"Chuch'e tu madre"
Fue hace como tres días, en un colectivo de la línea 17, en el centro de Durán. Un carro rojo aparcado frente al Tía sale sorpresivamente delante del bus, obligando al conductor a frenar bruscamente. A continuación el carro rojo quiere meterse en la callejuela de los Policías, antes también de la Capilla, camino al mercado. Fue cuando los gritos del conductor subieron de volumen. El conductor del carro rojo se detiene, saca la cabeza.
- Sí, saca los cachos, chuch'e tu madre.
Lo que contesta el conductor del carro rojo se pierde en el ruido circundante. Podía haber sido "chuch'e tu madre."
El conductor del bus, que no puede meterse por esa calle sino que debe continuar por el semáforo, que ya está en verde, pone el freno de mano y se dispone a bajar del bus, con evidente intención de pelear con el otro. Cuando ya está en la puerta de salida, levanta las manos y grita:
- Baja del carro, chuch'e tu madre.
El conductor del carro rojo hace ademán de bajar, luego parece cambiar de idea. Hace un gesto de desprecio altivo y soberano. Dice algo inaudible que posiblemente se asemeje a la locución "chuch'e tu madre".
El chófer del bus repite su invitación, con idénticas palabras, un par de veces, sin salir por la puerta del vehículo. Viendo que el otro no se baja del carro, vuelve a ocupar su asiento del conductor. Luego parece ocurrírsele una idea. Torna la cabeza otra vez en dirección al otro vehículo, y grita a toda volumen:
- ¡Chuch'e tu madre!
Luego el autobus de nuevo está en marcha. Yo ya sé lo que viene. Me agarro al respaldo del asiento de delante. El chófer, exaltado, ya se ha olvidado de que está conduciendo un vehículo lleno de personas de edad, género y fragilidad diversos. El bus se ha convertido en instrumento del ego del conductor. Saltamos semáforos, rebasamos columnas de vehículos con extrema temeridad. La caja de cambios chirría, el motor aúlla. Un niño detrás se pone a llorar.
Tres días después de esta escena tan costumbrista, pongo la tele y sale una de esas cadenas del gobierno. "El ciudadano Rafael Correa" (textual) resulta que se siente ofendido por un libro, que no ha leído (ver post anterior), en cuya página 199 dice que "el Presidente sí sabía" de los contratos de su hermano. La falta de datos del contexto, y la forma de enmarcar la toma del texto resaltado impiden al espectador distinguir si el pasaje citado forma parte del reporte de una entrevista, tal como sostuvo hace días uno de los autores del libro, o si al contrario representa una opinión o conclusión del propio autor. Además, se hace referencia a una entrevista radial en ¿Radio Quito? donde uno de los autores dice (otra vez no se nos explica el contexto) que "el Presidente sí sabía".
Bien. Imaginemos que tanto en un caso como en el otro los autores del libro expresaban un criterio personal.
Lo primero que hay que decir es que dicho criterio es eminentemente racional. Si una persona tiene un negocio (Gobierno del Ecuador, SA) y otra persona firma contratos con ese negocio, y los dos son hermanos de sangre, por muy grande que sea la empresa en cuestión es lícito suponer que el dueño del primer negocio sabe de esos contratos, por la simple razón de que lo normal en las familias es la comunicación entre hermanos. Ahora, si el primero dice que no sabía nada del tema, entonces estamos ante la disyuntiva de creerle o de no creerle. Así de sencillo. En parte es una cuestión de evidencias (ahí entra el tema de las declaraciones del propio Fabricio, testigo de cierta relevancia), en parte de confianza. En todo caso, que un político mienta no sería exactamente una gran novedad que digamos. De hecho, un político que siempre dice la verdad me parece cosa difícil de imaginar. En fin.
La cuestión es que si un ciudadano cualquiera se siente afectado en su honra por una declaración pública de otra persona, siempre tiene la opción de recurrir ante los tribunales. Faltaría más. No voy a entrar a discutir los méritos legales del caso, que merecen un tratamiento más experto (faltaría, entre otras cosas, establecer hasta qué punto el sistema judicial del país alberga la defensa del "fair comment", o aquella otra defensa que se basa en que la conclusión citada se basaba en las declaraciones de otro sujeto, al cual misteriosamente no se le ha planteado ningún juicio, y también está por determinar sobre quién recae la prueba, por no hablar de la posibilidad de objetar el contenido de un texto que el demandante confiesa no haber leído) sino que me limito a la siguiente observación:
- Chuch'e tu madre.
