Geografía afectiva

Se acaba de marchar Ollie, el amigo de las dos semanas. Dejó atrás un sistema operativo (Ubuntu), varios libros, una botella de Chivas la hostia de cara, muchas fotos (próceres, flores, iguanas, galápagos, picaflor, piratas de papier-maché en Las Peñas, todo menos lo que más a propósito hubiera caido, me refiero a nuestra visita al Imperio, creo que no hizo allí ni una sola toma, ni siquiera fotográfica). Atrás deja a unos seres nostálgicos y alicaídos. La mayoría dicen de él que es muy educado (en Durán, una persona muy educada es alguien que no se lía a golpes y gritos con el primero que se le cruza acabando de llegar). Lo dicen con aire de distraída compasión. Hace unas horas yo le anuncié a mi esposa: "él necesita una mujer", en un tono que a mí mismo me sorprendió, por lo enérgico. A medida que pasaban los días, el topo se le pegaba cada vez más. Y creo que tener una relación personal, íntima, con un titere en forma de topo encombrado que controlas con la mano es algo peligroso. Pero allí puede que me equivoque de lleno. Al fin y al cabo, ¿cómo se puede saber algo así?

Inventé el término ("geografía afectiva") hace cosa de 35 años. Me ha servido desde entonces para referirme a las múltiples capas de distorsión cognitiva que imponemos sobre la realidad, cual secuencia de productos escalares, en función de nuestros sentimientos, deseos e ignorancias. Me sirvió de semilla un dibujo que vi una vez en un texto de sicología, creo que en la biblioteca del colegio, y que no he vuelto a ver, de una forma humanoïde u homúncula grotescamente distorsionada, con manos enormes y no recuerdo qué más desequilibrios. El pie del dibujo explicaba que representaba algo así como la importancia que nosotros mismos damos a las distintas partes de nuestro cuerpo, o tal vez era más bien la capacidad sensual de cada una. Los genitales, desde luego, colosales. Lo que me impresionó de ese dibujo era su impactante veracidad: desde un punto de vista subjetivo (pero, dentro de la subjetividad, universal), realmente somos así. Las mediciones cuentan otra historia: pero ¿quién no ha estado alguna vez en guerra contra las mediciones?

(La degeneración diaria de mi cuerpo me fascina a la vez que me asquea. Para mí, todos los espejos ya son de feria.)

No hay una subjetividad equivocada, pues todas necesariamente lo son, a la vez que en lo esencial no se equivocan. La proyección de Mercator es engañosa, imperialista, pero sirve, si lo que quieres es navegar de Cádiz hasta Tierra del Fuego. Y eso es lo que la mayoría hacemos: navegar con improvisadas mapas. El mundo no voltea sobre la yema de mi dedo índice, ni del tuyo. Ni se da cuenta de nuestra dudosa y muy condicionada presencia.

A la hora de descanso fui de nuevo al Malecón. Hay dos gatos que a veces se refugian en la parte medio erigida sobre las aguas, tras las vallas de seguridad. Lo hacen cuando hay niños. El típico niño, a diferencia del papá, se da cuenta de que el gato constituye un evento, algo solemne y numinoso. Lo que no sabe es cómo inmiscuirse en ese evento. Confusamente, se cree que espantando al gato, tirándole alguna piedrita, desafía a la indiferente realidad (lo mismos hacemos hombres con mujeres: mal instrumentalizar, queriendo traspasar sin guía el cavecánem de la contemplación). Quiere sentirse importante. Quiere ser parte de la historia. Pero la historia se refugia en otro lado, y sigue su ritmo. El niño se queda solo.

Se fue Ollie, y nos quedamos solos.

Si dibujáramos el mappamundi de acuerdo con nuestros conocimientos y nuestras curiosidades, la China, ese infinito querer simplificarse, seguramente quedaría escondida que ni el Preste Juan. Un raquítico archipíélago, vaya. Y nuestra ridícula patria chica caca de mosca devendría en imperio.

Allá en Quito, hicimos Mitad del Mundo, canelazo, Ronda, volcanes, teleférico, lo tipiférico. Cuando vas a Quito, quieras o no te pones a flotar: en el momento menos pensado de repente te encuentras con una ciudad debajo de ti en lugar de alrededor. (Ollie quedó fascinado por la calidad literaria de los grafitis en lo alto de la Basílica. Muy cierto es que estamos en un país de poetas, cuyo natural lirismo a duras penas queda ahogado por miserables pedantes a sueldo y burócratas mentirosos). Un estar por encima que inevitablemente recuerda a Fermín de Pas allá en su Vetusta, escudriñando su universo desde lo alto de una torre. El político, también, desde su "ministerio", su "fondo monetario". Un pretender abarcar, englobar y trascender subjetividades, ver "por encima". Para quedarse (lean el libro) adherido, al final, al lodo de los tobillos de una mujer descalza.

Todo por no darse cuenta de esto: de que no podemos ver la realidad sin filtros, de que la observación es un acto, interesado y subjetivo y determinante, de que la verdadera vista aérea no es para nosotros. (Si te ayuda a mejor entender esto, invéntate un dios. Luego busca la manera de acercarte a él. Complicado, ¿verdad? Tal vez más fácil sería que vuelvas a ver A Matter of Life and Death. Niven, irremplazable.)

Ollie, tal vez lo que cultiva es el simple y sano desdoblamiento del yo, de modo austero, sin cauce de caderas ni maduro frito con queso. Para ser persona, es necesario saberse permanentemente ciego (topo), equivocado y parcial. Uno ha vivido cincuenta años para verse rodeado de múltiples arrogancias, como enjambre de chulos vendedores encorbatados: ¡tanto saben, sin haberlo estudiado siquiera, de lo que me conviene! Y, encima, pretenden administrar, desde su entusiasmado y abarrotado teleférico engalanado, "la verdad"...

El hombre que acompañó ayer, en su lenta y después alocada travesía de las dos puentes sobre las nueve de la noche, al 17 a Durán:

"Vengo directamente de TV Ventas en Guayaquil para traerles este nuevo producto. Como ustedes ven, son tres moldes para hacer empanadas, pequeño, mediano y grande. Ver, examinar, tocar sin compromiso. Yo solo hablo: ustedes tocan. Amiguito. Varón. Amiguito. Señora. (...) Las instrucciones para hacer empanadas vienen en la parte de atrás. ¡Albatross! Además, tienen otra funcionalidad. Sirven para regalar. ¿Por qué, por qué pagar cinco dólares sólo porque sale en televisión? Por sólo un dólar ustedes pueden regalar a la persona más querida, a la esposa, al director del banco, al repartidor de polvos para matar ranas. Yo sólo hablo. Ustedes deciden. Les prometo que otro día vendré con algo que ustedes realmente quieren. Pero de momento sólo tengo estos putos - moldes. ¡Moldes para hacer empanadas! ¿Por qué a mí, Diosito mío? ¿Por qué a mí?"

Si compraste uno, mis respetos. Vivimos en diferentes mundos, ambos la mar de interesantes. La ventaja del tuyo es que en contra de compradores de moldes para hacer empanadas no hay legislación posible alguna.

Comments

Popular posts from this blog

Odio

Relaciones diplomáticas

The OK Salvadoran