Sin vos, sin Dios y sin guineo
Por si lo perdieron la última vez (y no me voy a poner a buscar el post) he aquí un resumen breve del Reality Principle freudiano:
El mono está subido entre las ramas del Árbol A, a una distancia considerable del suelo. Entre las ramas del Árbol B, al lado, divisa un guineo (sí, ya sé, ya sé. Licencia poética). El guineo está tan cerca, que si extiende el brazo, casi lo puede tocar. Casi. Casi... Pero no. Entonces, poco a poco, el mono se da cuenta de que tiene una elección. Por un lado, puede seguir extendiendo el brazo, esforzándose por llegar al dichoso guineo, arriesgando su vida en el intento, incapaz de alejarse de tan apetitoso premio (así obedeciendo al Principio de Placer). Por el otro, puede bajar del Árbol A y ponerse a trepar el Árbol B, para conseguir el premio. Para hacer esto, tendrá que alejarse de la fruta, hacer bastante esfuerzo físico, y dejar pasar los minutos, y siempre con la posibilidad de que otro mono llegue y coja la fruta antes de que él haya conseguido subir ese segundo árbol. Si a pesar de tantos inconvenientes, se decide por esta segunda opción, podemos decir que tiene bien interiorizado el Reality Principle, aquél que dice que la realidad a veces nos obliga a esperar, a esforzarnos, a aplazar la realización de nuestros anhelos, y a tomar la ruta más larga (pero segura) para llegar a nuestro destino. También, consensualmente, diremos que está mostrando Inteligencia. "Buen mono," susurra en coro La Sociedad, propinándole una palmadita en la cabeza. "Tú sí sabes." Asumo que usted, querido lector, es ese segundo mono. Usted sí es Inteligente. Usted paga sus impuestos, se lava los dientes después de cada comida, chequea constantemente el agua en su carro, va a misa los domingos (por si la Apuesta Pascaliana), toma su Hígado de Bacalao con Malta, tiene actualizado el visado para EEUU (por si los chavismos) y todo lo demás. ¿Ven? Tengo un alto concepto de mis lectores, a pesar de que son mis lectores. Pero ¿para qué les voy a mentir? yo no soy ese segundo mono. No tengo Siete Hábitos. Tampoco soy el primero, aunque a veces creo que me parezco más a él que a otra cosa. Si soy algo, soy el Mono Tres, aquel que puede que Freud no conocía, o sí lo conocía lo tuvo bien calladito. Déjenme contarles sobre el Tercer Mono.
Han pasado semanas... meses... tal vez años. El guineo, que algún día se mostraba fresco y lozano, ahora tiene un aspecto arrugadito, ennegrecido y encogido. Y sin embargo, el mono se mantiene ahí arriba, en su rama, inmóvil, con actitud abstraída, casi mística. Te acercas y le increpas: - Hola, mono. Qué tal, ¿sigues intentando llegar a ese guineo - ? Y él te contesta: - Claro que no. Desde el primer día, era obvio que no lo iba a alcanzar. Y no soy tan tonto como para esforzarme indignamente en alcanzar algo que, realmente, no merezco, ni tengo la suerte ni la habilidad para adueñarme de él. No. Pero nada me impide soñar con ese guineo. Y con el paso del tiempo, me he dado cuenta de que los guineos soñados son mejores que los reales. Los guineos reales, físicos, envejecen, se llenan de gusanos, se ponen agrios, y en su mejor momento siempre tienen algún que otro defecto. Los imaginarios, en cambio, se mantienen eternamente frescos y de sabor exquisito. Además, si en la realidad hay escasez de frutas, y tenemos que pelearnos por las pocas que hay, en la imaginación siempre hay tantas como quieres. Olvídate (en la medida de lo posible) de los guineos reales, concéntrate en los imaginarios, y verás que te has vuelto una persona pacífica, inofensiva, en paz con el mundo. Lo único que tendrás que defender es tu derecho a soñar. Nada más que eso - .
Te quedas pensando, y luego le dices: - Me han dicho que defiendes algo más que eso, mono. Según he escuchado, vas predicando que todo mono tiene derecho a quedarse con los guineos que haya conseguido cosechar, a pesar de que la Redistribución de Guineos por los Monos Gobernantes en aras de la Justicia Social es un principio casi universalmente aceptado hoy en día. Lo que nunca entendí es por qué defiendes que otros tengan todos los guineos que quieran, cuando tú mismo no has conseguido hacerte con ninguno, y dices que no te interesan siquiera los guineos reales, y te veo comiendo insectos viles para sostener tu miserable vida. Explícame eso.
