Padre Pierre (El Verdadero)
La entrada de anoche fue escrito en menos de cinco minutos y con esa impaciencia con la que a veces uno intenta vaciar el recto más de prisa de lo que el esfínter aconseja. Vuelvo al tema del artículo del Padre Pierre, porque el tipo se lo merece.
Refresquémonos la memoria:
"Querer ser millonario es quitar a los demás lo que les pertenece para vivir y sobrevivir."
Nótese bien: los culpables no son sólo los millonarios. Son todos los que quieren ser millonarios. Con sólo quererlo, ya estás cometiendo un robo, de la misma manera que con sólo ver Ecuavisa a las siete de la mañana, ya estás cometiendo adulterio en tu corazón (confiteor...). Este detalle es significativo, pues nos advierte que al Padre Pierre no es que le mueva una justa indignación ante la suerte de las putativas víctimas, pues tanto en el caso del robo metafísico como en el del adulterio metafísico en rigor no hay víctimas. Es posible que eso de quedarse anonadado ante los encantos de la espléndida presentadora de Contacto Directo antes de tomar el primer café me haga daño a mí, pero a ella y a los demás, incluida la propia familia de uno, nada de nada. Del mismo modo, no soy consciente de que con desear ser millonario uno esté haciendo daño objetivamente a nadie salvo, de nuevo, y según la óptica con que lo miras, a sí mismo. Además, es mucho más probable que la lujuria pase del terreno del pensamiento al de la acción (no en el caso relatado, pero en algún otro y tratándose de sujetos mejor acoplados) que la codicia desenfrenada, pues las crueles leyes de la física dictan, salvo paradisíacas y escasísimas excepciones, que para ser millonario hace falta trabajar duro varios años, y no sólo aquellas pocas semanas (u horas) que suelen dar batalla las mujeres.
Hecha esta aclaración, lo que bien parece es que el cura nos está sermoneando, es decir, está haciendo su cosa, exhortándonos a ser mejores personas, según los criterios de su religión. De hecho, sería raro si de vez en cuando al asistir a misa los fieles no se encontraran con algún que otro elogio de aquella "pobreza" que voluntariamente asumen los monjes, u orientaciones sobre la necesidad de no caer en la codicia de bienes materiales. Yo asistí a una escuela católica de niño, y pasé por una fase religiosa corta e intensa en la temprana adolescencia: recuerdo bien todavía la importancia que la Iglesia da al desapego, digámoslo así, respecto a los bienes materiales, las "riquezas", los "lujos". Aunque los altos cargos de la propia Iglesia no parecen practicarlo con demasiado entusiasmo, la tradición cristiana tiene su lado austero y asceta. Pero también es cierto que el enfoque tradicional solía ser muy diferente. Si uno se desembarazaba de bienes materiales, era porque éstos socavaban la vida espiritual, interferían con la comunión con Dios. No era bajo la premisa de que todo lo que uno tenía, a partir de cierto mínimo necesario, era "robado" de "los demás", o que pertenecía por derecho a "los pobres". El Evangelio insta repetidamente a "dar a los pobres", incluso "dar todo", pero en ningún momento sugiere que tales limosnas constituyan una restitución. Si esa novedosa concepción forma parte de lo que se ha dado en llamar la "doctrina social de la Iglesia", aupada por el actual Presidente, realmente no lo sé. Lo que sí se puede demostrar si hace falta es que, como mucho, tales conceptos pertenecerán a una tendencia del catolicismo, no al mainstream.
Entre docentes y religiosos, siempre habrá quien guste de disertar sobre sus propias teorías, pero una norma no escrita requiere a quien tenga vocación pedagógica contrastar y aclarar diferencias, hacerle cierta justicia a la diversidad de criterio existente. No así nuestro Padre Pierre, que si consigue convencerte de que lo suyo, dentro de la fe católica, va a misa, mejor para él.
Así que el Padre Pierre nos quiere convencer, primero, de que el millonario es siempre y necesariamente un ladrón, responsable de la miseria y del hambre de otros; y segundo, que el simple deseo de ser millonario también constituye una suerte de robo.
