Nueve hombres y un agujero
(Nine Men and a Hole, oil on canvas, 1989, 128x97.)
Fue cuando yo recién había aterrizado en una triste ciudad catalana llena de antiguas fábricas textiles en desuso, con los vidrios rotos, y chimeneas que se conservaban en sendas plazuelas como vacas sagradas. El municipio o Ayuntamiento (todavía sin fembra plazentera, a ésa la conocí años después), de tendencia socialista, uno de los más espectacularmente endeudados de la época, se acercaba peligrosamente a unas elecciones, por lo que iban apareciendo flamantes Centros Cívicos en cada barrio, y se alistaba a una redefinición faraónica de la modesta plaza central de la ciudad, con aparcamiento subterráneo incluido.
Un compañero mío de trabajo, un escocés muy propenso al alcoholismo, salvo en la época de la cuaresma, se acercó un día con su prematuramente envejecida cara (tenía veintipico años, aparentaba cincuenta) radiante, y la frente radiosa, para decir:
- Lo he vuelto a ver, señores. Un agujero en el suelo. Nueve hombres alrededor, nueve, mirando dentro con cara de fascinación. Obreros. Ninguno hace nada. Dirán lo que quieren los catalanistas: ¡estamos en España!
Y es que su teoría era que esto era parte de la cultura ibérica. Cuando se trata de hacer una obra, lo importante es contratar el triple (minimo) de los obreros que realmente hacen falta. Sobre todo cuando queda evidente que por simples razones logísticas, de falta de herramientas o de materiales, o de estrechez de tubos o de agujeros, la gran mayoría de los obreros no pueden hacer nada aunque quisieran, aunque fueran stakhanovites empedernidos e irredentos. Lo único para él incierto o desconocido, era si en el propio contrato laboral la descripción del obrero figuraba como Técnico en Contemplación Pasmada de Agujeros a Tiempo Completo, u otro tipo de cargo. Ahí estaba el misterio.
Teoría, para mí, bastante persuasivo, aunque de mi propia experiencia acotaría lo siguiente: que la gran fascinación que ejercen los agujeros no se limita a los obreros contratados. En España, basta que se abra un aguero de cualquier índole en cualquier medio (carreteras, medias de nailon, finanzas públicas), para que se congreguen alrededor una gran cantidad de señores, muchos de ellos mayores, en edad de jubilación, con boinas en la cabeza y medio paquete de Ducados (antes, Habanos o Kaiser) en el bolsillo de la camisa. Estos filósofos ancianos pueden pasar horas sin apenas inmutarse, absorbiendo las hondas lecciones existenciales que los agujeros pueden dar de sí. Por otra parte, el tema de la sobrecontratación en las obras públicas se me ha hecho familiar desde que se inició la construcción del nuevo puente La Puntilla-Durán, donde cada mañana se ve a un módico número de trabajadores que se dedican, al parecer, a menesteres de naturaleza marcadamente contemplativa (¿será cierto que va a haber otra prórroga?). Hoy domingo, delante de mi casa, a algún vecino se le ha ocurrido glorificar a Dios excavando un hoyo en el suelo rocoso en medio del camino por donde pasamos para acceder a la tienda del barrio: mientras escribo, se van uniendo más y más vecinos varones, en una especie de minga admirativa y solidaria. Sólo hay una pala.
Sin perjuicio de la teoría de mi ex compañero, yo empiezo a creer que es un tema no tanto cultural sino "de género". Algo en la genética masculina nos induce a los hombres a derivar placer (a) de la contemplación del espectáculo de otras personas que trabajan, y (b) de la extasiada y pasiva admiración de agujeros, hoyos, hendiduras o fisuras de cualquier especie(1). Como siempre, se aceptan observaciones al respecto.
(1) La escritora británica Jeanette Winterson, en su novela Sexing the Cherry, presenta la hipótesis de que a los hombres les atraen los agujeros únicamente por la posibilidad de introducir el pene en ellos (sin explicar con qué finalidad), y aduce algunas observaciones aleatorias respecto a "agujeros en las paredes de los retretes", entre otras. Respecto a éstos últimos, no he conseguido aun corroborar dichas teorías.
