Maltrato capilar
Fue el sábado pasado. Subí a bordo del 17 (Durán - Padre Solano) a las 6.45 de la mañana, y me senté casualmente cerca de ella. Ella llevaba pantalón blanco, una camisa de color verde guacamole con mangas cortas abombadas, y aretes a juego. En el cabello recogido llevaba un adorno con forma de clavel y color blanco, del que sobresalían unas cuantas plumas de ave del mismo color. Era de piel trigueña y su expresión era impasible, al estilo de Hedy Lamarr o de la joven Gene Tierney, es decir, ese tipo de impasible que Frieda Grafe decía (a propósito de GT) que proveía al espectador una especie de tabula rasa sobre la cual escribir a voluntad su propia fantasía. Como sabemos que los gatos pueden a los reyes contemplar, y que no está todavía convenientemente regulado el tema del encaprichamiento de los viejos chiros, evidentemente me enamoré. Claro que el enamoramiento de un viejo verde es una cosa muy sui generis, que involucra a muchas menos endorfinas que su equivalente juvenil; quedan completamente descartadas, por ejemplo, las alteraciones de adrenalina, pues como el viejo se reconoce incapaz de inspirar a través de la división de géneros otro sentimiento que no sea la indiferencia, el asco o el miedo, se encuentra inmune (por fin) a los efectos de toda esa industria multibillonaria del deshojar de margaritas. El romanticismo popular, esa enfermiza miasma de obsesión en el fondo narcisista (¿qué pensará de mí? ¿Sentirá lo mismo que yo?) se le antoja, pasado el umbral de los cuarenta y cinco, una gloriosa irrelevancia. En rigor, no tiene la más mínima importancia lo que ella puede haber pensado durante ese breve escrutinio rutinario con el que cualquier mujer responde a una mirada lasciva captada por radar, pues a cierta edad la lascivia se vuelve un fin en sí mismo y uno ni siquiera se plantea una narrativa autoincluyente. Pero sí elaboré una historia imaginaria a medida que el autobús cruzaba el puente, principalmente para explicarme ese atisbo de pesadumbre que reflejaba su mirada bajo determinadas luces. Al principio me parecía que se trataba de esa vergüenza residual que siente una mujer que se reconoce bastante más guapa, o por lo menos bastante más arregladita, que el resto de pasajeros: ese "quise destacar, pero hmm, tal vez no tanto". En cambio, al llegar a mi destino (el engullepasajeros de la Metrovía) ya tenía resuelta toda la trama: ella era, sin duda, la asistenta personal de un coleccionista de caracoles muy avanzado en años quien, en uno de sus viajes por la Amazonía, habría descubierto una nueva especie de caracol, la Caracolius ignoradissimus, y quien a través del Internet habría hecho contacto con un coleccionista de caracoles estadounidense, de origin anglolibanés, previsiblemente llamado Imal Forsnailes, quien le habría ofrecido una suma no desdeñable a cambio de un especimen vivo de tal hallazgo. A lo que el decrépito amante de caracoles, en vistas tanto de la costosa enfermedad de su hijo como de las estrictas restricciones en torno a la exportación de animales, habría urdido un plan para hacer llegar el caracol a su destino atravesando la frontera peruana para luego aprovecharse de una conocida red de traficantes de artefactos precolombinos que opera en tal país. Artimaña que requería de la colaboración de su asistenta personal, pues sería ella la encargada de pasar la frontera peruana con el molusco, sirviéndose de su encanto personal y de esa curiosa flor artificial que llevaba en el pelo, dentro de la cual, evidentemente, iba escondido el mencionado gastrópodo (a quien le habrían administrado un somnífero antes del viaje, para evitar sorpresivas apariciones). Sí, la historia tras ese aire ligeramente acongojado parecía bastante evidente, por lo menos para un detectiva nato como yo.
Sin embargo, me desconcerté levemente al constatar que ella, al igual que yo, tenía previsto coger la Metrovía, pues mi versión de su biografía predecía un rendezvous con el viejo algo más adelante en la ruta del 17. Confieso que fue bastante divertido observar el efecto que produjo ella al quedarse esperando delante de la puerta del paradero de la Metrovía, con toda esa cena de perro a plena vista en tres dimensiones. Lo que pude verificar en esa ocasión es que una mujer guapa muy arreglada tiene el mismo efecto que un campo de fuerza, una especie de agujero negro que atrae a los varones pero que al mismo tiempo los estruja y los deforma a medida que se aproximan. Es decir, si mirabas detenidamente a cada hombre que se le acercaba casualmente, veías que el ademán y la postura de éstos se modificaban en función de la distancia: lo que empezaba como un caminar normal, a medida que se acercaban se transformaba en swagger, en un forzoso pavonearse que a veces se contrastaba risiblemente con la humildad de su apariencia y su atuendo, y que evidentemente los convertía en seres más pequeños, de modo que al llegar hasta ella le llegaban a la rodilla. La evolución de Homo sapiens contada al revés.