Lo que primero llama la atención es que el artículo demuestra un grado de analfabetismo económico que hasta en algún colegial de tercero sorprenderia un poco. Esto se hace patente desde el primer párrafo:
"Pero, ¿señalamos que la causa de la pobreza y de la miseria es la desigualdad? Los ricos se enriquecen a costa del empobrecimiento de los demás."
Recemos a la Gran Ardilla que está en los Cielos para que este cura algún día se inscriba en un curso de economía 101. Así descubrirá que lo que le aqueja es la llamada fixed wealth fallacy, es decir la creencia supersticiosa de que la riqueza es una cantidad fija, como una pizza en medio de la mesa de la cocina. Si se reparte de manera que hay un trozo para cada uno, y mi asquerosa hermana insiste en llevarse dos trozos, alguien va a quedarse sin... probablemente yo. Hace falta cierta sutileza de pensamiento, o tal vez no tanto, para darse cuenta de que si la riqueza fuera así, hace mucho que ya estuviéramos sin pizza, y todos muertos de hambre, hasta la hermana chancha. Si la riqueza se puede consumir, es decir, destruir (y seguro que alguna vez nuestro Padre Pierre habrá lamentado la maldad de nuestra "sociedad consumista", así que parece que sí, las cosas se consumen) entonces se supone que en algún lugar discreto y escondido, alguien debe de estar creando más riqueza, para sustituir a todo aquello que nos zampamos. Es decir, alguien, allá fuera, en las tinieblas de la noche, debe de estar cocinando más pizzas.
Claro que es comprensible que un cura no entienda muy bien eso de la creación de la riqueza. Su oficio le permite permanecer maravillosamente ignorante respecto al hecho de que la mayoría de los seres humanos trabajamos.
Pero después de sobreponerse de este primer descubrimiento, nuestro entrañable Padre dirá: está bien, la riqueza se crea y se destruye. Pero mi punto es que los que la consumen son unos pocos privilegiados. La mayoría no tienen acceso a esa riqueza. Están excluidos.
Es en este punto donde hay que insistir un poco. Si la riqueza (y no estamos hablando del dinero, sino de lo que se puede comprar con él) se crea y se destruye constantemente, entonces se supone que tanto la creación como la destrucción pueden proceder a diferentes ritmos, en los cuales los seres humanos podemos influir, pues somos nosotros quienes creamos todas estas cosas, o les agregamos valor de una u otra manera. Y si es así, lo interesante fuera maximizar la creación de esta riqueza, y tal vez, también, retardar el ritmo de su destrucción. Ahora entramos en el terreno de la economía propiamente dicha. Es a estas cuestiones que se han dedicado siglos de estudio y de teorías. Y sin entrar en sectarismos, el consenso es que el lado maximizar es mucho más fructífero, pues las cosas que no usas tienen tendencia a pudrirse de todas maneras. (Esto, sin menoscabo de algunos oradores cristianos o ambientalistas que nos aconsejan no ser derrochadores.) De modo que, de repente, ya tenemos no una sino dos posibles soluciones al problema de la pobreza: la primera, la recomendada por el Padre Pierre y sus maestros socialistas, la de la redistribución, y la segunda que consiste en simplemente crear más riqueza. Ninguna de las dos parece excluir a la otra; sin embargo, es notable que los proponentes de cada una miran con recelo a la otra. Los socialistas (para muestra este mismo botón, el de la sotana del buen Padre) habitualmente se niegan a reconocer hasta algo tan evidente como que la riqueza "se crea"; por el otro lado, sus adversarios habitualmente menosprecian las soluciones redistributivas. ¿Por qué será?
