Terror
Esta canción salió cuandi yo tenía 8 años. Mucho más tarde creí que era un plagio de una de los Beatles, hasta hace pocos minutos cuando comparé los dos y me di cuenta, primero de que no había tal plagio aunque sí influencia, y segundo, que la influencia era en sentido inverso pues Sun King salió después de Albatross y no antes (gracias, wiki).
Todo esto es irrelevante. La cuestión es que esta canción, cuando yo tenía esos ocho añitos, me inspiraba auténtico terror. En toda mi niñez no hubo nada que me llegara a aterrar tanto. Recuerdo que cuando salía en Top of the Pops (creo que llegó al número uno) iba corriendo a mi habitación y me estiraba en el suelo, tapándome los oídos para no escucharla. Cuando mis padres me preguntaron por qué me daba miedo, si total era una canción apacible y soñadora, dije: es música de pesadilla. Muchos años más tarde, tuve un sueño en que yo volaba muy alto en el cielo, por encima de un océano que no tenía fin. Al cabo de unos minutos vislumbré una pequeña isla. Me fui acercando a la isla, bajando, bajando, hasta quedarme flotando en el aire muy cerca. En la diminuta isla había una sola persona, que parecía estar cavando. Esa persona estaba de espaldas, y no era consciente de mi presencia; una especie de miedo supersticioso me invadió: no quise que me viera. De repente, se incorporó y giró la cabeza. Ese hombre que entonces me vio tenía mi propia cara, y lo que cavaba supe que era su propia tumba. En ese momento sonaron dos acordes. No sé si eran los Fmaj7-Emaj7 de esta canción, pero algo así sonó. Me desperté con un sudor frío en todo el cuerpo.
Lo menciono por una cosa. Los niños son muy susceptibles, está demostrado. Cualquier tontería que a los adultos nos resbala, a ellos les puede afectar profundamente. Como el lector habitual sabe, tengo un hijo autista de tres años y medio. El niño no puede ver violencia en la tele. Cualquier pelea, cualquier golpe aunque sea de broma y entre peluches y con fines educacionales, le desespera y se pone a llorar. Tenemos que vigilar que sólo vea escenas de diversión, juegos y sonrisas. Son responsabilidades que uno tiene, y son definidas en último término por las idiosincrasias del propio infante.
Ahora se ha puesto de moda - y no sólo aquí - reclamar que el Estado "regule" los contenidos que salen en la tele, es decir, que asuma aquella responsabilidad que tradicionalmente era de los padres del niño. Anoche vi parte de un programa dedicado a este tema, aunque más que programa parecía cadena propagandística. Entre sus argumentos más memorables: según expertos, la mentira, la prepotencia y el insulto "dañan la sociedad". Si eso fuera cierto, lo primero que habría que hacer en materia regulatoria sería amordazarle al Presidente, pues si bien la responsabilidad de las mentiras necesarias más gordas la suele delegar a subalternos, personaje más abiertamente prepotente y más fecundo en insultos sería difícil imaginar (uno le imagina a altas horas de la noche, con lápiz y cuaderno en mano, ensayando nueva tanda de descalificaciones para el sábado que viene: hoy estrenó "limitado" tras el éxito de "limitadito". Atentos al primer "limitadote"). En fin. El lector habitual ya sabe por qué estoy en contra de cualquier regulación en este campo, pero ya que el argumento desborda lo estríctamente mediático, no está de más repetirlo. Sobre todo porque un bloguero acólito del Dictador hace poco presentó un nuevo, reluciente y esplendoroso argumento, que consiste en observar que a veces no hay tiempo para hacerse con el mando a distancia antes de que salga la imagen dañina. En serio, eso decía.
Primero, para que no haya malentendidos, diré que no creo que la tele sea necesaria, ni que sea un derecho ni una obligación verla, ni que sea un "bien público", ni que tenga ninguna obligación de informar, ni de entretener, ni de decir la verdad, ni de hacer absolutamente nada. Todo esto son falsos supuestos con que los adalides de la censura suelen adobar su discurso, y todos ellos para ser tomados en serio requerirían una demostración lógica y contundente que ni siquiera se ensaya. La verdad es que hay mucha gente que apenas no ve tele (la mayoría de #misalumnos, para empezar). Mi hermana mayor, poeta premiada y una de las personas más lúcidas, inteligentes e informadas que conozco, no tiene televisor en su casa y confiesa no haber visto un solo programa de tele, siquiera de noticias, en los últimos 20 años. Y la verdad es que no creo que se haya perdido nada. Hoy en día, la televisión es un simple entretenimiento tonto para gente tonta, fácilmente prescindible, y no creo que tenga, al lado del Internet, un gran futuro, sea o no "regulada". Es una moda huidiza del siglo pasado. Su día, como el de la radio hace décadas, ya pasó.
