Cáscaras de nuez
He vuelto a mi antigua ocupación de traductor a tiempo parcial, para suplementar mis exiguos ingresos.
Cada cliente (los "clientes", para el traductor, no suelen ser end users sino organizaciones o escuelas, o sea, tercerizadoras) tiene sus excentricidades. Cuando el cliente era el Hospital Clinic de Barcelona, cobraba una pequeña fracción decimal de un centavo por palabra, no recuerdo si era 0,2 centavos. Bien. Cuando trabajaba para una academia en el mismo país, cobraba creo que 15 pesetas por "línea"; la definición de una "línea" no tenía nada que ver con el espacio ocupado en la página, sino que era precisamente 55 letras, descartando los espacios. Tuve que crear un macro de MS Word (en ese entonces, crear macros era fácil y divertido; con las últimas versiones no he probado) que me proporcionara el recuento de los carácteres sin espacios, dividido por 55 y redondeado hacia arriba. Ahora, mi actual cliente resulta que cobra "por página", con lo cual hay que hacer malabarismos con tipos y tamaños de letra para que todo lo traducido ocupe, página impresa por página impresa, el mismo espacio que el original.
En fin, uno se acostumbra a cualquier cosa. Lo que había olvidado, empero, es lo cansado que es traducir del español al inglés (en sentido contrario es casi siempre facilísimo) cuando se trata de textos legales, oficiales o administrativos. Y eso, porque según mi forma de pensar hay una especie de meta-idioma en juego, el officialese, que se distingue por la cadenciosidad, la depurada abstracción y la clínica ausencia de connotaciones indeseadas. El castellano, tal vez en virtud de su linaje imperial romano, mantiene con este officialese que mora en nuestro subconsciente colectivo una relación de cordial amistad: es fácil unir palabras en sonoras y asépticas combinaciones consagradas por el uso y la repetición, sin caer en ningún momento en el personalismo, en la torpeza, en el sarcasmo o en el balbuceo. Claro que, tanto como en inglés, muchos practicantes del officialese se dejan llevar por el entusiasmo y se vuelven prolijos, tendencia especialmente notable en este país donde en cada pronunciamiento oficial hay que meterle un "mismo que" para estar seguros de acertar con ese excelso tono oficial-administrativo, mismo que por su rebuscada cadenciosidad termina enloqueciendo a los oradores más obnubilados (siempre supuse que el desdichado de Jonathan Carrera, mismo que antes daba en el noticiero televisivo los informes de crónica roja, en un inconfundible estilo rimbombante e hipersensiblero, y que ahora supongo encerrado en el Lorenzo Ponce, era la inspiración original para el Sangrera de la serie telebasurera). Lo que pasa es que no existe una correspondencia muy evidente entre los giros más pomposos en un idioma y en otro; y mientras que un estilo altisonante, latinizante y extremadamente prolijo en inglés, al traducirse al castellano con bastante literalismo suena simplemente "correcto", intentar la proeza en sentido inverso suele dar resultados impresentables. Si, por el contrario, uno opta por la sencillez en la versión inglesa, termina perdiendo muchas horas puliendo el texto, en un desesperado intento de dar con ese tono de impersonal y locuaz autosuficiencia de funcionario obeso tan evidente en el original, y tan difícil de conjugar con la simplicidad. El idioma inglés entonces se vuelve como vergonzoso, recatado, hasta un poquito malfollá. Uno prueba sinónimo tras sinónimo, pero todos vienen erizados de connotaciones foráneas. Nada suena bien. Mi consejo para cualquier traductor, en tal caso, es: sleep on it. Lo he comprobado una y otra vez: no es tanto la posibilidad (a veces sí pasa) de que al despertar de repente se vuelva evidente la traducción correcta de tal o cual frase, sino que -mucho más importante - el tiempo pasado le confiere a tus palabras una pátina de convicción, de respetabilidad. Vuelves a leer lo que anoche te pareció tan torpe, tan impresentable, y de repente te parecerá en su mayor parte, si no elocuente, por lo menos adecuado.
Lo mismo, ahora se me ocurre, pasa con los blogs.
Miento: pasa con todo.
Ser mediocre es sólo angustiante en el momento de serlo. La mediocridad que ha conseguido burlar tus defensas y se ha instalado en tu prosa se nutre, en lo sucesivo, de ese aire de leve heroicidad que corresponde por derecho a cualquier texto escrito, sobre todo en nuestra civilización de superficialidad audiovisual donde escribir cualquier cosa, hasta una sarta de idioteces, es una hazaña digna de reverencia por parte de la gran mayoría.
Pero, hablando de héroes, creo que todavía falta que alguien en el idioma castellano agarre el testigo que nos dejó gente como Orwell (en su ensayo Politics and the English Language) y haga campaña, con la eficacia de la venerable Plain English Campaign, a favor de la brevedad, la sencillez y la precisión en la comunicación. Un ejemplo de por qué sería recomendable eso:
Por cuanto la bachiller señorita Mengana de Tal ha cumplido con los requisitos académicos, legales y reglamentarios, le confiere el título de
a fin de que se le reconozca como tal y goce de los honores y privilegios que por ley le corresponden.