Ahí está todo dicho. Lo que está pasando, al igual que la escena del autobus, es la prueba de que estamos en un país tercermundista, conducido por un Presidente que no tiene el mínimo interés en salirse del tercermundismo. Fíjense bien. El juicio por "daños morales" es planteado por "el ciudadano Rafael Correa", es decir, para plantearlo se deshace momentáneamente de su condición de Presidente (se baja del bus), por la evidente razón de que las responsabilidades del cargo de Presidente no se conjugan con este tipo de vendetta personal. Sin embargo, sigue siendo tan Presidente como para que se justifique gastar fondos públicos en la preparación, presentación y pautaje de un programa televisivo de propaganda al respecto, donde toda pretensión de objetividad brilla por su ausencia. El presidente es como ese chófer de bus, que se olvida de su cargo y de su responsabilidad en cuanto se le sube la adrenalina. No es capaz siquiera de apercibir lo ridículo y penoso que resulta perseguir una rencilla personal a través de la maquinaria de propaganda gubernamental, vergonzosamente partisana ya de por sí, dejando al país aparcado con el freno de mano puesto mientras grita enfurecido por sus diez millones de dólares. La cuestión de si el Presidente sabía o no sabía de los contratos de su hermano, al lado de esto, es una nimiedad. Prefiero mil veces tener a un Presidente discretamente nepotista que no a un Presidente que se crea dueño de todos los medios de comunicación del país y que obligue a éstos a tomar partido en sus sórdidas rencillas personales. Lo segundo hace mil veces más daño al país que lo primero, y Correa lo sabe bien... pero no le importa. También sabe que cualquier persona mínimamente honrada, frente al dilema que representó en su día el caso Fabricio, hubiera dimitido, aun en el supuesto caso de no saber nada de esos contratos, porque el país se merece un gobierno limpio tanto en su apariencia como en su proceder. Pero eso tampoco le importa. Correa no es más que un dictadorzuelo de pacotilla, un enfermo egoista adicta al poder, y lo peligroso del caso es que, a diferencia de otros de la misma estirpe, no tiene apenas limitaciones institucionales que le pongan peros y le obliguen a recapacitar.
- Sí, saca los cachos, chuch'e tu madre.
Lo que contesta el conductor del carro rojo se pierde en el ruido circundante. Podía haber sido "chuch'e tu madre."
El conductor del bus, que no puede meterse por esa calle sino que debe continuar por el semáforo, que ya está en verde, pone el freno de mano y se dispone a bajar del bus, con evidente intención de pelear con el otro. Cuando ya está en la puerta de salida, levanta las manos y grita:
- Baja del carro, chuch'e tu madre.
El conductor del carro rojo hace ademán de bajar, luego parece cambiar de idea. Hace un gesto de desprecio altivo y soberano. Dice algo inaudible que posiblemente se asemeje a la locución "chuch'e tu madre".
El chófer del bus repite su invitación, con idénticas palabras, un par de veces, sin salir por la puerta del vehículo. Viendo que el otro no se baja del carro, vuelve a ocupar su asiento del conductor. Luego parece ocurrírsele una idea. Torna la cabeza otra vez en dirección al otro vehículo, y grita a toda volumen:
- ¡Chuch'e tu madre!
Luego el autobus de nuevo está en marcha. Yo ya sé lo que viene. Me agarro al respaldo del asiento de delante. El chófer, exaltado, ya se ha olvidado de que está conduciendo un vehículo lleno de personas de edad, género y fragilidad diversos. El bus se ha convertido en instrumento del ego del conductor. Saltamos semáforos, rebasamos columnas de vehículos con extrema temeridad. La caja de cambios chirría, el motor aúlla. Un niño detrás se pone a llorar.
Tres días después de esta escena tan costumbrista, pongo la tele y sale una de esas cadenas del gobierno. "El ciudadano Rafael Correa" (textual) resulta que se siente ofendido por un libro, que no ha leído (ver post anterior), en cuya página 199 dice que "el Presidente sí sabía" de los contratos de su hermano. La falta de datos del contexto, y la forma de enmarcar la toma del texto resaltado impiden al espectador distinguir si el pasaje citado forma parte del reporte de una entrevista, tal como sostuvo hace días uno de los autores del libro, o si al contrario representa una opinión o conclusión del propio autor. Además, se hace referencia a una entrevista radial en ¿Radio Quito? donde uno de los autores dice (otra vez no se nos explica el contexto) que "el Presidente sí sabía".
Bien. Imaginemos que tanto en un caso como en el otro los autores del libro expresaban un criterio personal.
