sobredosis de cocaína o intoxicación etílica o en una escaramuza con la policía local tras un intento de violación o secuestro. Así que antes de seguir leyendo el artículo, me puse a imaginar cómo sería este ignoto proceso según el cual creer en una tontería te hacía menos tonto. Se me ocurrió que podría ser análogo al de una vacuna. Introduces en el cerebro unas cuantas gotas de estupidez. El sistema de defensa mental enseguida se activa, y empieza a producir "anticuerpos": observaciones empíricas, razonamientos, etcétera, para combatir el absurdo foráneo. Al final, sin poder aniquilarlo del todo, lo consigue aislar. La creencia queda ahí, pero envuelta en una densa bolita de grasa protectora. No influye para nada en el resto de tus procesos mentales (la incapacidad de aislarla de tal manera es lo que daría lugar al fenómeno del "fanatismo"). A partir de ahí, el cerebro se vería beneficiado por esas defensas activadas, mejoradas. Cualquier nueva tontería tendrá más difícil acceso en tu cerebro. Ya estás preparado para ellas. Sí, sí, podría ser.
El inverso de esta afirmación podría no ser verdad, aun cuando los hombres más inteligentes del milenio, Newton y Einstein, eran creyentes.
Tal como está planteada la afirmación, el autor tiene razón. Si antes creía en Dios, y dejo de creer en él, o en ella, no necesariamente voy a perder puntos de inteligencia, según el hipotético proceso ya descrito. Lo que pierdo, simplemente, es esa bolita de grasa y su irrelevante núcleo. Hasta ahí bien. Ahora, el autor lo estropea un poco haciendo referencia a "los hombres más inteligentes del milenio", conjunto que supuestamente incluiría a Newton y a Einstein. Eso no se puede afirmar, a menos que durante los últimos mil años se hubieran aplicado pruebas de IQ rutinariamente a todos los hombres en el mundo (¿y por qué solamente hombres?). Lo cual es difícil ya que el concepto de mediciones objetivas de la inteligencia fue desarrollado en la segunda mitad del s. XIX, y formalizado en el XX. Valdría la pena también recordar que Newton creía en la Piedra Filosofal, que transformaría todo metal en oro, en el Elixir de la Vida, que te concede inmortalidad, y otras diversas barbaridades. En todo eso fue hombre de su tiempo; en las creencias religiosas, pues también. Hay que tener presente, asimismo, que hasta el s. XIX, en gran parte del mundo incluyendo la mayoría de países europeos, negar públicamente las doctrinas de la religión oficial del territorio era un camino seguro al ostracismo o incluso al cadalso o a la hoguera. Recordemos nomás a Giordano Bruno. ¿Cuántos de los "hombres más inteligentes del milenio" aplicaron su inteligencia a la cuestión de la supervivencia personal decidiendo que lo más sensato era guardar para sí sus dudas sobre la existencia de Dios? Nunca lo sabremos.
La afirmación del titular es verificable estadísticamente en términos de promedios de poblaciones y el mecanismo de aumento del IQ es a través del comportamiento histórico que termina codificando el ADN, a través de las generaciones.
Galimatías. Vamos a ver cómo se podría verificar "la afirmación del titular" de un modo rigorosamente científico. Se necesitaría para ello una población de seres humanos estadísticamente válida, lo cual significa entre otras cosas, que mostrara la mayor diversidad posible en cuanto a todas aquellas variables que podrían influir sobre la inteligencia. A continuación, se efectuarían mediciones de inteligencia (concretamente, de IQ, y ya sé que hoy en día se cuestiona la validez de esas mediciones, pero dejemos eso como tema aparte) a lo largo de sus vidas. Al mismo tiempo de realizar las mediciones de inteligencia, se interrogaría a los sujetos sobre sus creencias religiosas. En el supuesto de que la adquisición, durante la vida del sujeto, de creencias religiosas fuera acompañado por un aumento de puntaje de IQ respecto a la medición anterior, se examinarían y se descartarían sistemáticamente otras explicaciones posibles, demostrando que la única variable significativa que demostrara correlación con el aumento de IQ sería la adquisición de creencias religiosas. En tal caso, y a pesar de que correlación =/= causación, la conjetura por lo menos ganaría fuerza y persuasividad.
