Felicidades
"Ya no hay plata (ni agua, ni comida). No nos queda más remedio: tendremos que ser felices".
No, es en serio:
Nos daremos cuenta, pronostica, que el modelo de crecimiento fundamentado en el consumidor ya no funciona y que tenemos que pasar a un modelo más fundamentado en la felicidad, que se fundamente en personas trabajando menos y teniendo menos.
Estas babeantes imbecilidades les llegan cortesía de un tal Paul Gil(ding!), "veterano empresario y ambientalista de Australia" en palabras de Thomas L. Friedman (cuyo traductor nos regala la interesante palabra "llenath"). Inevitablemente, nos invita a explorar todas las posibilidades que la vida nos brinda de ser más felices "teniendo menos". Yo, lo primero en que pienso es en la refrigeradora. Y es que acá, en Durán, la empresa eléctrica lleva años ya en una especie de guerra de guerrilla contra el consumidor: cortes de energía no anunciados a cualquier momento del día, que por estos lares siempre provocan el enérgico grito, desde algún lugar de la casa: "rápido: desconecta la nevera", pues la Ley de Murphy asegura que la primera y única vez que no se desconecta será aquella vez que al reanudar el suministro se dará sobrecarga y explosión. Por decirlo de algún modo: nuestra aparatos domésticos andan más estresados que el cuñado de Lorena Bobbit. Entonces, cuando por fin llega la hecatombe y la nevera pasa a ocupar su bien merecido puesto en el hogar de electrodomésticos jubilados, indudablemente se nos habrá quitado un gran peso de encima. Nunca más tendremos que acordarnos de desconectar la nevera cuando hay cortes de suministro eléctrico. Aunque tal vez por ese entonces ya no haya suministro eléctrico de todas maneras.
Pero de ser así la cosa, ¿qué nos impide adelantarnos al destino y ya, voluntariamente, deshacernos de esa cargosa máquina que nos impide disfrutar como otras personas de la calma, el sosiego, el placer y los pies triturados de no tener electricidad durante una hora? ¿Esa nevera realmente es el cerbero que guarda las puertas de nuestro infierno consumista y nos impide escaparnos a los soleados páramos de la felicidad? Tal vez. Claro que sin ella, tendríamos que multiplicar varias veces el tiempo dedicado a las compras, pues no se podrían guardar de un día para otro una larga lista de productos perecederos. De hecho, se me ocurre que tal vez por eso mismo se inventaron las neveras. Alguien, algún día, habría tenido la peregrina ocurrencia de que a lo mejor la gente apreciaría poder guardar el queso durante toda una semana, y que al no tener que ir tantas veces a la tienda, dispondría de más tiempo para hacer cosas más amenas, más proclives a proporcionar felicidad. Incluso puede haber pensado en la diabólica posibilidad de guardar cerveza fresca para el domingo y así burlar a los puritanos y caras de no que en algún futuro aparecerían prestos a imponer sus prejuicios antietílicos a una población sumisa y borrega. En todo caso, lo evidente es que ese inventor, a su manera, a lo que visaba era hacer feliz a los demás.
"¡Tonterías! ¿Cómo puedes sostener semejante burrada? ¡Los únicos que quieren la felicidad ajena somos nosotros, los gobernantes socialistas! Los demás: inventores, empresarios, vendedores, son personas egoistas que sólo miran sus intereses. Bill Gates no te quiere hacer feliz: quiere vender más sistemas operativos. Eso es todo lo que hay."
Veamos.
Yo no digo que el inventor de la nevera (que se llamaba William Cullen, Oliver Evans, Jacob Perkins, John Gorrie o Carl Von Linden, según preferencia) haya sido émulo de la Madre Teresa de Calgonit. Digo que, en una situación de mercado libre, tanto el proceso de la invención como el de la comercialización están sujetos a la voluntad del consumidor final, cuya satisfacción con el producto constituye la única justificación por el esfuerzo, tiempo y dinero invertidos (eso, a diferencia de la Madre Teresa, que por lo visto le daba más importancia a la satisfacción del viejo barbudo celeste: en auténtico altruismo, hasta el más humilde empresario le gana a esa man). No se puede ser exitoso en el negocio sin preocuparse por la felicidad del cliente, o si prefiere, por su bienestar o su satisfacción. No me importa cómo lo llamas. La cuestión es que el consumidor decide qué es lo que quiere y cuánto lo quiere. En algún momento, mi mujer habrá decidido que prefiere tener una nevera a tener esos dólares guardados, o gastarlos en otra cosa. Si el consumidor cree que los bienes materiales no importan tanto, que puede ser feliz sin ellos, tiene la opción, como yo con mi nevera, de practicar el Luddism personal, el ahorro o la caridad: no hay problema. La cuestión es que, en la medida de sus posibilidades, puede decidir. Y sus posibilidades él mismo se las crea (suponiendo la existencia de un estado de derecho). Está en control de su vida.