Lo primero que hay que decir es que dicho criterio es eminentemente racional. Si una persona tiene un negocio (Gobierno del Ecuador, SA) y otra persona firma contratos con ese negocio, y los dos son hermanos de sangre, por muy grande que sea la empresa en cuestión es lícito suponer que el dueño del primer negocio sabe de esos contratos, por la simple razón de que lo normal en las familias es la comunicación entre hermanos. Ahora, si el primero dice que no sabía nada del tema, entonces estamos ante la disyuntiva de creerle o de no creerle. Así de sencillo. En parte es una cuestión de evidencias (ahí entra el tema de las declaraciones del propio Fabricio, testigo de cierta relevancia), en parte de confianza. En todo caso, que un político mienta no sería exactamente una gran novedad que digamos. De hecho, un político que siempre dice la verdad me parece cosa difícil de imaginar. En fin.
La cuestión es que si un ciudadano cualquiera se siente afectado en su honra por una declaración pública de otra persona, siempre tiene la opción de recurrir ante los tribunales. Faltaría más. No voy a entrar a discutir los méritos legales del caso, que merecen un tratamiento más experto (faltaría, entre otras cosas, establecer hasta qué punto el sistema judicial del país alberga la defensa del "fair comment", o aquella otra defensa que se basa en que la conclusión citada se basaba en las declaraciones de otro sujeto, al cual misteriosamente no se le ha planteado ningún juicio, y también está por determinar sobre quién recae la prueba, por no hablar de la posibilidad de objetar el contenido de un texto que el demandante confiesa no haber leído) sino que me limito a la siguiente observación:
- Chuch'e tu madre.
Ahí está todo dicho. Lo que está pasando, al igual que la escena del autobus, es la prueba de que estamos en un país tercermundista, conducido por un Presidente que no tiene el mínimo interés en salirse del tercermundismo. Fíjense bien. El juicio por "daños morales" es planteado por "el ciudadano Rafael Correa", es decir, para plantearlo se deshace momentáneamente de su condición de Presidente (se baja del bus), por la evidente razón de que las responsabilidades del cargo de Presidente no se conjugan con este tipo de vendetta personal. Sin embargo, sigue siendo tan Presidente como para que se justifique gastar fondos públicos en la preparación, presentación y pautaje de un programa televisivo de propaganda al respecto, donde toda pretensión de objetividad brilla por su ausencia. El presidente es como ese chófer de bus, que se olvida de su cargo y de su responsabilidad en cuanto se le sube la adrenalina. No es capaz siquiera de apercibir lo ridículo y penoso que resulta perseguir una rencilla personal a través de la maquinaria de propaganda gubernamental, vergonzosamente partisana ya de por sí, dejando al país aparcado con el freno de mano puesto mientras grita enfurecido por sus diez millones de dólares. La cuestión de si el Presidente sabía o no sabía de los contratos de su hermano, al lado de esto, es una nimiedad. Prefiero mil veces tener a un Presidente discretamente nepotista que no a un Presidente que se crea dueño de todos los medios de comunicación del país y que obligue a éstos a tomar partido en sus sórdidas rencillas personales. Lo segundo hace mil veces más daño al país que lo primero, y Correa lo sabe bien... pero no le importa. También sabe que cualquier persona mínimamente honrada, frente al dilema que representó en su día el caso Fabricio, hubiera dimitido, aun en el supuesto caso de no saber nada de esos contratos, porque el país se merece un gobierno limpio tanto en su apariencia como en su proceder. Pero eso tampoco le importa. Correa no es más que un dictadorzuelo de pacotilla, un enfermo egoista adicta al poder, y lo peligroso del caso es que, a diferencia de otros de la misma estirpe, no tiene apenas limitaciones institucionales que le pongan peros y le obliguen a recapacitar.

Amen!
ReplyDeleteInteresante canción, con una letra que hace recordar irresistiblemente a Góngora y a Garcilaso de la Vega. Sobre todo este último:
ReplyDeleteNadie puede ser dichoso, chuch'e su madre,
señora, ni desdichado, chuch'e su madre,
sino que os haya mirado, chuch'e su madre.
Porque la gloria de veros, chuch'e su madre,
en ese punto se quita, chuch'e su madre,
que se piensa en mereceros, chuch'e su madre.
Así que, sin conoceros, chuch'e su madre,
nadie puede ser dichoso, chuch'e su madre,
señora, ni desdichado, chuch'e su madre,
sino que os haya mirado, chuch'e su madre.
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ReplyDeletearomatherapy