Ahora veamos cómo pretende demostrarlo el Ser Illingworth, y perdonen que no me entretengo con irrelevantes historias sobre perros de raza.
Hace 3,5 milenios Abraham creyó en Dios, lo dejó todo por él y se convirtió en padre biológico de los judíos, “el pueblo elegido”. Luego de 35 siglos de ser formados por Dios, los judíos han llegado a ser, en términos proporcionales al tamaño de su población, los de mayor cantidad de premios Nobel, patentes e inventos del mundo, son segundos en libros leídos y primeros en cantidad de computadoras per cápita; se trata de cuatro medidas altamente correlacionadas con el IQ. Ahora los judíos son reconocidos como de inteligencia superior en promedio, claro está. Qué hubo de diferente entre este pueblo y el resto de la humanidad, sino vivir su intermitente fe.
La última frase, sobre todo, es la que deja al lector sin aliento. A ver. ¿Qué hubo de diferente...? Si el autor quiere, la respuesta está sobre su mesita de noche, en un gran tomo de tapas negras y hojas finas que se llama La Biblia. Le recomiendo la lectura, sobre todo, de los primeros cinco libros, el llamado Pentateuco. Allí descubrirá que al judío creyente se le exige algo más que sólo "ser creyente". Se le exige que no coma determinadas carnes (algunas de ellas, en una época y un entorno deficiente en medidas de higiene, probablemente riesgosas para la salud, y por ende, para el IQ). Se le exige el estudio, la memorización y la recitación ritual de extensos pasajes de lectura, escritos en un idioma huérfano en vocales escritas y por ende, de comprensión algo dificultosa; en muchos casos, la tal exigencia se traduce en una exigencia de bilingüismo desde edades tempranas. Se le exige el estricto cumplimiento de un sinnúmero de ritos y normas sociales, tendientes a producir una sociedad estable, jerarquizada y de gran cohesión interna. Esta sociedad o comunidad o cultura, como quieres llamarla, si no a través de los "35 siglos" mencionados por el autor, por lo menos durante gran parte de estos últimos dos milenios, ha tenido que convivir con otras sociedades y culturas habitualmente hostiles en mayor o menor medida, que han practicado hacia la comunidad judía diversas formas de discriminación y exclusión, culminando en pogroms y otras barbaridades, todo lo cual ha tendido a reforzar y a reafirmar una "identidad judía" diferenciada, en tándem con el carácter patriarcal de dicha comunidad, con lo cual quiero decir simplemente que en determinados momentos históricos, la figura paterna o materna, con sus habituales exigencias de autosuperación, habrá jugado un rol más decisivo para el joven de familia judía que para el grueso de sus congéneres.
Podría seguir, pero creo que con lo dicho basta. "Claro está" que la existencia de una cultura judía significa que hay muchas, muchísimas razones que podrían explicar el notable éxito de las personas de confesión judía en el campo intelectual, y ninguna de ellas depende exclusiva e inevitablemente del hecho de ser "creyente" o no. (Incluso puede que la práctica de circuncisión tenga algo que ver: a mayor dificultad para masturbarse, mayor apego a los libros como pasatiempo solitario alternativo... quién sabe.) Dicho sea de paso, creo que el tal éxito soporta iluminadoras comparaciones con el relativo fracaso de las sociedades fundadas sobre otras religiones, en especial la cristiana y la islámica, religiones que en determinadas épocas, en lugar de fomentar el desarrollo intelectual, han hecho lo imposible para sofocarlo. Pero eso es otra cuestión a la que volveremos después.
