Cada ladrón juzga...
Parece que hoy en el T. la consigna ha sido defender el proyecto de ley de Impuesto a la Herencia con uñas y dientes. Bueno, con uñas, dientes y ad hominems, para ser exactos. Veamos:
Y en el Ecuador actual, uno de los países que todavía ocupa los primeros lugares de inequidad en el mundo, parece que “todos” han tenido propiedades, que “todos” han creado alguna riqueza “con el sudor de su frente”, que “todos” quieren dejar algo a sus descendientes y que “todos” pagan sus impuestos. (Juan J. Paz y Miño C.)
Resulta ahora que medio mundo ha acumulado tanto que están preocupados de qué van a dejar a sus pobrecillos hijos, que no saben qué les deparará el futuro, que sin esos recursos quedarán casi casi en la orfandad. (Werner Vásquez von Schoettler)
Los grandes detractores de la profundización de este impuesto evidentemente son aquellos que presienten serán afectados. Ellos cuentan con suficientes medios de comunicación y vocería para ser escuchados en todos los espacios y pretenden acabar imponiendo su criterio. Los desheredados de este país, quienes no tienen nada que perder -y al contrario, si se distribuyeran adecuadamente estos recursos recaudados tendrían que ganar- no tienen aún suficientes medios para expresarse. (Mónica Mancero, y sí, estoy decepcionado. De ella esperaba algo mejor)
Hablemos con claridad. Yo, personalmente, no me veo afectado en absoluto por la nueva Ley. Tengo un hijo a quien dejar lo ridículamente poco que tengo, que por su autismo consta como discapacitado por encima del 50%, por lo cual tengo entendido que hay gravamen al 0%. Puede que lo haya entendido mal y le toque pagar algo sobre la casa (el único patrimonio que se encuentra asociado a mi nombre), pese a que cuando yo muera (que será muy pronto, probablemente: la enfermedad pulmonar avanza a pasos acelerados últimamente), apenas se habrá cancelado una fracción de su modesto valor en hipoteca, y quedará el resto aún por pagar. El importe del impuesto, que sería irrisorio en este caso, no viene a cuenta. El tema es que en esos momentos complicados, dolorosos, cuando la muerte se lleva el principal sustento económico de la familia (mi esposa no tiene trabajo remunerado) y toca enfrentarse a un futuro incierto, viene el Estado con su rictus de sonrisa, con pistola en una mano y la otra extendida, a "cobrar" lo "suyo", como mafioso que es. Es un insulto más, una indignidad más después de todo lo que uno ha sufrido en vida con ese mismo Estado, saber que cuando uno muera, antes de que lleguen los pésames, antes de que lleguen las flores, ahí está el cobrador llamando a la puerta, con sus exigencias y amenazas y husmeando en busca de "algo escondido", como siempre.
"Este cuadro... muy grande, muy bonito. ¿Algún pintor famoso, tal vez...?."
"$15 en rebajas, De Prati."
"Hmm. Ah, y ¿este traje? ¿Pierre cómo se llama.... Pierre Cardin?"
"Pierre Bahía."
"Ah. Ése no lo conozco. ¿Su marido viajaba mucho?"
"No. Y no hay drogas en ese jarrón. Sólo flores muertas."
"Lo siento, señora, sólo hago mi trabajo. Firme aquí."
Hablemos claro. Si a Paz y Miño, Vásquez von S., Mancero, les parece que quien se oponga a una Ley sólo lo puede hacer por interés personal, qué puedo decir, lo siento por ellos. Su insistencia en que quien se oponga a esa Ley necesariamente lo hace por defender su propio "patrimonio", sólo puede interpretarse de una de las dos siguientes formas: o bien (1) ellos mismos son incapaces de defender, por solidaridad, los intereses de otras personas, y dan por descontado que los demás son como ellos, o bien (2) ellos creen tener la patente exclusiva sobre la solidaridad humana, y dan por descontado que los demás, en este sentido, no son como ellos. En ambos casos es como para tenerles un poco de pena.
"Los grandes detractores de la profundización de este impuesto evidentemente son aquellos que presienten serán afectados."