No así en el nuevo Mundo Feliz de Gil(ding!), Stiglitz, el Rey Khesar, y, casualmente, el aceitoso columnista del Telégrafo Sebastián Vallejo, que hoy nos sorprende con un alarde de lordosis gatuno por el siguiente estilo:
Asumamos, para comenzar, en buena fe el impuesto. Cualquiera que sea nuestra reacción, igual tendremos que pagar. (...) Maldeciremos. Iremos con la misma funda (antes gratuita) para nosotros mismos proporcionarla, o cualquier sustituto de tela; comentaremos cómo antes este atropello no sucedía; le echaremos la culpa a este Presidente que castiga siempre al más pobre. Sus compras llegarán a la casa. La naturaleza se lo agradecerá.
Cambiaremos nuestros hábitos de consumo. Buscaremos la alternativa “verde”, que no paga impuesto y resulta más barata. El mercado (de los carros, de los plásticos, etc.) tendrá que evolucionar, sumarse a la causa. Deberemos asumir nuestro rol en el cuidado del medio ambiente. En fin, de a poco nos acercaremos íntegramente al Sumak Kawsay.
Todos ellos en una cosa están de acuerdo: que el consumidor, si bien sabe lo que quiere, no sabe lo que le conviene, lo que le haría "verdaderamente feliz" (uno se pregunta si a tal conclusión llegaron por la vía de la introspección, y también, si esa felicidad tendría algo que ver con la adquisición de moldes para hacer empanadas). Los más hábiles, claro está, disfrazan esta creencia con reclamos a asuntos de fuerza mayor o a causas superiores, sean éstas de índole teológica, ecológica u otra. Pero para hacer eso, igualmente tienen que asumir el papel de privilegiados sacerdotes o chamanes del Nuevo Orden Mundial, o asignárselo a su politicastro favorito. Bueno fuera que al humilde ciudadano se le permitiera, de manera individual, decidir hasta qué punto Yahveh o el Cambio Climático es cuento o si al gobierno realmente le conviene gastar tanta cantidad de plata robada en cadenas anti-Lourdes Tibán. Esas cuestiones no son para hoi polloi. Para ellas necesitas las habilidades numéricas de un Santiago Pérez, o la mente privilegiada de un Ricardo Patiño. Faltaría más.
De modo que el asunto se reduce a esto. Hay gente que cree saber cómo hacerte más feliz ofreciéndote un producto, sea un nuevo celular, una cámara, una nevera, unos zapatos, un corte de pelo o un helado de coco. A lo mejor se equivocan, pero si no te convences, no lo compras: no ha pasado nada. Luego hay otra gente que también cree saber cómo hacerte más feliz, pero en este caso es quitándote algo de lo que tienes, pues según ellos, no está bien tener demasiadas cosas. Curiosamente, en este segundo caso, no te pagan nada a cambio de lo que les das, ni te lo devuelve si resulta que se han equivocado. Además, no parecen muy dispuestos a dejarte decidir, de manera individual, qué cosas son para ti superfluas y reñidas con tu paz interior. Ahora, que digan: no hay plata, tengo la abuelita enferma, tenemos que robarte ese anillo, es una cosa. Pero que vengan los mismos ladrones diciendo que te roban por tu bien, en aras de tu propia felicidad, tu propio Buen Vivir, es otra. Ni los carameleros de la 17 han caído todavía en ese truco. Sólo un político podría idear algo así de perverso.
Pero en una cosa sí tienen razón, y llevan consigo a los grandes, a WC Fields y a Phineas T. Barnum: cada minuto nace uno. La prosperidad electoral, de todas las prosperidades posibles, está asegurada. Y con ésa, las otras ya no importan. Los mundos posibles, dejémoslos a los escritores.
