Dimes y disparates
Werner Vásquez Von Schoettler se levantó hoy de malas pulgas.
Se dice ["Disparates"] de las obras o pronunciamientos que no tienen razón ni sentido. Por ejemplo, cuesta creer que bajo la solapa de un discurso argumentado y seudo académico, algunos de los llamados críticos a la intervención del Estado en la vida social, afirmen que son los medios periodísticos privados los llamados a ser los ejes morales de la sociedad. Estos medios de pronto han sido garantes de la democracia, de la libertad y expresión fiel de la anticorrupción.
Sí, cuesta creerlo. Por eso es que apreciaríamos una cita que demuestre que algunos de esos llamados críticos realmente afirman eso. Ya sé que en El Telégrafo, sección Opinión, no se acostumbra citar al adversario, siendo más cómoda la "libre interpretación", pero en un caso así realmente ayudaría a la credibilidad del articulista. Por mi parte, nunca he escuchado a nadie afirmar nada remotamente semejante a lo que se postula aquí. Que los medios hayan sido garantes de la democracia, según latitud tal vez haya quien lo afirme: pero ¿que sean "ejes morales de la sociedad"? Este tipo de disparate suele delatar el artífice del llamado hombre de paja.
(Hombre de paja: ese adversario dialéctico convenientemente torpe y exagerado, contra quien los ociosos ganan sus más sonadas victorias.)
Claro que el liberal defiende la existencia de medios privados. Tal defensa no implica ningún juicio de valor acerca del contenido o de la calidad de éstos. Defender la libertad de expresión de un sujeto no implica estar de acuerdo con lo que dice, ni siquiera con cómo lo dice. Esto es básico.
En todo caso, si el articulista quiere dar a entender que puede existir una democracia sin medios privados, no tiene más que citar un ejemplo. Sólo uno. La idea es interesante. Somos todo oídos.
Bien sabemos que existen intereses económicos determinantes en el quehacer de los dueños de esos medios que, a su vez, determinan el quehacer periodístico de sus empleados.
Hace poco salió una cadena del gobierno (glosada aquí) en que un tal Xavier Lasso comenta, con cierta amargura, que después de quince años escribiendo para El Comercio, un día "la señora no quiso" publicar uno de sus artículos, con el llamativamente mentiroso título "Yo Soy Palestino". Con lo que se colige que el tal Lasso estuvo quince años escribiendo para El Comercio sin que su "quehacer periodístico" fuese "determinado" por nadie. Dato significativo, sin duda. Quince años son muchos años.
No vayamos a negar que los intereses económicos de los dueños de un medio puedan incidir en la selección y la presentación de la información. Pero también es cierto, primero, que pasa exactamente lo mismo, sólo que aparentemente a escala mucho mayor, en la prensa dizque "pública" (botón de muestra: El Telégrafo) respecto a los intereses no solamente económicos sino políticos y electorales del gobierno; segundo, que las lagunas informativas y el sesgo resultantes de este fenómeno se combaten mejor, no con menos medios privados, sino con más (a menos que se quiera argumentar que los "intereses económicos" de todos los medios privados siempre serán los mismos); y tercero, que donde existe una situación de competencia entre diferentes medios privados (es decir, donde el consumidor tiene libertad de elección), el nivel de sinvergüencería que un medio puede permitirse sin lanzarse al suicidio comercial será inversamente proporcional al nivel de educación de su público. Dicho de otra manera: ceteris paribus, una población determinada tenderá a gozar de los medios que se merece.
Pero todo esto es muy básico. Lo que llama la atención en todos estos debates es la curiosa inversión de los papeles respecto a los países europeos o del pérfido Norte. El liberal, en EEUU o en Europa, es una Casandra que no hace más que maldecir a los MSM (mainstream media, o principales medios privados) por su sesgo ideológico antiliberal. Es el primero en arremeter contra la mediocridad, la ligereza, la mentira, la falta de pluralidad; por lo que a veces el discurso hóstil de Correa parece un calco, o una parodia, del discurso crítico liberal en esos países. Donde se aprecia la diferencia, obviamente, es en las soluciones propuestas. El liberal propone debate, educación, pluralidad de voces, nuevas iniciativas privadas para romper la hegemonía de los medios mercantiles, de la ascendente Murdocracia. El socialista propone cierre de medios, censura, una verdad única, propaganda e indoctrinación. Luego dice que es muy moderno.
