Identidad sexual

Cuando eras bebé, tu mamá recogía mechitas de ese escaso cabello que poblaba tu cráneo en pequeños copetes, como promesa de que más adelante aquí habría cabellera de niña como Astarté manda. O bien no lo hacía, porque según su parecer no eras niña. En cualquier caso, no te consultó tu opinión o preferencia, en parte porque aun no sabías hablar, y en parte porque en esas generaciones pasadas la gente era todavía tan bruta que pensaba que el género (niño o niña) era algo que venía determinado por el sexo (o sea, por los órganos genitales). De modo que creciste con la idea de que, si bien eras libre de decidir si te gustaban los Jonas Bros o si preferías a Justin Bieber, el hecho de ser niña (o niño) era algo que no dependía de ti, y que no era posible cambiar; de modo que lo sensato era aceptar lo inevitable e intentar sacar el mayor provecho posible de las posibilidades del género que te había sido asignado, sin perder tiempo con el ojalá. Eso fue ayer.

Hoy descubriste que la cosa no es, realmente, tan sencilla. En primer lugar, existe la posibilidad de cambiar de sexo (o por lo menos de aparentar garbosamente tal cambio) mediante cirugía. En segundo lugar, resulta que todas esas cosas que según los papás, los profes y los curas tenías que hacer, o que tenían que gustarte en función de tu género, en último término son sujetas a tu propia voluntad. Puedes estar de acuerdo con todas ellas, con algunas, o con ninguna. Lo que no deja de ser una muy buena noticia, pues a nadie nos gustan las cosas impuestas, las obligaciones porque sí. Tu identidad sexual la construyes tú, según tus propias preferencias, al igual que cualquier otro aspecto de tu vida personal. He dicho preferencias. A la edad que tienes, se supone que ya sabrás qué es mismamente lo que flota tu barco. Y no me refiero solamente a que te puede hacer tilín un cuerpo masculino, o uno femenino, o ambos, o ninguno. Aparte de esas tendencias, digamos, mayores o directrices, seguramente soñarás con algo un poquito más específico y coloreado. Juventud, madurez, tal vez, cabellera larga y ondulada o pecho rocoso e hirsuto, caderas anchas o estrechas, caras inocentes o viciosas, ternura, violencia, inteligencia, convencionalismo plácido, todas son opciones, tanto en la construcción de tu propia identidad como en la construcción de ese filtro que aplicas para aceptar o rechazar posibles parejas. De modo que lo primordial es saber lo que uno quiere. Lo que quiere ser, y lo que quiere encontrar.

Pero luego, para muchos de nosotros, sobrevienen una serie de decepciones, fruto del encuentro con el mundo real y con sus necesarias limitaciones. Yo, por ejemplo, con apenas siete años decidí que no me gustaba el fútbol. Sabía que tenía que gustarme, por aquello de mi corporalidad varónica (vide infra), pero no había manera. Me parecía (y me sigue pareciendo, aunque menos) una manera frívola de pasar esos preciosos minutos de libertad en el recreo. Además, recelaba de esas caras de intenso sufrimiento y ese afán de liderar y de enviar a "posiciones" que ya manifestaba Andrew C., el hincha de Manchester de mi clase. Sin embargo, ¿cuántas veces en lo posterior hubiera deseado poder conversar sobre ese deporte de idiotas, simplemente para no dar la nota? En un grupo de hombres, el que no se interesa por el fútbol es, inevitablemente, el que camina en el bordillo de la acera, descendiendo a pisar alcantarilla para evitar los postes. Es el que sólo está ahí, satélite de la mesa del bar, para hacer bulto; y el que, de puro aburrimiento, escribe un cuento mental por cada hembra que aparece bañada de luz en la puerta del baño. La ciencia del fútbol es una disciplina como cualquier otro: requiere un sacrificio, y no estuviste dispuesto a tanto. Tienes que cargar con las consecuencias de tus propias decisiones. Si no te aprendes por lo menos algunos nombres de jugadores y de estadios y algunos sonados marcadores, ¿cómo quieres llegar a macho siquiera beta? Hay que ser también, oh pequeño saltamontes, un poquito coherente.

Del mismo modo, si la mujer de tus sueños no se conforma con menos de un Dolph Lundgren, o renuncias a ella o renuncias a la lectura de las obras completas de Dickens. Una ley elemental dicta que no se puede ser a la vez repepudo y resesudo, por aquello de que el día sólo contiene 24 horas. El hombre renacentista no sobrevivió a la especialización. Somos, primero, prisioneros de nuestros gustos, y en esto del mercado sexual, luego siervos de los gustos de nuestros gustos. Y como en todo mercado, hay buenos compradores, hay derrochadores, hay cuenteros de Muisnes con sus respectivos cojudos, y hay quien no vende por fantasioso e intransigente.

Y no es para que siempre estés vendiendo, tampoco, joé.