Hay otro problema con el párrafo citado que creo que es importante recalcar. Aparentemente, el autor está mezclando irresponsablemente tres poblaciones estadísticas diferentes. Por un lado, está la "raza judía", concepto de por sí problemático, ya que hoy en día no se acepta la división racial de la humanidad, pero digamos que esta población consistiría en todos aquellos supuestos "descendientes de Abraham" (y no me pregunten si el tal personaje realmente existió, pero evidentemente el autor cree que sí) que se hubieran beneficiado de esa crianza específica, genética y análoga al de un perro de pura raza, que hubiera dado lugar a esa herencia genética de superior inteligencia. Evidentemente, para ser miembro de dicha "raza" no hace falta ser "creyente" en nada, ya que las creencias demostrablemente no forman parte del legado genético. Por otro lado, está la población formada por todas aquellas personas que se reconocen o son reconocidas como judías, sea tal reconocimiento una confesión religiosa propiamente dicha o no. Si bien tendemos a pensar que las dos poblaciones son equivalentes o idénticas, no es así en realidad. Existen conversos judíos; existen también personas de origen judío (digamos, "genéticamente") que rechazan frontalmente tanto la religión como las tradiciones judías (tal fue el caso de Karl Marx). Y por último, está la población del país de Israel, que algunos ignorantes suponen consiste exclusivamente en personas de religión y cultura judías. Para efectos de aclaración y desasnamiento cito directamente del tío Wiki:
The religious affiliation of the Israeli population as of 2011 was 75.4% Jewish, 16.9% Muslim, 2.1% Christian, and 1.7% Druze, with the remaining 4.0% not classified by religion, and a small Baha'i community
En fin. ¿Existen datos estadísticos sobre "libros leídos y ... cantidad de computadoras per cápita" para la población mundial de los "judíos genéticos"? Lo dudo mucho. ¿Para quienes se autoidentifican como "judíos", tal vez? También lo dudo (podría haberse llevado un estudio de estas características en EEUU, pongamos por caso, pero a nivel internacional, no creo). Estoy por afirmar que donde el autor saca estos datos es de estadísticas sobre Israel, bajo la suposición tan ingenua como racista de que "lo que va para Israel, va para los judíos". Entonces, suponiendo que sea cierto que en Israel, país mayoritariamente judío, se lee más libros y se compra más computadoras, se afirma que eso dice algo sobre el "IQ" privilegiado de los habitantes de dicho país. Puede ser que diga algo... tal vez sobre la capacidad adquisitiva del habitante medio. Pero si de IQ se trata, y si aceptamos la dudosa equivalencia Israel=judíos, ¿por qué no mirar directamente los resultados de las pruebas de IQ llevadas a cabo en el país, y así ir directamente al meollo del asunto? Pues si lo hacemos, resulta que el país que tiene más altas calificaciones en IQ no es Israel, sino Singapur... seguido por Corea del Sur, Japón, Italia e Islandia, en ese orden. Israel aparece, después de un montón de empates, en el puesto 12 en un rango total de 43. (Ecuador ocupa la posición honrosa de 19.) Ejem. Algo va mal aquí.
Pero lo que va mucho peor en este artículo son dos cosas. Primero, su manifiesto lamarckismo o Lysenkoísmo. Y segundo, esa bofetada a la inteligencia que representa afirmar que, primero, el "ser creyentes" aumentó la inteligencia hereditaria de los judíos, a continuación, que el "ser creyentes" misteriosamente no tuvo el mismo efecto para los cristianos, musulmanes, budistas, hindúes, etcétera (conclusión que se colige de las comparaciones sostenidas con eso "resto de la humanidad" que, en aplastante mayoría, pertenece a alguna de las citadas religiones), y tercero, que en todo caso, ese tipo de inteligencia que se traduce en Premios Nobel, en saber usar una computadora, en leer libros, en patentar nuevas invenciones, etcétera, es muy secundaria al lado de
la de nuestro corazón que nos permite ver al mundo con otros ojos y, si no comprender, al menos intuir y avizorar toda esa luz que existe en la vida y en el mundo a nuestro alrededor.