No, señora. Los grandes detractores de la profundización de este impuesto son aquellos a quienes de pequeños se les enseñó que la propiedad de cada quien es de cada quien y que robar es malo, siempre y en todo lugar, con independencia de circunstancias y con independencia de si soy yo u otra persona el afectado... y desde luego, con independencia del "patrimonio" del afectado, que desde la sensatez se ve como la mayor de las irrelevancias. Dicho de otra manera, los que persisten en tener claros y declarados principios éticos. Éstos, y no otros, son los grandes detractores de una Ley que, como otras tantas, busca acostumbrarnos a las depredaciones de los mafiosos hasta el punto de establecer, por fatiga mental, una especie de excepción ética, al estilo de: robar es malo pero no cuando lo hacen nuestros amos y señores, los grandes hacendados del Estado, nuestros dueños, los de los aviones privados y los departamentos en Bélgica y las eternas bodas en Miami. En este caso el robo se justifica porque aunque nos dejen en la penuria es por nuestro bien: ellos mismos lo dicen, me duele el cerebro, ha de ser verdad.
¿Tan difícil es de entender mi postura? Al parecer, nuestros pensadores del Telégrafo creen que una persona "pobre" que defienda el derecho de un millonario de quedarse con toda esa plata y regalárselo a quién le dé la gana es un solemne cojudo (si realmente existe tal persona, cosa que aparentemente se resisten a creer, o encuentran solemnemente "sorprendente"). Según parece, ese "pobre" debería de odiar al "rico", cuya futura suerte debería de serle indiferente; debería de clamar por su tajada de esas riquezas, de esos "recursos", con el argumento de que la "Justicia Social" dicta que lo que es de uno es de todos.
¿Qué puedo decir? Se vislumbra aquí una profunda grieta ideológica, una diferencia insalvable en cuestiones de ética profunda. Creo que aquí no es el lugar (ni tengo ahora mismo la energía ni el tiempo) para exponer filosóficamente los cimientos de una ética (la mía) según la cual la cuestión de si alguien es "rico" o no es absolutamente indiferente a la hora de hablar de sus posibles derechos, y del respeto que como ser humano se merece (a menos que se trate de riquezas mal habidas, por ejemplo, a través de la extorsión estatal que es el ejemplo más paradigmático). Simplemente constataré aquí que quienes tenemos este punto de vista ético vemos con desazón y tristeza esa aparente obsesión que escritores como los mencionados tienen con "los ricos", "la riqueza", "los recursos" y su "repartición", y hacen de esas "desigualdades" su caballo de batalla. Y no lo digo desde la comodidad de un burgués que desde su mansión quiteña predica para otros, para "los pobres", el Buen Vivir, el "contentarse con menos", el "no seas tan materialista ni tan consumista", y escribe elocuentes artículos sobre el tema desde su asiento de Club Class en el avión a Miami. Lo digo desde la perspectiva de una vida ya prácticamente consumada, cuya extraña y oscura trayectoria únicamente se alcanzaría a entender desde la perspectiva de una sana indiferencia, a lo largo de la vida, tanto hacia los bienes materiales y su acumulación como hacia el estatus social, que siempre me han parecido cuestiones secundarias, rayanas en indiferentes, y tal vez por eso no han tenido nunca mucho trato conmigo.
Resumiendo: por carácter, no soy capaz de perder ni un minuto envidiando al "rico": será por eso que los argumentos basados en la envidia me parecen sencillamente pueriles. Aunque fuese verdad que el 1% de la población del Ecuador, o del mundo, "acapara" el 90% de los recursos, a mí me parecería muy bien, siempre y cuando ese "acaparamiento" hubiera dado lugar sin ningún tipo de coacción, a través de un mercado abierto, con reglas que destierran de la arena tanto la fuerza como el inescrupuloso engaño, y con tal de que ese restante 99% de la población tuviera de qué comer y beber y con qué cobijarse en las frías noches de un invierno boreal. Los valores absolutos me impresionan, sobre todo cuando revelan pobrezas y miserias, pero no entiendo, y creo que a mi edad nunca entenderé, esa obsesión con los porcentajes. Parece que la pregunta no es "¿soy capaz de subsistir dignamente con lo que gano, con los recursos que tengo?" sino que viene a ser "Aunque vivo más o menos decentemente, ¿cómo es que ese otro tipo tiene mucho más que yo?" y a partir de ahí, a partir de esa miseria mental, de esa patética envidia, a medir porcentajes y a reclamar por "justicia social", como si "todos" tuviéramos derecho a una igual repartición del gran pastel, con independencia no solamente de qué hemos hecho para merecer nuestra porción, sino también de adónde vamos como sociedad con esos misérrimos valores.
