Debate sobre el poder
Era entre este artículo y unos espaguetis de hace tres días que están en la nevera, con olor a sandalias de backpacker alemán.
Creo que es llegada la hora de un debate cabal sobre el poder, para desenmarañar la interesada y torcida discusión que han planteado los grandes medios privados sobre el asunto.
Es llegada la hora de darse cuenta de que los debates cabales no se lanzan desde una columna de opinión de El Telégrafo, entre otras razones porque apenas nadie las lee.
Aparte, los debates se hacen para llegar a la verdad de un asunto, no para reafirmar prejucios. Para esto último, quédese con su columna.
Según los medios y sus plumíferos, ellos representan a la ciudadanía frente a los abusos del poder político. Se ven a sí mismos como la encarnación del bien y la libertad y señalan al poder político como la fuente del mal y la opresión.
Sospecho que a este autor le pondría en aprietos señalar donde algún medio o algún plumífero se haya anunciado como la encarnación del bien. Por si acaso, yo no me veo así. Me considero la encarnación del mal vestir, y a mucha honra.
Si los "medios" (mejor, los que se expresan a través de ellos) no representan a la ciudadanía frente a los abusos del poder político, entonces es tarea urgente crear medios que sí lo hagan. De lo que podemos estar seguros es que El Telégrafo no se aprestará a cumplir dicha función. Claro que si uno cree que el "abuso del poder político" es una imposibilidad, como parece intuir nuestro autor más adelante, la pregunta se vuelve ociosa.
Me encantaría saber de este autor cuál cree que es la función de una prensa libre en una democracia.
El poder político, en una democracia, es la encarnación de la voluntad soberana del pueblo. Puede ser criticado en sus errores, pero merece el respeto de todos y en especial de quienes dicen ser voceros de la opinión pública.
El poder político, en una democracia, no puede ser la encarnación de nada, pues una abstracción no puede "encarnarse" en otra abstracción. Sospecho que hasta a este autor le da cierta sensación de ridículo escribir que Rafael Correa Delgado "encarna" la voluntad del pueblo. En todo caso, sea éste o algún otro individuo o grupo el que "encarna" esa "voluntad soberana", es difícil que merezca gran consideración del lado de quienes son tratados sin el más mínimo respeto por parte suya. ¿O al señor Núñez no le enseñaron de pequeño que tienes que respetar si quieres que te respeten? Tal vez esta ley elemental se suspende en el caso de personas que encarnan cosas. Quién sabe.
Es bien quijotesco exigir que quien es insultado semanalmente extienda una exquisita cortesía al insultador, no menos que pretender que dichos insultos manifiestan la "voluntad del pueblo". Ya sé que es El Telégrafo, pero esforcémonos un poco: seamos un poco realistas.
¿Representan a esa opinión quienes sistemáticamente buscan desprestigiar a un gobierno electo y reelecto por las mayorías? ¿O en realidad son voceros de esos mínimos grupos de poder, de carácter familiar y oligárquico, que ejercen como dueños de los medios de comunicación?
No me consta que ningún medio en este país se jacte de ser "vocero de la opinión pública". Sabemos que no existe tal cosa como "opinión pública", así que tal pretensión sería ridículo. Lo que sí parecen representar es a la opinión de sus lectores; esto se deduce de la notable fidelidad de los mismos.
En todo caso, si un gobierno se muestra autoritario, entonces desprestigiarlo, por muy reelecto que sea, se puede considerar tarea digna de todo elogio. Nuevamente, me quedo sorprendido por la aparente ingenuidad de este autor. Una democracia necesita de oposición, de enfrentamiento de ideas y de pareceres, de contrapesos. Tiene, necesariamente, que existir una prensa crítica con el gobierno: si no la hay, olvídese de la palabra democracia, que ya le quedó grande a la miseria resultante.