Ahora, esos determinantes no son simples actos mecánicos, sino que se adornan con el discurso definido ideológicamente de ser empleados de medios que luchan por la libertad de expresión. Estas empresas productoras de noticias ponen en circulación la información que corresponda a su agenda informativa.
Terrible, ¿verdad? Cuando la agenda informativa que tendrían que seguir es la del gobierno.
Entonces estos defensores de la libertad de opinión son los mismos que defienden a raja tabla la libertad de mercado.Por eso, cuando se trastoca esa fábula del libre mercado, consideran que se atenta a la libertad de los individuos.
Fuera bueno que nos explicara cómo se puede agredir al mercado sin agredir a los individuos que lo conforman. Eso suena como esas maravillosas bombas inteligentes de los gringos, que derriban edificios sin tocar a las personas que están dentro. Si estabas en el quinto piso, tranquilo, el edificio se cayó alrededor tuyo pero sigues flotando en el aire, conversando con tu compañero como si nada, o como si Roadrunner. Impresionante, siempre lo pensé.
En esas fantasiosas imágenes de lo social, son ellos los seguidores de pensadores neoliberales como Friedman e incluso hacen decir cosas a Adam Smith que nunca dijo. Afirma que éste definió un sistema económico fundamentado en una mano invisible y que el mercado se autorregula, casi mágicamente.
No sé quién afirmará esto (el sujeto tácito singular parece salido de la nada), pero no importa. Lo que importa es que Werner Vásquez Von Schoettler (respetemos la mayúscula telegrafista) cree que el mercado no se autorregula, casi mágicamente, sino que necesita que alguien, preferentemente un cabal de economistas jóvenes, sonrientes, comprometidos en lo social, y exquisitamente progresistas, regule al mercado para que nos provea no solamente de laptops y de Blackberries sino también de justicia social, de salud universal, de igualdad y trabajo y soluciones carbon friendly, y todo esto sin magia alguna. Y entonces, cuando se levanta y ve un artículo de la Calderón y por curiosidad pincha en eso del Cato Institute y ve que en algún lugar hay gente que no cree en nada de eso, se cabrea.
Está bien que se cabree. Nosotros nos cabreamos cuando nos levantamos y vemos otro artículo defendiendo el robo, la pillería, la esclavitud y el odio. Algún día nos tendríamos que sentar y comparar cabreos. Podría ser instructivo.
De momento, y sin que el bueno de Vásquez logre explicarse un poco mejor, tendré que suponer que este cabreo suyo es algo así como el Five Minute Hate de Orwell, el aullido colectivo contra un esperpento llevado a categoría intelectual, el Enemigo Universal Plurivalente de tan larga vida, ese malvado y pérfido capitalista con sombrero de copa, frac y vistoso embonpoint, apoteosis del egoismo mezquino, de la sobreexplotación, de la apropiación de lo ajeno. Ese ser, en la imaginación de Vásquez, está "detrás" de todo ese "discurso argumentado y seudo académico" que tanto le ofende. Todo ese edificio ideológico está solamente para servirle de coartada al desalmado explotador. Está bien, está bien. Cálmese un momento.