El narcisismo es, a estas alturas, una opción consagrada dentro de la riquísima gama de opciones sexuales: o mejor dicho, es una variable más que conviene sepas graduar según preferencia. Para saber lo que sería una sexualidad con cero narcisismo (lo que quiere decir, en este contexto, automanoseo), pregúntaselo a Proud Mary, personaje antaño bien conocido en Internet. Era una mujer norteamericana (con floribunda página web incluída) con la singular pretensión de casarse con un hombre que en su vida se hubiera hecho una paja, y que compartiera con ella la creencia de que la masturbación era una Abominación ante el Señor. Supongo que ella quería ser para ese hombre fuente de todo goce, de todo alivio, puerta del paraíso con opción al infierno. En su juventud se habría entretenido paseando suculentos trozos de carne delante de las babeantes fauces de un perrito enjaulado y muerto de hambre. Por el otro extremo, entramos en el territorio de Buffalo Bill, el de la película, ése que quería volver obsoleta a la mujer reemplazándola por un traje de piel y un espejo. En medio de estos extremos estamos el resto, los que cabalgamos a diario sobre nuestras pasiones y sus improvisados sucedáneos, los que negociamos entre múltiples prioridades, que sopesamos goces y servidumbres y nos endeudamos con fantasías para pagar la planilla de la triste realidad.

Porque ya se sabe: post coitum omne animal, &c.

En el nuevo blog de xaflag, Gkillcity, una escritora invitada nos propone estas hilarantes reflexiones:

En todo caso, ensayando la aplicación de cis en materia de género, una mujer cis vendría a ser alguien que, asignada mujer al nacer, a partir de la constatación de una corporalidad hémbrica, no rechaza esa asignación genérica sino que la acepta y mujer se queda. Y un hombre cis sería lo mismo, pero al revés: alguien que fue asignado hombre por la sociedad a partir de la constatación de una biología de macho, y que abraza esa identidad de hombre con gusto, entiendo, o por lo menos, con conformidad. No tengo muy claro qué pasa con las personas que abrazan su asignación genérica sin particular agrado, o incluso con resignación. ¿Seguirán siendo cis? ¿O serán trans de clóset? Confieso que hasta ahí no llegan mis conocimientos sobre cisexualidad.

Lo que me choca de esto, aparte de la saña con que agrede al idioma ("corporalidad hémbrica", ¡chucha!), es la pedante simpleza de las opciones brindadas. Resulta que fui "asignado hombre" (en mi caso, con matices, digamos: esta historia la reservo para el lecho de muerte, que no tarde): a ver, a ver, ¿qué mismamente se me ofrece? "Abrazar esa identidad... con gusto", "con conformidad", "sin particular agrado", "con resignación", o netamente no abrazarla, sino rechazarla con épico desdén, lo que me convertiría en trans. Un momento. Pero un momento.

Nadie, salvo que en su cabeza tenga un ZX80, es hombre o mujer todo el tiempo, y con las mismas ganas. Yo fui hombre agradecidamente, entusiasmadamente, enteramente y con ganas, durante unos cuantos meses en el año 2001. Esos meses bien valieron una vida de incertidumbre y espera. El resto de mi vida digamos que fui hombre en construcción (o, últimamente, en retiro), pero incluso esto es una constatación superficial, post hoc, pues durante gran parte de este tiempo la etiqueta de hombre me resumía tanto como una etiqueta en una galería de arte puede resumir un cuadro. "Altote Patosote, 188x30x50cm, semen sobre tela, 1961": un simple token para la sociedad, que en mi caso es un ente que consiste mayormente en conductores de autobus y vendedores de cigarrillos. Que la mirada de esas personas, por el simple hecho de ser Otros, me defina, es un supuesto en este imperio enérgicamente no consentido. Pero resulta que hacia dentro, uno no se preocupa tanto por definirse como por indagar en las cualidades de la Amada y en cómo rendirle pertinente homenaje. He sido hombre siempre en la medida y con la frecuencia que Ella ha querido; y cuando Ella no ha querido, he sido cualquier cosa.

La infancia, sobre todo, es la patria de esa "cualquier cosa". Todavía recuerdo ese baúl de mi hermana mayor, siempre tan inglesa ella y tan asexuada (valga la redundancia), con ese insospechado tesoro, el traje de Sheherazade, todo velos y lentejuelas, con ese imposible panty, cola incluida, toda una invitación al travestismo infantil. Pero lo que fui, durante aquellos furtivos minutos, no me consta que era algo tan desarrollado y consciente como lo que puede sugerir la palabra mujer. Quedemos en que quise probar atributos, disfraces, sensaciones. Quise, confusamente, sentirme blanco, diana, caza, presa. ¿Tiene esto algo que ver con querer ser mujer? Sólo si de la palabra mujer extraes una alambicada, cuestionable y hedionda esencia subjetiva, con fuertes notas masoquistas, y la elevas a categoría. No me atrevo a tanto. Muchos años más tarde, la Pilar quiso vestirme y maquillarme "de mujer", allá encima de su excelente y acaparadora cama. Accedí gustoso. Me parecía un juego interesante. Pero todo el juego dependía de ella, de su mirada, de su señorial voluntad, que es lo que le daba sentido. Sin ella, tan sólo quedaba una confusa y adormitada sensualidad de lagartija, una nostalgia de seda y satén.

