Simón dice...
“God's will usually seemed to coincide with her father's, and against this partnership there was no hope of appeal.”
Anya Seton, Dragonwyck
Repite esto. ¡Cállese! O'Grady te manda repetir esto. Ahora sí...
Kingsley Amis se acuerda de la versión católica con O'Grady: yo me quedo con "Simon says", y así también el Tío Wiki. Como bien sabía Amis, este aparentemente inocente "language game" forma la base de toda cadena de mando, y por tanto, de aquella institución originaria (en la actualidad) de todas las cadenas de mando, el Estado. Yo te puedo dar órdenes y tú las tienes que cumplir. ¿Que soy debilucho y enclenque y no te doy nada de miedo y no te da la realísima gana? Cuidado. Mis órdenes son avaladas por la autoridad de mi superior, el teniente O'Grady. Es con él con quien tendrás que vértelas en caso de desacato. Aja: "O'Grady and whose army?" Pues ahora que lo dices, sepas que el Jefe Mayor de todas las fuerzas armadas del país, de las cuales el teniente O'Grady es destacado y galardonado miembro, es nada menos que el Presidente Răzvan. Supongo que no pondrás en entredicho tan majestuosa autoridad. Pero si te empeñas, en el juicio que sigue, antesala de la cárcel y peor, no faltará quien recuerde que el Poder Constitucional investido en el Presidente Răzvan y simbolizado por estos imponentes banderas y estos sagrados símbolos (la Santa Batidora de Huevos del General Tortillo, una joya), es conquista y legado nada menos que del propio Simón. A lo que prosigue Amis:
The harm lies not in that, but in that this
Progression's first and last terms are "I say
O'Grady says", not just "O'Grady says".
(Las comillas son añadidura mía, en aras de claridad.) Aquí es donde se cae la máscara, a la cual se refiere la Sra Mancero en su sorprendente artículo. Para efectos hegemónicos, no importa si la Máxima Autoridad se llama O'Grady, o Simón, o Dios, o Alá, o El Pueblo Soberano. No importa porque este personaje nunca habla en nombre propio, sino siempre "a través de" quien o quiénes realmente detentan el poder. Nunca tendrás que obedecer las órdenes de Simón en persona (como si se pudiera "personar", algo tan inefable como un Pueblo Soberano, o un Destino Histórico), sino aquello que yo digo son órdenes de Simón. En 1984, Winston pregunta a O'Brien si el Gran Hermano realmente existe. Por supuesto, dice O'Brien. "Pero ¿existe como tú, como yo?" La respuesta escalofriante de O'Brien: "Tú no existes". Y esto también es consecuencia lógica del juego. Yo tengo la misteriosa, sagrada y soberana atribución de representar e interpretar la Voluntad de Simón. Tú no. Tú no puedes decirme a mí lo que Simón quiere de mí (como por ejemplo que deje de dar la lata con el dichoso Simón ése). La cadena no va en esa dirección. A ver, a ver... ¿cuántas elecciones has ganado, eh? Entonces cállate. Perdón: Simón dice cállate. El Pueblo dice cállate. ¿Cachas? Cuando de tomar decisiones sobre tu vida se trata, tú no existes. Simón en cambio sí. No lo has visto, más que en un póster tal vez, pero él está en un plano de existencia del cual tú te encuentras excluido. Así son las cosas.
Simón, entonces, es la "ilusión legitimadora" a la que se refiere Mancero citando a Philip Abrams. Ese ser que hace de puente entre mi deseo de esclavizarte y aquel aliado que creo identificar dentro de tu propio cerebro y que podré instrumentalizar a tal efecto, ese deseo tuyo de hacer lo correcto, de gozar de aceptación y estatus social, de no desentonar, de pertenecer a la Gran Mayoría Moral. Para instrumentalizarlo, lo único que necesito es una Autoridad que te convenza, que legitime, que afiance el control remoto. Aquí Rafael Correa, en una reciente entrevista:
"De allí que instó a plantearse ¿quién manda en una sociedad, si el capital o los seres humanos, las élites o las grandes mayorías?"
