El cliché como salida
Parece que a Xavier Lasso, del Telégrafo, le tocó el otro día presentar una denuncia, cuyo contenido exacto no especifica pero que aparentemente tiene que ver con redimir a la humanidad, conseguir un mundo justo y solidario donde no exista la miseria, y de paso arreglar el tema de la "exclusión", se supone que en lo referente al hecho de que algunitos todavía no tienen rango ministerial y carro con chófer. Estoy seguro que todos mis lectores querrán desearle suerte en este noble empeño.
Lo que orinó sobre sus papas fritas, según las crónicas, en esa ocasión, fue la presencia en la misma sala de tres, dos hombres y una muy mediática mujer, la Sarah Palin de nuestro país... . Y yo digo que no está mal la analogía, aunque la Viteri a mí últimamente me recuerda cada día más a Lynda Carter, without the Lasso, y con eso no quiero decir nada de nada. Una fugaz pero electrificante mirada cruzó la sala. Aturdido, él se distrajo recitando para sí un pasaje favorito de Alturas de Macchu Picchu, en versión de Shakira. Esos ojos, ese cuerpo, esa hipnótica cabellera dispuesta en forma de vertiginoso espiral que tanto recuerda aquella peli de Itchcock, cómo se llama... Por su parte, ella no hacía más que repetirse, confusamente: no puede ser, no puede ser. A mi edad, y ¿de un socialista? Pero por otro lado: esas delicadas verborreas, esos infinitos y embriagadores hilos centelleantes de multifarias memeces, esa mente tan simple y tan náufraga, exiliada de cualquier realidad y cualquier sensatez... ¿Quién no se siente atraída como por una fuerza oscura, devoradora? Y para ocultar su íntima confusión, se ocupó con la tarea de probar si un reloj Cartier puede ser usado como accesorio para el cabello.
Sus miradas volvieron a cruzarse. Se produjo un pequeño silencio, casi nada...
Pero no había remedio, es que la presencia de los canales de televisión, que también habían tomado partido, como que hizo su parte en el desenlace. Y ella nada pudo contra la justicia, esa cruel justicia a que nada le importaba el buen vivir de las personas, empleó contra el héroe su mirada fulminante, obligándolo a salir raudo por la puerta del Exilio, caminando hacia atrás, con gesto suplicatorio y pisando un recipiente de plástico con media ración de encebollado dentro, perteneciente al concerje. - A Ver -, bramó el Juez - tarifas eléctricas, ¿es eso? - La puerta giratoria se cerró, imperturbable.
Ya fuera, Sir Lasso se sentó en un banco, y tristemente encendió una luz de esperanza para toda la humanidad. - ¡Igualdad! - exclamó. - ¡Seguramente de eso están hablando de eso, allá dentro, ahora. ¡Igualdad! Como si hubiera en todo el país un dolor como este mío. ¡Como si la planilla de luz que sirve para bañar de hermosura esos suntuarios pies sin gravamen pudiera ser igual que la de un pobre y miserable juntaletras gubernamental!
Recordando la prohibición de fumar en espacios públicos, lanzó la colilla, que fue diestramente recogida por un oportunista garrapatero, y convertido en noticia de primera plana por la prensa corrupta. Otra burla - se dijo amargamente - se nos espeta siempre con tal de mantener este capitalismo salvaje, depredador, que no admite - y volvió a pensar en las espléndidas caderas de aquella fugaz visión de la otra orilla - redistribución alguna. La voracidad ilimitada sigue empujando a la misma naturaleza, la intrínseca y la que nos rodea, al despeñadero, como que si el caos fuera la única salida.
Lo que orinó sobre sus papas fritas, según las crónicas, en esa ocasión, fue la presencia en la misma sala de tres, dos hombres y una muy mediática mujer, la Sarah Palin de nuestro país... . Y yo digo que no está mal la analogía, aunque la Viteri a mí últimamente me recuerda cada día más a Lynda Carter, without the Lasso, y con eso no quiero decir nada de nada. Una fugaz pero electrificante mirada cruzó la sala. Aturdido, él se distrajo recitando para sí un pasaje favorito de Alturas de Macchu Picchu, en versión de Shakira. Esos ojos, ese cuerpo, esa hipnótica cabellera dispuesta en forma de vertiginoso espiral que tanto recuerda aquella peli de Itchcock, cómo se llama... Por su parte, ella no hacía más que repetirse, confusamente: no puede ser, no puede ser. A mi edad, y ¿de un socialista? Pero por otro lado: esas delicadas verborreas, esos infinitos y embriagadores hilos centelleantes de multifarias memeces, esa mente tan simple y tan náufraga, exiliada de cualquier realidad y cualquier sensatez... ¿Quién no se siente atraída como por una fuerza oscura, devoradora? Y para ocultar su íntima confusión, se ocupó con la tarea de probar si un reloj Cartier puede ser usado como accesorio para el cabello.
Sus miradas volvieron a cruzarse. Se produjo un pequeño silencio, casi nada...
Pero no había remedio, es que la presencia de los canales de televisión, que también habían tomado partido, como que hizo su parte en el desenlace. Y ella nada pudo contra la justicia, esa cruel justicia a que nada le importaba el buen vivir de las personas, empleó contra el héroe su mirada fulminante, obligándolo a salir raudo por la puerta del Exilio, caminando hacia atrás, con gesto suplicatorio y pisando un recipiente de plástico con media ración de encebollado dentro, perteneciente al concerje. - A Ver -, bramó el Juez - tarifas eléctricas, ¿es eso? - La puerta giratoria se cerró, imperturbable.
Ya fuera, Sir Lasso se sentó en un banco, y tristemente encendió una luz de esperanza para toda la humanidad. - ¡Igualdad! - exclamó. - ¡Seguramente de eso están hablando de eso, allá dentro, ahora. ¡Igualdad! Como si hubiera en todo el país un dolor como este mío. ¡Como si la planilla de luz que sirve para bañar de hermosura esos suntuarios pies sin gravamen pudiera ser igual que la de un pobre y miserable juntaletras gubernamental!
Recordando la prohibición de fumar en espacios públicos, lanzó la colilla, que fue diestramente recogida por un oportunista garrapatero, y convertido en noticia de primera plana por la prensa corrupta. Otra burla - se dijo amargamente - se nos espeta siempre con tal de mantener este capitalismo salvaje, depredador, que no admite - y volvió a pensar en las espléndidas caderas de aquella fugaz visión de la otra orilla - redistribución alguna. La voracidad ilimitada sigue empujando a la misma naturaleza, la intrínseca y la que nos rodea, al despeñadero, como que si el caos fuera la única salida.
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