En breve: no puedo suscribir una ética que invite a odiar a una parte de la humanidad, siquiera a un 1%, por una imaginaria ofensa que consiste en haber tenido más éxito o más suerte que yo. No puedo suscribirlo ni a cuenta propia, ni vicariamente, en supuesta representación de otros, de ese "pueblo" imaginario que puebla los discursos de nuestros iluminados.
Por supuesto que simplifico. Es tarde y tengo sueño: además, el tema me causa repugnancia. Me repugnan desde lo más hondo de mi ser aquellas personas que se creen con derechos sobre la propiedad y el esfuerzo de otros, aunque esos otros no me incluyen a mí personalmente. Me ponen de mal humor. Por ello, seguramente saldrá un post hepático, confuso y tal vez incoherente. Lo siento. Llegará el día, esperemos, en que podré tratar estos temas con más calma. Pero bajo la rúbrica de simplificación, ya vienen a decirme que mi idea de un "mercado abierto" es utópico, que no es como las cosas funcionan en realidad, que la realidad es que todos esos millonarios se han aprovechado de recursos estatales, de privilegios y ventajas concedidos por "los poderosos", de engaños y estafas, etcétera, que no son santos, que en realidad son corruptos, inescrupulosos, cínicos, son la escoria de la tierra, y que por eso sigo siendo el cojudo más cojudo que jamás vivió. A ver.
Sí, con toda seguridad tienen ustedes razón. No es ciencia de cohetes. Uno se hace político, se gana cierto poder e influencia, y a continuación empieza a vender favores, empieza a figurar en la Junta Directiva de una gran diversidad de empresas, a brindar con cava cortesía de algún lobby, etcétera: se hace su fortuna, sus cuentas en Miami, y con ello, como quien no quiere la cosa, también afianza otras fortunas igualmente turbias. Pero para todo eso, precisamente, está la Ley. No el proyecto de Ley que ahora está bajo discusión, sino esa Ley que también, en un país como Ecuador, resulta ser una resbalosa entelequia: aquélla que pone límites al poder y protege contra los abusos del mismo. El problema es que no la tenemos, y eso porque los populistas han sabido vender demasiado bien el cuento de que "el poder" no son ellos, sino otros, y por tanto, no se necesita protección contra el mismo Estado, ¡qué idea! En ausencia de esa Ley, que ante cualquier sugerencia de corrupción o de algún oscuro proceder pediría nombres, datos, pruebas individuales y fehacientes, y tendría una respuesta lenta pero implacable, nos acostumbramos a la ligereza de lengua de un Presidente a quien no le importa generalizar, para quien todo aquel que tenga harta plata "seguramente" la obtuvo mediante triquiñuelas, privilegios, extorsión, corrupción estatal, y por eso le "debe" al Estado, al mismo Estado que le facilitó todo eso en primer lugar. O sea, que ya estamos aprobando leyes basadas en la presunción de culpabilidad y no de inocencia, el lema "toda esa gente son iguales".
Lo interesante, para mí, lo esperanzador, es que se vea necesario todavía echar mano de esos pretextos, de esa retórica de mala fe. Como si la población votante todavía se resistiera a aceptar que el Estado no necesita excusas para llevarse lo que sea de quien sea, como si alguien todavía creyera en esa tontería de la propiedad privada.
Finalmente, y esto va para la Sra Mancero: gracias por recordarme que "la mejor herencia es ninguna", y que con adecuada "educación y formación" todo el mundo tendrá su oportunidad para triunfar en la vida. Espero que esto se haga realidad en el caso de mi hijo, que con su autismo se perfila en un futuro como uno de esos "perdedores" que los apologistas del régimen dicen apoyar, al tiempo que buscan la mejor manera de sustraerle hasta aquel poquito que pudo haberle regalado un padre moribundo y angustiado. Sí, seguramente su futuro será brillante en el nuevo país del Buen Vivir, y que el iluso, el utópico y el reacio a enfrentarse a la realidad soy yo. Seguramente.
