Retrato de una dama (3)


Amar es como llegar a casa después de un larguísimo viaje. Tan extenuante ha sido el confuso deambular por el mundo, que hasta hace trampas la memoria: ¿realmente dejé las cosas así? ¿en tal sitio estaban las revistas? y ese CD de fado portugués, ¿cuándo lo compré? Pero el trasfondo de estas dudas es una certeza: todo esto a pesar de tanta ausencia es mío, y no por vías de codicia y de adquisición, sino porque el conjunto, ese misterioso conjunto donde ni sobra ni falta nada, nació de mí y me refleja con más fidelidad que un cantar ebrio, que una halitosis postprandial. Ni queriendo hubiera dispuesto los muebles de tal guisa que respiraran aún mi alborotada presencia estando yo en otro sitio. Ni queriendo hubiera acertado, frente a ese lejano, hierático transitar de mujeres a cuál más desoladoramente bella, con este maldito parterre sediento de insecticida, con esta desgracia de leche tibia, con este familiar y entrañable desastre en primera y última persona.

La certeza de que ella no me quiso, ni entonces ni nunca, es simplemente otro personaje más de la obra, junto con ella y yo. Es ese risueño médico que organiza la fiesta sorpresa, con amigos y todo, con globos, para anunciar y celebrar tu pronto deceso. Y si el adefesioso personaje adquiere tanto protagonismo a veces, será por pobreza del guión. Siempre decía yo que faltaba más acción, más osos y tigres, más complot. La historia en sí es triste, paupérrima. Por eso hasta los más malévolos, hasta los doctores y los lectores, tendrán papel de compasivos dentro de ella.

Entre los personajes secundarios, destaca (cada vez más, no sé por qué) un tal Baldomero, profesor de baile de salón, un cincuentón con el pelo parado lleno de betún y la cara de teatrales arrugas que parecían mapa de relieve, que fue a quien le tocó enseñarnos los pasos de la marcha y del two-step. Yo, que siempre había presumido de querer (algún día) bailar pero bien, a lo antiguo, entré casi aterrado en ese enorme salón de ensayo dominguero, a remolque de mi amada y de sus gárrulas amistades treintañeras, sólo para apercibir enseguida el olor a barniz, a cera, que me recordaba cual madalenas proustianas no sé qué infancia alternativa que habré tenido donde se trataba de ir a salones de ensayo grandes de la mano de mi madre. El inevitable choque entre la dignidad terpsicoreana del lugar y mi pésima coordinación física se me antojaba, desde ese momento, prometedor: hasta me enorgullecí, por adelantado, de saber que era el único ahí capaz de sorprender al maestro, que seguramente pensaba en su inocencia que todos allí tendríamos alguna elegancia innata descubrible. Ya casi me sabía de memoria las palabras de ardiente disculpa que Carmen tendría que desembuchar al ver a su novio recorrer las tablas de extremo a extremo de la sala a velocidad de correcaminos y con toda la elegancia de un Steve Martin poseso. Resolví no ser discreto. Me encerré cautelarmente en la calamidad.

Luego resultó que el asunto no iba por ahí. Cuando el Baldomero hizo su célebre comparación entre mi forma de caminar y la de un pingüino galvanizado, yo llevaba media hora larga disfrutando, como un niño, de mi recién descubierta condición de varón. Y no era para menos: resulta que a diferencia del baile contemporáneo popular, donde los movimientos no tienen estampa de género (ni de inteligencia, ni de gracia, ni de nada), esos bailes de salón hacen hincapié en la división de sexos: protagonista/antagonista. Formar filas cromosómicamente enfrentadas, eso ya es algo, socialmente revolucionario y levemente ruso. La “marcha”, unos pasos así, otros asá, y la sorpresa, un caminar estilizado, lateral, cosaco, mano en alto, para volver a enfrentarse: the Crested Grebes are Mating! Está claro que si te adentras en estos bailes, todo lo políticamente impuesto y todas las costumbres sociales te van a parecer chiste. Es por eso que los bailarines siempre andan riéndose de todo.

Yo nunca la había visto bailar. Ella ya me había asegurado que “no sabía”, pretensión que acepté en su momento: era como yo, después de todo, no sabía muchas cosas, ni de la misa la mitad, éramos dos tarados en un mundo de übermenschen fornidos y ciegos. Sin embargo, el ser hembra confiere el privilegio de dominio sobre las propias caderas: hay unas articulaciones extras, y al cabo de unos minutos ella las estrenó, con resultados más bien demoledores.

Bailar (moverse maquinalmente, subvocalizando conteos, siniestralidades) frente a algo que se mueva así es redescubrir el asombro, el verdadero sentimiento religioso; es ser erizo delante de su primer (y último) automóvil.


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