Hércules
Puede que ya no me quede mucho más de esto, de mi Saison en Ecuador. Esta mañana me entrevistaron para un empleo que podría concretarse en Granada o en Málaga (ojalá Granada). Hay una invitación de última hora al Sultanato de Oman, y el fallback option del Reino hUnDido en enero. Ya veremos.
Hace poco conocí a un ciudadano italiano acá en Durán. El tipo hace un al pesto riquísimo. Vive en una casa al lado del río, de construcción propia (es albañil), con seis gatos. Le pregunté por su experiencia de vivir seis años en este país (más o menos el mismo período que yo). La respuesta fue predecible. Para construir su casa, en diferentes momentos contrató a varios obreros más. Todos ellos, incluyendo uno que es vecino suyo, le robaron lo que bien pudieron. (Snap.) Al abandonar su casa durante un día, hace poco, volvió para encontrar la puerta de hierro forzada, mediante pata de cabra, y la casa vaciada. (Mutatis mutandis, snap.) Coincidimos en muchos tópicos. Es ingenuo "prestar" dinero por estos lares: nunca te lo devolverán, así que todo préstamo que hagas, apúntalo como regalo. Le conté mis propios asombros y descubrimientos, años atrás. La discusión acalorada que sostuve con un electricista al que llamé "ladrón" cuando propuso instalar en mi casa un dispositivo para falsear el consumo eléctrico (él consideraba que a una empresa eléctrica no se la puede "robar"; maravillado, posteé sobre esto hace algún tiempo). Mi hilaridad al encontrar pancartas anunciando que tal o cual obra vial o de construcción o reparación de edificios escolares fue "obra de" Ing. Lucio Gutiérrez, como si él personalmente hubiera colocado cada bloque y cada pilar. Coincidimos también en el análisis: la sabiduría criolla no es bien bien amoral, sino que se fundamenta en una cómoda actitud victimista. El robo a la empresa es justificado (no es robo) porque ésta tiene "harta plata"; el robo a cualquier extranjero, lo mismo, pues ya se sabe que los extranjeros, sean albañiles o profesores, todos tienen, por el hecho de ser extranjeros, "harta plata". Casi el único que no tiene "harta plata" es el ecuatoriano de a pie, se supone que porque el resto del mundo se ha aprovechado hace tiempo de su inocencia y su bondad para robarle a él primero. Se sabe, además, que tal actitud se refleja en las más altas esferas del país: si no pagamos la deuda externa, esto se justifica porque los acreedores también tienen, todos, "harta plata", así que pagarles a ellos, eso sí, fuera injusticia. Y así de seguida.
Cuando me vaya del país, naturalmente, es lo que contaré. Eso, y el hecho algo pintoresco de que hay ahora en el Ecuador un hombre semidivino, una especie de Hércules, vaya, a quien se le atribuye la construcción, a solas, de un nuevo y reluciente puente que une Bahía con San Vicente. En serio: veo que desde los más insospechados lados, se le felicita a ese tal Correa "por haber hecho ese puente". Casi da pena tener que informar a tales personas que quienes hicieron el puente fueron unos obreros contratados por una empresa contratada, todo ello pagado con dinero del contribuyente, a quien a nadie se le ocurre felicitar. Es cuando a esas ingenuas personas uno tiene ganas de decirles: viajen. Pónganse a ver mundo. Vayan a otros países. Observarán que en ningún lado, salvo en países subdesarrollados y tercermundistas, los gobiernos (y menos los Jefes de Estado) se congratulan por "hacer obras". En ningún país democrático las obras se adornan con pancartas anunciando la tal obra como "de Lucio", "de Rafael", "de Fulanito". ¿Por qué? Porque ellos no hacen las obras: a lo sumo, las deciden, las priorizan, les destinan fondos que, sin embargo, no son suyos. Y en todo este proceso, lo que están haciendo no es ninguna hazaña, ningún favor, ninguna generosidad. Lo que hacen los políticos bajo esta rúbrica lo hacen porque ES SU JODIDO TRABAJO. Las felicitaciones ya las cobraron hace rato, en contante y sonante. Thank you, suckers.
A ver...
Érase una vez un viejo, que vivía en un pueblo algo alejado, y tenía unas tierras, y unas vacas lecheras, de donde esperaba sacar suficientes ingresos para ayudar a sus hijos, que eran estudiantes en la gran ciudad. Este hombre, muy trabajador, casi nunca tenía tiempo para ir a hacer las compras de la semana en el supermercado de la ciudad vecina, así que solía tener encargado a algún muchacho del pueblo para que fuera cada sábado, con la lista en mano, a comprar por él. Desgraciadamente, en varias ocasiones había tenido que despedir intempestivamente al muchacho porque veía que cuando llegaban las fundas de compras, las cuentas no cuadraban. Él siempre pagaba un plus bastante generoso a estos muchachos, pero sin embargo, la mayoría abusaban, y se embolsillaban algunos dólares de más, falseando luego los tíquets de modo bastante burdo.