De hecho, si leo bien el artículo, al parecer el Dios en que hay que creer es uno que, primero, se reveló al pueblo de Israel, segundo, dotó a ese pueblo de una inteligencia superior, a través de un proceso de herencia de características adquiridas desconocido para la ciencia evolutiva, y finalmente, se burló de ese pueblo revelando, en la persona de Jesús, que eso de la inteligencia era un simple arenque rojo, y que todo ese tiempo, lo que más contaba para él no era la inteligencia sino la credulidad.
Ya sabíamos que Dios era cruel, pero... ¿tanto?
Aj, me canso de esto. Que el lector, si quiere, se deleite con el resto de los despropósitos contenidos en el citado artículo. Les dejo con el siguiente aviso: estamos ya a un paso de la Navidad, y sabido es que, al igual que cuando te aproximas a un Agujero Negro, tu cuerpo comienza a estirarse por el aumento de la gravedad, de la misma manera cuando nos acercamos a la Navidad, tanto el contenido de los artículos de opinión como, posiblemente, la de nuestra propia inteligencia, empieza a deformarse y a convertirse en sonrisa boba, perogrullada, infantilismo e imbecilidad. Que todos sobrevivamos hasta la Epifanía el asalto anual de la estupidez consensual. (O)
Creer en Dios aumenta el IQ
Podría ser. A pesar de no creer en Dios yo mismo, cuando leí este sorprendente título, enseguida pensé: sí, no me extrañaría tanto si la cosa fuera así. Al fin y al cabo, la creencia religiosa ya tiene varias ventajas bien documentadas: suele dar acceso a redes sociales de amistad y apoyo (la falta de creencia sólo te da acceso a Rebecca Watson y a PZ Myers: la vida es cruel); suele servir de consuelo ante hechos desgarradores de la vida; y el estilo de vida puritana que muchas veces va asociado a tal creencia aleja un tantico el peligro de morir por sobredosis de cocaína o intoxicación etílica o en una escaramuza con la policía local tras un intento de violación o secuestro. Así que antes de seguir leyendo el artículo, me puse a imaginar cómo sería este ignoto proceso según el cual creer en una tontería te hacía menos tonto. Se me ocurrió que podría ser análogo al de una vacuna. Introduces en el cerebro unas cuantas gotas de estupidez. El sistema de defensa mental enseguida se activa, y empieza a producir "anticuerpos": observaciones empíricas, razonamientos, etcétera, para combatir el absurdo foráneo. Al final, sin poder aniquilarlo del todo, lo consigue aislar. La creencia queda ahí, pero envuelta en una densa bolita de grasa protectora. No influye para nada en el resto de tus procesos mentales (la incapacidad de aislarla de tal manera es lo que daría lugar al fenómeno del "fanatismo"). A partir de ahí, el cerebro se vería beneficiado por esas defensas activadas, mejoradas. Cualquier nueva tontería tendrá más difícil acceso en tu cerebro. Ya estás preparado para ellas. Sí, sí, podría ser.
El inverso de esta afirmación podría no ser verdad, aun cuando los hombres más inteligentes del milenio, Newton y Einstein, eran creyentes.
Tal como está planteada la afirmación, el autor tiene razón. Si antes creía en Dios, y dejo de creer en él, o en ella, no necesariamente voy a perder puntos de inteligencia, según el hipotético proceso ya descrito. Lo que pierdo, simplemente, es esa bolita de grasa y su irrelevante núcleo. Hasta ahí bien. Ahora, el autor lo estropea un poco haciendo referencia a "los hombres más inteligentes del milenio", conjunto que supuestamente incluiría a Newton y a Einstein. Eso no se puede afirmar, a menos que durante los últimos mil años se hubieran aplicado pruebas de IQ rutinariamente a todos los hombres en el mundo (¿y por qué solamente hombres?). Lo cual es difícil ya que el concepto de mediciones objetivas de la inteligencia fue desarrollado en la segunda mitad del s. XIX, y formalizado en el XX. Valdría la pena también recordar que Newton creía en la Piedra Filosofal, que transformaría todo metal en oro, en el Elixir de la Vida, que te concede inmortalidad, y otras diversas barbaridades. En todo eso fue hombre de su tiempo; en las creencias religiosas, pues también. Hay que tener presente, asimismo, que hasta el s. XIX, en gran parte del mundo incluyendo la mayoría de países europeos, negar públicamente las doctrinas de la religión oficial del territorio era un camino seguro al ostracismo o incluso al cadalso o a la hoguera. Recordemos nomás a Giordano Bruno. ¿Cuántos de los "hombres más inteligentes del milenio" aplicaron su inteligencia a la cuestión de la supervivencia personal decidiendo que lo más sensato era guardar para sí sus dudas sobre la existencia de Dios? Nunca lo sabremos.
