Protección a la niñez. "The very fabric of society!" Ach, put a sock in it.
Si vives ahora en Ecuador, puedes escoger entre dos indignaciones. Hay la que provoca la angustiante crisis de falta de ayuda en Haiti, donde las personas mueren por miles y quedan amontonadas en pilas en los lados de las carreteras, y donde las provisiones quedan igualmente amontonadas o bien en almacenes costeños fuertemente guardados, o bien a salvo al otro lado de la frontera, todo porque los supuestamente encargados de repartir tales provisiones tienen miedo. Bien. Por otra parte, también puedes indignarte porque la mujer del Fiscal General no reconoce su culpabilidad en un accidente de tránsito que mató a una joven inocente,y que como siempre pasa en este país, algunos billetes cambiarán de mano y aquí no ha pasado nada. Bien.
En Inglaterra, la primera indignación se comparte por la misma causa. La segunda es diferente. Ahí las chattering classes están hablando del sonado caso de dos niños de 11 años que torturaron y casi mataron a otros dos niños, de 11 y 9 años, quemándoles, pateándoles, cortándoles, ahógandoles y sometiéndoles a abusos sexuales, durante 90 minutos, en un lugar desierto cerca de un patio de recreo. Con lo cual, entre otras cosas se demuestra que hace tiempo que Gran Bretaña no pertenece al "mundo desarrollado", pues en aquel mundo, según palabras de la socióloga María de los Angeles Páez,
cualquier expresión de agresión, violencia, discriminación, es severamente sancionada por la ley, así que a nadie se le ocurriría insultar a alguien en la calle, tratar mal a un turista, golpear a un niño y mucho menos hacerlo trabajar.
(Yo quiero unas gafas como ésas.) Ahora, al igual que aquí, lo primero que se ve en los medios son los aprovechados que intentan sacar réditos políticos de cualquier evento noticioso. El líder del Partido Conservador británico, un tal Cameron, ha dicho que lo sucedido es muestra de una sociedad "rota" (y él, casualmente, tiene en su caja de herramientas la supergoma necesaria para arreglarla, qué bárbara suerte: claro que hay que votarlo primero). En fin, no tiene por qué tomarse más en serio que ese curita socialista de El Telégrafo para quien todos los males de Haiti son culpa de "los países ricos". Algunos hablan por hablar.
Tenía un amigo hace años que sólo sabía hablar de robots. Miento: tenía dos. Los robots ejercen una poderosa fascinación para los varones de entre 25 y 33 años de edad. El primero hablaba mayormente de servomotores, el otro sudaba larguísimos discursos sobre la evidente incompatibilidad que existe entre hombres y mujeres y la solución a tal incompatibilidad que al parecer consiste en fabricar robots de apariencia femenina, que puedan servirles de pareja a los hombres, así obviando la necesidad de tener cualquier trato con mujeres reales: algo, en suma, en la línea de las Stepford Wives. Bien. Tal vez sea por influencia de tales malas compañías que a veces cuando se trata de dilucidaciones morales me hallo inclinado a intentar resolver tales cuestiones construyendo robots imaginarios. Eso es lo que hacía a cierta hora esta tarde, en el bus No 17 por encima del puente.
Al final di con lo que quería: unos parámetros de programación conductista que si se llevaran a la práctica darían consistencia a dos robots, uno un poco más grande que el otro, en un espacio cerrado, donde en poco tiempo el robot más grande al más pequeño le habría destrozado por completo, no por malicia sino porque su programación le hiciera buscar siempre un "estímulo", el cual se definiría como una interacción con el entorno que produjera resultados impredecibles. Según este planteamiento, el robot más grande en poco tiempo agotaría las posibilidades de interactuar con las paredes de la habitación vacía, o con el suelo, en una serie de acciones que siempre dieran el mismo "aburrido" resultado; entonces, empezaría a desmontar al otro robot, ante lo cual la programación autodefensora del otro le obligara a intentar escaquearse, lo cual a su vez produciría una retroalimentación positiva para el primero, pues los intentos del otro de defenderse serían altamente impredecibles, y todavía más cuando sus circuitos empezaran a fallar. Según los pocos datos sobre el caso que han filtrado a la prensa, algo así es lo que habría sucedido con esos niños, pues en el juicio quedó evidente que ninguno de los dos agresores siente el más mínimo remordimiento, y según uno de ellos, la agresión no tuvo ninguna otra causa que no fuera "el aburrimiento", o sea, porque "por aquí no hay nada que hacer".