Esto nos lleva a inquirir qué es el poder, dónde radica y quiénes lo ejercen. Norberto Bobbio reconocía la existencia de varios poderes, puesto que sostenía que el poder podía ser económico, ideológico o político, según proviniera “de la riqueza, del saber y de la fuerza”.
No estoy de acuerdo con esta ligereza de Bobbio, pues el "poder" que da la riqueza o el saber (o, llegados a eso, unas piernas espectaculares) es de muy otra índole al poder político, y aquí es una simple irrelevancia. El socialista, ya se sabe, mira con recelo, con temor y con envidia los dotes artísticos o intelectuales, la fuerza de la persuasión ajena, la influencia social, y desde luego la riqueza y el poder adquisitivo. Sin embargo, pace sus complejos al respecto, ni la riqueza ni el saber sirven para "dominar" o "manipular" a nadie, salvo a quien busca ser dominado o manipulado. En cambio, el poder político, basado en la fuerza, es el único que puede oprimir, sojuzgar, empobrecer, y destruir. Son categorías distintas.
(...) A medio camino entre el poder de la riqueza y el poder ideológico, están los medios de comunicación, que tienen de industria y comercio, por un lado, y de generación ideológica por otro, lo que les da un excepcional poder de control sobre la población.
El socialista siempre termina demostrando su desprecio hacia ese "pueblo" cuyos intereses dice defender. Una población capaz de ser "controlada" por simples medios de comunicación sería una población de borregos, no de seres humanos pensantes. Tengamos por lo menos esa mínima cortesía hacia nuestros conciudadanos como para considerarles tan capaces de resistirse a cualquier intento de manipulación y control como nosotros lo somos. Si Jorge Núñez no es controlado por los dueños de El Universo, no hay motivo por suponer que ningún paisano suyo lo será. Eso se llama una "non-issue".
Y está, finalmente, el poder político que surge de la democracia (“demos” = pueblo y “kratos” = poder). Este poder radica en el uso de la fuerza, que es tanto “fuerza legal”, que emana de la ley, como “fuerza armada”, que respalda la aplicación de la ley. Es, pues, un poder de naturaleza esencialmente coactiva, establecido por la sociedad para imponer la voluntad legítima de la mayoría. Y ahí radica la superioridad cualitativa del poder político: en que no es un “poder de hecho” sino un “poder de derecho”, que representa la voluntad popular, se guía por la ley y ostenta, por tanto, la mayor legitimidad en el mundo de los poderes sociales.
Hay mucho légerdemain aquí. "La sociedad" nunca "estableció" ese sistema coactivo descrito aquí: al contrario, le fue impuesto. (Recordemos que Ecuador, si bien ha tenido de vez en cuando la posibilidad de aprobar nuevas constituciones, nunca ha podido votar por una constitución que aniquilara por completo las estructuras de poder existentes. A lo sumo, ha podido escoger entre modelos de opresión ligeramente distintos.) Constatemos también que, si el objetivo del poder político en este país es imponer la voluntad de "la mayoría" a como dé lugar, sin tener en cuenta los derechos de las minorías, entonces ni el propio Bobbio, ni otros muchos teóricos políticos (Hannah Arendt entre ellos), le concedieran el apelativo de democracia: no lo merece. Pero, eso sí, resuelve el debate de modo muy satisfactorio, pues si el gobierno "encarna" la voluntad mayoritaria del pueblo, y esa voluntad es soberana y sagrada, entonces su poder es total, y no cabe ninguna disensión: somos todos esclavos de Su Majestad, y el "abuso" de tal poder queda como simple error lógico, pues quien encarna la razón no puede ofender contra ella. Quod erat, se supone, de parte del autor, demonstrandum.
Claro que existen personas ante las que esa aplastante "legitimidad" derivada de las mayorías y puesta al servicio de la opresión y de la aniquilación de la diferencia, le valdrá, en términos coloquiales, verga, pues tales personas consideran que sus derechos son suyos, no dádivas de los gobernantes, e innegociables, por mucho que la constitución, las leyes votados por esbirros alzamanos y las rabietas del Primer Mandatario aseguren lo contrario.