Y en el Ecuador actual, uno de los países que todavía ocupa los primeros lugares de inequidad en el mundo, parece que “todos” han tenido propiedades, que “todos” han creado alguna riqueza “con el sudor de su frente”, que “todos” quieren dejar algo a sus descendientes y que “todos” pagan sus impuestos. (Juan J. Paz y Miño C.)
Resulta ahora que medio mundo ha acumulado tanto que están preocupados de qué van a dejar a sus pobrecillos hijos, que no saben qué les deparará el futuro, que sin esos recursos quedarán casi casi en la orfandad. (Werner Vásquez von Schoettler)
Los grandes detractores de la profundización de este impuesto evidentemente son aquellos que presienten serán afectados. Ellos cuentan con suficientes medios de comunicación y vocería para ser escuchados en todos los espacios y pretenden acabar imponiendo su criterio. Los desheredados de este país, quienes no tienen nada que perder -y al contrario, si se distribuyeran adecuadamente estos recursos recaudados tendrían que ganar- no tienen aún suficientes medios para expresarse. (Mónica Mancero, y sí, estoy decepcionado. De ella esperaba algo mejor)
Hablemos con claridad. Yo, personalmente, no me veo afectado en absoluto por la nueva Ley. Tengo un hijo a quien dejar lo ridículamente poco que tengo, que por su autismo consta como discapacitado por encima del 50%, por lo cual tengo entendido que hay gravamen al 0%. Puede que lo haya entendido mal y le toque pagar algo sobre la casa (el único patrimonio que se encuentra asociado a mi nombre), pese a que cuando yo muera (que será muy pronto, probablemente: la enfermedad pulmonar avanza a pasos acelerados últimamente), apenas se habrá cancelado una fracción de su modesto valor en hipoteca, y quedará el resto aún por pagar. El importe del impuesto, que sería irrisorio en este caso, no viene a cuenta. El tema es que en esos momentos complicados, dolorosos, cuando la muerte se lleva el principal sustento económico de la familia (mi esposa no tiene trabajo remunerado) y toca enfrentarse a un futuro incierto, viene el Estado con su rictus de sonrisa, con pistola en una mano y la otra extendida, a "cobrar" lo "suyo", como mafioso que es. Es un insulto más, una indignidad más después de todo lo que uno ha sufrido en vida con ese mismo Estado, saber que cuando uno muera, antes de que lleguen los pésames, antes de que lleguen las flores, ahí está el cobrador llamando a la puerta, con sus exigencias y amenazas y husmeando en busca de "algo escondido", como siempre.
"Este cuadro... muy grande, muy bonito. ¿Algún pintor famoso, tal vez...?."
"$15 en rebajas, De Prati."
"Hmm. Ah, y ¿este traje? ¿Pierre cómo se llama.... Pierre Cardin?"
"Pierre Bahía."
"Ah. Ése no lo conozco. ¿Su marido viajaba mucho?"
"No. Y no hay drogas en ese jarrón. Sólo flores muertas."
"Lo siento, señora, sólo hago mi trabajo. Firme aquí."
Hablemos claro. Si a Paz y Miño, Vásquez von S., Mancero, les parece que quien se oponga a una Ley sólo lo puede hacer por interés personal, qué puedo decir, lo siento por ellos. Su insistencia en que quien se oponga a esa Ley necesariamente lo hace por defender su propio "patrimonio", sólo puede interpretarse de una de las dos siguientes formas: o bien (1) ellos mismos son incapaces de defender, por solidaridad, los intereses de otras personas, y dan por descontado que los demás son como ellos, o bien (2) ellos creen tener la patente exclusiva sobre la solidaridad humana, y dan por descontado que los demás, en este sentido, no son como ellos. En ambos casos es como para tenerles un poco de pena.
"Los grandes detractores de la profundización de este impuesto evidentemente son aquellos que presienten serán afectados."