Poca cosa.

Poca, pero que sirve para afirmar: tenemos todas las opciones. Encerramos cada uno todas las tendencias. Y a veces, las que triunfan de cara al exterior no son las que más preciamos por dentro, ni las que decidimos desarrollar, "quedándonos", son las que hubiéramos escogido de haber podido vivir otra vida, con menos responsabilidades laborales y más tiempo de ocio para la experimentación y el acicalamiento. Ni es tan claro que lo que identificamos con ser hombre o ser mujer sea reconocible como tal desde la perspectiva de un exponente consagrado del género en cuestión. Pocos hombres, por muy "clóset trans" que sean, sueñan con tener la regla, y menos con el encuentro cercano con la Candida albicans. En fin, para mí "hombre" o "mujer" son simples aproximaciones descriptivas, superficiales, producto de una malsana obsesión burocrática por etiquetar y controlar. Llegará el día, seguramente, y bienvenido será, cuando en la cédula de identidad ya no se especifique sexo, pues alguien se habrá dado cuenta, por fin, de que a nadie le tiene que importar de qué sexo eres, a menos que quiera algo contigo, en cuyo caso se supone siempre le queda la opción de preguntártelo. (Sí, a veces es necesario. Yo una vez tuve una alumna a quien más de una vez me dirigí con "Cynthia, ¿cuál es tu opinión...?". En realidad se llamaba Marco.)

Yo a los trans, los trans-lo-que-sea, les admiro. Ponerse unas medias de nailon y un liguero, eso hace cualquiera, pero ¿afeitarme las cejas? Sólo pensar en eso me aterra. Creo que sin cejas, sin estos arbustos, me pasaría cualquier cosa. Un volcán se me caería encima. Quiero decir que la cobardía también influye, entra en la definición siempre fugaz de lo que eres, de lo que eres dispuesto a ser o a probar de ser. Pero, de nuevo, me impaciento con la simpleza de esa rúbrica de "clóset", de esa malsana obsesión con lo out, triste manifestación de una alma farandulera. Como si "la sociedad", esa odiosa cage aux folles, tuviera derecho a conocer tus preferencias sexuales, o incluso capacidad para ello. Como si la discreción fuera bofetada, y la desvergüenza generosidad.

La verdadera sexualidad empieza allí donde terminan las etiquetas.

Por eso llama la atención que se nos quiera encombrar de todavía más etiquetas. Aquí, de nuevo, la propulsora del cis:

La reducción lingüística no sólo ahorra tiempo y espacio sino que condensa significado y esto, a su vez, permite niveles mayores de abstracción y la creación de nuevas categorías a partir del significado condensado. Por ejemplo, una vez acordado lo que es cis, podemos hablar de cisexismo. Con esta nueva palabra compuesta, estaremos refiriéndonos a aquel aspecto del sexismo que, más allá de naturalizar una relación jerárquica de hombre sobre mujer (machismo), y de heterosexualidad sobre homosexualidad (heterosexismo), naturaliza una relación jerárquica de cis sobre trans y concede privilegios a los sujetos que ocupan el lugar naturalizado como jerárquicamente superior; privilegios de la gente cis de los que no goza la gente trans. En definitiva, la palabra cisexismo nos permite, gracias a la existencia previa de la palabra cis, nombrar una tiranía más del orden patriarcal; lo que contribuye a seguir avanzando en la reflexión filosófica, sociológica y política del género.

Es decir: vengan sambenitos, vengan reivindicaciones inventadas sobre la base de un enorme y enfermizo resentimiento social. Vengan denuncias de "privilegios" y de "discriminación" que encubren solamente el deseo de controlar el mercado, de dictar precios y preferencias y encarecer productos mediocres mediante proteccionismo ideológico. Lo de siempre. Así que desde acá, en acostumbrada respuesta al juego de las etiquetas, de la ingeniería social, del chantaje de la culpabilidad, de la censura políticamente correcta y todo ese lastre del feminismo sembrador de conformismos, de suspicacias y marchitos estereotipos, un grande y sonoro fuck off. A perro viejo no hay cis cis.

Comments

  1. Parece que antes de que llegue el "CIS" va a tener que esperar que "hémbrica" sea aceptada como palabra del castellano sin vomitar ;-)

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  2. Y si existe la corporalidad hémbrica, ¿también existe la corporalidad máchica? (Bueno, excepto la propia de la harina de cebada...)

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  3. el artículo es en contra del uso de la palabra "cis". qué curioso que eso que se menciona varias veces en el texto, no se haya entendido. el artículo se burla del uso de "cis", que por cierto, cada vez es más extendido y que seguramente llegará al diccionario de la real academia de la lengua española, para tranquilidad de quienes sólo usan palabras autorizadas por la madre patria a quienes comemos máchica.

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