La afirmación del titular es verificable estadísticamente en términos de promedios de poblaciones y el mecanismo de aumento del IQ es a través del comportamiento histórico que termina codificando el ADN, a través de las generaciones.
Galimatías. Vamos a ver cómo se podría verificar "la afirmación del titular" de un modo rigorosamente científico. Se necesitaría para ello una población de seres humanos estadísticamente válida, lo cual significa entre otras cosas, que mostrara la mayor diversidad posible en cuanto a todas aquellas variables que podrían influir sobre la inteligencia. A continuación, se efectuarían mediciones de inteligencia (concretamente, de IQ, y ya sé que hoy en día se cuestiona la validez de esas mediciones, pero dejemos eso como tema aparte) a lo largo de sus vidas. Al mismo tiempo de realizar las mediciones de inteligencia, se interrogaría a los sujetos sobre sus creencias religiosas. En el supuesto de que la adquisición, durante la vida del sujeto, de creencias religiosas fuera acompañado por un aumento de puntaje de IQ respecto a la medición anterior, se examinarían y se descartarían sistemáticamente otras explicaciones posibles, demostrando que la única variable significativa que demostrara correlación con el aumento de IQ sería la adquisición de creencias religiosas. En tal caso, y a pesar de que correlación =/= causación, la conjetura por lo menos ganaría fuerza y persuasividad.
Ahora veamos cómo pretende demostrarlo el Ser Illingworth, y perdonen que no me entretengo con irrelevantes historias sobre perros de raza.
Hace 3,5 milenios Abraham creyó en Dios, lo dejó todo por él y se convirtió en padre biológico de los judíos, “el pueblo elegido”. Luego de 35 siglos de ser formados por Dios, los judíos han llegado a ser, en términos proporcionales al tamaño de su población, los de mayor cantidad de premios Nobel, patentes e inventos del mundo, son segundos en libros leídos y primeros en cantidad de computadoras per cápita; se trata de cuatro medidas altamente correlacionadas con el IQ. Ahora los judíos son reconocidos como de inteligencia superior en promedio, claro está. Qué hubo de diferente entre este pueblo y el resto de la humanidad, sino vivir su intermitente fe.
La última frase, sobre todo, es la que deja al lector sin aliento. A ver. ¿Qué hubo de diferente...? Si el autor quiere, la respuesta está sobre su mesita de noche, en un gran tomo de tapas negras y hojas finas que se llama La Biblia. Le recomiendo la lectura, sobre todo, de los primeros cinco libros, el llamado Pentateuco. Allí descubrirá que al judío creyente se le exige algo más que sólo "ser creyente". Se le exige que no coma determinadas carnes (algunas de ellas, en una época y un entorno deficiente en medidas de higiene, probablemente riesgosas para la salud, y por ende, para el IQ). Se le exige el estudio, la memorización y la recitación ritual de extensos pasajes de lectura, escritos en un idioma huérfano en vocales escritas y por ende, de comprensión algo dificultosa; en muchos casos, la tal exigencia se traduce en una exigencia de bilingüismo desde edades tempranas. Se le exige el estricto cumplimiento de un sinnúmero de ritos y normas sociales, tendientes a producir una sociedad estable, jerarquizada y de gran cohesión interna. Esta sociedad o comunidad o cultura, como quieres llamarla, si no a través de los "35 siglos" mencionados por el autor, por lo menos durante gran parte de estos últimos dos milenios, ha tenido que convivir con otras sociedades y culturas habitualmente hostiles en mayor o menor medida, que han practicado hacia la comunidad judía diversas formas de discriminación y exclusión, culminando en pogroms y otras barbaridades, todo lo cual ha tendido a reforzar y a reafirmar una "identidad judía" diferenciada, en tándem con el carácter patriarcal de dicha comunidad, con lo cual quiero decir simplemente que en determinados momentos históricos, la figura paterna o materna, con sus habituales exigencias de autosuperación, habrá jugado un rol más decisivo para el joven de familia judía que para el grueso de sus congéneres.