La respuesta habitual de los economistas clásicos es la siguiente. Si tú estás cultivando nabos, y un día llega a tu granja un señor uniformado, o varios, con escopetas, y proceden a llevarse la mitad de lo que acabas de producir, y esto se repite una y otra vez, lo más probable es que empieces a maldecir de los uniformados y a esconder nabos. También es posible que, con el tiempo, te resignes a esta nueva realidad, pero se te irán un poco las ganas de extender tus cultivos y a maximizar tu cosecha... sobre todo si a cada aumento de la misma, la codicia del uniformado aumenta en la misma proporción. A lo que el uniformado probablemente reaccionará, cuando se da cuenta de tu falta de asiduidad, acusándote de traicionar a la Patria, pues según él, esos nabos no son ni nunca fueron tuyos: "pertenecen" a algún necesitado por ahí, tal vez a la esposa del uniformado (estos datos interesantes suelen estar rodeados de una densa nube de misterio). Es decir: se niega la creación de la riqueza porque el hecho de crear, con el trabajo que implica, parece sugerir algún derecho de propiedad sobre la misma, y los derechos de propiedad derivados de tal concepto difícilmente se conjugan con esquemas redistributivas a ultranza. Por otro lado, los proponentes de la creación de riqueza argumentan que el derecho de propiedad sobre la misma es, como parece sugerir el ejemplo, un necesario incentivo para maximizar dicho proceso.
En términos sencillos, si impones "igualdad" en la posesión de la riqueza, el resultado previsible, al margen de las consideraciones morales y los sermones piadosos, será menos riqueza, en términos globales.
Para saber si esto funciona así en la vida real o no, lo que suelo recomendar es un repaso a la historia de la Rusia comunista entre los años veinte y cuarenta, sobre todo con referencia a la colectivización de la agricultura. Allí descubriremos que no es cuestión de tener "un poco menos, pero todos contentos y bien alimentados". El resultado de los experimentos redistributivos radicales suele traducirse, con mayor o menor celeridad, en hambre y muerte a escala masiva.
Y constatemos que no hay nada en el artículo de Padre Pierre, ninguna precisión, ninguna matización, que distinga su propia propuesta ("una tierra de fe convertida en igualdad") de la de Josef Stalin. Aquí Wikipedia:
Estimates of the deaths from starvation or disease directly caused by collectivization have been estimated (sic) as between 4 and 10 million. According to official Soviet figures, some 24 million peasants disappeared from rural areas but only 12.6 million moved to state jobs. The implication is that the total death toll (both direct and indirect) for Stalin's collectivization program was on the order of 12 million people.
Curiosa manera de dar "contratestimonio de Cristo y del proyecto del Reino de Dios".
Y curioso contraste con lo que recomendamos los liberales, es decir, una profundización y generalización de aquel proceso histórico que permitió que la riqueza global de la humanidad, la esperanza de vida y la calidad de la misma, hayan aumentado considerablemente para prácticamente todos desde la época preindustrial. Es decir, el camino de la libertad, que pasa a través del derrocamiento de tiranos de todas las especies, la conquista de la libertad y responsabilidad individuales, y la consiguiente explosión de productividad, que beneficia a todo el mundo aunque no por partes iguales. La igualdad no tiene sentido, y sólo les preocupa a los mediocres y envidiosos, en una situación donde las necesidades de todos están cubiertas y las potenciales de todos tienen cómo desarrollarse; situación que ya existiera desde hace mucho a nivel global si no fuera por la corrupción y la avaricia de los gobiernos.
Claro que se puede objetar, como sin duda lo haría el propio Correa, que el comunismo igualitario y el capitalismo laissez-faire son posiciones "extremas", entre las que caben un sinnúmero de posturas intermedias. Y es cierto. Pero de cualquier discusión sobre este punto, sobre el supuesto justo equilibro entre equidad e incentivos, el Padre Pierre queda excluido, pues su radicalismo no conoce límites. Por eso, en su afán de predicar la absoluta "igualdad", hasta se permite alguna mentirijilla piadosa:
"En la Biblia, los profetas denuncian esta actitud como “crimen” porque se quita el pan de la boca al que tiene hambre y necesita comer para vivir: es un “asesino”, dicen."
...
"Moisés retomó este sueño para no recaer en la esclavitud, al buscar vivir en la igualdad."
En realidad, "esta actitud", la de "querer ser un millonario", no fue denunciada por ningún profeta bíblico por la sencilla razón de que éstos vivían en una sociedad preindustrial, donde no existía siquiera el concepto de "millonario". Por otra parte, la imagen de Moisés como revolucionario socialista enemigo de cualquier jerarquía, privilegio o trato especial es sencillamente delirante. (Quizás el papel que protagonizó Charlton Heston hubiera quedado mejor plasmado por James Dean.)