Tengo a los torquemadillas a mis espaldas, respirando por mi nuca, así que prefiero no entrar en detalles sobre el padecimiento psíquico evidenciado por quien es capaz de plantearse una pregunta semejante. En una sociedad, Sr. Correa, en una de verdad, nadie "manda": eso entra en la propia definición de sociedad. Mira, te lo pongo fácil:
Sociedad: Agrupación natural o pactada de personas, que constituyen unidad distinta de cada uno de sus individuos, con el fin de cumplir, mediante la mutua cooperación, todos o alguno de los fines de la vida. (DRAE, énfasis mío)
Claro que este ideal de sociedad basada en la mutua cooperación se encuentra muy parcialmente realizado por dondequiera que mires, precisamente porque la enfermedad del poder, el deseo de "mandar", se encuentra tan extendida: muchas veces, la realización práctica de "sociedad" consiste en susurrar, entre risas sofocadas, a espaldas del Jefe. Pero insisto: en cualquier lugar, si a la pregunta "¿quién manda aquí?" recibes una respuesta al instante y sin titubear, lo que tienes delante no es una sociedad sino una jerarquía, palabra que proviene del griego y evoca el poder de lo hieros, de lo sagrado, siempre mediado e interpretado por los jerofantes o sumos sacerdotes, en su particular jerigonza o impenetrable galimatías, el mismo que, según ellos, justifica su privilegiado estatus y todos los sacrificios que hacemos para que coman rico. Ahora, repitamos la pregunta, que no tiene desperdicio:
"¿quién manda en una sociedad, (...) el capital o los seres humanos, las élites o las grandes mayorías?"
Correa sabe perfectamente que "el capital" nunca ha mandado en ninguna parte, ni puede mandar, pues mandar es atributo de personas... pero suena bien, no digas que no. Y estoy de acuerdo en que, dondequiera que encuentras a algunas personas, eso sí, personas, dando órdenes, "mandando", vale inmensamente la pena preguntar quiénes son y con qué derecho "mandan". Y si son personas honestas, desenvainarán la espada, sacarán el puño, o maniobrarán sus tanques de guerra sobre tu césped, y dirán con una gran sonrisa socarrona, "con este derecho". Porque el poder, en el fondo, es eso: la capacidad física, logística y balística de aplastar al adversario las veces que sean necesario. Nada más y nada menos.
Pero resulta que nadie dice esto. Siempre hay un Simón, un Simón sospechosamente ausente, de cuya excelsa voluntad nuestros parásitos no son más que humildes y abnegados instrumentos. Antiguamente se hacía llamar Dios (según autoridades tan diversas como Anya Seton y Bob Dylan); ahora con más frecuencia ellos se conectan con ese traidor dentro de tu cerebro llamándolo "el Pueblo" o, helo aquí, "las Grandes Mayorías". Lo dicho: psicológicamente es la mar de eficaz. Si no aceptas el veredicto de "las grandes mayorías", siempre según lo revelado por nuestros queridos jerofantes, pues lo siento, te acabas de excluir de "la sociedad" (el resto de gente que sí lo acepta), y además, te muestras como un ser egoísta, perverso, inmoral. Tú eres una sola chica, y ellos son nueve caballeros violadores: ¿quién eres tú para objetar su mayoritaria y sagrada voluntad? Por algo se ha dicho: la democracia es dos lobos y un cordero votando sobre qué cenar esta noche. Con la particularidad de que el lobo humano no dice "me place comerte", sino "Simón dice que te tengo que comer". "Lo siento, la decisión de la mayoría es que debes ser comido. Yo no quisiera, pero...". La apoteosis de la cobardía, en suma. Así somos.
Si una cosa hay claro en todo esto, es que ninguna mayoría es grande. Las mayorías pueden ser muchas cosas, pero grandes nunca. Y como siempre digo, cualquier duda, diríjase a Milgram Experiment. Las mayorías son precisamente eso. Así de siniestras y así de patéticas y deleznables.
Entonces, ¿qué? Se ensalza la minoría, la élite pues? No, y presta atención: la élite y la "gran mayoría" se necesitan mutuamente, son dos caras de una misma moneda, y perdonen el cliché, por mucho que se predique lo contrario. No hace falta más que mirar el Ecuador actual: nadie duda seriamente de que ahora hay "una élite" ocupando el poder político. Asimismo, parece claro que una de las armas con las que esa élite mantiene su hegemonía es precisamente esa retórica tan infantil como deshonesta según la cual todo se hace en función del Pueblo, de esas silenciosas "mayorías", que supuestamente "mandan" y cuya voluntad, de alguna misteriosa manera, siempre coincide con la de su Presidente electo, y sus odios y prejuicios, ídem.
¿Cuál es la alternativa? Pues lo dicho: una sociedad, un espacio de cooperación, en que se dificultaría la acumulación de poder, en la que se practicara la honestidad intentado llamar las cosas por su nombre, si es que nombre tienen, y donde reinara un salubre recelo a las abstracciones inhumanas, sean ellas "Pueblos", "Mayorías" o cualquier otra deidad que se oculta y se escuda tras una conveniente ausencia, cuando no se encuentra justificando matanzas y torturas emprendidas por El Poder en defensa propia. Imagine there's no Simon: tú decides por ti, y yo por mí, hasta el límite de lo posible, y ambos nos responsabilizamos de las consecuencias de nuestro actuar. Mientras alguien o algo "manda", no estamos ahí todavía. That's what O'Grady says.