Claro que si la tortura a uno le resulta "estimulante", sin que entre ningún otro tipo de cálculo, algo está mal. Eso es lo que ahora se discute por allá. Algunos dicen que los Servicios Sociales, otros que el mal está en nosotros mismos, otros que el Partido o que la dirección que ha tomado el país, o la sociedad, etcétera: ya puedes imaginar. Una palabra muy repetida: "incomprensible". Lo que quiero postular es que no es incomprensible que un niño quiera torturar a otro, sobre todo si la tortura se concibe como "hacer algo" frente a la terrible alternativa de "no hacer nada", y siempre en el supuesto de que faltan por completo otros instintos, otras consideraciones, otras maneras de pensar o de sentir más allá de esa programación primitiva que nos hace siempre buscar "diversión". Esos niños son en realidad robots, dotados de una programación de una terrible simplicidad. Tal vez sea lícito llamarlos sicópatas, pero no es más que una etiqueta ofuscadora. Es cierto que una investigación posterior nos revela que los padres de esos niños eran padres-basura: esos chicos apenas habían visto otra cosa en su vida que papá golpeándole a mamá, quien cuando no tocaba golpiza pasaba el tiempo contándoles sus intimidades en plan reality show. Pero no hace falta indagar tanto, creo. Los padres de estos niños son irrelevantes. Ahí precisamente puede que esté el problema.
Según la citada socióloga invidente de El Telégrafo, si no quieres que la gente vaya golpeando a los demás hay que "sancionar" "cualquier agresión" "severamente". Es decir, un buen motivo para que un robot no desmonte a otro robot sería el miedo. La programación sería algo más complicada, pero es factible. El instinto de supervivencia, y el de evitar cualquier dolor o incomodidad, son suficientes para inducir el buen comportamiento en un ser racional, dada la existencia de un entorno que "sancione", demostrablemente, el "mal comportamiento". El problema con esos niños, bajo tal perspectiva, sería la ausencia de miedo. El hecho de que llevaron a sus víctimas a un descampado antes de iniciar las agresiones demuestra que sí tenían ese elemental instinto de autoprotección, el "miedo a ser vistos": pero evidentemente no fue suficiente. No temían, o no temían lo suficiente, ni la ira de papá, ni a la de la policía, ni a la de "la sociedad", tal vez porque su experiencia de "la sociedad" les había inducido a creer, primero que era poco probable que nadie los descubriera, y segundo, que en todo caso lo peor que podría pasarles sería tener que aguantar algún sermón. Si esas percepciones no estuvieron muy acordes con la realidad, tal vez habría que concluir que eran tontos, pero no cambia el argumento.
Pero claro, el miedo no es lo único que les faltaba. Lo que se suele suponer distingue a los sicópatas de las demás personas es la completa ausencia de empatía, es decir, esa facultad de poder ponerse en el lugar del otro y sentir lo que él siente. Yo creo que en realidad una parte importante de esa empatía que profesamos tener es producto del acondicionamiento social, es decir, fingimos "sentir" por el otro cuando en realidad sólo queremos impresionar o ser aceptados en cierto grupo social. Ese tipo de falsa empatía es la que aprende a exteriorizar el adulto sicópata, que en su fuero interno se muere por poder torturar a otro ser humano por pura diversión, a sabiendas de que no le va a tocar sentir ninguna pena por tal hecho si no es descubierto. Nosotros, en cambio, los laodiceos, los chapuceros y mediocres, "descubrimos" de vez en cuando nuestra empatía ante eventos y circunstancias extremos, y nos ponemos a llorar ante vistosas desgracias, pero en el día a día estamos, eso sí, comfortably numb.
Fuera bueno que a nuestros hijos les enseñáramos (porque sólo los papás pueden hacerlo con relativa eficacia: los gobiernos sólo saben estropear más lo estropeado) a temer el castigo, sí, pero también a sentir por el otro, de verdad, a desarrollar esa divina facultad de la imaginación que subyace a la empatía verdadera. No creo que haya ninguna receta fácil. Para lo segundo, recomiendo el hábito de la lectura.