Es cierto que la mayoría de los canales más populares intentan informarnos diariamente de las noticias (o de lo que sus atribulados editores consideran noticias) pero eso no implica que tengan ninguna obligación moral, ni ética, ni "social" de hacerlo. Lo hacen porque les resulta, en términos de audiencias. Hay un mercado para la información. Y toda cosa que uno hace porque quiere, o porque le resulta, uno es igualmente libre de hacerlo bien o de hacerlo mal. Si yo como profesor decido algún día ofrecer un servicio a mis compañeros que consiste en pasarles extractos de artículos relacionados con la enseñanza, y si al cabo de un tiempo alguien me reclama de modo acusatorio que mis sinopsis no son exactas o que mi selección es parcial y poco objetiva, mi respuesta sería reírsele en la cara y decir: bueno, pues busca tú mismo los artículos que quieres. (He dicho "de modo acusatorio". Si me lo reclamara de otra manera, igual tendríamos una interesante e inspiradora discusión sobre el tema.) Claro que hacer las cosas mal, en un negocio, trae consecuencias. Por ello, la única "responsabilidad" que tienen los emisores televisivos es aquélla que asumen libremente de cara a sus clientes por motivos comerciales, definiéndose "bien" y "mal" en términos que éstos comprendan, y el Estado en todo esto no tiene nada que decir, pues el Estado de negocios demostrablemente no entiende (Alegro, el Telégrafo). Ésa es mi opinión, y si quieres convencerme de que estoy equivocado, debes presentar argumentos que demuestren la supuesta "responsabilidad social" de los medios, no intentar meterla subrepticiamente como supuesto consentido, como piadoso artículo de fe, como algo "obvio". No lo es.
(No entraré en la posible obligación legal de asumir "responsabilidad social": lo legal no es mi especialidad y lo dejo para autores como xaflag que seguramente desenterraría instrumentos supranacionales que supuestamente obliguen al Estado a hacer lo que su gobierno ya quiere hacer. Es excusado decir que cuando no quiere hacer algo, no hay instrumento supranacional que valga. Sobre la Ley Internacional, me quedo con lo que dijo una vez al respecto un profesor mío, experto y autoridad en el tema: "realmente no existe".)
En contra de esto, el programa de anoche insistía: la tele tiene mucho poder. La ve mucha gente. Tiene grandes posibilidades de obrar para bien, posibilidades que se están desperdiciando bajo el avalancha de programas basura. De acuerdo. Pero este reclamo deben de hacérselo a los creativos, a los escritores y guionistas, y no en plan acusadora y amenazante, como si lo único que les impidiera educar, informar cabalmente, "obrar para bien" fuese su propio egoismo y desidia, o su postración ante los protervos "intereses" de los dueños de los canales. Todos sabemos que no es así. Y lo sabemos en parte por la propia experiencia de los medios estatales, regulados y controlados por los propios políticos, tanto aquí como en otras partes. Ninguno de esos canales, ni aquí ni en ninguna parte del mundo, ha conseguido educar a nadie, ni transformar la sociedad en un sentido positivo, salvo en la medida en que han dispuesto (como antaño la BBC, por poner un ejemplo más que discutible) de la colaboración voluntaria de personas altamente creativas que han sabido educar, no con sermones, sino con el ejemplo, con respeto y en connivencia con el público. La alternativa, mucho más corriente desde luego, y obviamente preferida por este gobierno, es el lavado de cerebro puro y duro, desde una actitud altiva y paternalista. Esta estrategia, lanzándole grandes sumas de dinero, sí puede lograr una población sumisa y borrega, pero no una educada, que es lo que se precisa en aras del desarrollo.
De todo esto se desprende una respuesta al argumento del mando a distancia perdido: si sabes que tu tele no es regulada y puede salir cualquier barbaridad en cualquier momento, y no tienes estómago para ciertas cosas, pues chucha, no la enciendas. Bótala. Nadie te obliga a tenerla ni a verla. Fin del problema y de la discusión.
A lo que me contestaría predeciblemente: ¿siempre botas a la primera lo que no te sirve? ¿No lo intentas arreglar primero?