Pero lo que más llama la atención en todo esto no es tanto el simplismo en los conceptos, sino la actitud de hostilidad y desprecio hacia todas aquellas personas (que en su conjunto los escritores de El Telégrafo suelen denominar "el pueblo") que no comulguen con sus ideas radicales. En algún momento se escuda tras "nuestros obispos latinoamericanos", pero formulaciones como esa espectacular frase sobre el pecado de querer ser millonario van mucho más allá de lo dicho por los obispos. Recordemos que lo que denuncia aquí con tanta saña y tanto desdén no es un acto, o una situación de inequidad real, sino un supuesto crimen de pensamiento. El simple deseo de ser millonario (deseo sobre cuya incidencia en la población, pregunten a los organizadores de loterías y a los productores de concursos televisivos) es un pecado, y no uno cualquiera, venial, sino un robo y un asesinato. (El histerismo creciente a lo largo del artículo, a partir de ahí, le lleva hasta a sospechar que las personas "mueren... por falta de dignidad".) De veras, sorprende que un putativo seguidor de Cristo se encuentre tan, tan a gusto juzgando a los demás por supuestos crímenes que ni ellos serían capaces de reconocer, siquiera en el confesional y con las avemarías a precio de oferta. Y si no reconocen lo pecaminiso de tal deseo, quizás sea, como ya sugerí ayer, porque al fin y al cabo, el ser millonario no significa privar a nadie.
No está siquiera dicho que uno quiera ser millonario para acumular o gastar egoistamente. Hace apenas una semana salió en el diario la noticia de una pareja canadiense de la tercera edad que, tras ganar el premio gordo de la lotería, resolvieron donar la práctica totalidad del premio a una extensa lista de organizaciones caritativas. Ellos sí querían ser millonarios... para poder decidir ellos mismos a quién ayudar, a quién apoyar. En mi experiencia, algo de eso hay en casi todas las aspiraciones similares. Raro el que, cuando especula sobre lo que haría con tan generosa suma, no incluye las obras de caridad, dentro y fuera del ámbito familiar y amistoso. De lo que hay que concluir que tal vez, lo que ofende tanto al Padre Pierre (el Verdadero) es que la gente pueda decidir ellos mismos, utilizando su criterio y sus propias cualidades de generosidad y grandeza de alma, qué hacer con aquella riqueza que, en la mayoría de los casos, ellos mismos han creado. ¿La alternativa preferida? Las "bolsas comunes", que la historia y la simple observación nos demuestra ser siempre, por muy comunes que parezcan a simple vista, controlados por algún gurú, algún curita revolucionario (el propio Stalin fue seminarista, no olvidemos) o algún oportunista desaprensivo portador de medallas o de blusitas bordadas.
NB Sobre esa desigualdad, y mucho más, enlace recomendado. Money quote: "Jobs and Wozniak didn't have to make us poor to make themselves rich.")
Refresquémonos la memoria:
"Querer ser millonario es quitar a los demás lo que les pertenece para vivir y sobrevivir."
Nótese bien: los culpables no son sólo los millonarios. Son todos los que quieren ser millonarios. Con sólo quererlo, ya estás cometiendo un robo, de la misma manera que con sólo ver Ecuavisa a las siete de la mañana, ya estás cometiendo adulterio en tu corazón (confiteor...). Este detalle es significativo, pues nos advierte que al Padre Pierre no es que le mueva una justa indignación ante la suerte de las putativas víctimas, pues tanto en el caso del robo metafísico como en el del adulterio metafísico en rigor no hay víctimas. Es posible que eso de quedarse anonadado ante los encantos de la espléndida presentadora de Contacto Directo antes de tomar el primer café me haga daño a mí, pero a ella y a los demás, incluida la propia familia de uno, nada de nada. Del mismo modo, no soy consciente de que con desear ser millonario uno esté haciendo daño objetivamente a nadie salvo, de nuevo, y según la óptica con que lo miras, a sí mismo. Además, es mucho más probable que la lujuria pase del terreno del pensamiento al de la acción (no en el caso relatado, pero en algún otro y tratándose de sujetos mejor acoplados) que la codicia desenfrenada, pues las crueles leyes de la física dictan, salvo paradisíacas y escasísimas excepciones, que para ser millonario hace falta trabajar duro varios años, y no sólo aquellas pocas semanas (u horas) que suelen dar batalla las mujeres.