Y el mono te dice: - Bueno, en una cosa tienes razón, que si redistribuyen o no los guineos, a mí me debería de tener sin cuidado, pues pase lo que pase, con mi singular desadaptación para el mundo moderno seguiría sin que me toque uno solo, porque me olvidaría de llenar el formulario a tiempo, o cualquier cosa así, en realidad, yo para la burocracia soy negado. Sabes, hay tiempos en que seguir soñando te deja cansado para todo lo demás, para cuestiones prácticas. En fin. En el fondo lo que me importan no son esas cuestiones, sino la simple supervivencia de mi especie, la de los soñadores. Porque sé que los Redistribuidores de Guineos, si hay una cosa que no soportan son los Guineos Imaginarios, porque por su naturaleza son imposibles de redistribuir. Entonces, lo primero que hacen siempre es prohibir que hables de ellos sin los permisos y las licencias que ellos únicamente pueden conceder, y en ésas estamos, por lo que veo. Y lo peor de todo, es ver en la cara de esos monos redistribuidores el odio que les afea y les convulsiona, ese odio tan peculiar hacia todo aquel que, en su estimación, haya conseguido hacerse con más guineos que ellos mismos, como si eso fuera la cosa más importante del mundo. Mi tristeza, entonces, se dirige más contra el odio, ese odio, que otra cosa. A mí me parece que si tan sólo aceptáramos como hecho demostrado la existencia de los Guineos Imaginarios, bien pocas razones nos quedarían para odiarnos los unos a los otros. Una sociedad en que se cultivara la imaginación, y por tanto, la empatía: ahí, y en ningún otro lugar quisiera vivir. Lo demás son simples detalles.
- Entiendo -, le dices, - pero casi me hace reír escucharte hablar de sociedades y demás. Tú nunca supiste vivir en sociedad. Siempre has estado solo. Es más: eres tan inmaduro que crees que las cosas se consiguen sólo estirando el brazo, y no llegando a acuerdos y compromisos sensatos y parciales, de acuerdo con la realidad, y dejando funcionar el tiempo y la dialéctica hegeliana. Al fin y al cabo, donde otros se mueven y se pelean por conseguir sus sueños, en toda tu vida no te has movido de esa rama. Eres un idealista iluso y perezoso. También eres feo como un pecado.
- Cierto - , te contesta el mono. - Me encanta cuando hablas sucio. ¿Tienes algún plan para esta noche?
- Sí. Tengo.
- Me lo figuraba - , dice el mono tres, y vuelve a contemplar al guineo podrido en el árbol de en frente, al otro lado del insondable océano.
El mono está subido entre las ramas del Árbol A, a una distancia considerable del suelo. Entre las ramas del Árbol B, al lado, divisa un guineo (sí, ya sé, ya sé. Licencia poética). El guineo está tan cerca, que si extiende el brazo, casi lo puede tocar. Casi. Casi... Pero no. Entonces, poco a poco, el mono se da cuenta de que tiene una elección. Por un lado, puede seguir extendiendo el brazo, esforzándose por llegar al dichoso guineo, arriesgando su vida en el intento, incapaz de alejarse de tan apetitoso premio (así obedeciendo al Principio de Placer). Por el otro, puede bajar del Árbol A y ponerse a trepar el Árbol B, para conseguir el premio. Para hacer esto, tendrá que alejarse de la fruta, hacer bastante esfuerzo físico, y dejar pasar los minutos, y siempre con la posibilidad de que otro mono llegue y coja la fruta antes de que él haya conseguido subir ese segundo árbol. Si a pesar de tantos inconvenientes, se decide por esta segunda opción, podemos decir que tiene bien interiorizado el Reality Principle, aquél que dice que la realidad a veces nos obliga a esperar, a esforzarnos, a aplazar la realización de nuestros anhelos, y a tomar la ruta más larga (pero segura) para llegar a nuestro destino. También, consensualmente, diremos que está mostrando Inteligencia. "Buen mono," susurra en coro La Sociedad, propinándole una palmadita en la cabeza. "Tú sí sabes." Asumo que usted, querido lector, es ese segundo mono. Usted sí es Inteligente. Usted paga sus impuestos, se lava los dientes después de cada comida, chequea constantemente el agua en su carro, va a misa los domingos (por si la Apuesta Pascaliana), toma su Hígado de Bacalao con Malta, tiene actualizado el visado para EEUU (por si los chavismos) y todo lo demás. ¿Ven? Tengo un alto concepto de mis lectores, a pesar de que son mis lectores. Pero ¿para qué les voy a mentir? yo no soy ese segundo mono. No tengo Siete Hábitos. Tampoco soy el primero, aunque a veces creo que me parezco más a él que a otra cosa. Si soy algo, soy el Mono Tres, aquel que puede que Freud no conocía, o sí lo conocía lo tuvo bien calladito. Déjenme contarles sobre el Tercer Mono.