Ahí está el meollo de la cuestión. Si todos lo canales fueran míos, si las emisoras fueran míos, si los actores y actrices y presentadores fueran míos, si los guionistas fueran míos, si todo esto y más fuera mío, hasta el público entero del país, entonces tendría sentido que yo lo "arregle" a mi gusto y conveniencia. Pero soy un mísero durandeño adoptivo que no tiene apenas nada que sea suyo, ni siquiera moldes para hacer empanadas. Lo único que si tengo, y a esto me aferro, es cierta inteligencia que dice que no está bien ni tiene sentido que intente disponer de lo que no es mío. Que mis criterios sobre lo que se debe y lo que no se debe poder ver en la tele sólo son eso, mis criterios, y como tal no son demostrablemente más fiables que los de cualquier otro, y en todo caso con casi total seguridad inferiores a los de los profesionales del medio, que para algo son profesionales. Esta inteligencia es tal vez lo único que me distingue de los odiosos y despreciables mini-dictadores que, a guisa de "opinión ciudadana", en el programa de anoche opinaban que el gobierno debe intervenir para que los contenidos televisivos se ajustaran precisamente a alguna cosa que a ellos no les "diera vergüenza", y que se vayan a la mierda los que tuvieran gustos o preferencias distintos de los suyos. Eso sí, da la casualidad - y no es más que eso - que en lo que nos "da vergüenza" estamos de acuerdo. Yo también repudio de la basura que se ve en la tele. Pero de ahí a reclamar que el gobierno tome cartas en el asunto - a sabiendas de que al gobierno le importe un comino nuestra "opinión ciudadana" excepto en tanto les da excusa para hacerse con el control de los medios, con fines que pocos todavía se imaginan - hay un gran trecho. Pedir que sea el gobierno quien "regule" los medios no tiene apenas más sentido que pedir que lo haga la actual población presidiaria del país. Al fin y al cabo, los ladronzuelos de celulares son sólo ministros de gobierno en estado larval.
En último término: puede que lo que a mí no me guste a otro sí. Puede que yo sufra viendo asesinatos en tiempo real (como el que todos vimos el 30-S: ¿para cuándo la disculpa correspondiente por parte de Canal Sur por esa "pornografía de la violencia"?) pero a otro le encante. A ese otro puede que yo le encuentre despreciable, pero eso no es ni nunca ha sido una excusa para legislar. Las leyes no deben formularse a base de prejuicios. Si a suficientes personas les repugna lo que se ve en la tele, el propio mercado (los ratings) se encargará de poner las cosas en su lugar. El mercado es lo más democrático que existe. No hace falta nada más.
Tampoco, realmente, es necesario ningún otro argumento, pero quisiera insistir en un par de cosas. Primero, que si eres de los que creen que lo que a ti te causó un profundo disgusto no debe ser visto por ninguna otra persona, te espera un largo viaje hacia la madurez. Toma tu tiempo, disfruta del camino y no te olvides de ducharte con frecuencia. Desde acá, todavía apestas.
Y segundo, que vamos a escuchar mucho más, aunque nos duela la cabeza, sobre "responsabilidad social", "bienes públicos" y "el bien público". Los dictadores necesitan estas idioteces: su discurso, sobre todo el de los actuales rufianes, no funciona en su ausencia. Realmente necesitan crear en nuestra imaginación un ente abstracto, etéreo, de categoría superior, "el pueblo", "el público" que no es ni tú ni yo ni ninguna persona o conjunto identificable, pero que es más importante que tú y yo y todas las personas juntas, y cuya existencia depende de que todos y todas nos creamos el cuento de que el Otro es propiedad nuestro, es de cierta manera nuestro esclavo, y que nuestro criterio, mientras estamos con el Líder, siempre prevalecerá sobre el suyo. Necesita que creamos en el divino e infalible Colectivo, dueño de la Verdad y depositario del Bien. Para justificar su criminal injerencia en los asuntos de los medios privados, necesita que éstos sean vistos como algo "público", con extrañas "responsabilidades" que ninguna persona a solas tiene, y que su carácter privado sea visto como una injusticia secular, y que todos crean en el mito de los protervos Intereses manejados por los malvados Dueños de los mismos. En fin, tienes que creer en cucos. El día que no creas, todo el castillo de naipes se desmorona, y descubres, de repente, que puedes vivir sin la tele pero ésta no puede vivir sin ti, y que la mejor manera de regular cualquier cosa es estar en control de tu propia vida.
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