Hecha esta aclaración, lo que bien parece es que el cura nos está sermoneando, es decir, está haciendo su cosa, exhortándonos a ser mejores personas, según los criterios de su religión. De hecho, sería raro si de vez en cuando al asistir a misa los fieles no se encontraran con algún que otro elogio de aquella "pobreza" que voluntariamente asumen los monjes, u orientaciones sobre la necesidad de no caer en la codicia de bienes materiales. Yo asistí a una escuela católica de niño, y pasé por una fase religiosa corta e intensa en la temprana adolescencia: recuerdo bien todavía la importancia que la Iglesia da al desapego, digámoslo así, respecto a los bienes materiales, las "riquezas", los "lujos". Aunque los altos cargos de la propia Iglesia no parecen practicarlo con demasiado entusiasmo, la tradición cristiana tiene su lado austero y asceta. Pero también es cierto que el enfoque tradicional solía ser muy diferente. Si uno se desembarazaba de bienes materiales, era porque éstos socavaban la vida espiritual, interferían con la comunión con Dios. No era bajo la premisa de que todo lo que uno tenía, a partir de cierto mínimo necesario, era "robado" de "los demás", o que pertenecía por derecho a "los pobres". El Evangelio insta repetidamente a "dar a los pobres", incluso "dar todo", pero en ningún momento sugiere que tales limosnas constituyan una restitución. Si esa novedosa concepción forma parte de lo que se ha dado en llamar la "doctrina social de la Iglesia", aupada por el actual Presidente, realmente no lo sé. Lo que sí se puede demostrar si hace falta es que, como mucho, tales conceptos pertenecerán a una tendencia del catolicismo, no al mainstream.
Entre docentes y religiosos, siempre habrá quien guste de disertar sobre sus propias teorías, pero una norma no escrita requiere a quien tenga vocación pedagógica contrastar y aclarar diferencias, hacerle cierta justicia a la diversidad de criterio existente. No así nuestro Padre Pierre, que si consigue convencerte de que lo suyo, dentro de la fe católica, va a misa, mejor para él.
Así que el Padre Pierre nos quiere convencer, primero, de que el millonario es siempre y necesariamente un ladrón, responsable de la miseria y del hambre de otros; y segundo, que el simple deseo de ser millonario también constituye una suerte de robo.
Lo que primero llama la atención es que el artículo demuestra un grado de analfabetismo económico que hasta en algún colegial de tercero sorprenderia un poco. Esto se hace patente desde el primer párrafo:
"Pero, ¿señalamos que la causa de la pobreza y de la miseria es la desigualdad? Los ricos se enriquecen a costa del empobrecimiento de los demás."
Recemos a la Gran Ardilla que está en los Cielos para que este cura algún día se inscriba en un curso de economía 101. Así descubrirá que lo que le aqueja es la llamada fixed wealth fallacy, es decir la creencia supersticiosa de que la riqueza es una cantidad fija, como una pizza en medio de la mesa de la cocina. Si se reparte de manera que hay un trozo para cada uno, y mi asquerosa hermana insiste en llevarse dos trozos, alguien va a quedarse sin... probablemente yo. Hace falta cierta sutileza de pensamiento, o tal vez no tanto, para darse cuenta de que si la riqueza fuera así, hace mucho que ya estuviéramos sin pizza, y todos muertos de hambre, hasta la hermana chancha. Si la riqueza se puede consumir, es decir, destruir (y seguro que alguna vez nuestro Padre Pierre habrá lamentado la maldad de nuestra "sociedad consumista", así que parece que sí, las cosas se consumen) entonces se supone que en algún lugar discreto y escondido, alguien debe de estar creando más riqueza, para sustituir a todo aquello que nos zampamos. Es decir, alguien, allá fuera, en las tinieblas de la noche, debe de estar cocinando más pizzas.