En realidad, y esto es fácilmente investigable y comprobable, los mayores productores de artículos seudo académicos liberales son hombres divorciados de mediana edad, de escasos recursos, reducidas destrezas sociales e incipiente calvicie, que andan en bicicleta o en un destartalado Honda Civic, manifiestan relativamente poca preparación académica, pero lo compensan todo con una gran pasión y una tenaz curiosidad intelectual que data de aquella fecha en que, por accidente, descubrieron que la economía era algo que les afectaba y que era, además, un tema susceptible de discutirse racionalmente, partiendo de principios sencillos y transparentes. A veces, sí, son aburridos, como cualquier viajante por el Camino a Damasco: tienden a repetir fórmulas y eslóganes con aire de evangelistas pasmados. Son susceptibles a crítica desde infinidad de ángulos: pero lo que no son, es vendidos. Creerse otra cosa es demostrar poca habilidad de lectura y nulos dotes intuitivos.
Para vendidos, para congregados en torno al sagrado abrevadero lleno de billetes ajenos, El Telégrafo. ¿O ya se olvidaron de la purísima virginidad de los aromas espirituosos?
En cuanto a ese mercado "regulado" desde fuera, por los sonrientes economistas, los Krugman y Stiglitz y Correa, convengamos en que conforma una bonita y tranquilizadora visión. Y no, no seamos tan malcriados como para devolverle al articulista su calificativo de "fábula". Simplemente constatemos que los agentes en el mercado que quieren entregar su libertad a cambio de - hasta la fecha - nada, son muy suyos para hacerlo, y los que no queremos, por ese prejuicio que tenemos a tenor de que no existen hoy iluminados ni pastores de pueblos que valgan, pues también.
Toman a autores como Gwartney o Lawson para decir que donde hay mayor “libertad económica se percibe menos corrupción”, semejantes disparates llevan a creer que si hay más empresa y menos Estado la gente es más honesta.
Galimatías. El nivel de corrupción no depende de la honestidad de la gente, pues ésta se toma como una constante independiente del sistema en que opera; cualquier otra cosa sería ingenuidad rayana en cojudez. La corrupción, según Klitgaard, se puede determinar por una simple fórmula: corrupción = monopolio + discreción - fiscalización (o transparencia: estoy intentando traducir "accountability"). Evidentemente, la mayor libertad económica incide en la corrupción en tanto se destruyen los monopolios, se diversifican las opciones para el consumidor, se agudiza la competencia, de modo que la empresa corrupta pierde clientela a la que no lo es, o no lo es tanto. Un ejemplo práctico: cuando hicieron los bordillos de mi calle, como antes comenté, tuve que desembolsar $70 para que el empleado del Municipio (que en esto de los bordillos ostenta monopolio) me practicara una bajada que me permitiera sacar del garaje al carro que entonces tenía. Como no había ni competencia, ni reglas claras, ni por supuesto nada de fiscalización, no había más remedio. Pero en una sociedad libre, donde la comunidad puede escoger al contratista para este tipo de obras, evidentemente se acordarían precios y bajadas de antemano. Está claro que la liberalización ataca la corrupción, sin tener que postular ningún mejoramiento en la "honestidad" de la gente.
Disparates que bien se pueden confrontar empíricamente en las llamadas economías abiertas, las cuales, por cierto, andan hace varios años creciendo poco, casi en la quiebra, favoreciendo a las grandes corporaciones y dando como producto el que existan más ricos a costa de empobrecer a sus propias poblaciones.
Se ve claramente que la visita del autor a El Cato fue breve y las conclusiones, superficiales. Evidentemente, Vásquez cree que el liberalismo tiene algo que ver con nacionalismos, con adhesiones a países que se supone son "de los nuestros", a partir de lo cual se libran batallas de estadísticas para demostrar que los nuestros son mejores, que crecen más, etcétera. Ojalá por lo menos profundice en sus lecturas heterodoxas al menos hasta comprobar que si esas "llamadas economías abiertas" se están acercando al abismo, para el liberal eso demuestra que no son tan abiertas como pregonan. De hecho, a estas alturas eso debe ser evidente. ¿Cómo puede acercarse un país a la quiebra? Pues gastando más de lo que se tiene. ¿Cuál es la receta liberal? Dejar de gastar. ¿Y la socialista, la propugnada por Krugman y todos los demás progresistas iluminados? Gastar todavía más. Si se me escapa un "¡D'oh!", sean comprensivos.