Hay otra cosa que también creo que falta, pero soy consciente de que, siendo no sociólogo (para ser francos, no me gusta la sociedad), me faltan los necesarios conocimientos para que esto suene convincente. Consulten en todo caso a Arnold Van Gennep y Victor Turner. Me refiero a que estos niños viven, malogradamente, en una sociedad donde no hay adultos, pues no hay nada, ningún conocimiento obligatorio, ninguna cicatriz reveladora, ninguna ordalía necesaria, para alcanzar tal grado, que actualmente se consigue simplemente con el paso del tiempo. Lo cual, para más inri, nos es recordado a diario por la televisión, que se deleita en enseñarnos a supuestos adultos que actúan (en el mejor de los casos) como niños. Los ritos de pasaje han quedado en el Bar Mitzvah y en la quinceañera ecuatoriana (algo es algo: para ser señorita acá hay que saber bailar un vals. En otros países, ni eso.) Creo que si no es causa sí es síntoma: no sabemos, colectivamente, lo que es un adulto, lo que es "madurez", más allá de la servil imitación de "modelos de rol" que nos impresionan no tanto por lo que son o por lo que hacen sino por lo que consiguen, a fuerza de chutzpah, tener y gozar. Así que, aquello que falta en la educación de esos niños puede ser eso: la definición, a través de cualquier detalle de su entorno, de un adulto, de algo que serían capaces de llegar a ser, sin que ese devenir les sea garantizado de antemano.
En Inglaterra, la primera indignación se comparte por la misma causa. La segunda es diferente. Ahí las chattering classes están hablando del sonado caso de dos niños de 11 años que torturaron y casi mataron a otros dos niños, de 11 y 9 años, quemándoles, pateándoles, cortándoles, ahógandoles y sometiéndoles a abusos sexuales, durante 90 minutos, en un lugar desierto cerca de un patio de recreo. Con lo cual, entre otras cosas se demuestra que hace tiempo que Gran Bretaña no pertenece al "mundo desarrollado", pues en aquel mundo, según palabras de la socióloga María de los Angeles Páez,
cualquier expresión de agresión, violencia, discriminación, es severamente sancionada por la ley, así que a nadie se le ocurriría insultar a alguien en la calle, tratar mal a un turista, golpear a un niño y mucho menos hacerlo trabajar.
(Yo quiero unas gafas como ésas.) Ahora, al igual que aquí, lo primero que se ve en los medios son los aprovechados que intentan sacar réditos políticos de cualquier evento noticioso. El líder del Partido Conservador británico, un tal Cameron, ha dicho que lo sucedido es muestra de una sociedad "rota" (y él, casualmente, tiene en su caja de herramientas la supergoma necesaria para arreglarla, qué bárbara suerte: claro que hay que votarlo primero). En fin, no tiene por qué tomarse más en serio que ese curita socialista de El Telégrafo para quien todos los males de Haiti son culpa de "los países ricos". Algunos hablan por hablar.
Tenía un amigo hace años que sólo sabía hablar de robots. Miento: tenía dos. Los robots ejercen una poderosa fascinación para los varones de entre 25 y 33 años de edad. El primero hablaba mayormente de servomotores, el otro sudaba larguísimos discursos sobre la evidente incompatibilidad que existe entre hombres y mujeres y la solución a tal incompatibilidad que al parecer consiste en fabricar robots de apariencia femenina, que puedan servirles de pareja a los hombres, así obviando la necesidad de tener cualquier trato con mujeres reales: algo, en suma, en la línea de las Stepford Wives. Bien. Tal vez sea por influencia de tales malas compañías que a veces cuando se trata de dilucidaciones morales me hallo inclinado a intentar resolver tales cuestiones construyendo robots imaginarios. Eso es lo que hacía a cierta hora esta tarde, en el bus No 17 por encima del puente.
Al final di con lo que quería: unos parámetros de programación conductista que si se llevaran a la práctica darían consistencia a dos robots, uno un poco más grande que el otro, en un espacio cerrado, donde en poco tiempo el robot más grande al más pequeño le habría destrozado por completo, no por malicia sino porque su programación le hiciera buscar siempre un "estímulo", el cual se definiría como una interacción con el entorno que produjera resultados impredecibles. Según este planteamiento, el robot más grande en poco tiempo agotaría las posibilidades de interactuar con las paredes de la habitación vacía, o con el suelo, en una serie de acciones que siempre dieran el mismo "aburrido" resultado; entonces, empezaría a desmontar al otro robot, ante lo cual la programación autodefensora del otro le obligara a intentar escaquearse, lo cual a su vez produciría una retroalimentación positiva para el primero, pues los intentos del otro de defenderse serían altamente impredecibles, y todavía más cuando sus circuitos empezaran a fallar. Según los pocos datos sobre el caso que han filtrado a la prensa, algo así es lo que habría sucedido con esos niños, pues en el juicio quedó evidente que ninguno de los dos agresores siente el más mínimo remordimiento, y según uno de ellos, la agresión no tuvo ninguna otra causa que no fuera "el aburrimiento", o sea, porque "por aquí no hay nada que hacer".
