Ballade
Lo siento. Una vez tenía a Daniel Adni tocando esto y era otra cosa. Este Gieseking lo despacha como una cajera de supermercado a quien llega tarde el relevo. Repito, lo siento.
Me hice una idea de esta pieza de niño basándome en los sleeve notes del disco de Adni, que decía que data de cuando Debussy fue a Rusia con Nadezhda von Meck, dando clases de piano, y se complacía en evocar un posible flechazo no declarado por la ¿hija de ésta? (Años más tarde me devoré a Lockspeiser, pero no recuerdo si le da crédito a esa historia.) No puedo escucharlo sin pensar en nieve, mucha nieve, y en un tren que se lleva al tímido enamorado de vuelta a Paris. De acuerdo, es una obra juvenil, con evidentes fallos debidos a la impaciencia que le lleva al compositor a tomar el camino fácil de la repetición, estancándose la melodía en muchos lugares por este motivo. Pero tiene eso que uno aprecia en las producciones juveniles, la ingenua sinceridad. (Los viejos también tenemos nuestra forma de ser sinceros, pero lo malo es que ya no tenemos sobre qué). La pieza es una serie de tempranos hallazgos, algunos triviales, otros no tanto, compartidos sin ceremonia. Y habría que tener oídos de trapo para no darse cuenta de que hay mujer en esto. Probablemente muy joven, con cara de yo no fui, de ésas con las que no pasa nada, ni siquiera apenas en la pasmada imaginación, que se queda prendida en encajes y sortijas y mechas y perfumes. Los relojes del estudio tictaqueaban lentamente. Fuera de la ventana, la nieve se perdía en brumas lejanas. Él se permitía cogerle las manos para enseñarle cómo enfrentarse a las manazas de Beethoven sin romperse el meñique. Tendría que esperar la llegada a Bayreuth para olvidarse este asunto, para despreciar esas inocentes emociones, si alguna vez lo hizo.
Cuando yo me fui a Houdain, pequeña aldea en el norte de Francia (Bruay-en-Artois) pasando por Lille, todavía tenía esa inocencia. Llegué a su casa, ella me escondió, me reprendió, y al enterarse de que no había comido en tres días, me ofreció una manzana. En el segundo viaje ni la vi: dejé una nota debajo de su examen en la U. de Lille, y me alejé, lentamente, de esa juventud que tanto pide creyendo no pedir nada.
De eso ya nada queda, sólo esta pieza y algunas más, mías, que ya no toco porque perdí la técnica.
De Lille recuerdo el ignífero monstruo de nueve cabezas que ocupaba el cielo por encima de esa plaza donde me senté, fatigado, por debajo del Edificio Flammarion, rodeado de palomas.
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