Sin embargo, todo esto se resolvió cuando vino a verle un nuevo vecino, de mediana edad, que parecía muy respetable y decía que era economista.
Este hombre le ofreció, risueño, a resolver el problema trayendo las compras cada sábado, ya que él decía que sabía dónde estaban las mejores ofertas en comida y que de todas maneras él trabajaba en la ciudad, así que no era ninguna molestia. Incluso desdeñó el ofrecimiento del viejo a pagarle diez dólares por la encomienda, quedándose finalmente en la mitad.
El primer sábado, el viejo se asombró de ver tantas y tantas fundas que traía el vecino. Éste se rió. "Veo que esos muchachos le han estado tomando el pelo, viejo," dijo. "Todo esto y más se puede comprar con esos sesenta que usted me dio." El viejo le agradeció encarecidamente, luego se puso, a solas, a sacar las compras. Enseguida se dio cuenta de que, a más de lo que estaba en la lista, había algunas cosas que él no había pedido y que, en verdad, no le servían de mucho. Había un diario que él no acostumbraba leer; había un nuevo celular, de colores alegres pero que no consiguió hacer funcionar. Había una caja de chocolates belgas (él era diabético); había incluso una tarjeta que anunciaba una subscripción de cinco años a una revista con el curioso nombre de La Cadena. Pero no dejó de pensar que ese vecino suyo debía de ser un mago de la economía y del ahorro, pues sus estanterías ahora quedaban mucho mejor surtidos que antes.
El sábado siguiente, el vecino volvió a venir con el carro cargado de fundas... sólo que ahora era otro carro. El vecino había comprado un Mercedes último modelo. Se notaba que al tipo le iba bien el negocio suyo, fuera lo que fuera. Esta vez, el economista aceptó quedarse a tomar una cerveza, y de paso comentó que necesitaba la firma del viejo para algunos asuntos que había descubierto podrían beneficiarle en mucho. Confiado, el otro firmó esos papeles sin darle más importancia al tema.
Cuando estaba a punto de marcharse, el vecino se quedó mirando ensimismado el televisor del anciano. "A ese televisor suyo le hace falta un arreglito," dijo. "Mire, se lo llevo y en unos días lo tendrá como nuevo, con acceso al doble de canales de ahora."
"Llévatelo nomás," le respondió el viejo, ansioso por guardar las compras.
Y así empezó lo que pronto devino en ritual. Cada sábado, el vecino buscaba un pretexto para llevarse algun objeto de la casa del viejo, sea porque necesitaba un arreglo, sea porque le hacía falta un toque de limpieza. Con el tiempo, las excusas por la no devolución de esos objetos se multiplicaban. Por otra parte, en las fundas de las compras había cada vez menos comida, y cada vez más caprichos del propio vecino; y a todo esto, hacía tiempo que le había pedido un presupuesto más amplio, alegando crisis e inflación. Al final, el viejo, ya muy confuso, decidió tomar el toro por los cuernos y preguntarle al vecino qué estaba haciendo con su plata, y por qué no se limitaba a traer lo que ponía en su lista.
El vecino se puso serio, y sacó unos papeles del bolsillo. "Mira esto, viejo," le dijo. "Éstos son los tiquets de compra de algunos de los muchachos que antes dizque te ayudaban. Ahora, mira esto. Yo estoy comprando cuatro veces más que ellos. Qué te parece esto."
El viejo dijo: "Me parece que como se trata de mi plata, usted debería buscar de gastar cuatro veces menos que ellos, para que yo me ahorre lo que pueda para mis hijos. En lugar de eso, se jacta de gastar incluso más. Esto no me parece lógico."
"Pero tú ahora tienes lo que se dice buen vivir, viejo" dijo el vecino con su inquebrantable sonrisa, y se marchó riéndose.
