En la EPSPOL (Prosperino)

No es fácil encontrarse estos lugares de parqueo privilegiados. Por la vista, digo. Vista: sí, es la crisis, nos empobrecemos a marchas forzadas, decimos “vista” donde antes hubiéramos dicho presencia, dando por hechos olores y sonidos; ahora, claro, hay que pedir audiencia con nuestros propios sentidos: “para todo lo demás existe el miedo a llegar tarde”. Estos bosques. Hora de clase, casi: se me acaban el tiempo y la batería del portátil. Qué decir en tan pocas líneas.

Aquí se les enseña a los alumnos, a esas cabezas rebosantes de exiliadas hormonas y de inermes ecuaciones, a mirar este bosque y formar, con labios imberbes, el prefijo “eco-“. Craso error. Mejor dicho: triste eco.

Como siempre, como en el Valle de Clamores (q.v.), me siento preso de ese élan atávico: quisiera lanzarme al encuentro de esa orgía de verdes, quisiera desnudarme de inútiles recuerdos e irrelevantes protocolos mentales para darme un purificador baño de soledad, intercambiar mi cuerpo con el bol de aire que este bosque sostiene cariñosamente sin derramar ni una gota. Quisiera tener tiempo para descodificar las formas de los árboles, las sombras, el tiquismiquis del sol parcial que acaricia las hojas. Quisiera, sobre todo, reunirme con ese yo callado, azotado pero insistente, que se equivocó de camino hace tantas décadas y ahora no hace más que darse golpes ciegos contra los muebles “sociales” cuya presencia no sabe intuir ni calcular bien. Ahora, se ha vuelto especialmente urgente esta tarea. He vuelto a fumar (me persiguen los jefes, los supervisores, mi escudo de invisibilidad está fallando, emergencia, emergencia), lo que no hace más que apresurar lo inevitable: no me quedan tantos días de vida, y existe ese hijo que tanto me recuerda a mi mamá (a quien él nunca vio), y a mí, a lo que yo era o podría haber sido. Quiero decirle, antes de morir, lo mucho que le quiero, es decir, lo mucho que él merece ser querido, para que no renuncie a ser él mismo, ni que hable, más de lo estrictamente necesario. Quiero que él sepa que en otra vida, imposible si se quiere pero imaginable, yo tendría un trabajo donde no hubiera más gente, sino que sería yo contra el viento, contra la tierra, contra fuerzas medibles y honradas, y en esa vida sin miedos y sin culpas, ese amor se haría visible de mil formas hoy por hoy descartables.

Ese niño que antes fui, era supersticioso, vaya que sí, pero a veces creo que en nuestras supersticiones está nuestra inocencia, y que por eso son atesorables. Como mi hijo, yo también tenía palabras preferidas que no significaban nada, y las usaba hábilmente, con aplomo. Este bosque, por ejemplo, para el niño era gárrulo en presencias, en dioses, en hembras patizambas, en aventuras, el todo escondido detrás de la palabra mágica y del gesto significativo. Algo de eso queda, confusamente, a pesar de la inmensa teología de prohibiciones, de prisas y de contingencias que ahora lo rodea como un cerco de alambre. Los Narcisos de hoy en día (algunos van por allí abajo, caminando pretenciosamente, con sus jeans Hilfiger) tienen a su Eco, que les anda detrás descubriéndose el pecho: algunos hasta se creen tan cocacolas como para concederle “derechos” a esa sumisa naturaleza de pierna quebrada. (Dios, hasta quieren purificarle el agua.) “Cuando, en lo profundo, nos controla a ti y a mí”. Es cómico ver el títere queriendo arreglarle la corbata al titerista: pero al final cansa, asquea. Y en ésas aparece Merlin, con su barba llena de caca y sus palabras de basureo definitivas: médico, cúrate. Se da la vuelta y se aleja por un sendero, perdiéndose en la frondosidad. Quisiera seguirle.

Cuando era adolescente y lo sabía todo sin saberlo, escribí: “somos los jardineros del mundo”. A continuación, ojo, vino una página confusa sobre esa lucha borracha entre cielo, sudor, hierba y espinas, en donde salieron muchas palabrotas, muchas cegueras, muchas pérdidas de norte. No se puede pretender hacer nada sin teñirse la piel. Algunos jardineros terminan con los dedos verde-hierba; otros (éstos, al parecer), verde-billete. Líder sólo es redil escrito al revés.

Comments

  1. Sospecho de algún transgénico.

    Y si, talvez esos límites tengan algún motivo traumático de la niñez, cosas que uno supera de adulto con el abuso, de ahí la frase: Que mis hijos tengan lo que yo no tuve. Pero, ir del lado contrario, no entiendo.

    ah , la entrada evangélica, jajajaja, 10 horas de risa, puede ser una idea para hacerte millonario.

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