Antes de perderla de vista, mi última sorpresa fue el notar que una chica que también iba en el Metrovía, al parecer alumna de uno de esos colegios navales que pululan por la ciudad, llevaba en su pelo exactamente el mismo adorno, con plumas y todo. Ello me obligó a abandonar mi historia inicial a favor de una nueva hipótesis que involucraba el espionaje internacional: pero esa otra historia es otra historia. Quedémonos con lo principal:
¿Por qué las ecuatorianas (algunas) maltratan tanto su cabello? No me refiero al transporte de caracoles, pues eso, reconozcámoslo, es una ocupación muy minoritaria. Me refiero a eso de cambiar el color de cabello cada semana, o cada dos días, o cada cinco minutos en casos extremos, mediante el uso obsesivo del tinte. Pero no sólo eso, sino ay, los colores escogidos. El color moreno, en todas sus variantes desde negro hasta castaño yuca, es lo más atractivo en pelo que la naturaleza hasta la fecha ha conseguido crear: seamos sinceros, las rubias, las que no son bobas son infanticidas, y las pelirrojas naturales son una rara especie que apenas se encuentra fuera de las telenovelas catalanas. Pero aun así, es comprensible que alguna que otra ecuatoriana quisiera ser rubia al estilo de Madonna, o pelirroja al estilo de la Maureen O'Hara, si ésas son o fueron unas reales hembras. Pero ¿qué modelo de rol sirve para pintarse el pelo de ese color tan recontraecuatoriana (en España, la comunidad ecuatoriana se reconoce a la legua por la gorra de béisbol, en algunos casos, y en los demás por ese indecible color de tinte de pelo) - ese color que es como una neurótica mezcla de caca de iguana, miel, cartón mojado, cáscara de nuez y vómito en chuchaqui de noche cervecera? ¿Por qué la primera y única mujer de la que me enamoro en toda la semana tiene que tener pintado ese preciso color de pelo?
Y me contestan al unísono: es la moda.
Bueno. A mí me parece que las modas aquí duran demasiado. En otros países la moda cambia cada temporada, aquí cada siglo. Ya está bien. Y otra pregunta que se me ocurre: ¿cuándo se pondrá de moda ser uno mismo, o una misma?
Nunca, dice mi oráculo (que a veces se disfraza de zombie, para joder). Eso no mueve plata. Ser uno mismo no beneficia a nadie, salvo, claro está, uno mismo. ¿Dónde estarían las ganancias de diseñadores y confeccionistas?
Es más rentable la neurosis.
En la autobiografía de Malcolm X, hay un pasaje donde describe con lujo de detalle el proceso de conking, es decir, intentar que el pelo afro se parezca al pelo caucásico, mediante el uso de una sustancia alisadora, congolene, entre cuyos efectos secundarios destaca, según el autor, el extremo dolor. Vinieron los años setenta, y el congolene se fue: uno recuerda todavía al joven Michael Jackson, que junto a su familia lucía un esplendoroso afro. Pero lo que más recuerdo de esa década y de la siguiente son esas interminables series policíacas importadas, donde siempre era cuestión de un detective con alguna letra de WASP entre sus credenciales, a pesar de ser o bien tullido (Ironside) o italianamente desarreglado (Colombo) o griegamente calvo (Kojak) o asquerosamente regordinflón (No Recuerdo El Nombre) o simplemente mujer (Cagney & Lacey)... vamos, la cuestión es que el detective tenía que lucir alguna ostentosa discapacidad, ser miembro de lo que los americanos hilarantemente dicen una minoría, pero ninguna discapacidad tan grave como la de su acompañante, o informante o quien fuera, es decir ese Also Starring, que siempre era amable, respetuoso, obsecuente, buen dato, pero claro, siempre tenía esa misma color de piel y ese mismo afro. Con lo cual el afro estilo años setenta quedó, quién sabe para cuánto tiempo, emponzoñado a pesar de sus orígenes autoafirmadores con un sabor, si no de Uncle Tom, por lo menos de eterno sidekick, de transigente y conformista. Vinieron los ochenta-noventa y para alegría de todos, la moda Rasta. Como acertadamente cuenta Sue Townsend en la historia Mole, se puso de moda, por fin, ser negro hasta en círculos no musicales como, por ejemplo, las aulas de colegios secundarios ingleses.