Por otro lado, ese zero-sum game en el que sólo puede haber ricos a costa de empobrecer a otros demuestra que de economía el Sr Vázquez no tiene más idea que yo de cocina esmeraldeña.
Y no digamos las formas de extracción de riqueza que sistémicamente obtienen de los países del tercer mundo. Estos dizque defensores del liberalismo -como ahora se denominan- terminan repitiendo los discursos economicistas y políticos de hace cuarenta años. Algunos de estos son aupados en organizaciones como El Cato, que tiene como eslogan: “libertad individual, gobierno limitado, mercados libres y paz”.
Aunque no se dé cuenta, el Sr Vásquez tiene una gran ventaja, al residir en un genuino y auténtico "país del tercer mundo", pues este hecho le permite acercarse y ver de cerca todo ese proceso "sistémico" de extracción de riqueza por parte de las grandes corporaciones. Por ejemplo, puede observar cómo, en el Ecuador, se exporta materia prima, sea cacao, petróleo, flores, sin agregarle valor a estos productos vía procesamiento posterior. Ni siquiera una refinería de petróleo; ni una puta industria de chocolate. Ahora, ante una situación así, hay al menos dos reacciones posibles. Una, galeanista, la de ponerse a llorar y a culpar al malvado Norte, al capitalismo, al imperialismo, al "sistema" de la falta de emprendimiento que en esto se demuestra. Otra sería elevar a estatus de urgencia la necesidad de cambiar el rumbo del país, creando un entorno que favorezca el emprendimiento, donde haya estabilidad, perspectiva de ganancias a largo plazo, garantías institucionales a la propiedad privada y al estado de derecho, y respeto a los derechos individuales, de tal manera que pueda florecer una economía que no se base solamente en extracción y exportación sino en añadirle valor propio a las exportaciones. El problema con este segundo planteamiento es que quien lo haga puede ser acusado de liberalismo. Por tanto, tal vez el hueco eslógan antiimperialista sea solución más prudente.
Y bueno, vemos que su gran modelo es la sociedad estadounidense. Su modelo se centra en que solo los grandes empresarios son el llamado “sector productivo”, son ellos quienes solamente tienen iniciativa, todos los demás son ciudadanos de segunda clase que por naturaleza deben ser gobernados, dirigidos, administrados. Ya es hora de desacralizar el viejo ideario liberal el cual a fuerza de balas se nos impuso como ejemplo de sociedad moderna.
Yo soy liberal, y no considero que la sociedad estadounidense sea en la actualidad modelo para nada. Pero en todo caso, esto es secundario. Lo que llama la atención aquí es que el autor aquí distorsiona al liberalismo hasta tal punto que queda completamente irreconocible. ¿Por qué lo hace? No sé, pero es llamativo que acuse al liberalismo de precisamente lo mismo de que acusamos a los neopopulistas y al socialismo: de crear ciudadanos de primera y segunda clase, de querer "dirigir" desde arriba e imponer por la fuerza. Fuera bueno si por lo menos en eso nos pudiéramos poner de acuerdo: que ni la sociedad, ni el mercado, necesita que nadie la "regule" ni la "gobierne". Entonces sí habríamos progresado.
Los foros sociales mundiales claman “otro mundo es posible”, incluso “otro Dios es posible”. Frente a tanto desquicio religioso es posible, también, otro mundo moderno.
Estaría interesado en conocer más sobre ese otro mundo posible, oh grande y profundo pensador telegrafista. Sobre todo, si en él por lo menos se me permitirá fumar un cigarrillo en la calle a una distancia de 20m del ser humano más cercano, o si me será permitido comprarme una cervecita en la tienda de la esquina los domingos. Empecemos, ¿por qué no? aplacando cabreos, que últimamente y a decir verdad se me están acumulando a marchas forzadas (sí, Werner, usted no es el único). Luego hábrá tiempo para lo espinoso. ¿Qué le parece?