Empero, este poder tiene una desventaja frente a los poderes fácticos: es un poder permanente, pero de ejercicio transitorio, cuyos titulares llegan y pasan,
cuénteselo a Chávez
mientras que los círculos oligárquicos o las grandes familias con poder mediático son permanentes, manejan fuertes redes de poder e influencia y empujan sostenidamente sus intereses.
Qué raro. Todos sabemos que en una democracia, lo correcto es desatender desastrosamente tus propios intereses. ¿En qué estarán pensando?
Es más, no les basta con el poder que ya poseen por sí mismos, sino que regularmente buscan controlar en su favor el poder político.
Si esto es cierto (y hay indicios de que así sea) lo mejor que podemos hacer es intentar reducir a su mínima expresión ese poder político, luchar contra él, desobedecerlo, y hacer lo posible por desmantelarlo. No mostrarle la extrema servilidad que caracteriza a los columnistas de El Telégrafo.
Por tanto, cuando desde estos poderes fácticos se habla contra el poder político hay una sola explicación: que ese poder no está a su servicio, sino que, por el contrario, está al servicio del pueblo y combate a las oligarquías. Así de simple.
Si vives en la tierra de Peter Pan, así de simple, en efecto. En otras tierras, hay más posibilidades que la falsa disyuntiva "servir a los dueños de los medios, o al pueblo". En algunas, hasta se susurra que quienes están en el poder sirven a sus propios intereses (o a los de sus hermanos). Pero no le digamos al Sr Núñez nada al respecto: puede perder la inocencia y todo.
Creo que es llegada la hora de un debate cabal sobre el poder, para desenmarañar la interesada y torcida discusión que han planteado los grandes medios privados sobre el asunto.
Es llegada la hora de darse cuenta de que los debates cabales no se lanzan desde una columna de opinión de El Telégrafo, entre otras razones porque apenas nadie las lee.
Aparte, los debates se hacen para llegar a la verdad de un asunto, no para reafirmar prejucios. Para esto último, quédese con su columna.
Según los medios y sus plumíferos, ellos representan a la ciudadanía frente a los abusos del poder político. Se ven a sí mismos como la encarnación del bien y la libertad y señalan al poder político como la fuente del mal y la opresión.
Sospecho que a este autor le pondría en aprietos señalar donde algún medio o algún plumífero se haya anunciado como la encarnación del bien. Por si acaso, yo no me veo así. Me considero la encarnación del mal vestir, y a mucha honra.
Si los "medios" (mejor, los que se expresan a través de ellos) no representan a la ciudadanía frente a los abusos del poder político, entonces es tarea urgente crear medios que sí lo hagan. De lo que podemos estar seguros es que El Telégrafo no se aprestará a cumplir dicha función. Claro que si uno cree que el "abuso del poder político" es una imposibilidad, como parece intuir nuestro autor más adelante, la pregunta se vuelve ociosa.
Me encantaría saber de este autor cuál cree que es la función de una prensa libre en una democracia.
El poder político, en una democracia, es la encarnación de la voluntad soberana del pueblo. Puede ser criticado en sus errores, pero merece el respeto de todos y en especial de quienes dicen ser voceros de la opinión pública.
El poder político, en una democracia, no puede ser la encarnación de nada, pues una abstracción no puede "encarnarse" en otra abstracción. Sospecho que hasta a este autor le da cierta sensación de ridículo escribir que Rafael Correa Delgado "encarna" la voluntad del pueblo. En todo caso, sea éste o algún otro individuo o grupo el que "encarna" esa "voluntad soberana", es difícil que merezca gran consideración del lado de quienes son tratados sin el más mínimo respeto por parte suya. ¿O al señor Núñez no le enseñaron de pequeño que tienes que respetar si quieres que te respeten? Tal vez esta ley elemental se suspende en el caso de personas que encarnan cosas. Quién sabe.