Lo he señalado en rojo para que se vea más claramente. ¿Para qué demonios se explica en el certificado de grado el supuesto motivo por el que se confiere, como si la utilidad de tal certificado no fuera ya una evidencia? En realidad, lo único que hace esta oración es servir de relleno y contrapeso rítmico, para evitar la brusquedad y conferirle un tantico más de solemnidad o gravitas al documento. "A fin de que se le reconozca como tal" es, en realidad, una bobada: es como escribir "... y aquí firmo a fin de que se me reconozca como autor del presente documento".
Pero veo que, a su manera, el inefable José Mario Ruiz Navas, en El Universo de hoy, ha abierto la campaña a favor de la sencillez de expresión con un salvo en contra de ese ridículo modismo lingüístico del artificioso equilibrio de géneros, es decir en contra del "... a los miembros y a las miembras". Hasta ahí, nada que objetar: ese modismo es, más que nada, una ofensa simultánea contra la claridad, la sencillez y la brevedad. Pero a decir verdad, las pocas veces que leo a este cura siempre me acerco a su artículo con la fundada sospecha de que algo en él me va a hacer reir a carcajadas. En este caso, la risa me cogió aquí:
La experiencia en el campo eclesial me permite afirmar que la participación específica de la mujer con su aporte específico, voz y voto, no como mera ejecutora, llega a la raíz de la vida eclesial, dándole mayor consistencia.
Es decir: "la iglesia Católica, que todavía tiene vedado a las mujeres ostentar cualquier cargo dentro de su jerarquía, nos proporciona un ejemplo ideal de participación femenina; tema en el que yo, por otra parte, en mi calidad de hombre que tiene por obligación evitar cualquier relación íntima con representantes del género femenino, soy autoridad".
Con lo que habría que actualizar el famoso tríptico de eslóganes orwellianos:
WAR IS PEACE!
FREEDOM IS SLAVERY!
IGNORANCE IS STRENGTH!
EXCLUSION IS PARTICIPATION!
Gracias, monsignor. Lo suyo es impagable.
¡Ah! Me olvidé del título. Es sencillo. Hace unos años, tuve que traducir del castellano al inglés un folleto publicitario de un fabricante de calderas industriales. En el texto explicaba que la ventaja de cierta línea de calderas es que funcionaba con todo tipo de combustible: "carbón, leña, o cáscaras de nueces".
"Walnut shells"??
Cómo cargarse un intento de expansión internacional en dos palabras (creo que al final opté por "natural fuels". In a nutshell, de eso se trataba).
Cada cliente (los "clientes", para el traductor, no suelen ser end users sino organizaciones o escuelas, o sea, tercerizadoras) tiene sus excentricidades. Cuando el cliente era el Hospital Clinic de Barcelona, cobraba una pequeña fracción decimal de un centavo por palabra, no recuerdo si era 0,2 centavos. Bien. Cuando trabajaba para una academia en el mismo país, cobraba creo que 15 pesetas por "línea"; la definición de una "línea" no tenía nada que ver con el espacio ocupado en la página, sino que era precisamente 55 letras, descartando los espacios. Tuve que crear un macro de MS Word (en ese entonces, crear macros era fácil y divertido; con las últimas versiones no he probado) que me proporcionara el recuento de los carácteres sin espacios, dividido por 55 y redondeado hacia arriba. Ahora, mi actual cliente resulta que cobra "por página", con lo cual hay que hacer malabarismos con tipos y tamaños de letra para que todo lo traducido ocupe, página impresa por página impresa, el mismo espacio que el original.
En fin, uno se acostumbra a cualquier cosa. Lo que había olvidado, empero, es lo cansado que es traducir del español al inglés (en sentido contrario es casi siempre facilísimo) cuando se trata de textos legales, oficiales o administrativos. Y eso, porque según mi forma de pensar hay una especie de meta-idioma en juego, el officialese, que se distingue por la cadenciosidad, la depurada abstracción y la clínica ausencia de connotaciones indeseadas. El castellano, tal vez en virtud de su linaje imperial romano, mantiene con este officialese que mora en nuestro subconsciente colectivo una relación de cordial amistad: es fácil unir palabras en sonoras y asépticas combinaciones consagradas por el uso y la repetición, sin caer en ningún momento en el personalismo, en la torpeza, en el sarcasmo o en el balbuceo. Claro que, tanto como en inglés, muchos practicantes del officialese se dejan llevar por el entusiasmo y se vuelven prolijos, tendencia especialmente notable en este país donde en cada pronunciamiento oficial hay que meterle un "mismo que" para estar seguros de acertar con ese excelso tono oficial-administrativo, mismo que por su rebuscada cadenciosidad termina enloqueciendo a los oradores más obnubilados (siempre supuse que el desdichado de Jonathan Carrera, mismo que antes daba en el noticiero televisivo los informes de crónica roja, en un inconfundible estilo rimbombante e hipersensiblero, y que ahora supongo encerrado en el Lorenzo Ponce, era la inspiración original para el Sangrera de la serie telebasurera). Lo que pasa es que no existe una correspondencia muy evidente entre los giros más pomposos en un idioma y en otro; y mientras que un estilo altisonante, latinizante y extremadamente prolijo en inglés, al traducirse al castellano con bastante literalismo suena simplemente "correcto", intentar la proeza en sentido inverso suele dar resultados impresentables. Si, por el contrario, uno opta por la sencillez en la versión inglesa, termina perdiendo muchas horas puliendo el texto, en un desesperado intento de dar con ese tono de impersonal y locuaz autosuficiencia de funcionario obeso tan evidente en el original, y tan difícil de conjugar con la simplicidad. El idioma inglés entonces se vuelve como vergonzoso, recatado, hasta un poquito malfollá. Uno prueba sinónimo tras sinónimo, pero todos vienen erizados de connotaciones foráneas. Nada suena bien. Mi consejo para cualquier traductor, en tal caso, es: sleep on it. Lo he comprobado una y otra vez: no es tanto la posibilidad (a veces sí pasa) de que al despertar de repente se vuelva evidente la traducción correcta de tal o cual frase, sino que -mucho más importante - el tiempo pasado le confiere a tus palabras una pátina de convicción, de respetabilidad. Vuelves a leer lo que anoche te pareció tan torpe, tan impresentable, y de repente te parecerá en su mayor parte, si no elocuente, por lo menos adecuado.