Podría seguir, pero creo que con lo dicho basta. "Claro está" que la existencia de una cultura judía significa que hay muchas, muchísimas razones que podrían explicar el notable éxito de las personas de confesión judía en el campo intelectual, y ninguna de ellas depende exclusiva e inevitablemente del hecho de ser "creyente" o no. (Incluso puede que la práctica de circuncisión tenga algo que ver: a mayor dificultad para masturbarse, mayor apego a los libros como pasatiempo solitario alternativo... quién sabe.) Dicho sea de paso, creo que el tal éxito soporta iluminadoras comparaciones con el relativo fracaso de las sociedades fundadas sobre otras religiones, en especial la cristiana y la islámica, religiones que en determinadas épocas, en lugar de fomentar el desarrollo intelectual, han hecho lo imposible para sofocarlo. Pero eso es otra cuestión a la que volveremos después.
Hay otro problema con el párrafo citado que creo que es importante recalcar. Aparentemente, el autor está mezclando irresponsablemente tres poblaciones estadísticas diferentes. Por un lado, está la "raza judía", concepto de por sí problemático, ya que hoy en día no se acepta la división racial de la humanidad, pero digamos que esta población consistiría en todos aquellos supuestos "descendientes de Abraham" (y no me pregunten si el tal personaje realmente existió, pero evidentemente el autor cree que sí) que se hubieran beneficiado de esa crianza específica, genética y análoga al de un perro de pura raza, que hubiera dado lugar a esa herencia genética de superior inteligencia. Evidentemente, para ser miembro de dicha "raza" no hace falta ser "creyente" en nada, ya que las creencias demostrablemente no forman parte del legado genético. Por otro lado, está la población formada por todas aquellas personas que se reconocen o son reconocidas como judías, sea tal reconocimiento una confesión religiosa propiamente dicha o no. Si bien tendemos a pensar que las dos poblaciones son equivalentes o idénticas, no es así en realidad. Existen conversos judíos; existen también personas de origen judío (digamos, "genéticamente") que rechazan frontalmente tanto la religión como las tradiciones judías (tal fue el caso de Karl Marx). Y por último, está la población del país de Israel, que algunos ignorantes suponen consiste exclusivamente en personas de religión y cultura judías. Para efectos de aclaración y desasnamiento cito directamente del tío Wiki:
The religious affiliation of the Israeli population as of 2011 was 75.4% Jewish, 16.9% Muslim, 2.1% Christian, and 1.7% Druze, with the remaining 4.0% not classified by religion, and a small Baha'i community
En fin. ¿Existen datos estadísticos sobre "libros leídos y ... cantidad de computadoras per cápita" para la población mundial de los "judíos genéticos"? Lo dudo mucho. ¿Para quienes se autoidentifican como "judíos", tal vez? También lo dudo (podría haberse llevado un estudio de estas características en EEUU, pongamos por caso, pero a nivel internacional, no creo). Estoy por afirmar que donde el autor saca estos datos es de estadísticas sobre Israel, bajo la suposición tan ingenua como racista de que "lo que va para Israel, va para los judíos". Entonces, suponiendo que sea cierto que en Israel, país mayoritariamente judío, se lee más libros y se compra más computadoras, se afirma que eso dice algo sobre el "IQ" privilegiado de los habitantes de dicho país. Puede ser que diga algo... tal vez sobre la capacidad adquisitiva del habitante medio. Pero si de IQ se trata, y si aceptamos la dudosa equivalencia Israel=judíos, ¿por qué no mirar directamente los resultados de las pruebas de IQ llevadas a cabo en el país, y así ir directamente al meollo del asunto? Pues si lo hacemos, resulta que el país que tiene más altas calificaciones en IQ no es Israel, sino Singapur... seguido por Corea del Sur, Japón, Italia e Islandia, en ese orden. Israel aparece, después de un montón de empates, en el puesto 12 en un rango total de 43. (Ecuador ocupa la posición honrosa de 19.) Ejem. Algo va mal aquí.