Se dice ["Disparates"] de las obras o pronunciamientos que no tienen razón ni sentido. Por ejemplo, cuesta creer que bajo la solapa de un discurso argumentado y seudo académico, algunos de los llamados críticos a la intervención del Estado en la vida social, afirmen que son los medios periodísticos privados los llamados a ser los ejes morales de la sociedad. Estos medios de pronto han sido garantes de la democracia, de la libertad y expresión fiel de la anticorrupción.
Sí, cuesta creerlo. Por eso es que apreciaríamos una cita que demuestre que algunos de esos llamados críticos realmente afirman eso. Ya sé que en El Telégrafo, sección Opinión, no se acostumbra citar al adversario, siendo más cómoda la "libre interpretación", pero en un caso así realmente ayudaría a la credibilidad del articulista. Por mi parte, nunca he escuchado a nadie afirmar nada remotamente semejante a lo que se postula aquí. Que los medios hayan sido garantes de la democracia, según latitud tal vez haya quien lo afirme: pero ¿que sean "ejes morales de la sociedad"? Este tipo de disparate suele delatar el artífice del llamado hombre de paja.
(Hombre de paja: ese adversario dialéctico convenientemente torpe y exagerado, contra quien los ociosos ganan sus más sonadas victorias.)
Claro que el liberal defiende la existencia de medios privados. Tal defensa no implica ningún juicio de valor acerca del contenido o de la calidad de éstos. Defender la libertad de expresión de un sujeto no implica estar de acuerdo con lo que dice, ni siquiera con cómo lo dice. Esto es básico.
En todo caso, si el articulista quiere dar a entender que puede existir una democracia sin medios privados, no tiene más que citar un ejemplo. Sólo uno. La idea es interesante. Somos todo oídos.
Bien sabemos que existen intereses económicos determinantes en el quehacer de los dueños de esos medios que, a su vez, determinan el quehacer periodístico de sus empleados.
Hace poco salió una cadena del gobierno (glosada aquí) en que un tal Xavier Lasso comenta, con cierta amargura, que después de quince años escribiendo para El Comercio, un día "la señora no quiso" publicar uno de sus artículos, con el llamativamente mentiroso título "Yo Soy Palestino". Con lo que se colige que el tal Lasso estuvo quince años escribiendo para El Comercio sin que su "quehacer periodístico" fuese "determinado" por nadie. Dato significativo, sin duda. Quince años son muchos años.
No vayamos a negar que los intereses económicos de los dueños de un medio puedan incidir en la selección y la presentación de la información. Pero también es cierto, primero, que pasa exactamente lo mismo, sólo que aparentemente a escala mucho mayor, en la prensa dizque "pública" (botón de muestra: El Telégrafo) respecto a los intereses no solamente económicos sino políticos y electorales del gobierno; segundo, que las lagunas informativas y el sesgo resultantes de este fenómeno se combaten mejor, no con menos medios privados, sino con más (a menos que se quiera argumentar que los "intereses económicos" de todos los medios privados siempre serán los mismos); y tercero, que donde existe una situación de competencia entre diferentes medios privados (es decir, donde el consumidor tiene libertad de elección), el nivel de sinvergüencería que un medio puede permitirse sin lanzarse al suicidio comercial será inversamente proporcional al nivel de educación de su público. Dicho de otra manera: ceteris paribus, una población determinada tenderá a gozar de los medios que se merece.
Pero todo esto es muy básico. Lo que llama la atención en todos estos debates es la curiosa inversión de los papeles respecto a los países europeos o del pérfido Norte. El liberal, en EEUU o en Europa, es una Casandra que no hace más que maldecir a los MSM (mainstream media, o principales medios privados) por su sesgo ideológico antiliberal. Es el primero en arremeter contra la mediocridad, la ligereza, la mentira, la falta de pluralidad; por lo que a veces el discurso hóstil de Correa parece un calco, o una parodia, del discurso crítico liberal en esos países. Donde se aprecia la diferencia, obviamente, es en las soluciones propuestas. El liberal propone debate, educación, pluralidad de voces, nuevas iniciativas privadas para romper la hegemonía de los medios mercantiles, de la ascendente Murdocracia. El socialista propone cierre de medios, censura, una verdad única, propaganda e indoctrinación. Luego dice que es muy moderno.
