El coronel no tiene quien le lleve a término

Los tigres (los de la ira, no confundibles con los caballos de la instrucción) no reconocen nuestro derecho a la vida (si lo dudas, ponlos a prueba. Darwin estaría encantado contigo). Nosotros, tampoco el derecho de ellos (según recientes premoniciones, están destinados a desaparecer como especie en los próximos veinte años. Lamento que no estaré para celebrarlo). Los derechos nacen cuando un magnífico, como en la película, levanta el dedo y dice "uno" (luego vienen otros, pero ese uno es imprescindible, así como su rifle y su puntería). A falta de ese magnífico, estamos como aquellos futuros humanos descritos por HG Wells, que contemplan impávidos el ahogamiento de una bella mujer en el río. No conocen otra cosa. Derechos les queda grande. Humanos, quizás incluso también. Ahí está.

En la discusión en torno al aborto, todos están con el dedito levantado coquetamente en referencia a algún que otro derecho, pero entre nosotros, simios aventajados, hay mucho de emulación, mucho oportunismo, mucha arriére-pensée. Uno está en contra del aborto legal porque ese miedo a concebir de parte de alguna mujer hace buena pareja con sus propios miedos, y la vuelve a aquélla más humana, tal vez más controlable. Otro está a favor por la misma razón (porque desconfiar del prejuicio propio es de sabios, escuchó, escuché). Otro no, porque ha parido una muela. A favor del aborto legal están, necesariamente, los loros biempensantes a tiempo completo. Hay mucho campo para el pose, la postura y el yo también. Por eso conviene ser desapasionado, cosa que normalmente queda fuera de mi repertorio. Ensayemos.

En el rincón azul: no al aborto pagado por el contribuyente. Un rotundo fuck off al "derecho a que no me miren mal". Una patada donde duele para los novios que abusan de sus armas de persuasión a conveniencia propia. Prescindamos también del innecesario atropello a la conciencia del médico que no se convence. Aboguemos piadosamente por el látex, por la abstinencia y por la zoofilia profiláctica, todo lo que quieras. Aun así, nos quedamos con un posible negocio de médicos que sí se convencen, frente a un mercado inagotable de clientes que por una u otra (posiblemente, para salvar su vida) también. Negocio, como otros muchos, tan sucio como milenario (lean La Celestina). Lo que se defiende es, pues, lo sacrosanto de la transacción entre vendedor y comprador, en ausencia de consideraciones de mayor envergadura. Nada más. En el otro rincón, el que dice traer al ring esa precisa consideración, de índole ética, codificada de la siguiente manera: no matarás. Suena la campana.

- ¿No matar a quién? ¿Al tigre que nos tiene acorralados?

- A esa inocente vida humana.

- ¿Que empezó cuándo?

- No importa. Empezó.

- Sí importa. De disponer todo conato de vida de reclamos mosaicos, estamos comiendo arena. De tenerlos todo proyecto de vida humana, estamos en territorio de los Monty Python (Every Sperm is Sacred).

- Cigoto, pues. Persona.

- ¿Por?

- Viable.

- Un quizás no es un ser. Miren a Lucio. Y persona significa máscara. Yo no soy una persona. Tú tampoco, en lo íntimo.

- ¿Entonces? ¿SNC? ¿Uñitas? ¿Álgebra?

- No sé. Eso que quiere ser humano. Que realmente quiere.

- ¿Cuándo?

- Te digo que no sé. No recuerdo. Hace mucho que me cansé de esto, de ser hombre.

- No sabes, pero impones...

- No. Eso haces tú.

- ¿Qué cosa?

- Agujas de tricotar. Infecciones. Baños de ginebra. Carnicerías.

- Utilitarismo.

- Realismo. ¿Crees en la familia?

- Claro.

- Seamos familias, pues. No cárceles de indeseados.

- El mal comienzo cambia, supera. Mire a Beethoven.

- Mire al parvulito Schicklgruber. No supongamos.

- No supongo. Otorgo beneficio de duda.

- No te corresponde. Corresponde a la interesada.

- Por encima de ella están los derechos ajenos.

- Metafísica.

- Sociedad.

- Suciedad.

- Estiércol.

Campana (¡Dunng!). Aprestan toallas. Me retiro.

La coincidencia final, sin embargo, me parece interesante. Mi hijo, estando en el vientre de la mamá, siendo éste bien cubierto de vaselina y con aquella pantalla en funcionamiento, se tapaba la cara. Fue el momento de la identificación. Ése era yo, el gesto lo demostraba; pero un yo todavía con unas misteriosas ganas de llegar a ser algo: todo aquello que yo he olvidado y que se tiene por vida. Quería ser algo: pero fuera lo que fuera ese algo, no era nada de lo que en la vida le espera. Se tapaba los ojos. Yo también lo hago.

Sus derechos hace mucho le fueron concedidos, entre nosotros, los padres, y aquellos vigilantes de la CTG que nos escoltaron por el puente hacia el Roberto Gilbert. Eso es puro trámite, bautismo, folclorismo. A los tres años, ya el diagnóstico (espectro autista, NOS) planea como buitre permanente, decorado de cuna. Leí sobre el asesinato del hijo de Barcos con aquellos sentimientos encontrados que todo progenitor tiene y sólo ellos. Deseamos tanto que vivan... y que no vivan, que no vivan lo que les toca vivir, esto. Hay que empezar en este punto, en este lugar, no en la defensa de ideologías de taberna. Hay que arrancar con el conocimiento certero de que esta vida es una puta mierda, y que lo único que hay es intentar soportarla, anestesiarla, amenizarla, apoyarnos mutuamente a través de este valle de lágrimas. Toda postura que nace de este conocimiento, por contradictorio que parezcan en conjunto, va por buen camino. Lean La Peste. No tengo nada más que decir al respecto.

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