Pero lo que va mucho peor en este artículo son dos cosas. Primero, su manifiesto lamarckismo o Lysenkoísmo. Y segundo, esa bofetada a la inteligencia que representa afirmar que, primero, el "ser creyentes" aumentó la inteligencia hereditaria de los judíos, a continuación, que el "ser creyentes" misteriosamente no tuvo el mismo efecto para los cristianos, musulmanes, budistas, hindúes, etcétera (conclusión que se colige de las comparaciones sostenidas con eso "resto de la humanidad" que, en aplastante mayoría, pertenece a alguna de las citadas religiones), y tercero, que en todo caso, ese tipo de inteligencia que se traduce en Premios Nobel, en saber usar una computadora, en leer libros, en patentar nuevas invenciones, etcétera, es muy secundaria al lado de
la de nuestro corazón que nos permite ver al mundo con otros ojos y, si no comprender, al menos intuir y avizorar toda esa luz que existe en la vida y en el mundo a nuestro alrededor.
De hecho, si leo bien el artículo, al parecer el Dios en que hay que creer es uno que, primero, se reveló al pueblo de Israel, segundo, dotó a ese pueblo de una inteligencia superior, a través de un proceso de herencia de características adquiridas desconocido para la ciencia evolutiva, y finalmente, se burló de ese pueblo revelando, en la persona de Jesús, que eso de la inteligencia era un simple arenque rojo, y que todo ese tiempo, lo que más contaba para él no era la inteligencia sino la credulidad.
Ya sabíamos que Dios era cruel, pero... ¿tanto?
Aj, me canso de esto. Que el lector, si quiere, se deleite con el resto de los despropósitos contenidos en el citado artículo. Les dejo con el siguiente aviso: estamos ya a un paso de la Navidad, y sabido es que, al igual que cuando te aproximas a un Agujero Negro, tu cuerpo comienza a estirarse por el aumento de la gravedad, de la misma manera cuando nos acercamos a la Navidad, tanto el contenido de los artículos de opinión como, posiblemente, la de nuestra propia inteligencia, empieza a deformarse y a convertirse en sonrisa boba, perogrullada, infantilismo e imbecilidad. Que todos sobrevivamos hasta la Epifanía el asalto anual de la estupidez consensual. (O)
Que risa, que tremendo el artículo de Illingworth. Mmmm, yo no pondría en el mismo tipo de creencia a Einstein con Newton, por lo que he visto Einstein creía en el Dios de Spinoza (¨Deus sive natura¨), no creía en un dios personal (no era teísta, era panteísta)...pero bueno, comparado con el resto de afirmaciones esto es una nimiedad, ja, ja, ja...
ReplyDeleteLo único que sé del Dios de Einstein es que no juega a los dados. Creo que lo suyo es el Monopoly. Cuando tenga un hotel en Park Lane, ahí sí, será el Fin del Mundo.
DeleteJa, ja, ja, un Dios que juega al Monopoly... ¿y porqué no? Si Dios es la máxima creación de una de las ramas de la literatura fantástica: la metafísica religiosa (¨God is in the making¨).
Delete