El sombrero

Él es como yo, poca cosa, medio preparado, lento de reflejos y socialmente impresentable. Lo que pasa es que lleva tiempo vistiendo traje y corbata (su estatura mediana y su complexión tirando a poca cosa los calza bien) y - hay que quitarse el sombrero - labrándose el “nicho” a base de encajar malcriadeces (se devuelven, sí, pero disimulando y sólo a veces), aguantando años allá donde yo no pude ni tres. Así que, llegado a mi primera entrevista con él, “hay que quitarse el sombrero”, dije para mis adentros, y así lo hice.

Se trata de un Homburg auténtico, un Homburg en toda la regla, de ésos que hay que quitar cuando tu abrigo resulta demasiado largo. Lo coloqué cuidadosamente en la mesa, al lado de mi currículum y del café.

“Son muchas emblemas caducas y de un especial mal gusto,” él prosiguió. “Claro, tiene Ud. toda la razón.” Yo no había dicho nada: creo que esa conversación la estaba manteniendo con mi peinado, que de por sí, por lo indisciplinado, le criticaba la presencia de tantas banderas de “nuestro” país como había. “Sin embargo, son recomendables como asunto de marketing. Ahora, permítame vomitar algo repugnante y ligeramente maloliente. Con suerte lo podré coger con el vaso:

un decisivo primer paso hacia una estructurada trayectoria laboral con excelentes proyecciones futuras

“Uf. Bien, ya está. Creo que está muerto. Como usted ve, tengo una piel ligeramente más joven que la de usted, tengo un pelo que se dirige hacia la estratosfera sin fingidas modestias, tengo (luego la verás) una esposa-trofeo altamente competitiva, tengo nociones de lo que hago, y encima de todo esto, tengo esa misma manera de ponerme a “escuchar” apartando más la nariz que la mirada, aunque ésta también, como si el discurso ajeno oliera a cebolla y yo, eh, con profiteroles recién ingestas, que ya habías notado en otras personas de mi misma casta, que desde luego es la más alta, la de los jefes absolutistas con poca plata y grandes pretensiones. ¿Alguna pregunta?”

El sombrero lo miró con infinita tristeza. Luego, sin mediar palabra, se levantó, se bajó de la mesa, y se salió por la puerta, alejándose con ese caminar tan singular, tan cómicamente decidido que tiene.

Él lo contempló con desconfianza y con esa máscara de lacónico desprecio que luego descubrí era lo único que de costumbre ceñía frente al mundo, por eso la tenía tan perfecta. “Tendrá que tener cuidado con ese sombrero,” espetó. “Alguien lo podría malinterpretar algún día. Yo soy un tipo tolerante, soy un tipo comprensivo, pero hay sombreros y hay sombreros, ¿capichi?”

Ajá. Cuando escucho esos “soy un tipo razonable”, y toda la monserga que sigue, sé que mi peinado, con el que todos hablan de preferencia, ha terminado metiendo la pata de alguna forma. Tendré que preguntarle luego qué es lo que le dijo.

Quedamos en que él me daría trabajo, a condición de que yo hiciera el curso, con lo que yo ya le debía un mes de sueldo antes de empezar. Un tipo listo.

Cuando conocí a la mujer, entendí mejor aquello de “altamente competitiva”. Era la estereotipada dictadorzuela de telenovela en carne supuestamente viva. Ella era para los buenos modales y el respeto al interlocutor lo que Myra Hindley para el sentimiento materno. A su lado, Rafael Correa se vería como un dechado de cortesía. Aquel primer día, sólo me merecí un basureo rutinario, de principiante, pero en lo sucesivo tuve que emplearme a fondo para no ser despedido por ella al son de alguno de los variopintos motivos que de hecho se esgrimieron a lo largo de aquellos meses para despedir a cualquiera que le cayera mal. (Menos mal que todavía me funcionaban, a ratos, los campos de invisibilidad que me habían servido para dirigirme a la Tierra pasando por aquella peligrosa constelación de Orión.) Durante ese tiempo, a veces me compadecía de aquel hombre, pese a sus modales de wide boy londinense, y a la poca fiabilidad que demostraba su palabra (el contrato laboral, prometido para cuando me sacara el curso, nunca se materializó; claro, hubiera significado tener que cubrirme las vacaciones de Navidad), pues era evidente que lo que él construía con esfuerzo, ella derribaba con sus caprichos y su apenas disimulado apego al “poder” (para ella, el Paraíso sería pasarse el día dando órdenes y criticando la ejecución de las mismas): pareja más desastrosa era difícil imaginar, y hasta algún día empecé a entretenerme con guiones de telenovela en las que la tragedia subyacente hubiera tenido algo que ver con una supuesta infertilidad.

Que esta gente eran incondicionales de Correa era todo uno. Claro, lo de estar en Ecuador “por conciencia social”, “por querer ayudar” es una excelente coartada para gringos dépaysés ocupados en huir hacia adelante; nunca es más que eso, pero a veces como si uno siente la necesidad de darle sustancia al cuento, comprando New Internationalist o cargando el sticker de un supuesto partido progre. En su caso la pose resultaba netamente cómica: pretender apoyar la causa del humilde ciudadano mientras uno se roba contratos y pagas y hasta intenta cargar a los empleados un impuesto para financiar la fiesta de Navidad… hilarante, poco serio, y muy en la línea de los admirados charlatanes del actual gobierno. Pero nos hemos olvidado de nuestro sombrero.

El Homburg se había resuelto volver a casa por el camino largo. Lo encontré en uno de esos “salones” de la zona del malecón de Durán, estrenando su quinta botella de Pilsener.

- Hola.

- Hola.

- Bueno, sombrero: desembucha.

- Nada. No es nada, en realidad. Sólo que ya me cansé de verte en estas situaciones, trabajando para gente así, tarados sociales que sólo saben arrimarse al abrevadero y dar coces contra quienquiera se acerque. ¿Qué quieres que te diga? Me cansé de verte arruinar tu vida, cada día un poco más.

- ¿Quieres decir que ya no quieres trabajar para mí? ¿Que ya no tengo sombrero?

- ¿Cuándo fue la última vez que me pagaste, Endivio? O ya te olvidaste que teníamos un acuerdo? Ya sé, un sombrero no necesita mucho para vivir, Dios sabe que uno no pide mucho, pero ¿cuándo fue la última vez que fuimos a comer siquiera los dos juntos? Endivio, ni siquiera un sombrero vive de la nada.

- Está bien. Estás libre para ir donde quieres.

- No está bien. Pero la elección la tiene usted. Si algún día decides respetarte un poco más a ti mismo, ya me enteraré por mi cuenta.

- Como sea. Adios, sombrero.

- Adios, pobre hombre.

Me alejé sin más, pero llegado a la puerta no pude resistirme de dar una última vuelta. Ese Homburg, mi fiel compañero durante tantos años… La sombra del sombrero, metiéndose cerveza mala en medio del bullicio de la gente como si ya no quedaban amaneceres en el mundo, se me antojaba un alacrán, tragándose el propio veneno en un último y desesperado intento de olvidar… Me subí el cuello de la gabardina y cerré la puerta tras mí.

- Bad, bad, bad, Bad Homburg – fueron las últimas palabras que recuerdo haber dicho aquella noche, confusamente, en medio de aquella eterna lluvia.

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