Ahora, esos determinantes no son simples actos mecánicos, sino que se adornan con el discurso definido ideológicamente de ser empleados de medios que luchan por la libertad de expresión. Estas empresas productoras de noticias ponen en circulación la información que corresponda a su agenda informativa.
Terrible, ¿verdad? Cuando la agenda informativa que tendrían que seguir es la del gobierno.
Entonces estos defensores de la libertad de opinión son los mismos que defienden a raja tabla la libertad de mercado.Por eso, cuando se trastoca esa fábula del libre mercado, consideran que se atenta a la libertad de los individuos.
Fuera bueno que nos explicara cómo se puede agredir al mercado sin agredir a los individuos que lo conforman. Eso suena como esas maravillosas bombas inteligentes de los gringos, que derriban edificios sin tocar a las personas que están dentro. Si estabas en el quinto piso, tranquilo, el edificio se cayó alrededor tuyo pero sigues flotando en el aire, conversando con tu compañero como si nada, o como si Roadrunner. Impresionante, siempre lo pensé.
En esas fantasiosas imágenes de lo social, son ellos los seguidores de pensadores neoliberales como Friedman e incluso hacen decir cosas a Adam Smith que nunca dijo. Afirma que éste definió un sistema económico fundamentado en una mano invisible y que el mercado se autorregula, casi mágicamente.
No sé quién afirmará esto (el sujeto tácito singular parece salido de la nada), pero no importa. Lo que importa es que Werner Vásquez Von Schoettler (respetemos la mayúscula telegrafista) cree que el mercado no se autorregula, casi mágicamente, sino que necesita que alguien, preferentemente un cabal de economistas jóvenes, sonrientes, comprometidos en lo social, y exquisitamente progresistas, regule al mercado para que nos provea no solamente de laptops y de Blackberries sino también de justicia social, de salud universal, de igualdad y trabajo y soluciones carbon friendly, y todo esto sin magia alguna. Y entonces, cuando se levanta y ve un artículo de la Calderón y por curiosidad pincha en eso del Cato Institute y ve que en algún lugar hay gente que no cree en nada de eso, se cabrea.
Está bien que se cabree. Nosotros nos cabreamos cuando nos levantamos y vemos otro artículo defendiendo el robo, la pillería, la esclavitud y el odio. Algún día nos tendríamos que sentar y comparar cabreos. Podría ser instructivo.
De momento, y sin que el bueno de Vásquez logre explicarse un poco mejor, tendré que suponer que este cabreo suyo es algo así como el Five Minute Hate de Orwell, el aullido colectivo contra un esperpento llevado a categoría intelectual, el Enemigo Universal Plurivalente de tan larga vida, ese malvado y pérfido capitalista con sombrero de copa, frac y vistoso embonpoint, apoteosis del egoismo mezquino, de la sobreexplotación, de la apropiación de lo ajeno. Ese ser, en la imaginación de Vásquez, está "detrás" de todo ese "discurso argumentado y seudo académico" que tanto le ofende. Todo ese edificio ideológico está solamente para servirle de coartada al desalmado explotador. Está bien, está bien. Cálmese un momento.