No, es en serio:
Nos daremos cuenta, pronostica, que el modelo de crecimiento fundamentado en el consumidor ya no funciona y que tenemos que pasar a un modelo más fundamentado en la felicidad, que se fundamente en personas trabajando menos y teniendo menos.
Estas babeantes imbecilidades les llegan cortesía de un tal Paul Gil(ding!), "veterano empresario y ambientalista de Australia" en palabras de Thomas L. Friedman (cuyo traductor nos regala la interesante palabra "llenath"). Inevitablemente, nos invita a explorar todas las posibilidades que la vida nos brinda de ser más felices "teniendo menos". Yo, lo primero en que pienso es en la refrigeradora. Y es que acá, en Durán, la empresa eléctrica lleva años ya en una especie de guerra de guerrilla contra el consumidor: cortes de energía no anunciados a cualquier momento del día, que por estos lares siempre provocan el enérgico grito, desde algún lugar de la casa: "rápido: desconecta la nevera", pues la Ley de Murphy asegura que la primera y única vez que no se desconecta será aquella vez que al reanudar el suministro se dará sobrecarga y explosión. Por decirlo de algún modo: nuestra aparatos domésticos andan más estresados que el cuñado de Lorena Bobbit. Entonces, cuando por fin llega la hecatombe y la nevera pasa a ocupar su bien merecido puesto en el hogar de electrodomésticos jubilados, indudablemente se nos habrá quitado un gran peso de encima. Nunca más tendremos que acordarnos de desconectar la nevera cuando hay cortes de suministro eléctrico. Aunque tal vez por ese entonces ya no haya suministro eléctrico de todas maneras.
Pero de ser así la cosa, ¿qué nos impide adelantarnos al destino y ya, voluntariamente, deshacernos de esa cargosa máquina que nos impide disfrutar como otras personas de la calma, el sosiego, el placer y los pies triturados de no tener electricidad durante una hora? ¿Esa nevera realmente es el cerbero que guarda las puertas de nuestro infierno consumista y nos impide escaparnos a los soleados páramos de la felicidad? Tal vez. Claro que sin ella, tendríamos que multiplicar varias veces el tiempo dedicado a las compras, pues no se podrían guardar de un día para otro una larga lista de productos perecederos. De hecho, se me ocurre que tal vez por eso mismo se inventaron las neveras. Alguien, algún día, habría tenido la peregrina ocurrencia de que a lo mejor la gente apreciaría poder guardar el queso durante toda una semana, y que al no tener que ir tantas veces a la tienda, dispondría de más tiempo para hacer cosas más amenas, más proclives a proporcionar felicidad. Incluso puede haber pensado en la diabólica posibilidad de guardar cerveza fresca para el domingo y así burlar a los puritanos y caras de no que en algún futuro aparecerían prestos a imponer sus prejuicios antietílicos a una población sumisa y borrega. En todo caso, lo evidente es que ese inventor, a su manera, a lo que visaba era hacer feliz a los demás.
"¡Tonterías! ¿Cómo puedes sostener semejante burrada? ¡Los únicos que quieren la felicidad ajena somos nosotros, los gobernantes socialistas! Los demás: inventores, empresarios, vendedores, son personas egoistas que sólo miran sus intereses. Bill Gates no te quiere hacer feliz: quiere vender más sistemas operativos. Eso es todo lo que hay."
Veamos.
Yo no digo que el inventor de la nevera (que se llamaba William Cullen, Oliver Evans, Jacob Perkins, John Gorrie o Carl Von Linden, según preferencia) haya sido émulo de la Madre Teresa de Calgonit. Digo que, en una situación de mercado libre, tanto el proceso de la invención como el de la comercialización están sujetos a la voluntad del consumidor final, cuya satisfacción con el producto constituye la única justificación por el esfuerzo, tiempo y dinero invertidos (eso, a diferencia de la Madre Teresa, que por lo visto le daba más importancia a la satisfacción del viejo barbudo celeste: en auténtico altruismo, hasta el más humilde empresario le gana a esa man). No se puede ser exitoso en el negocio sin preocuparse por la felicidad del cliente, o si prefiere, por su bienestar o su satisfacción. No me importa cómo lo llamas. La cuestión es que el consumidor decide qué es lo que quiere y cuánto lo quiere. En algún momento, mi mujer habrá decidido que prefiere tener una nevera a tener esos dólares guardados, o gastarlos en otra cosa. Si el consumidor cree que los bienes materiales no importan tanto, que puede ser feliz sin ellos, tiene la opción, como yo con mi nevera, de practicar el Luddism personal, el ahorro o la caridad: no hay problema. La cuestión es que, en la medida de sus posibilidades, puede decidir. Y sus posibilidades él mismo se las crea (suponiendo la existencia de un estado de derecho). Está en control de su vida.