Si llamé sorprendente al artículo de Mancero, no es que yo presuma de conocer sus antecedentes, su carrera y sus ideas. Simplemente me sorprende que en un medio como El Telégrafo se permita cuestionar el carácter sagrado del Estado, de que todos viven y comen por esos lares, o que se vislumbre públicamente su íntima relación con los crímenes de lesa humanidad en este país y en otros. Tal vez el Sr Pérez estaba ocupado ese día, y lo dejó pasar por equivocación. No creo que veamos nada más por el mismo estilo en mucho tiempo. De todas maneras: un pequeño bravo creo que sí merece.
Mucho más en la línea habitual del medio es el artículo del desdichado de Werner, muestra impagable de racismo, mezquindad y enorme deshonestidad (como si "los alemanes" pretendieran otra cosa que lo que pretende cualquier turista visitante al país, que es poder entrar y salir sin obstáculos y ver lo que desea ver y sacar sus propias conclusiones y fotografías y opiniones al respecto, cosa a lo que cierta Declaración Universal les otorga legítimo derecho, creo recordar). Dos cosas a tomar en cuenta: primero, que el racismo institucional y la xenofobia ya parecen moneda corriente de la nueva versión del correísmo (los comentarios de Correa acerca de la Tabacchi, espeluznantes), y segundo, que se pone cada vez más de moda esa retórica deshonesta según la cual tus decisiones adolecen de "moralismo", mientras las mías son meramente "técnicas". El abuso de esta palabra, "técnico" lo encuentro en la entrevista a Correa, en el artículo citado de Werner, y en otro de la misma página: tal parece, todos se han puesto de acuerdo en que si yo me quejo de tus atropellos a mis derechos, estoy aplicando un "moralismo" típico del más rancio "conservadurismo", mientras si tú denuncias mi supuesto "egoísmo", falta de "solidaridad", etcétera, éstas son simples apreciaciones "técnicas".
Se me fue el tiempo, pero... When the fuck will these people grow up?
Anya Seton, Dragonwyck
Repite esto. ¡Cállese! O'Grady te manda repetir esto. Ahora sí...
Kingsley Amis se acuerda de la versión católica con O'Grady: yo me quedo con "Simon says", y así también el Tío Wiki. Como bien sabía Amis, este aparentemente inocente "language game" forma la base de toda cadena de mando, y por tanto, de aquella institución originaria (en la actualidad) de todas las cadenas de mando, el Estado. Yo te puedo dar órdenes y tú las tienes que cumplir. ¿Que soy debilucho y enclenque y no te doy nada de miedo y no te da la realísima gana? Cuidado. Mis órdenes son avaladas por la autoridad de mi superior, el teniente O'Grady. Es con él con quien tendrás que vértelas en caso de desacato. Aja: "O'Grady and whose army?" Pues ahora que lo dices, sepas que el Jefe Mayor de todas las fuerzas armadas del país, de las cuales el teniente O'Grady es destacado y galardonado miembro, es nada menos que el Presidente Răzvan. Supongo que no pondrás en entredicho tan majestuosa autoridad. Pero si te empeñas, en el juicio que sigue, antesala de la cárcel y peor, no faltará quien recuerde que el Poder Constitucional investido en el Presidente Răzvan y simbolizado por estos imponentes banderas y estos sagrados símbolos (la Santa Batidora de Huevos del General Tortillo, una joya), es conquista y legado nada menos que del propio Simón. A lo que prosigue Amis:
The harm lies not in that, but in that this
Progression's first and last terms are "I say
O'Grady says", not just "O'Grady says".