En realidad, y esto es fácilmente investigable y comprobable, los mayores productores de artículos seudo académicos liberales son hombres divorciados de mediana edad, de escasos recursos, reducidas destrezas sociales e incipiente calvicie, que andan en bicicleta o en un destartalado Honda Civic, manifiestan relativamente poca preparación académica, pero lo compensan todo con una gran pasión y una tenaz curiosidad intelectual que data de aquella fecha en que, por accidente, descubrieron que la economía era algo que les afectaba y que era, además, un tema susceptible de discutirse racionalmente, partiendo de principios sencillos y transparentes. A veces, sí, son aburridos, como cualquier viajante por el Camino a Damasco: tienden a repetir fórmulas y eslóganes con aire de evangelistas pasmados. Son susceptibles a crítica desde infinidad de ángulos: pero lo que no son, es vendidos. Creerse otra cosa es demostrar poca habilidad de lectura y nulos dotes intuitivos.
Para vendidos, para congregados en torno al sagrado abrevadero lleno de billetes ajenos, El Telégrafo. ¿O ya se olvidaron de la purísima virginidad de los aromas espirituosos?
En cuanto a ese mercado "regulado" desde fuera, por los sonrientes economistas, los Krugman y Stiglitz y Correa, convengamos en que conforma una bonita y tranquilizadora visión. Y no, no seamos tan malcriados como para devolverle al articulista su calificativo de "fábula". Simplemente constatemos que los agentes en el mercado que quieren entregar su libertad a cambio de - hasta la fecha - nada, son muy suyos para hacerlo, y los que no queremos, por ese prejuicio que tenemos a tenor de que no existen hoy iluminados ni pastores de pueblos que valgan, pues también.
Toman a autores como Gwartney o Lawson para decir que donde hay mayor “libertad económica se percibe menos corrupción”, semejantes disparates llevan a creer que si hay más empresa y menos Estado la gente es más honesta.
Galimatías. El nivel de corrupción no depende de la honestidad de la gente, pues ésta se toma como una constante independiente del sistema en que opera; cualquier otra cosa sería ingenuidad rayana en cojudez. La corrupción, según Klitgaard, se puede determinar por una simple fórmula: corrupción = monopolio + discreción - fiscalización (o transparencia: estoy intentando traducir "accountability"). Evidentemente, la mayor libertad económica incide en la corrupción en tanto se destruyen los monopolios, se diversifican las opciones para el consumidor, se agudiza la competencia, de modo que la empresa corrupta pierde clientela a la que no lo es, o no lo es tanto. Un ejemplo práctico: cuando hicieron los bordillos de mi calle, como antes comenté, tuve que desembolsar $70 para que el empleado del Municipio (que en esto de los bordillos ostenta monopolio) me practicara una bajada que me permitiera sacar del garaje al carro que entonces tenía. Como no había ni competencia, ni reglas claras, ni por supuesto nada de fiscalización, no había más remedio. Pero en una sociedad libre, donde la comunidad puede escoger al contratista para este tipo de obras, evidentemente se acordarían precios y bajadas de antemano. Está claro que la liberalización ataca la corrupción, sin tener que postular ningún mejoramiento en la "honestidad" de la gente.
Disparates que bien se pueden confrontar empíricamente en las llamadas economías abiertas, las cuales, por cierto, andan hace varios años creciendo poco, casi en la quiebra, favoreciendo a las grandes corporaciones y dando como producto el que existan más ricos a costa de empobrecer a sus propias poblaciones.
Se ve claramente que la visita del autor a El Cato fue breve y las conclusiones, superficiales. Evidentemente, Vásquez cree que el liberalismo tiene algo que ver con nacionalismos, con adhesiones a países que se supone son "de los nuestros", a partir de lo cual se libran batallas de estadísticas para demostrar que los nuestros son mejores, que crecen más, etcétera. Ojalá por lo menos profundice en sus lecturas heterodoxas al menos hasta comprobar que si esas "llamadas economías abiertas" se están acercando al abismo, para el liberal eso demuestra que no son tan abiertas como pregonan. De hecho, a estas alturas eso debe ser evidente. ¿Cómo puede acercarse un país a la quiebra? Pues gastando más de lo que se tiene. ¿Cuál es la receta liberal? Dejar de gastar. ¿Y la socialista, la propugnada por Krugman y todos los demás progresistas iluminados? Gastar todavía más. Si se me escapa un "¡D'oh!", sean comprensivos.