Es bien quijotesco exigir que quien es insultado semanalmente extienda una exquisita cortesía al insultador, no menos que pretender que dichos insultos manifiestan la "voluntad del pueblo". Ya sé que es El Telégrafo, pero esforcémonos un poco: seamos un poco realistas.
¿Representan a esa opinión quienes sistemáticamente buscan desprestigiar a un gobierno electo y reelecto por las mayorías? ¿O en realidad son voceros de esos mínimos grupos de poder, de carácter familiar y oligárquico, que ejercen como dueños de los medios de comunicación?
No me consta que ningún medio en este país se jacte de ser "vocero de la opinión pública". Sabemos que no existe tal cosa como "opinión pública", así que tal pretensión sería ridículo. Lo que sí parecen representar es a la opinión de sus lectores; esto se deduce de la notable fidelidad de los mismos.
En todo caso, si un gobierno se muestra autoritario, entonces desprestigiarlo, por muy reelecto que sea, se puede considerar tarea digna de todo elogio. Nuevamente, me quedo sorprendido por la aparente ingenuidad de este autor. Una democracia necesita de oposición, de enfrentamiento de ideas y de pareceres, de contrapesos. Tiene, necesariamente, que existir una prensa crítica con el gobierno: si no la hay, olvídese de la palabra democracia, que ya le quedó grande a la miseria resultante.
Esto nos lleva a inquirir qué es el poder, dónde radica y quiénes lo ejercen. Norberto Bobbio reconocía la existencia de varios poderes, puesto que sostenía que el poder podía ser económico, ideológico o político, según proviniera “de la riqueza, del saber y de la fuerza”.
No estoy de acuerdo con esta ligereza de Bobbio, pues el "poder" que da la riqueza o el saber (o, llegados a eso, unas piernas espectaculares) es de muy otra índole al poder político, y aquí es una simple irrelevancia. El socialista, ya se sabe, mira con recelo, con temor y con envidia los dotes artísticos o intelectuales, la fuerza de la persuasión ajena, la influencia social, y desde luego la riqueza y el poder adquisitivo. Sin embargo, pace sus complejos al respecto, ni la riqueza ni el saber sirven para "dominar" o "manipular" a nadie, salvo a quien busca ser dominado o manipulado. En cambio, el poder político, basado en la fuerza, es el único que puede oprimir, sojuzgar, empobrecer, y destruir. Son categorías distintas.
(...) A medio camino entre el poder de la riqueza y el poder ideológico, están los medios de comunicación, que tienen de industria y comercio, por un lado, y de generación ideológica por otro, lo que les da un excepcional poder de control sobre la población.
El socialista siempre termina demostrando su desprecio hacia ese "pueblo" cuyos intereses dice defender. Una población capaz de ser "controlada" por simples medios de comunicación sería una población de borregos, no de seres humanos pensantes. Tengamos por lo menos esa mínima cortesía hacia nuestros conciudadanos como para considerarles tan capaces de resistirse a cualquier intento de manipulación y control como nosotros lo somos. Si Jorge Núñez no es controlado por los dueños de El Universo, no hay motivo por suponer que ningún paisano suyo lo será. Eso se llama una "non-issue".
Y está, finalmente, el poder político que surge de la democracia (“demos” = pueblo y “kratos” = poder). Este poder radica en el uso de la fuerza, que es tanto “fuerza legal”, que emana de la ley, como “fuerza armada”, que respalda la aplicación de la ley. Es, pues, un poder de naturaleza esencialmente coactiva, establecido por la sociedad para imponer la voluntad legítima de la mayoría. Y ahí radica la superioridad cualitativa del poder político: en que no es un “poder de hecho” sino un “poder de derecho”, que representa la voluntad popular, se guía por la ley y ostenta, por tanto, la mayor legitimidad en el mundo de los poderes sociales.