Lo mismo, ahora se me ocurre, pasa con los blogs.
Miento: pasa con todo.
Ser mediocre es sólo angustiante en el momento de serlo. La mediocridad que ha conseguido burlar tus defensas y se ha instalado en tu prosa se nutre, en lo sucesivo, de ese aire de leve heroicidad que corresponde por derecho a cualquier texto escrito, sobre todo en nuestra civilización de superficialidad audiovisual donde escribir cualquier cosa, hasta una sarta de idioteces, es una hazaña digna de reverencia por parte de la gran mayoría.
Pero, hablando de héroes, creo que todavía falta que alguien en el idioma castellano agarre el testigo que nos dejó gente como Orwell (en su ensayo Politics and the English Language) y haga campaña, con la eficacia de la venerable Plain English Campaign, a favor de la brevedad, la sencillez y la precisión en la comunicación. Un ejemplo de por qué sería recomendable eso:
LA UNIVERSIDAD CATÓLICA BLA BLA BLA
FACULTAD DE BLA
Por cuanto la bachiller señorita Mengana de Tal ha cumplido con los requisitos académicos, legales y reglamentarios, le confiere el título de
INGENIERA EN AUSENCIAS JUSTIFICADAS
a fin de que se le reconozca como tal y goce de los honores y privilegios que por ley le corresponden.
Lo he señalado en rojo para que se vea más claramente. ¿Para qué demonios se explica en el certificado de grado el supuesto motivo por el que se confiere, como si la utilidad de tal certificado no fuera ya una evidencia? En realidad, lo único que hace esta oración es servir de relleno y contrapeso rítmico, para evitar la brusquedad y conferirle un tantico más de solemnidad o gravitas al documento. "A fin de que se le reconozca como tal" es, en realidad, una bobada: es como escribir "... y aquí firmo a fin de que se me reconozca como autor del presente documento".
Pero veo que, a su manera, el inefable José Mario Ruiz Navas, en El Universo de hoy, ha abierto la campaña a favor de la sencillez de expresión con un salvo en contra de ese ridículo modismo lingüístico del artificioso equilibrio de géneros, es decir en contra del "... a los miembros y a las miembras". Hasta ahí, nada que objetar: ese modismo es, más que nada, una ofensa simultánea contra la claridad, la sencillez y la brevedad. Pero a decir verdad, las pocas veces que leo a este cura siempre me acerco a su artículo con la fundada sospecha de que algo en él me va a hacer reir a carcajadas. En este caso, la risa me cogió aquí:
La experiencia en el campo eclesial me permite afirmar que la participación específica de la mujer con su aporte específico, voz y voto, no como mera ejecutora, llega a la raíz de la vida eclesial, dándole mayor consistencia.
Es decir: "la iglesia Católica, que todavía tiene vedado a las mujeres ostentar cualquier cargo dentro de su jerarquía, nos proporciona un ejemplo ideal de participación femenina; tema en el que yo, por otra parte, en mi calidad de hombre que tiene por obligación evitar cualquier relación íntima con representantes del género femenino, soy autoridad".
Con lo que habría que actualizar el famoso tríptico de eslóganes orwellianos:
WAR IS PEACE!
FREEDOM IS SLAVERY!
IGNORANCE IS STRENGTH!
EXCLUSION IS PARTICIPATION!
Gracias, monsignor. Lo suyo es impagable.
¡Ah! Me olvidé del título. Es sencillo. Hace unos años, tuve que traducir del castellano al inglés un folleto publicitario de un fabricante de calderas industriales. En el texto explicaba que la ventaja de cierta línea de calderas es que funcionaba con todo tipo de combustible: "carbón, leña, o cáscaras de nueces".
"Walnut shells"??
Cómo cargarse un intento de expansión internacional en dos palabras (creo que al final opté por "natural fuels". In a nutshell, de eso se trataba).
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