Claro que es comprensible que un cura no entienda muy bien eso de la creación de la riqueza. Su oficio le permite permanecer maravillosamente ignorante respecto al hecho de que la mayoría de los seres humanos trabajamos.
Pero después de sobreponerse de este primer descubrimiento, nuestro entrañable Padre dirá: está bien, la riqueza se crea y se destruye. Pero mi punto es que los que la consumen son unos pocos privilegiados. La mayoría no tienen acceso a esa riqueza. Están excluidos.
Es en este punto donde hay que insistir un poco. Si la riqueza (y no estamos hablando del dinero, sino de lo que se puede comprar con él) se crea y se destruye constantemente, entonces se supone que tanto la creación como la destrucción pueden proceder a diferentes ritmos, en los cuales los seres humanos podemos influir, pues somos nosotros quienes creamos todas estas cosas, o les agregamos valor de una u otra manera. Y si es así, lo interesante fuera maximizar la creación de esta riqueza, y tal vez, también, retardar el ritmo de su destrucción. Ahora entramos en el terreno de la economía propiamente dicha. Es a estas cuestiones que se han dedicado siglos de estudio y de teorías. Y sin entrar en sectarismos, el consenso es que el lado maximizar es mucho más fructífero, pues las cosas que no usas tienen tendencia a pudrirse de todas maneras. (Esto, sin menoscabo de algunos oradores cristianos o ambientalistas que nos aconsejan no ser derrochadores.) De modo que, de repente, ya tenemos no una sino dos posibles soluciones al problema de la pobreza: la primera, la recomendada por el Padre Pierre y sus maestros socialistas, la de la redistribución, y la segunda que consiste en simplemente crear más riqueza. Ninguna de las dos parece excluir a la otra; sin embargo, es notable que los proponentes de cada una miran con recelo a la otra. Los socialistas (para muestra este mismo botón, el de la sotana del buen Padre) habitualmente se niegan a reconocer hasta algo tan evidente como que la riqueza "se crea"; por el otro lado, sus adversarios habitualmente menosprecian las soluciones redistributivas. ¿Por qué será?
La respuesta habitual de los economistas clásicos es la siguiente. Si tú estás cultivando nabos, y un día llega a tu granja un señor uniformado, o varios, con escopetas, y proceden a llevarse la mitad de lo que acabas de producir, y esto se repite una y otra vez, lo más probable es que empieces a maldecir de los uniformados y a esconder nabos. También es posible que, con el tiempo, te resignes a esta nueva realidad, pero se te irán un poco las ganas de extender tus cultivos y a maximizar tu cosecha... sobre todo si a cada aumento de la misma, la codicia del uniformado aumenta en la misma proporción. A lo que el uniformado probablemente reaccionará, cuando se da cuenta de tu falta de asiduidad, acusándote de traicionar a la Patria, pues según él, esos nabos no son ni nunca fueron tuyos: "pertenecen" a algún necesitado por ahí, tal vez a la esposa del uniformado (estos datos interesantes suelen estar rodeados de una densa nube de misterio). Es decir: se niega la creación de la riqueza porque el hecho de crear, con el trabajo que implica, parece sugerir algún derecho de propiedad sobre la misma, y los derechos de propiedad derivados de tal concepto difícilmente se conjugan con esquemas redistributivas a ultranza. Por otro lado, los proponentes de la creación de riqueza argumentan que el derecho de propiedad sobre la misma es, como parece sugerir el ejemplo, un necesario incentivo para maximizar dicho proceso.
En términos sencillos, si impones "igualdad" en la posesión de la riqueza, el resultado previsible, al margen de las consideraciones morales y los sermones piadosos, será menos riqueza, en términos globales.
Para saber si esto funciona así en la vida real o no, lo que suelo recomendar es un repaso a la historia de la Rusia comunista entre los años veinte y cuarenta, sobre todo con referencia a la colectivización de la agricultura. Allí descubriremos que no es cuestión de tener "un poco menos, pero todos contentos y bien alimentados". El resultado de los experimentos redistributivos radicales suele traducirse, con mayor o menor celeridad, en hambre y muerte a escala masiva.