No, señora. Los grandes detractores de la profundización de este impuesto son aquellos a quienes de pequeños se les enseñó que la propiedad de cada quien es de cada quien y que robar es malo, siempre y en todo lugar, con independencia de circunstancias y con independencia de si soy yo u otra persona el afectado... y desde luego, con independencia del "patrimonio" del afectado, que desde la sensatez se ve como la mayor de las irrelevancias. Dicho de otra manera, los que persisten en tener claros y declarados principios éticos. Éstos, y no otros, son los grandes detractores de una Ley que, como otras tantas, busca acostumbrarnos a las depredaciones de los mafiosos hasta el punto de establecer, por fatiga mental, una especie de excepción ética, al estilo de: robar es malo pero no cuando lo hacen nuestros amos y señores, los grandes hacendados del Estado, nuestros dueños, los de los aviones privados y los departamentos en Bélgica y las eternas bodas en Miami. En este caso el robo se justifica porque aunque nos dejen en la penuria es por nuestro bien: ellos mismos lo dicen, me duele el cerebro, ha de ser verdad.
¿Tan difícil es de entender mi postura? Al parecer, nuestros pensadores del Telégrafo creen que una persona "pobre" que defienda el derecho de un millonario de quedarse con toda esa plata y regalárselo a quién le dé la gana es un solemne cojudo (si realmente existe tal persona, cosa que aparentemente se resisten a creer, o encuentran solemnemente "sorprendente"). Según parece, ese "pobre" debería de odiar al "rico", cuya futura suerte debería de serle indiferente; debería de clamar por su tajada de esas riquezas, de esos "recursos", con el argumento de que la "Justicia Social" dicta que lo que es de uno es de todos.
¿Qué puedo decir? Se vislumbra aquí una profunda grieta ideológica, una diferencia insalvable en cuestiones de ética profunda. Creo que aquí no es el lugar (ni tengo ahora mismo la energía ni el tiempo) para exponer filosóficamente los cimientos de una ética (la mía) según la cual la cuestión de si alguien es "rico" o no es absolutamente indiferente a la hora de hablar de sus posibles derechos, y del respeto que como ser humano se merece (a menos que se trate de riquezas mal habidas, por ejemplo, a través de la extorsión estatal que es el ejemplo más paradigmático). Simplemente constataré aquí que quienes tenemos este punto de vista ético vemos con desazón y tristeza esa aparente obsesión que escritores como los mencionados tienen con "los ricos", "la riqueza", "los recursos" y su "repartición", y hacen de esas "desigualdades" su caballo de batalla. Y no lo digo desde la comodidad de un burgués que desde su mansión quiteña predica para otros, para "los pobres", el Buen Vivir, el "contentarse con menos", el "no seas tan materialista ni tan consumista", y escribe elocuentes artículos sobre el tema desde su asiento de Club Class en el avión a Miami. Lo digo desde la perspectiva de una vida ya prácticamente consumada, cuya extraña y oscura trayectoria únicamente se alcanzaría a entender desde la perspectiva de una sana indiferencia, a lo largo de la vida, tanto hacia los bienes materiales y su acumulación como hacia el estatus social, que siempre me han parecido cuestiones secundarias, rayanas en indiferentes, y tal vez por eso no han tenido nunca mucho trato conmigo.
Resumiendo: por carácter, no soy capaz de perder ni un minuto envidiando al "rico": será por eso que los argumentos basados en la envidia me parecen sencillamente pueriles. Aunque fuese verdad que el 1% de la población del Ecuador, o del mundo, "acapara" el 90% de los recursos, a mí me parecería muy bien, siempre y cuando ese "acaparamiento" hubiera dado lugar sin ningún tipo de coacción, a través de un mercado abierto, con reglas que destierran de la arena tanto la fuerza como el inescrupuloso engaño, y con tal de que ese restante 99% de la población tuviera de qué comer y beber y con qué cobijarse en las frías noches de un invierno boreal. Los valores absolutos me impresionan, sobre todo cuando revelan pobrezas y miserias, pero no entiendo, y creo que a mi edad nunca entenderé, esa obsesión con los porcentajes. Parece que la pregunta no es "¿soy capaz de subsistir dignamente con lo que gano, con los recursos que tengo?" sino que viene a ser "Aunque vivo más o menos decentemente, ¿cómo es que ese otro tipo tiene mucho más que yo?" y a partir de ahí, a partir de esa miseria mental, de esa patética envidia, a medir porcentajes y a reclamar por "justicia social", como si "todos" tuviéramos derecho a una igual repartición del gran pastel, con independencia no solamente de qué hemos hecho para merecer nuestra porción, sino también de adónde vamos como sociedad con esos misérrimos valores.