Pero quedó como triste reliquia el propio Jackson, que mientras tanto se había transformado paulatinamente en esperpento, impulsado por la creencia de que el dinero permite ser consumidor de identidades: hoy me apetece ser blanco, no, mejor dicho, blanca... es decir, quiero ser Liz Taylor. ¿American Express?
Y el otro día va y abro el periódico digital (Yahoo) y hay una foto de un tornado de cabello rubio, acaracolado, digno del Hitchcock de Vertigo, que resulta ser de una mozuela de 23 años que lleva varias docenas de operaciones de cirugía cosmética a sus espaldas, en sus pechos y un peu partout, quien confiesa que en una sola sesión se hizo una vez diez repuntes de carrocería. Lo que induce a pensar que de rubia probablemente tenga lo que yo de deportista. Y uno se pregunta: ¿cómo se sentiría una siendo vendedora permanente, sin vacaciones de un producto, verbigracia la habilidad de bisturí del gurú plástico de su elección, a través del cual, por la experta opacidad que tal producto muestra, es vedado al hombre común entrever cualquier otra cosa?
Eso debe cansar. Debe cansar terriblemente.
¿Complejo de inferioridad?
Si tal, probablemente inducida; de todas maneras, asquea. Dediquémonos mejor a enviar botellas de agua a Haití, que al lado de esas modas masoquistas (para un sádico como yo, la posoperatoria de esa mozuela horroriza: ¡tanto dolor sin gozar, tanto desperdicio!) luce, como moda, blanquísima. Ser buena gente tal vez no ayude directamente a encontrarse con uno mismo (a veces sí: contaré la historia en otro momento), pero ser un monstruo de superficialidad rebuscada y retocada, creo que todavía menos.
Sin embargo, me desconcerté levemente al constatar que ella, al igual que yo, tenía previsto coger la Metrovía, pues mi versión de su biografía predecía un rendezvous con el viejo algo más adelante en la ruta del 17. Confieso que fue bastante divertido observar el efecto que produjo ella al quedarse esperando delante de la puerta del paradero de la Metrovía, con toda esa cena de perro a plena vista en tres dimensiones. Lo que pude verificar en esa ocasión es que una mujer guapa muy arreglada tiene el mismo efecto que un campo de fuerza, una especie de agujero negro que atrae a los varones pero que al mismo tiempo los estruja y los deforma a medida que se aproximan. Es decir, si mirabas detenidamente a cada hombre que se le acercaba casualmente, veías que el ademán y la postura de éstos se modificaban en función de la distancia: lo que empezaba como un caminar normal, a medida que se acercaban se transformaba en swagger, en un forzoso pavonearse que a veces se contrastaba risiblemente con la humildad de su apariencia y su atuendo, y que evidentemente los convertía en seres más pequeños, de modo que al llegar hasta ella le llegaban a la rodilla. La evolución de Homo sapiens contada al revés.
Antes de perderla de vista, mi última sorpresa fue el notar que una chica que también iba en el Metrovía, al parecer alumna de uno de esos colegios navales que pululan por la ciudad, llevaba en su pelo exactamente el mismo adorno, con plumas y todo. Ello me obligó a abandonar mi historia inicial a favor de una nueva hipótesis que involucraba el espionaje internacional: pero esa otra historia es otra historia. Quedémonos con lo principal:
¿Por qué las ecuatorianas (algunas) maltratan tanto su cabello? No me refiero al transporte de caracoles, pues eso, reconozcámoslo, es una ocupación muy minoritaria. Me refiero a eso de cambiar el color de cabello cada semana, o cada dos días, o cada cinco minutos en casos extremos, mediante el uso obsesivo del tinte. Pero no sólo eso, sino ay, los colores escogidos. El color moreno, en todas sus variantes desde negro hasta castaño yuca, es lo más atractivo en pelo que la naturaleza hasta la fecha ha conseguido crear: seamos sinceros, las rubias, las que no son bobas son infanticidas, y las pelirrojas naturales son una rara especie que apenas se encuentra fuera de las telenovelas catalanas. Pero aun así, es comprensible que alguna que otra ecuatoriana quisiera ser rubia al estilo de Madonna, o pelirroja al estilo de la Maureen O'Hara, si ésas son o fueron unas reales hembras. Pero ¿qué modelo de rol sirve para pintarse el pelo de ese color tan recontraecuatoriana (en España, la comunidad ecuatoriana se reconoce a la legua por la gorra de béisbol, en algunos casos, y en los demás por ese indecible color de tinte de pelo) - ese color que es como una neurótica mezcla de caca de iguana, miel, cartón mojado, cáscara de nuez y vómito en chuchaqui de noche cervecera? ¿Por qué la primera y única mujer de la que me enamoro en toda la semana tiene que tener pintado ese preciso color de pelo?
