Back-brained

Y encima, cack-handed. (Hola.)

No frecuento esas páginas, así que no sé si ya se hizo o sólo se piensa hacer, esa película basada en Dorian Gray. Leí la historia con 15 años, y ya me parecía un atavismo. Por mucho que frecuentara The Penn Bookshop, esa cueva de Aladín de libros antiguos, mayormente edwardianos, con su inconfundible olor a entrañables supersticiones perdidas, a entrañas de árboles criados con dióxido de carbono puro, con sus veteadas traducciones de Maeterlinck realizadas por el bueno de Alfred Sutro, con sus lujosas ediciones de R.L. Stevenson a prueba de ICBMs, aun así no podía ignorar que en ese mundo dudosamente moderno que quedaba acechando tras aquella puerta ya no se estilaba creer en homúnculos jinetes de espermatozoides, ni en exploraciones frenológicas, ni en ciencias fisionómicas (pace Mary Ann) que emparentaran rasgos de la cara con elementos de la personalidad. De modo que el postulado central del libro de Wilde, eso de que en una cara podíanse leer vicios y crímenes, me pareció entonces simplemente pueril, aunque quedaba la esperanza salvadora de que quizás aún se pudiera leer el cuento en registro alegórico o simbólico, como un cuento de hadas o de Hawthorne, o bien en registro sicológico, como la confesión encubierta de una conciencia torturada. Lo intenté, pero no me recompensó. Todavía no sé qué tenía Wilde en la cabeza, en realidad. Lo que sí sé es que de hacerse la película como manda el buen sentido comercial, ha de triunfar, pues la historia en sí es original, sensacionalista y se presta a elucubraciones de sicología popular barata.

Otra cosa que sé es que yo mismo estoy, a cierto nivel, demasiado comprometido con algunas de esas supersticiones. Creo, por ejemplo, que la mujer que tiene los dientes salientes (overbite) es más apasionada, más loca que las otras. La explicación de tal creencia probablemente yace en lo atractivo que me resulta de por sí tal dentadura, es decir wishful thinking de andar por casa, con una pizca de feliz casualidad biográfica para sellar el trato. En rigor, nada en la autobiografía de Gene Tierney (Mademoiselle, vous devriez faire du cinéma) apoya tal hipótesis. Pero no se puede ver Shanghai Gesture sin creer, sería demasiada lástima que no fuese verdad.

Cuando nació mi hijo, algunas personas se autoexcluyeron de nuestra lista de tarjetas de Navidad, al insinuar que la forma de su cráneo era algo grotesca. Yo dije: malos genes, la mamá se desconcentró, el homúnculo no se sintió en casa. El mestizaje celta es una guerrilla genética que aguantamos con estoicismo los ingleses, y con frecuencia saca cabezas así, aun cuando buscamos aliadas estratégicas de ultramar. La mía es igual. Piensa en James Stewart (de orejas para atrás) y estás en camino. Una vez, en Barcelona, un joven mariquita me hizo un corte de pelo en forma de champiñón (fui "El Champiñón" en el Reina Victoria durante una semana) según el para "disimular" "esa forma de cabeza tan rara que tiene". Mi familia, vengándose de no sé qué agravio, todavía llama "cabeza de bala" a ese niño que fue mi primer amigo de la escuela.

Y yo le digo al niño: back-brained. Lo digo con cariño y tristeza. Mi esposa también habla de tristeza: es tema recurrente en nuestra casa. Según ella, hay peligro de que el pequeño termine llevando una vida tan triste como ha sido la mía (por lo solitaria, y vista desde su mirador que no es el mío). Y ello en parte porque el papá pronto ha de morir, y no hay dónde buscar resarcimiento financiero ante tal eventualidad, pero también porque su tardanza en hablar demuestra (ella no lo dice, ni lo razona, pero lo intuye) que el pobre tiene, como yo, esa mala estrella genética que predestina a tímido, a bonachón y a perdedor. Su cráneo es como esas casas del barrio de la Marta, donde la sala con puerta principal que da a la callejuela le brinda al visitante sólo cemento, un jarrón de agua, un par de sillas medio rotas, todo pobre y simpático. Y es detrás donde habita el resto, la parafernalia, el trastero de dudosa riqueza, de libros descuartizados, que un día se espantó y se instaló allá, fuera de la vista de los ladrones. En nuestra subespecie, el cerebro se esconde tras un desorden mental disfrazado de lacónica seriedad.

No es más anticientífico que el simplismo ése de la lateralización de las funciones cerebrales (right-brained, mi pie).

Y fue ese trastero occipital que traicioneramente se fracturó hace un año. Ahora, el niño anda con un lío de tirantes de mochila, pues hace unos días se volvió a caer de la cama y se quebró (lo que se dice quebrada, partida por completo) la clavícula. En este momento está bailando delante de la tele. Es demasiado pequeño para saberse malaventurado. Los dos andamos teletubificados que da gusto.

Volviendo a la Tierney: en El Fantasma y La Sra Muir, al final, cuando ella se muere, su afterlife arranca con un cuerpo espectral que en un segundo pierde cuarenta o cincuenta años. Mi hermana dice que esto es puro neoliberalismo, ese prejuicio abierto a favor de la juventud, siendo tal edad la de mayor consumismo. "Ese basureo de la vejez." Yo creo que se trata simplemente de esa superstición que es más arraigada que cualquier otra, la de que en un universo paralelo, podemos o podremos escoger algún día lo que queremos ser. Ella escoge la época en que fue bella y pudo imantarse de amor. De joven, tal vez, como yo, hubiera querido ser vieja, para poder escaquearse de sus implacables hormonas, para tener tranquilidad espiritual, para no depender tanto. Sólo que tal vejez nos la imaginábamos diferente, no como lo que resultó ser, una carrera extenuante contra el tiempo, una constante nostalgia de esa Edad Dorada en que uno podía vivir en ese cerebro-buhardilla dejando que la fachada se cuidara más o menos sola.

Comments

  1. Vaya, vaya, Don Endivio. Sólo felicitarte por un estupendo post. Yo, que conozco a más de un desahuciado inmerecedor, me solidarizo al punto de no poder añadir mucho más que silencio reverencial.

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