Claro que si la tortura a uno le resulta "estimulante", sin que entre ningún otro tipo de cálculo, algo está mal. Eso es lo que ahora se discute por allá. Algunos dicen que los Servicios Sociales, otros que el mal está en nosotros mismos, otros que el Partido o que la dirección que ha tomado el país, o la sociedad, etcétera: ya puedes imaginar. Una palabra muy repetida: "incomprensible". Lo que quiero postular es que no es incomprensible que un niño quiera torturar a otro, sobre todo si la tortura se concibe como "hacer algo" frente a la terrible alternativa de "no hacer nada", y siempre en el supuesto de que faltan por completo otros instintos, otras consideraciones, otras maneras de pensar o de sentir más allá de esa programación primitiva que nos hace siempre buscar "diversión". Esos niños son en realidad robots, dotados de una programación de una terrible simplicidad. Tal vez sea lícito llamarlos sicópatas, pero no es más que una etiqueta ofuscadora. Es cierto que una investigación posterior nos revela que los padres de esos niños eran padres-basura: esos chicos apenas habían visto otra cosa en su vida que papá golpeándole a mamá, quien cuando no tocaba golpiza pasaba el tiempo contándoles sus intimidades en plan reality show. Pero no hace falta indagar tanto, creo. Los padres de estos niños son irrelevantes. Ahí precisamente puede que esté el problema.
Según la citada socióloga invidente de El Telégrafo, si no quieres que la gente vaya golpeando a los demás hay que "sancionar" "cualquier agresión" "severamente". Es decir, un buen motivo para que un robot no desmonte a otro robot sería el miedo. La programación sería algo más complicada, pero es factible. El instinto de supervivencia, y el de evitar cualquier dolor o incomodidad, son suficientes para inducir el buen comportamiento en un ser racional, dada la existencia de un entorno que "sancione", demostrablemente, el "mal comportamiento". El problema con esos niños, bajo tal perspectiva, sería la ausencia de miedo. El hecho de que llevaron a sus víctimas a un descampado antes de iniciar las agresiones demuestra que sí tenían ese elemental instinto de autoprotección, el "miedo a ser vistos": pero evidentemente no fue suficiente. No temían, o no temían lo suficiente, ni la ira de papá, ni a la de la policía, ni a la de "la sociedad", tal vez porque su experiencia de "la sociedad" les había inducido a creer, primero que era poco probable que nadie los descubriera, y segundo, que en todo caso lo peor que podría pasarles sería tener que aguantar algún sermón. Si esas percepciones no estuvieron muy acordes con la realidad, tal vez habría que concluir que eran tontos, pero no cambia el argumento.
Pero claro, el miedo no es lo único que les faltaba. Lo que se suele suponer distingue a los sicópatas de las demás personas es la completa ausencia de empatía, es decir, esa facultad de poder ponerse en el lugar del otro y sentir lo que él siente. Yo creo que en realidad una parte importante de esa empatía que profesamos tener es producto del acondicionamiento social, es decir, fingimos "sentir" por el otro cuando en realidad sólo queremos impresionar o ser aceptados en cierto grupo social. Ese tipo de falsa empatía es la que aprende a exteriorizar el adulto sicópata, que en su fuero interno se muere por poder torturar a otro ser humano por pura diversión, a sabiendas de que no le va a tocar sentir ninguna pena por tal hecho si no es descubierto. Nosotros, en cambio, los laodiceos, los chapuceros y mediocres, "descubrimos" de vez en cuando nuestra empatía ante eventos y circunstancias extremos, y nos ponemos a llorar ante vistosas desgracias, pero en el día a día estamos, eso sí, comfortably numb.
Fuera bueno que a nuestros hijos les enseñáramos (porque sólo los papás pueden hacerlo con relativa eficacia: los gobiernos sólo saben estropear más lo estropeado) a temer el castigo, sí, pero también a sentir por el otro, de verdad, a desarrollar esa divina facultad de la imaginación que subyace a la empatía verdadera. No creo que haya ninguna receta fácil. Para lo segundo, recomiendo el hábito de la lectura.