La semana siguiente, como habían acordado hacía tiempo, un amigo del economista, de origen venezolano, vino de visita y se instaló en casa del viejo, pues al vecino no le sobraban habitaciones. El otro día, el economista le informó al anciano (sin precisamente pedirle permiso, pues su trato con el tiempo había llegado a ser de lo más familiar) que iban a hacer una fiesta en su casa, con presencia de algunos personajes importantes de la comarca. Al viejo se le sugería no salir de su habitación, pues su aspecto algo fúnebre podría desentonar. Así se hizo. Llegaron unos quince notables a la fiesta, comieron bien, y se dedicaron a tomar esos lujosos vinos que habían ido apareciendo en las fundas de compra del sábado desde hacía tiempo. EL viejo, que deambulaba por su habitación, de vez en cuando escuchaba alguna brizna de conversación que traspasaba la puerta de madera, cerrada con llave desde fuera.
El día siguiente, el anciano, ya desesperado, se plantó delante del vecino, y dijo:
"Exijo una explicación."
El vecino le miró con algo de sorna. "¿Cuál es tu problema, viejo?"
"Quiero saber por qué, ayer, tanto usted como ese amigo suyo que ahora duerme en mi habitación, se referían a esta casa como suya, y a mis terrenos como suyos, y a mis vacas lecheras como de su propiedad?"
El vecino se rió. "Porque, técnicamente, así son las cosas. Usted firmó hace tiempo los documentos de traspaso, ¿o ya no se acuerda? Pero tranquilo, todo está en buenas manos, y la hipoteca en menos de treinta años está pagada. Si dudas de mí, recuerda lo que te pasaba con esos muchachos que te robaban..."
"Señor, yo en ningún momento le autoricé para que se apropiase de lo mío."
"Claro que sí lo hiciste. Y con mucha razón, pues al fin y al cabo, con viejos idiotas como tú jugando a propietarios estas tierras tan valiosas se hubiera ido a la ruina en un santiamén. Es obvio que necesitas a quien te lo administre todo. Y hablando de eso, el viernes habrá otra fiesta. Si quieres te busco un uniforme de mayordomo y podrás ayudar repartiendo los bocados y el jerez. Así por fin servirás para algo útil. En realidad, no es sólo fiesta, pues allí habrá unos hombres de negocio chinos a los que pienso cederles la mitad de esas vacas, que al fin y al cabo para eso las tenía, para las deudas puntuales. Mi nuevo BMW no se paga solo, ¿sabes?"
El viejo se había quedado sin palabras.
"Y viejo," prosiguió el otro, impertérrito, "recuerda que todo lo que hay en esta casa, absolutamente todo, YO TE LO COMPRÉ."
El viejo recobró la voz lo suficiente para decir: "¿Y mi televisor?"
"Sufrió un golpe," le respondió crípticamente su nuevo amo, y se largó deshaciéndose en sonoras carcajadas.
Hace poco conocí a un ciudadano italiano acá en Durán. El tipo hace un al pesto riquísimo. Vive en una casa al lado del río, de construcción propia (es albañil), con seis gatos. Le pregunté por su experiencia de vivir seis años en este país (más o menos el mismo período que yo). La respuesta fue predecible. Para construir su casa, en diferentes momentos contrató a varios obreros más. Todos ellos, incluyendo uno que es vecino suyo, le robaron lo que bien pudieron. (Snap.) Al abandonar su casa durante un día, hace poco, volvió para encontrar la puerta de hierro forzada, mediante pata de cabra, y la casa vaciada. (Mutatis mutandis, snap.) Coincidimos en muchos tópicos. Es ingenuo "prestar" dinero por estos lares: nunca te lo devolverán, así que todo préstamo que hagas, apúntalo como regalo. Le conté mis propios asombros y descubrimientos, años atrás. La discusión acalorada que sostuve con un electricista al que llamé "ladrón" cuando propuso instalar en mi casa un dispositivo para falsear el consumo eléctrico (él consideraba que a una empresa eléctrica no se la puede "robar"; maravillado, posteé sobre esto hace algún tiempo). Mi hilaridad al encontrar pancartas anunciando que tal o cual obra vial o de construcción o reparación de edificios escolares fue "obra de" Ing. Lucio Gutiérrez, como si él personalmente hubiera colocado cada bloque y cada pilar. Coincidimos también en el análisis: la sabiduría criolla no es bien bien amoral, sino que se fundamenta en una cómoda actitud victimista. El robo a la empresa es justificado (no es robo) porque ésta tiene "harta plata"; el robo a cualquier extranjero, lo mismo, pues ya se sabe que los extranjeros, sean albañiles o profesores, todos tienen, por el hecho de ser extranjeros, "harta plata". Casi el único que no tiene "harta plata" es el ecuatoriano de a pie, se supone que porque el resto del mundo se ha aprovechado hace tiempo de su inocencia y su bondad para robarle a él primero. Se sabe, además, que tal actitud se refleja en las más altas esferas del país: si no pagamos la deuda externa, esto se justifica porque los acreedores también tienen, todos, "harta plata", así que pagarles a ellos, eso sí, fuera injusticia. Y así de seguida.