Y constatemos que no hay nada en el artículo de Padre Pierre, ninguna precisión, ninguna matización, que distinga su propia propuesta ("una tierra de fe convertida en igualdad") de la de Josef Stalin. Aquí Wikipedia:
Estimates of the deaths from starvation or disease directly caused by collectivization have been estimated (sic) as between 4 and 10 million. According to official Soviet figures, some 24 million peasants disappeared from rural areas but only 12.6 million moved to state jobs. The implication is that the total death toll (both direct and indirect) for Stalin's collectivization program was on the order of 12 million people.
Curiosa manera de dar "contratestimonio de Cristo y del proyecto del Reino de Dios".
Y curioso contraste con lo que recomendamos los liberales, es decir, una profundización y generalización de aquel proceso histórico que permitió que la riqueza global de la humanidad, la esperanza de vida y la calidad de la misma, hayan aumentado considerablemente para prácticamente todos desde la época preindustrial. Es decir, el camino de la libertad, que pasa a través del derrocamiento de tiranos de todas las especies, la conquista de la libertad y responsabilidad individuales, y la consiguiente explosión de productividad, que beneficia a todo el mundo aunque no por partes iguales. La igualdad no tiene sentido, y sólo les preocupa a los mediocres y envidiosos, en una situación donde las necesidades de todos están cubiertas y las potenciales de todos tienen cómo desarrollarse; situación que ya existiera desde hace mucho a nivel global si no fuera por la corrupción y la avaricia de los gobiernos.
Claro que se puede objetar, como sin duda lo haría el propio Correa, que el comunismo igualitario y el capitalismo laissez-faire son posiciones "extremas", entre las que caben un sinnúmero de posturas intermedias. Y es cierto. Pero de cualquier discusión sobre este punto, sobre el supuesto justo equilibro entre equidad e incentivos, el Padre Pierre queda excluido, pues su radicalismo no conoce límites. Por eso, en su afán de predicar la absoluta "igualdad", hasta se permite alguna mentirijilla piadosa:
"En la Biblia, los profetas denuncian esta actitud como “crimen” porque se quita el pan de la boca al que tiene hambre y necesita comer para vivir: es un “asesino”, dicen."
...
"Moisés retomó este sueño para no recaer en la esclavitud, al buscar vivir en la igualdad."
En realidad, "esta actitud", la de "querer ser un millonario", no fue denunciada por ningún profeta bíblico por la sencilla razón de que éstos vivían en una sociedad preindustrial, donde no existía siquiera el concepto de "millonario". Por otra parte, la imagen de Moisés como revolucionario socialista enemigo de cualquier jerarquía, privilegio o trato especial es sencillamente delirante. (Quizás el papel que protagonizó Charlton Heston hubiera quedado mejor plasmado por James Dean.)
Pero lo que más llama la atención en todo esto no es tanto el simplismo en los conceptos, sino la actitud de hostilidad y desprecio hacia todas aquellas personas (que en su conjunto los escritores de El Telégrafo suelen denominar "el pueblo") que no comulguen con sus ideas radicales. En algún momento se escuda tras "nuestros obispos latinoamericanos", pero formulaciones como esa espectacular frase sobre el pecado de querer ser millonario van mucho más allá de lo dicho por los obispos. Recordemos que lo que denuncia aquí con tanta saña y tanto desdén no es un acto, o una situación de inequidad real, sino un supuesto crimen de pensamiento. El simple deseo de ser millonario (deseo sobre cuya incidencia en la población, pregunten a los organizadores de loterías y a los productores de concursos televisivos) es un pecado, y no uno cualquiera, venial, sino un robo y un asesinato. (El histerismo creciente a lo largo del artículo, a partir de ahí, le lleva hasta a sospechar que las personas "mueren... por falta de dignidad".) De veras, sorprende que un putativo seguidor de Cristo se encuentre tan, tan a gusto juzgando a los demás por supuestos crímenes que ni ellos serían capaces de reconocer, siquiera en el confesional y con las avemarías a precio de oferta. Y si no reconocen lo pecaminiso de tal deseo, quizás sea, como ya sugerí ayer, porque al fin y al cabo, el ser millonario no significa privar a nadie.