Hay otra cosa que también creo que falta, pero soy consciente de que, siendo no sociólogo (para ser francos, no me gusta la sociedad), me faltan los necesarios conocimientos para que esto suene convincente. Consulten en todo caso a Arnold Van Gennep y Victor Turner. Me refiero a que estos niños viven, malogradamente, en una sociedad donde no hay adultos, pues no hay nada, ningún conocimiento obligatorio, ninguna cicatriz reveladora, ninguna ordalía necesaria, para alcanzar tal grado, que actualmente se consigue simplemente con el paso del tiempo. Lo cual, para más inri, nos es recordado a diario por la televisión, que se deleita en enseñarnos a supuestos adultos que actúan (en el mejor de los casos) como niños. Los ritos de pasaje han quedado en el Bar Mitzvah y en la quinceañera ecuatoriana (algo es algo: para ser señorita acá hay que saber bailar un vals. En otros países, ni eso.) Creo que si no es causa sí es síntoma: no sabemos, colectivamente, lo que es un adulto, lo que es "madurez", más allá de la servil imitación de "modelos de rol" que nos impresionan no tanto por lo que son o por lo que hacen sino por lo que consiguen, a fuerza de chutzpah, tener y gozar. Así que, aquello que falta en la educación de esos niños puede ser eso: la definición, a través de cualquier detalle de su entorno, de un adulto, de algo que serían capaces de llegar a ser, sin que ese devenir les sea garantizado de antemano.
Leo esos recortes. Creo que eso de culpar a 'la mala educación' por sucesos como el ocasionado por esos dos hermanos me parece una ingenuidad digna de niños adultos. Me cae mal porque les da una excusa a legistas idiotas para impulsar proyectos tan ridículos como el de ponerle un botón rojo a las consolas de videojuegos (es en serio, eso se planteó en el parlamento europeo) o, en casos más benignos, a inefables como Michael Haneke para hacer pajazos disfrazados de comentarios sociales en películas como 'Funny Games' (que es inspirada en un caso similar).
ReplyDeleteNo me lo creo porque existen muchísimas familias maltratantes y violentas, que igualmente dejan como legado hijos problemáticos sí, pero no como para producir esperpentos que lleguen a esos extremos insólitos. Yo creo que aquí hay otra cosa. Concuerdo más con la opinión de que se trata de un caso de psicopatía infantil, y la psicopatía es en su mayor parte endógena; es gente que por naturaleza manifiesta respuestas neurológicas anómalas. Y tal vez por eso es que son capaces de 'ver más allá' de las convenciones sociales. Eso les da cierto poder del que la mayoría carecemos, hay que admitirlo. Pero desde luego que no puedo juzgar esa locura como excelente. No me da la normalidad.
Cuando me enteré del caso de la esposa del fiscal, lo primero que me vino a la mente fue un caso anterior, el caso del esposo de la ministra Albán, que mató a una persona al conducir en estado etílico.
ReplyDelete¿Qué decía el fiscal al respecto?
¨Que la prueba de alcoholemia que realizó la CTG no es válida, por cuanto la máquina utilizada no solo mide etanol (de bebidas alcohólicas), sino también otros alcoholes en el cuerpo.¨
En el transcurrir mediático este caso ya quedó en el olvido, pero yo no lo he olvidado, cada vez que lo veo al tipo salir en TV, lo recuerdo.
En cuanto a los niños, me parece que ellos reproducieron la violencia a la que estuvieron expuestos; es difícil elucubrar sin contar con mayores detalles, pero en la noticia indican que los niños ya tienen un largo historial de violencia, lo más probable es que fuese una situación in crescendo, cada vez peor. Lo que uno se pregunta es ¿Cuáles son los factores que determinan que una persona alcanze esos niveles de violencia? Yo conozco varias personas que desde su niñez han sido víctimas de violencia familiar, con toda la serie de problemas que eso produce, pero que en ningún momento han llegado a ejercer esa brutalidad hacia otras personas, conozco otro caso en el que la víctima terminó siendo un violador y asesino de menores. Que es lo que determina que estos seres, como dice mi viejo, estén ¨más allá del bien y del mal¨.
Yo creo que el entumecimiento del que hablas puede ser visto como una medida de autoprotección, al igual que la ¨máscara social¨ que la mayoría estamos obligados a usar (comparto tu desagrado hacia la sociedad, por este asunto de las ¨máscaras¨) en aras de la convivencia social, muy pocas veces la uso, por lo que he tenido ciertos problemas y mi psicólogo me recomendó que debía utilizarla con mayor frecuencia. No he seguido sus consejos, me desagradan las malditas máscaras.
Creo que lo que ocurre, al igual con la memoria de largo plazo que ¨olvida¨ cierta información para evitar problemas, obligada a una depuración constante, es que las personas ¨buenas¨ o ¨normales¨, no es que estemos ¨comfortably numb¨, es mas bien un entumecimiento obligatorio, necesario para continuar con la ¨normalidad¨ de nuestras vidas y no terminar con la psiquis hecha trizas, ante tanta porquería de la que somos parte en nuestras sociedades.