Cuando me vaya del país, naturalmente, es lo que contaré. Eso, y el hecho algo pintoresco de que hay ahora en el Ecuador un hombre semidivino, una especie de Hércules, vaya, a quien se le atribuye la construcción, a solas, de un nuevo y reluciente puente que une Bahía con San Vicente. En serio: veo que desde los más insospechados lados, se le felicita a ese tal Correa "por haber hecho ese puente". Casi da pena tener que informar a tales personas que quienes hicieron el puente fueron unos obreros contratados por una empresa contratada, todo ello pagado con dinero del contribuyente, a quien a nadie se le ocurre felicitar. Es cuando a esas ingenuas personas uno tiene ganas de decirles: viajen. Pónganse a ver mundo. Vayan a otros países. Observarán que en ningún lado, salvo en países subdesarrollados y tercermundistas, los gobiernos (y menos los Jefes de Estado) se congratulan por "hacer obras". En ningún país democrático las obras se adornan con pancartas anunciando la tal obra como "de Lucio", "de Rafael", "de Fulanito". ¿Por qué? Porque ellos no hacen las obras: a lo sumo, las deciden, las priorizan, les destinan fondos que, sin embargo, no son suyos. Y en todo este proceso, lo que están haciendo no es ninguna hazaña, ningún favor, ninguna generosidad. Lo que hacen los políticos bajo esta rúbrica lo hacen porque ES SU JODIDO TRABAJO. Las felicitaciones ya las cobraron hace rato, en contante y sonante. Thank you, suckers.
A ver...
Érase una vez un viejo, que vivía en un pueblo algo alejado, y tenía unas tierras, y unas vacas lecheras, de donde esperaba sacar suficientes ingresos para ayudar a sus hijos, que eran estudiantes en la gran ciudad. Este hombre, muy trabajador, casi nunca tenía tiempo para ir a hacer las compras de la semana en el supermercado de la ciudad vecina, así que solía tener encargado a algún muchacho del pueblo para que fuera cada sábado, con la lista en mano, a comprar por él. Desgraciadamente, en varias ocasiones había tenido que despedir intempestivamente al muchacho porque veía que cuando llegaban las fundas de compras, las cuentas no cuadraban. Él siempre pagaba un plus bastante generoso a estos muchachos, pero sin embargo, la mayoría abusaban, y se embolsillaban algunos dólares de más, falseando luego los tíquets de modo bastante burdo.
Sin embargo, todo esto se resolvió cuando vino a verle un nuevo vecino, de mediana edad, que parecía muy respetable y decía que era economista.
Este hombre le ofreció, risueño, a resolver el problema trayendo las compras cada sábado, ya que él decía que sabía dónde estaban las mejores ofertas en comida y que de todas maneras él trabajaba en la ciudad, así que no era ninguna molestia. Incluso desdeñó el ofrecimiento del viejo a pagarle diez dólares por la encomienda, quedándose finalmente en la mitad.
El primer sábado, el viejo se asombró de ver tantas y tantas fundas que traía el vecino. Éste se rió. "Veo que esos muchachos le han estado tomando el pelo, viejo," dijo. "Todo esto y más se puede comprar con esos sesenta que usted me dio." El viejo le agradeció encarecidamente, luego se puso, a solas, a sacar las compras. Enseguida se dio cuenta de que, a más de lo que estaba en la lista, había algunas cosas que él no había pedido y que, en verdad, no le servían de mucho. Había un diario que él no acostumbraba leer; había un nuevo celular, de colores alegres pero que no consiguió hacer funcionar. Había una caja de chocolates belgas (él era diabético); había incluso una tarjeta que anunciaba una subscripción de cinco años a una revista con el curioso nombre de La Cadena. Pero no dejó de pensar que ese vecino suyo debía de ser un mago de la economía y del ahorro, pues sus estanterías ahora quedaban mucho mejor surtidos que antes.
El sábado siguiente, el vecino volvió a venir con el carro cargado de fundas... sólo que ahora era otro carro. El vecino había comprado un Mercedes último modelo. Se notaba que al tipo le iba bien el negocio suyo, fuera lo que fuera. Esta vez, el economista aceptó quedarse a tomar una cerveza, y de paso comentó que necesitaba la firma del viejo para algunos asuntos que había descubierto podrían beneficiarle en mucho. Confiado, el otro firmó esos papeles sin darle más importancia al tema.