No está siquiera dicho que uno quiera ser millonario para acumular o gastar egoistamente. Hace apenas una semana salió en el diario la noticia de una pareja canadiense de la tercera edad que, tras ganar el premio gordo de la lotería, resolvieron donar la práctica totalidad del premio a una extensa lista de organizaciones caritativas. Ellos sí querían ser millonarios... para poder decidir ellos mismos a quién ayudar, a quién apoyar. En mi experiencia, algo de eso hay en casi todas las aspiraciones similares. Raro el que, cuando especula sobre lo que haría con tan generosa suma, no incluye las obras de caridad, dentro y fuera del ámbito familiar y amistoso. De lo que hay que concluir que tal vez, lo que ofende tanto al Padre Pierre (el Verdadero) es que la gente pueda decidir ellos mismos, utilizando su criterio y sus propias cualidades de generosidad y grandeza de alma, qué hacer con aquella riqueza que, en la mayoría de los casos, ellos mismos han creado. ¿La alternativa preferida? Las "bolsas comunes", que la historia y la simple observación nos demuestra ser siempre, por muy comunes que parezcan a simple vista, controlados por algún gurú, algún curita revolucionario (el propio Stalin fue seminarista, no olvidemos) o algún oportunista desaprensivo portador de medallas o de blusitas bordadas.
NB Sobre esa desigualdad, y mucho más, enlace recomendado. Money quote: "Jobs and Wozniak didn't have to make us poor to make themselves rich.")
Parafraseando a Nietzsche, el Padre Pierre es un ¨maestro¨ en el arte de mentir santamente.
ReplyDeleteOjala hubiera escrito yo este artículo. Mi envidia sólo es superada por mi admiración. Salud y Loas Emperador!
ReplyDeleteBuen post. Yo alguna vez leí un artículo del bufón ese del Padre Pierre, en el que ensalzaba a Fidel. No lo leí nunca más. Y por algo está en un periódico que ha costado más de 10 millones de dólares al Estado (es decir, a los babosos conocidos como "contribuyentes") para que el imparta su perorata.
ReplyDeleteUn post de lo mejor, como nunca leo basura, léase El Telégrafo, desconocía la existencia de este seguidor de Leonardo Boff, pensé, tontamente, que los curas de sotana roja eran especie en extinción, pero por lo que veo me equivoqué del medio a la mitad.
ReplyDeleteLo peor de todo es que este sacerdote, que parece se sabe La Biblia del Idiota al revés y al derecho, no ha leído esa parte de la Biblia que dice "no juzgues para no ser juzgado, porque con la varas que mides serás medido".
Lástima que todo ese intelecto no se dedique mas bien a orientar a la gente en como buscar su bienestar en vez de sembrar envidias y rencores.
Te felicito por el post, lástima que me hizo leer ese artículo que me revolvió el estómago.
DZ: Diría más bien que es el Padre Garañón de la teología progresista.
ReplyDeleteJM: Noblesse oblige.
Aparicio: el artículo a que te refieres sobre Castro también llamó mi atención. Sobre El Telégrafo, la verdad sea dicha, siempre me produjo una malsana fascinación. Yo antes me dedicaba a arremeter contra algún columnista, pero no sospechaba en ese entonces que lo que había era la creme de la creme de la intelectualidad correista, y que la cosa podría ir a peor tan estrepitosamente desde que se impuso la requetecensura. Últimamente me dan unas ganas locas de escribirles, no para quejarme de ningún contenido, sino para rogarles que por lo menos sean vagamente consecuentes con los eslóganes gobiernistas e inviten a alguna mujer de vez en cuando a contribuir alguna columna. Ya está bien de desesperados varones cincuentones sebosos y casposos a la caza de sinecuras. Quiero tetas. (Antes había una tal Erika Sylva... ¿no que ahora es ministra o algo así? A la página de opinión de ET se tendría que rebautizarla "el casting couch correísta".)
PH: Sobre "los curas de sotana roja": salió un link de YouTube creo que en ESC hace tiempo con un curita venezolano que al Padre P le hacía parecer un dechado de templanza y discreción. Si algún lector sabe dónde encontrarlo me lo pasa. El tipo comparaba a los opositores de Chávez con cucharachas "a los que había que aplastar". Era morbosamente fascinante.