Hay mucho légerdemain aquí. "La sociedad" nunca "estableció" ese sistema coactivo descrito aquí: al contrario, le fue impuesto. (Recordemos que Ecuador, si bien ha tenido de vez en cuando la posibilidad de aprobar nuevas constituciones, nunca ha podido votar por una constitución que aniquilara por completo las estructuras de poder existentes. A lo sumo, ha podido escoger entre modelos de opresión ligeramente distintos.) Constatemos también que, si el objetivo del poder político en este país es imponer la voluntad de "la mayoría" a como dé lugar, sin tener en cuenta los derechos de las minorías, entonces ni el propio Bobbio, ni otros muchos teóricos políticos (Hannah Arendt entre ellos), le concedieran el apelativo de democracia: no lo merece. Pero, eso sí, resuelve el debate de modo muy satisfactorio, pues si el gobierno "encarna" la voluntad mayoritaria del pueblo, y esa voluntad es soberana y sagrada, entonces su poder es total, y no cabe ninguna disensión: somos todos esclavos de Su Majestad, y el "abuso" de tal poder queda como simple error lógico, pues quien encarna la razón no puede ofender contra ella. Quod erat, se supone, de parte del autor, demonstrandum.
Claro que existen personas ante las que esa aplastante "legitimidad" derivada de las mayorías y puesta al servicio de la opresión y de la aniquilación de la diferencia, le valdrá, en términos coloquiales, verga, pues tales personas consideran que sus derechos son suyos, no dádivas de los gobernantes, e innegociables, por mucho que la constitución, las leyes votados por esbirros alzamanos y las rabietas del Primer Mandatario aseguren lo contrario.
Empero, este poder tiene una desventaja frente a los poderes fácticos: es un poder permanente, pero de ejercicio transitorio, cuyos titulares llegan y pasan,
cuénteselo a Chávez
mientras que los círculos oligárquicos o las grandes familias con poder mediático son permanentes, manejan fuertes redes de poder e influencia y empujan sostenidamente sus intereses.
Qué raro. Todos sabemos que en una democracia, lo correcto es desatender desastrosamente tus propios intereses. ¿En qué estarán pensando?
Es más, no les basta con el poder que ya poseen por sí mismos, sino que regularmente buscan controlar en su favor el poder político.
Si esto es cierto (y hay indicios de que así sea) lo mejor que podemos hacer es intentar reducir a su mínima expresión ese poder político, luchar contra él, desobedecerlo, y hacer lo posible por desmantelarlo. No mostrarle la extrema servilidad que caracteriza a los columnistas de El Telégrafo.
Por tanto, cuando desde estos poderes fácticos se habla contra el poder político hay una sola explicación: que ese poder no está a su servicio, sino que, por el contrario, está al servicio del pueblo y combate a las oligarquías. Así de simple.
Si vives en la tierra de Peter Pan, así de simple, en efecto. En otras tierras, hay más posibilidades que la falsa disyuntiva "servir a los dueños de los medios, o al pueblo". En algunas, hasta se susurra que quienes están en el poder sirven a sus propios intereses (o a los de sus hermanos). Pero no le digamos al Sr Núñez nada al respecto: puede perder la inocencia y todo.
Estimado Endivio:
ReplyDeleteGenial!!!, como siempre le diste en clavo, seguramente el pobrecito de Nuñez aún cree en papa noel y en los pajaros preñados, estos magajos son tan cándidos que hasta inspiran ternura y compasión... imagino que se deben autodeleitar pensando en "origen divino" que le aqueja al patán, llorón y embaucador de Rafico.
Atte,
Marco A.
Hermoso olvido de alternativas del Señor Núñez.
ReplyDeletePara esta gente casi es una inmoralidad, que en tiempos de revoluciones socialistas, exista una prensa libre e independiente; con razón las palabras de Patiño,
¨desgraciadamente...¨.