Cuando estaba a punto de marcharse, el vecino se quedó mirando ensimismado el televisor del anciano. "A ese televisor suyo le hace falta un arreglito," dijo. "Mire, se lo llevo y en unos días lo tendrá como nuevo, con acceso al doble de canales de ahora."
"Llévatelo nomás," le respondió el viejo, ansioso por guardar las compras.
Y así empezó lo que pronto devino en ritual. Cada sábado, el vecino buscaba un pretexto para llevarse algun objeto de la casa del viejo, sea porque necesitaba un arreglo, sea porque le hacía falta un toque de limpieza. Con el tiempo, las excusas por la no devolución de esos objetos se multiplicaban. Por otra parte, en las fundas de las compras había cada vez menos comida, y cada vez más caprichos del propio vecino; y a todo esto, hacía tiempo que le había pedido un presupuesto más amplio, alegando crisis e inflación. Al final, el viejo, ya muy confuso, decidió tomar el toro por los cuernos y preguntarle al vecino qué estaba haciendo con su plata, y por qué no se limitaba a traer lo que ponía en su lista.
El vecino se puso serio, y sacó unos papeles del bolsillo. "Mira esto, viejo," le dijo. "Éstos son los tiquets de compra de algunos de los muchachos que antes dizque te ayudaban. Ahora, mira esto. Yo estoy comprando cuatro veces más que ellos. Qué te parece esto."
El viejo dijo: "Me parece que como se trata de mi plata, usted debería buscar de gastar cuatro veces menos que ellos, para que yo me ahorre lo que pueda para mis hijos. En lugar de eso, se jacta de gastar incluso más. Esto no me parece lógico."
"Pero tú ahora tienes lo que se dice buen vivir, viejo" dijo el vecino con su inquebrantable sonrisa, y se marchó riéndose.
La semana siguiente, como habían acordado hacía tiempo, un amigo del economista, de origen venezolano, vino de visita y se instaló en casa del viejo, pues al vecino no le sobraban habitaciones. El otro día, el economista le informó al anciano (sin precisamente pedirle permiso, pues su trato con el tiempo había llegado a ser de lo más familiar) que iban a hacer una fiesta en su casa, con presencia de algunos personajes importantes de la comarca. Al viejo se le sugería no salir de su habitación, pues su aspecto algo fúnebre podría desentonar. Así se hizo. Llegaron unos quince notables a la fiesta, comieron bien, y se dedicaron a tomar esos lujosos vinos que habían ido apareciendo en las fundas de compra del sábado desde hacía tiempo. EL viejo, que deambulaba por su habitación, de vez en cuando escuchaba alguna brizna de conversación que traspasaba la puerta de madera, cerrada con llave desde fuera.
El día siguiente, el anciano, ya desesperado, se plantó delante del vecino, y dijo:
"Exijo una explicación."
El vecino le miró con algo de sorna. "¿Cuál es tu problema, viejo?"
"Quiero saber por qué, ayer, tanto usted como ese amigo suyo que ahora duerme en mi habitación, se referían a esta casa como suya, y a mis terrenos como suyos, y a mis vacas lecheras como de su propiedad?"
El vecino se rió. "Porque, técnicamente, así son las cosas. Usted firmó hace tiempo los documentos de traspaso, ¿o ya no se acuerda? Pero tranquilo, todo está en buenas manos, y la hipoteca en menos de treinta años está pagada. Si dudas de mí, recuerda lo que te pasaba con esos muchachos que te robaban..."
"Señor, yo en ningún momento le autoricé para que se apropiase de lo mío."
"Claro que sí lo hiciste. Y con mucha razón, pues al fin y al cabo, con viejos idiotas como tú jugando a propietarios estas tierras tan valiosas se hubiera ido a la ruina en un santiamén. Es obvio que necesitas a quien te lo administre todo. Y hablando de eso, el viernes habrá otra fiesta. Si quieres te busco un uniforme de mayordomo y podrás ayudar repartiendo los bocados y el jerez. Así por fin servirás para algo útil. En realidad, no es sólo fiesta, pues allí habrá unos hombres de negocio chinos a los que pienso cederles la mitad de esas vacas, que al fin y al cabo para eso las tenía, para las deudas puntuales. Mi nuevo BMW no se paga solo, ¿sabes?"
El viejo se había quedado sin palabras.
"Y viejo," prosiguió el otro, impertérrito, "recuerda que todo lo que hay en esta casa, absolutamente todo, YO TE LO COMPRÉ."
El viejo recobró la voz lo suficiente para decir: "¿Y mi televisor?"
"Sufrió un golpe," le respondió crípticamente su nuevo amo, y se largó deshaciéndose en sonoras carcajadas.
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