Por otro lado, ese zero-sum game en el que sólo puede haber ricos a costa de empobrecer a otros demuestra que de economía el Sr Vázquez no tiene más idea que yo de cocina esmeraldeña.
Y no digamos las formas de extracción de riqueza que sistémicamente obtienen de los países del tercer mundo. Estos dizque defensores del liberalismo -como ahora se denominan- terminan repitiendo los discursos economicistas y políticos de hace cuarenta años. Algunos de estos son aupados en organizaciones como El Cato, que tiene como eslogan: “libertad individual, gobierno limitado, mercados libres y paz”.
Aunque no se dé cuenta, el Sr Vásquez tiene una gran ventaja, al residir en un genuino y auténtico "país del tercer mundo", pues este hecho le permite acercarse y ver de cerca todo ese proceso "sistémico" de extracción de riqueza por parte de las grandes corporaciones. Por ejemplo, puede observar cómo, en el Ecuador, se exporta materia prima, sea cacao, petróleo, flores, sin agregarle valor a estos productos vía procesamiento posterior. Ni siquiera una refinería de petróleo; ni una puta industria de chocolate. Ahora, ante una situación así, hay al menos dos reacciones posibles. Una, galeanista, la de ponerse a llorar y a culpar al malvado Norte, al capitalismo, al imperialismo, al "sistema" de la falta de emprendimiento que en esto se demuestra. Otra sería elevar a estatus de urgencia la necesidad de cambiar el rumbo del país, creando un entorno que favorezca el emprendimiento, donde haya estabilidad, perspectiva de ganancias a largo plazo, garantías institucionales a la propiedad privada y al estado de derecho, y respeto a los derechos individuales, de tal manera que pueda florecer una economía que no se base solamente en extracción y exportación sino en añadirle valor propio a las exportaciones. El problema con este segundo planteamiento es que quien lo haga puede ser acusado de liberalismo. Por tanto, tal vez el hueco eslógan antiimperialista sea solución más prudente.
Y bueno, vemos que su gran modelo es la sociedad estadounidense. Su modelo se centra en que solo los grandes empresarios son el llamado “sector productivo”, son ellos quienes solamente tienen iniciativa, todos los demás son ciudadanos de segunda clase que por naturaleza deben ser gobernados, dirigidos, administrados. Ya es hora de desacralizar el viejo ideario liberal el cual a fuerza de balas se nos impuso como ejemplo de sociedad moderna.
Yo soy liberal, y no considero que la sociedad estadounidense sea en la actualidad modelo para nada. Pero en todo caso, esto es secundario. Lo que llama la atención aquí es que el autor aquí distorsiona al liberalismo hasta tal punto que queda completamente irreconocible. ¿Por qué lo hace? No sé, pero es llamativo que acuse al liberalismo de precisamente lo mismo de que acusamos a los neopopulistas y al socialismo: de crear ciudadanos de primera y segunda clase, de querer "dirigir" desde arriba e imponer por la fuerza. Fuera bueno si por lo menos en eso nos pudiéramos poner de acuerdo: que ni la sociedad, ni el mercado, necesita que nadie la "regule" ni la "gobierne". Entonces sí habríamos progresado.
Los foros sociales mundiales claman “otro mundo es posible”, incluso “otro Dios es posible”. Frente a tanto desquicio religioso es posible, también, otro mundo moderno.
Estaría interesado en conocer más sobre ese otro mundo posible, oh grande y profundo pensador telegrafista. Sobre todo, si en él por lo menos se me permitirá fumar un cigarrillo en la calle a una distancia de 20m del ser humano más cercano, o si me será permitido comprarme una cervecita en la tienda de la esquina los domingos. Empecemos, ¿por qué no? aplacando cabreos, que últimamente y a decir verdad se me están acumulando a marchas forzadas (sí, Werner, usted no es el único). Luego hábrá tiempo para lo espinoso. ¿Qué le parece?
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