Han pasado semanas... meses... tal vez años. El guineo, que algún día se mostraba fresco y lozano, ahora tiene un aspecto arrugadito, ennegrecido y encogido. Y sin embargo, el mono se mantiene ahí arriba, en su rama, inmóvil, con actitud abstraída, casi mística. Te acercas y le increpas: - Hola, mono. Qué tal, ¿sigues intentando llegar a ese guineo - ? Y él te contesta: - Claro que no. Desde el primer día, era obvio que no lo iba a alcanzar. Y no soy tan tonto como para esforzarme indignamente en alcanzar algo que, realmente, no merezco, ni tengo la suerte ni la habilidad para adueñarme de él. No. Pero nada me impide soñar con ese guineo. Y con el paso del tiempo, me he dado cuenta de que los guineos soñados son mejores que los reales. Los guineos reales, físicos, envejecen, se llenan de gusanos, se ponen agrios, y en su mejor momento siempre tienen algún que otro defecto. Los imaginarios, en cambio, se mantienen eternamente frescos y de sabor exquisito. Además, si en la realidad hay escasez de frutas, y tenemos que pelearnos por las pocas que hay, en la imaginación siempre hay tantas como quieres. Olvídate (en la medida de lo posible) de los guineos reales, concéntrate en los imaginarios, y verás que te has vuelto una persona pacífica, inofensiva, en paz con el mundo. Lo único que tendrás que defender es tu derecho a soñar. Nada más que eso - .
Te quedas pensando, y luego le dices: - Me han dicho que defiendes algo más que eso, mono. Según he escuchado, vas predicando que todo mono tiene derecho a quedarse con los guineos que haya conseguido cosechar, a pesar de que la Redistribución de Guineos por los Monos Gobernantes en aras de la Justicia Social es un principio casi universalmente aceptado hoy en día. Lo que nunca entendí es por qué defiendes que otros tengan todos los guineos que quieran, cuando tú mismo no has conseguido hacerte con ninguno, y dices que no te interesan siquiera los guineos reales, y te veo comiendo insectos viles para sostener tu miserable vida. Explícame eso.
Y el mono te dice: - Bueno, en una cosa tienes razón, que si redistribuyen o no los guineos, a mí me debería de tener sin cuidado, pues pase lo que pase, con mi singular desadaptación para el mundo moderno seguiría sin que me toque uno solo, porque me olvidaría de llenar el formulario a tiempo, o cualquier cosa así, en realidad, yo para la burocracia soy negado. Sabes, hay tiempos en que seguir soñando te deja cansado para todo lo demás, para cuestiones prácticas. En fin. En el fondo lo que me importan no son esas cuestiones, sino la simple supervivencia de mi especie, la de los soñadores. Porque sé que los Redistribuidores de Guineos, si hay una cosa que no soportan son los Guineos Imaginarios, porque por su naturaleza son imposibles de redistribuir. Entonces, lo primero que hacen siempre es prohibir que hables de ellos sin los permisos y las licencias que ellos únicamente pueden conceder, y en ésas estamos, por lo que veo. Y lo peor de todo, es ver en la cara de esos monos redistribuidores el odio que les afea y les convulsiona, ese odio tan peculiar hacia todo aquel que, en su estimación, haya conseguido hacerse con más guineos que ellos mismos, como si eso fuera la cosa más importante del mundo. Mi tristeza, entonces, se dirige más contra el odio, ese odio, que otra cosa. A mí me parece que si tan sólo aceptáramos como hecho demostrado la existencia de los Guineos Imaginarios, bien pocas razones nos quedarían para odiarnos los unos a los otros. Una sociedad en que se cultivara la imaginación, y por tanto, la empatía: ahí, y en ningún otro lugar quisiera vivir. Lo demás son simples detalles.
- Entiendo -, le dices, - pero casi me hace reír escucharte hablar de sociedades y demás. Tú nunca supiste vivir en sociedad. Siempre has estado solo. Es más: eres tan inmaduro que crees que las cosas se consiguen sólo estirando el brazo, y no llegando a acuerdos y compromisos sensatos y parciales, de acuerdo con la realidad, y dejando funcionar el tiempo y la dialéctica hegeliana. Al fin y al cabo, donde otros se mueven y se pelean por conseguir sus sueños, en toda tu vida no te has movido de esa rama. Eres un idealista iluso y perezoso. También eres feo como un pecado.
- Cierto - , te contesta el mono. - Me encanta cuando hablas sucio. ¿Tienes algún plan para esta noche?
- Sí. Tengo.
- Me lo figuraba - , dice el mono tres, y vuelve a contemplar al guineo podrido en el árbol de en frente, al otro lado del insondable océano.
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