(Las comillas son añadidura mía, en aras de claridad.) Aquí es donde se cae la máscara, a la cual se refiere la Sra Mancero en su sorprendente artículo. Para efectos hegemónicos, no importa si la Máxima Autoridad se llama O'Grady, o Simón, o Dios, o Alá, o El Pueblo Soberano. No importa porque este personaje nunca habla en nombre propio, sino siempre "a través de" quien o quiénes realmente detentan el poder. Nunca tendrás que obedecer las órdenes de Simón en persona (como si se pudiera "personar", algo tan inefable como un Pueblo Soberano, o un Destino Histórico), sino aquello que yo digo son órdenes de Simón. En 1984, Winston pregunta a O'Brien si el Gran Hermano realmente existe. Por supuesto, dice O'Brien. "Pero ¿existe como tú, como yo?" La respuesta escalofriante de O'Brien: "Tú no existes". Y esto también es consecuencia lógica del juego. Yo tengo la misteriosa, sagrada y soberana atribución de representar e interpretar la Voluntad de Simón. Tú no. Tú no puedes decirme a mí lo que Simón quiere de mí (como por ejemplo que deje de dar la lata con el dichoso Simón ése). La cadena no va en esa dirección. A ver, a ver... ¿cuántas elecciones has ganado, eh? Entonces cállate. Perdón: Simón dice cállate. El Pueblo dice cállate. ¿Cachas? Cuando de tomar decisiones sobre tu vida se trata, tú no existes. Simón en cambio sí. No lo has visto, más que en un póster tal vez, pero él está en un plano de existencia del cual tú te encuentras excluido. Así son las cosas.
Simón, entonces, es la "ilusión legitimadora" a la que se refiere Mancero citando a Philip Abrams. Ese ser que hace de puente entre mi deseo de esclavizarte y aquel aliado que creo identificar dentro de tu propio cerebro y que podré instrumentalizar a tal efecto, ese deseo tuyo de hacer lo correcto, de gozar de aceptación y estatus social, de no desentonar, de pertenecer a la Gran Mayoría Moral. Para instrumentalizarlo, lo único que necesito es una Autoridad que te convenza, que legitime, que afiance el control remoto. Aquí Rafael Correa, en una reciente entrevista:
"De allí que instó a plantearse ¿quién manda en una sociedad, si el capital o los seres humanos, las élites o las grandes mayorías?"
Tengo a los torquemadillas a mis espaldas, respirando por mi nuca, así que prefiero no entrar en detalles sobre el padecimiento psíquico evidenciado por quien es capaz de plantearse una pregunta semejante. En una sociedad, Sr. Correa, en una de verdad, nadie "manda": eso entra en la propia definición de sociedad. Mira, te lo pongo fácil:
Sociedad: Agrupación natural o pactada de personas, que constituyen unidad distinta de cada uno de sus individuos, con el fin de cumplir, mediante la mutua cooperación, todos o alguno de los fines de la vida. (DRAE, énfasis mío)
Claro que este ideal de sociedad basada en la mutua cooperación se encuentra muy parcialmente realizado por dondequiera que mires, precisamente porque la enfermedad del poder, el deseo de "mandar", se encuentra tan extendida: muchas veces, la realización práctica de "sociedad" consiste en susurrar, entre risas sofocadas, a espaldas del Jefe. Pero insisto: en cualquier lugar, si a la pregunta "¿quién manda aquí?" recibes una respuesta al instante y sin titubear, lo que tienes delante no es una sociedad sino una jerarquía, palabra que proviene del griego y evoca el poder de lo hieros, de lo sagrado, siempre mediado e interpretado por los jerofantes o sumos sacerdotes, en su particular jerigonza o impenetrable galimatías, el mismo que, según ellos, justifica su privilegiado estatus y todos los sacrificios que hacemos para que coman rico. Ahora, repitamos la pregunta, que no tiene desperdicio:
"¿quién manda en una sociedad, (...) el capital o los seres humanos, las élites o las grandes mayorías?"
Correa sabe perfectamente que "el capital" nunca ha mandado en ninguna parte, ni puede mandar, pues mandar es atributo de personas... pero suena bien, no digas que no. Y estoy de acuerdo en que, dondequiera que encuentras a algunas personas, eso sí, personas, dando órdenes, "mandando", vale inmensamente la pena preguntar quiénes son y con qué derecho "mandan". Y si son personas honestas, desenvainarán la espada, sacarán el puño, o maniobrarán sus tanques de guerra sobre tu césped, y dirán con una gran sonrisa socarrona, "con este derecho". Porque el poder, en el fondo, es eso: la capacidad física, logística y balística de aplastar al adversario las veces que sean necesario. Nada más y nada menos.
Pero resulta que nadie dice esto. Siempre hay un Simón, un Simón sospechosamente ausente, de cuya excelsa voluntad nuestros parásitos no son más que humildes y abnegados instrumentos. Antiguamente se hacía llamar Dios (según autoridades tan diversas como Anya Seton y Bob Dylan); ahora con más frecuencia ellos se conectan con ese traidor dentro de tu cerebro llamándolo "el Pueblo" o, helo aquí, "las Grandes Mayorías". Lo dicho: psicológicamente es la mar de eficaz. Si no aceptas el veredicto de "las grandes mayorías", siempre según lo revelado por nuestros queridos jerofantes, pues lo siento, te acabas de excluir de "la sociedad" (el resto de gente que sí lo acepta), y además, te muestras como un ser egoísta, perverso, inmoral. Tú eres una sola chica, y ellos son nueve caballeros violadores: ¿quién eres tú para objetar su mayoritaria y sagrada voluntad? Por algo se ha dicho: la democracia es dos lobos y un cordero votando sobre qué cenar esta noche. Con la particularidad de que el lobo humano no dice "me place comerte", sino "Simón dice que te tengo que comer". "Lo siento, la decisión de la mayoría es que debes ser comido. Yo no quisiera, pero...". La apoteosis de la cobardía, en suma. Así somos.