Fue cuando yo recién había aterrizado en una triste ciudad catalana llena de antiguas fábricas textiles en desuso, con los vidrios rotos, y chimeneas que se conservaban en sendas plazuelas como vacas sagradas. El municipio o Ayuntamiento (todavía sin fembra plazentera, a ésa la conocí años después), de tendencia socialista, uno de los más espectacularmente endeudados de la época, se acercaba peligrosamente a unas elecciones, por lo que iban apareciendo flamantes Centros Cívicos en cada barrio, y se alistaba a una redefinición faraónica de la modesta plaza central de la ciudad, con aparcamiento subterráneo incluido.
Un compañero mío de trabajo, un escocés muy propenso al alcoholismo, salvo en la época de la cuaresma, se acercó un día con su prematuramente envejecida cara (tenía veintipico años, aparentaba cincuenta) radiante, y la frente radiosa, para decir:
- Lo he vuelto a ver, señores. Un agujero en el suelo. Nueve hombres alrededor, nueve, mirando dentro con cara de fascinación. Obreros. Ninguno hace nada. Dirán lo que quieren los catalanistas: ¡estamos en España!
Y es que su teoría era que esto era parte de la cultura ibérica. Cuando se trata de hacer una obra, lo importante es contratar el triple (minimo) de los obreros que realmente hacen falta. Sobre todo cuando queda evidente que por simples razones logísticas, de falta de herramientas o de materiales, o de estrechez de tubos o de agujeros, la gran mayoría de los obreros no pueden hacer nada aunque quisieran, aunque fueran stakhanovites empedernidos e irredentos. Lo único para él incierto o desconocido, era si en el propio contrato laboral la descripción del obrero figuraba como Técnico en Contemplación Pasmada de Agujeros a Tiempo Completo, u otro tipo de cargo. Ahí estaba el misterio.
Teoría, para mí, bastante persuasivo, aunque de mi propia experiencia acotaría lo siguiente: que la gran fascinación que ejercen los agujeros no se limita a los obreros contratados. En España, basta que se abra un aguero de cualquier índole en cualquier medio (carreteras, medias de nailon, finanzas públicas), para que se congreguen alrededor una gran cantidad de señores, muchos de ellos mayores, en edad de jubilación, con boinas en la cabeza y medio paquete de Ducados (antes, Habanos o Kaiser) en el bolsillo de la camisa. Estos filósofos ancianos pueden pasar horas sin apenas inmutarse, absorbiendo las hondas lecciones existenciales que los agujeros pueden dar de sí. Por otra parte, el tema de la sobrecontratación en las obras públicas se me ha hecho familiar desde que se inició la construcción del nuevo puente La Puntilla-Durán, donde cada mañana se ve a un módico número de trabajadores que se dedican, al parecer, a menesteres de naturaleza marcadamente contemplativa (¿será cierto que va a haber otra prórroga?). Hoy domingo, delante de mi casa, a algún vecino se le ha ocurrido glorificar a Dios excavando un hoyo en el suelo rocoso en medio del camino por donde pasamos para acceder a la tienda del barrio: mientras escribo, se van uniendo más y más vecinos varones, en una especie de minga admirativa y solidaria. Sólo hay una pala.
Sin perjuicio de la teoría de mi ex compañero, yo empiezo a creer que es un tema no tanto cultural sino "de género". Algo en la genética masculina nos induce a los hombres a derivar placer (a) de la contemplación del espectáculo de otras personas que trabajan, y (b) de la extasiada y pasiva admiración de agujeros, hoyos, hendiduras o fisuras de cualquier especie(1). Como siempre, se aceptan observaciones al respecto.
(1) La escritora británica Jeanette Winterson, en su novela Sexing the Cherry, presenta la hipótesis de que a los hombres les atraen los agujeros únicamente por la posibilidad de introducir el pene en ellos (sin explicar con qué finalidad), y aduce algunas observaciones aleatorias respecto a "agujeros en las paredes de los retretes", entre otras. Respecto a éstos últimos, no he conseguido aun corroborar dichas teorías.
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