En breve: no puedo suscribir una ética que invite a odiar a una parte de la humanidad, siquiera a un 1%, por una imaginaria ofensa que consiste en haber tenido más éxito o más suerte que yo. No puedo suscribirlo ni a cuenta propia, ni vicariamente, en supuesta representación de otros, de ese "pueblo" imaginario que puebla los discursos de nuestros iluminados.
Por supuesto que simplifico. Es tarde y tengo sueño: además, el tema me causa repugnancia. Me repugnan desde lo más hondo de mi ser aquellas personas que se creen con derechos sobre la propiedad y el esfuerzo de otros, aunque esos otros no me incluyen a mí personalmente. Me ponen de mal humor. Por ello, seguramente saldrá un post hepático, confuso y tal vez incoherente. Lo siento. Llegará el día, esperemos, en que podré tratar estos temas con más calma. Pero bajo la rúbrica de simplificación, ya vienen a decirme que mi idea de un "mercado abierto" es utópico, que no es como las cosas funcionan en realidad, que la realidad es que todos esos millonarios se han aprovechado de recursos estatales, de privilegios y ventajas concedidos por "los poderosos", de engaños y estafas, etcétera, que no son santos, que en realidad son corruptos, inescrupulosos, cínicos, son la escoria de la tierra, y que por eso sigo siendo el cojudo más cojudo que jamás vivió. A ver.
Sí, con toda seguridad tienen ustedes razón. No es ciencia de cohetes. Uno se hace político, se gana cierto poder e influencia, y a continuación empieza a vender favores, empieza a figurar en la Junta Directiva de una gran diversidad de empresas, a brindar con cava cortesía de algún lobby, etcétera: se hace su fortuna, sus cuentas en Miami, y con ello, como quien no quiere la cosa, también afianza otras fortunas igualmente turbias. Pero para todo eso, precisamente, está la Ley. No el proyecto de Ley que ahora está bajo discusión, sino esa Ley que también, en un país como Ecuador, resulta ser una resbalosa entelequia: aquélla que pone límites al poder y protege contra los abusos del mismo. El problema es que no la tenemos, y eso porque los populistas han sabido vender demasiado bien el cuento de que "el poder" no son ellos, sino otros, y por tanto, no se necesita protección contra el mismo Estado, ¡qué idea! En ausencia de esa Ley, que ante cualquier sugerencia de corrupción o de algún oscuro proceder pediría nombres, datos, pruebas individuales y fehacientes, y tendría una respuesta lenta pero implacable, nos acostumbramos a la ligereza de lengua de un Presidente a quien no le importa generalizar, para quien todo aquel que tenga harta plata "seguramente" la obtuvo mediante triquiñuelas, privilegios, extorsión, corrupción estatal, y por eso le "debe" al Estado, al mismo Estado que le facilitó todo eso en primer lugar. O sea, que ya estamos aprobando leyes basadas en la presunción de culpabilidad y no de inocencia, el lema "toda esa gente son iguales".
Lo interesante, para mí, lo esperanzador, es que se vea necesario todavía echar mano de esos pretextos, de esa retórica de mala fe. Como si la población votante todavía se resistiera a aceptar que el Estado no necesita excusas para llevarse lo que sea de quien sea, como si alguien todavía creyera en esa tontería de la propiedad privada.
Finalmente, y esto va para la Sra Mancero: gracias por recordarme que "la mejor herencia es ninguna", y que con adecuada "educación y formación" todo el mundo tendrá su oportunidad para triunfar en la vida. Espero que esto se haga realidad en el caso de mi hijo, que con su autismo se perfila en un futuro como uno de esos "perdedores" que los apologistas del régimen dicen apoyar, al tiempo que buscan la mejor manera de sustraerle hasta aquel poquito que pudo haberle regalado un padre moribundo y angustiado. Sí, seguramente su futuro será brillante en el nuevo país del Buen Vivir, y que el iluso, el utópico y el reacio a enfrentarse a la realidad soy yo. Seguramente.
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