Si una cosa hay claro en todo esto, es que ninguna mayoría es grande. Las mayorías pueden ser muchas cosas, pero grandes nunca. Y como siempre digo, cualquier duda, diríjase a Milgram Experiment. Las mayorías son precisamente eso. Así de siniestras y así de patéticas y deleznables.
Entonces, ¿qué? Se ensalza la minoría, la élite pues? No, y presta atención: la élite y la "gran mayoría" se necesitan mutuamente, son dos caras de una misma moneda, y perdonen el cliché, por mucho que se predique lo contrario. No hace falta más que mirar el Ecuador actual: nadie duda seriamente de que ahora hay "una élite" ocupando el poder político. Asimismo, parece claro que una de las armas con las que esa élite mantiene su hegemonía es precisamente esa retórica tan infantil como deshonesta según la cual todo se hace en función del Pueblo, de esas silenciosas "mayorías", que supuestamente "mandan" y cuya voluntad, de alguna misteriosa manera, siempre coincide con la de su Presidente electo, y sus odios y prejuicios, ídem.
¿Cuál es la alternativa? Pues lo dicho: una sociedad, un espacio de cooperación, en que se dificultaría la acumulación de poder, en la que se practicara la honestidad intentado llamar las cosas por su nombre, si es que nombre tienen, y donde reinara un salubre recelo a las abstracciones inhumanas, sean ellas "Pueblos", "Mayorías" o cualquier otra deidad que se oculta y se escuda tras una conveniente ausencia, cuando no se encuentra justificando matanzas y torturas emprendidas por El Poder en defensa propia. Imagine there's no Simon: tú decides por ti, y yo por mí, hasta el límite de lo posible, y ambos nos responsabilizamos de las consecuencias de nuestro actuar. Mientras alguien o algo "manda", no estamos ahí todavía. That's what O'Grady says.
Si llamé sorprendente al artículo de Mancero, no es que yo presuma de conocer sus antecedentes, su carrera y sus ideas. Simplemente me sorprende que en un medio como El Telégrafo se permita cuestionar el carácter sagrado del Estado, de que todos viven y comen por esos lares, o que se vislumbre públicamente su íntima relación con los crímenes de lesa humanidad en este país y en otros. Tal vez el Sr Pérez estaba ocupado ese día, y lo dejó pasar por equivocación. No creo que veamos nada más por el mismo estilo en mucho tiempo. De todas maneras: un pequeño bravo creo que sí merece.
Mucho más en la línea habitual del medio es el artículo del desdichado de Werner, muestra impagable de racismo, mezquindad y enorme deshonestidad (como si "los alemanes" pretendieran otra cosa que lo que pretende cualquier turista visitante al país, que es poder entrar y salir sin obstáculos y ver lo que desea ver y sacar sus propias conclusiones y fotografías y opiniones al respecto, cosa a lo que cierta Declaración Universal les otorga legítimo derecho, creo recordar). Dos cosas a tomar en cuenta: primero, que el racismo institucional y la xenofobia ya parecen moneda corriente de la nueva versión del correísmo (los comentarios de Correa acerca de la Tabacchi, espeluznantes), y segundo, que se pone cada vez más de moda esa retórica deshonesta según la cual tus decisiones adolecen de "moralismo", mientras las mías son meramente "técnicas". El abuso de esta palabra, "técnico" lo encuentro en la entrevista a Correa, en el artículo citado de Werner, y en otro de la misma página: tal parece, todos se han puesto de acuerdo en que si yo me quejo de tus atropellos a mis derechos, estoy aplicando un "moralismo" típico del más rancio "conservadurismo", mientras si tú denuncias mi supuesto "egoísmo", falta de "solidaridad", etcétera, éstas son simples apreciaciones "técnicas".
Se me fue el tiempo, pero... When the fuck will these people grow up?
No puedo creer que hayas leido el articulo de Werner.
ReplyDeleteQue pieza mas desagradable y solo pude leer hasta la mitad del segundo parrafo. Terrible.
Buena nota, gracias.