No así en el nuevo Mundo Feliz de Gil(ding!), Stiglitz, el Rey Khesar, y, casualmente, el aceitoso columnista del Telégrafo Sebastián Vallejo, que hoy nos sorprende con un alarde de lordosis gatuno por el siguiente estilo:
Asumamos, para comenzar, en buena fe el impuesto. Cualquiera que sea nuestra reacción, igual tendremos que pagar. (...) Maldeciremos. Iremos con la misma funda (antes gratuita) para nosotros mismos proporcionarla, o cualquier sustituto de tela; comentaremos cómo antes este atropello no sucedía; le echaremos la culpa a este Presidente que castiga siempre al más pobre. Sus compras llegarán a la casa. La naturaleza se lo agradecerá.
Cambiaremos nuestros hábitos de consumo. Buscaremos la alternativa “verde”, que no paga impuesto y resulta más barata. El mercado (de los carros, de los plásticos, etc.) tendrá que evolucionar, sumarse a la causa. Deberemos asumir nuestro rol en el cuidado del medio ambiente. En fin, de a poco nos acercaremos íntegramente al Sumak Kawsay.
Todos ellos en una cosa están de acuerdo: que el consumidor, si bien sabe lo que quiere, no sabe lo que le conviene, lo que le haría "verdaderamente feliz" (uno se pregunta si a tal conclusión llegaron por la vía de la introspección, y también, si esa felicidad tendría algo que ver con la adquisición de moldes para hacer empanadas). Los más hábiles, claro está, disfrazan esta creencia con reclamos a asuntos de fuerza mayor o a causas superiores, sean éstas de índole teológica, ecológica u otra. Pero para hacer eso, igualmente tienen que asumir el papel de privilegiados sacerdotes o chamanes del Nuevo Orden Mundial, o asignárselo a su politicastro favorito. Bueno fuera que al humilde ciudadano se le permitiera, de manera individual, decidir hasta qué punto Yahveh o el Cambio Climático es cuento o si al gobierno realmente le conviene gastar tanta cantidad de plata robada en cadenas anti-Lourdes Tibán. Esas cuestiones no son para hoi polloi. Para ellas necesitas las habilidades numéricas de un Santiago Pérez, o la mente privilegiada de un Ricardo Patiño. Faltaría más.
De modo que el asunto se reduce a esto. Hay gente que cree saber cómo hacerte más feliz ofreciéndote un producto, sea un nuevo celular, una cámara, una nevera, unos zapatos, un corte de pelo o un helado de coco. A lo mejor se equivocan, pero si no te convences, no lo compras: no ha pasado nada. Luego hay otra gente que también cree saber cómo hacerte más feliz, pero en este caso es quitándote algo de lo que tienes, pues según ellos, no está bien tener demasiadas cosas. Curiosamente, en este segundo caso, no te pagan nada a cambio de lo que les das, ni te lo devuelve si resulta que se han equivocado. Además, no parecen muy dispuestos a dejarte decidir, de manera individual, qué cosas son para ti superfluas y reñidas con tu paz interior. Ahora, que digan: no hay plata, tengo la abuelita enferma, tenemos que robarte ese anillo, es una cosa. Pero que vengan los mismos ladrones diciendo que te roban por tu bien, en aras de tu propia felicidad, tu propio Buen Vivir, es otra. Ni los carameleros de la 17 han caído todavía en ese truco. Sólo un político podría idear algo así de perverso.
Pero en una cosa sí tienen razón, y llevan consigo a los grandes, a WC Fields y a Phineas T. Barnum: cada minuto nace uno. La prosperidad electoral, de todas las prosperidades posibles, está asegurada. Y con ésa, las otras ya no importan. Los mundos posibles, dejémoslos a los escritores.
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