Y me contestan al unísono: es la moda.
Bueno. A mí me parece que las modas aquí duran demasiado. En otros países la moda cambia cada temporada, aquí cada siglo. Ya está bien. Y otra pregunta que se me ocurre: ¿cuándo se pondrá de moda ser uno mismo, o una misma?
Nunca, dice mi oráculo (que a veces se disfraza de zombie, para joder). Eso no mueve plata. Ser uno mismo no beneficia a nadie, salvo, claro está, uno mismo. ¿Dónde estarían las ganancias de diseñadores y confeccionistas?
Es más rentable la neurosis.
En la autobiografía de Malcolm X, hay un pasaje donde describe con lujo de detalle el proceso de conking, es decir, intentar que el pelo afro se parezca al pelo caucásico, mediante el uso de una sustancia alisadora, congolene, entre cuyos efectos secundarios destaca, según el autor, el extremo dolor. Vinieron los años setenta, y el congolene se fue: uno recuerda todavía al joven Michael Jackson, que junto a su familia lucía un esplendoroso afro. Pero lo que más recuerdo de esa década y de la siguiente son esas interminables series policíacas importadas, donde siempre era cuestión de un detective con alguna letra de WASP entre sus credenciales, a pesar de ser o bien tullido (Ironside) o italianamente desarreglado (Colombo) o griegamente calvo (Kojak) o asquerosamente regordinflón (No Recuerdo El Nombre) o simplemente mujer (Cagney & Lacey)... vamos, la cuestión es que el detective tenía que lucir alguna ostentosa discapacidad, ser miembro de lo que los americanos hilarantemente dicen una minoría, pero ninguna discapacidad tan grave como la de su acompañante, o informante o quien fuera, es decir ese Also Starring, que siempre era amable, respetuoso, obsecuente, buen dato, pero claro, siempre tenía esa misma color de piel y ese mismo afro. Con lo cual el afro estilo años setenta quedó, quién sabe para cuánto tiempo, emponzoñado a pesar de sus orígenes autoafirmadores con un sabor, si no de Uncle Tom, por lo menos de eterno sidekick, de transigente y conformista. Vinieron los ochenta-noventa y para alegría de todos, la moda Rasta. Como acertadamente cuenta Sue Townsend en la historia Mole, se puso de moda, por fin, ser negro hasta en círculos no musicales como, por ejemplo, las aulas de colegios secundarios ingleses.
Pero quedó como triste reliquia el propio Jackson, que mientras tanto se había transformado paulatinamente en esperpento, impulsado por la creencia de que el dinero permite ser consumidor de identidades: hoy me apetece ser blanco, no, mejor dicho, blanca... es decir, quiero ser Liz Taylor. ¿American Express?
Y el otro día va y abro el periódico digital (Yahoo) y hay una foto de un tornado de cabello rubio, acaracolado, digno del Hitchcock de Vertigo, que resulta ser de una mozuela de 23 años que lleva varias docenas de operaciones de cirugía cosmética a sus espaldas, en sus pechos y un peu partout, quien confiesa que en una sola sesión se hizo una vez diez repuntes de carrocería. Lo que induce a pensar que de rubia probablemente tenga lo que yo de deportista. Y uno se pregunta: ¿cómo se sentiría una siendo vendedora permanente, sin vacaciones de un producto, verbigracia la habilidad de bisturí del gurú plástico de su elección, a través del cual, por la experta opacidad que tal producto muestra, es vedado al hombre común entrever cualquier otra cosa?
Eso debe cansar. Debe cansar terriblemente.
¿Complejo de inferioridad?
Si tal, probablemente inducida; de todas maneras, asquea. Dediquémonos mejor a enviar botellas de agua a Haití, que al lado de esas modas masoquistas (para un sádico como yo, la posoperatoria de esa mozuela horroriza: ¡tanto dolor sin gozar, tanto desperdicio!) luce, como moda, blanquísima. Ser buena gente tal vez no ayude directamente a encontrarse con uno mismo (a veces sí: contaré la historia en otro momento), pero ser un monstruo de superficialidad rebuscada y retocada, creo que todavía menos.
La tradición del dúo compensado en teleserie polical continuó por muchos años con ejemplos del estilo Miami Vice (esta vez el also starring afro era also afrolight porque el WASP no era tan tullido, si concedemos que el penoso gustoestético a la hora de vestir americana con t-shirt no representa un grado de discapacidad reseñable, o la versión Zipi Zape (;D) aquella de Starsky & Hutch.
ReplyDeleteSus enamoramientos de buseta me recuerdan a las torturadoras fantasías con contoneantes soccer mums a la espera de la salida de los hijos en la puerta del colegio... Ahhh, sweet sour midage´s female absenta