Opiniones que sobran
Si estuviera en Inglaterra, seguramente mi ritual dominical incluiría salir a comprarme el Sunday Telegraph, ojear las noticias, con cara de Sansa Stark (para no desentonar), y luego ponerme a hacer el crucigrama. Esto, el crucigrama críptico que distingue al periódico inglés "de cepa" (Guardian, Telegraph, Independent) del simple y mísero tabloide, es uno de esos placeres secretos que si la gente no habla de él, es para que no se den cuenta los políticos de que en algún lugar alguien está gozando sin pagar un impuesto especial por ello. Y no, el crucigrama que siempre regala esos medios no tiene nada que ver con el que sale en el tabloide o en todos los diarios de otros países de que tengo conocimiento. En éstos, las soluciones son indicadas mediante simples definiciones, por ejemplo:
3 horizontal: criatura acuática que tiene ocho patas (5 letras)
Es decir, éstos son crucigramas aptas para distraer la mente momentáneamente en la sala de espera de un dentista, y poco más. En cambio, en el crucigrama "críptico" es más probable que vean algo así:
ACROSS
1 Lane difficult to cry on? (4, 8)
donde la solución se determina mediante un algoritmo recursivo con una heurística que con el tiempo y la experiencia se agiliza: primero se escoge alguno de los elementos de la "pista" (clue) como posible indicación general del significado de la palabra o expresión en cuestión (en este caso, probemos primero con "lane", camino) y a continuación, se consulta al léxico del idioma, obteniendo así diversas posibles soluciones (para "lane", hay muchos candidatos: road, way, highway, thoroughfare, street, etc), cada una de las cuales se tiene que interrogar, primero sobre su coincidencia con el número de letras indicado (4, 8 en este caso, o sea tiene que ser dos palabras), segundo sobre su coincidencia con las letras que ya sabemos que tiene que contener en determinadas posiciones según lo que hemos solucionado en otros casos, y tercero, con el resto de la pista que puede incluir definiciones de partes de la solución, o anagramas, o referencias literarias, etcétera, por eso la denominación "críptico". En este caso, al cual un compositor (así se llaman) de crucigramas calificaría de "ridículamente fácil", obtenemos la solución al darnos cuenta de que "hard shoulder" (carril de emergencia en una autopista) contiene el número de letras adecuado, 4 y 8, es un tipo de "lane" (carril), y además, "hard" es sinónimo de "difficult" y "to cry on" es una expresión que muchas veces se empareja con "shoulder". De modo que el avezado solucionador de crucigramas en esos medios "tradicionales" pone a prueba diariamente su dominio de todo el vasto léxico del inglés, al tiempo que sus conocimientos literarios, geográficos, zoológicos, históricos, etcétera, y a más de todo esto, su habilidad para descifrar anagramas, y esa agilidad mental que se demuestra en manejar algoritmos iterativos y recursivos, probando y desechando posibles soluciones parciales. Tal vez por eso la membresía de esa clase patricia y meritocrática que supuestamente (más en las películas que en la vida real, desde luego) dirigía, desde Whitehall o el Parlamento o la Cámara de Comercio, el destino del país, se ponía a prueba a diario, en el tren hacia Londres o en el escritorio del despacho, solucionando en un tiempo razonable (media hora o menos) el crucigrama del Times, que en esos tiempos aún no era tabloide.
Ahora, empiezo a creer que el privilegio de vivir en Ecuador hace a uno partícipe de otro entretenimiento burgués casi casi tan desafiante como el mencionado, y es el ritual dominical de intentar entender qué demonios quiere decir Orlando Pérez en su columna habitual del Telégrafo.
No soy culto, como algunos quisieran y como otros acertadamente me califican. (1 horizontal)
¿Lo ven? Si "otros" le califican a Orlando de "culto", y lo hacen "acertadamente", será porque lo es en realidad: pero él lo niega en la primera oración, de modo que ya, de entrada, se introduce esa disonancia cognitiva, que da lugar a ese denso matorral de contradicciones forzadas que forma parte del estilo del escritor. Para el hambriento de pistas crípticas, esto es a la vez un desafío y una tentación deliciosa: se lee el artículo para tratar de entender cómo una persona puede a la vez no ser culta, y ser descrita "acertadamente" como culta: y lo mejor del desafío estriba en que no se sabe de entrada si la solución se encuentra en un ingenioso juego de palabras, al estilo del crucigrama tradicional, o si tendrá más que ver con cierta tradición del budismo zen, sobre la cual citemos directamente del Tío Wiki:
Muchas veces el kōan parece un problema absurdo (véase: aporía), ilógico o banal. Para resolverlo el novicio debe desligarse del pensamiento racional común para así entrar en un sentido racional más elevado y así aumentar su nivel de conciencia para intuir lo que en realidad le está preguntando el maestro, que trasciende al sentido literal de las palabras.
Pues bien, en el presente caso lamento tener que confesar que no tengo el pensamiento tan elevado todavía para entender a Orlando Pérez, más allá del "sentido literal de las palabras", que en el citado artículo parece resumirse en una simple y lapidaria frase hecha famosa hace algunos años por el Rey de España, y dirigida, en este caso, a los medios de comunicación o a la sociedad ecuatoriana en general:
¿Por qué no te callas?
O en formulación del Sr Pérez:
¿Cuánto silencio les hace falta a algunos? ¿No será para todos ellos un acto de liberación no tener que decir nada y poder callar, como recomienda Deleuze?
Cuando leo esto, el crítico literario que hay en mí se pone en alerta: no será el sous-texte de esta afirmación una queja, a la vez simpática y desgarradora, ante la triste necesidad que persigue al editor de un diario gubernamental, de "tener que decir algo" con monótona regularidad, aunque no se le ocurra nada interesante, y se vea otra vez obligado al final a recurrir a su tradicional bete noire, verbigracia, la "irresponsabilidad" de las izquierdas no correístas, o a falta de eso, lo corruptos, mentirosos y procaces que son todos los medios ecuatorianos menos el suyo, e intentar sazonar esa pobreza temática con el artilugio de un estilo deliberadamente confuso y contradictorio? En todo caso, parece que aquí tenemos una paradoja digna del más elevado maestro zen: una persona que no tiene nada que decir se abstiene de callarse con el fin de recomendar que las personas que no tengan nada que decir no se abstengan de callarse.
Pero si al leer este artículo tuve una especie de epifanía espiritual, no fue precisamente por esto sino porque me puso sobre la pista de un fenómeno interesante, que tiene que ver con el ethos de la retórica aristotélica, y que se puede resumir así:
Si tengo que escoger entre dejarme convencer por tu opinión, y dejarme convencer por tu bota que en este momento me oprime el cuello, probablemente optaré por lo segundo: con lo cual, lo primero sobra.
¿Qué quiero decir con esto? Pues simplemente, que es un poco ridículo que una persona que haya optado definitivamente por el uso de la fuerza bruta, por ejemplo, accediendo a formar parte de toda la maquinaria represora, censuradora y propagandística del gobierno, luego intente convencer a sus víctimas, posteriormente, con argumentos intelectuales que justifiquen su actuar. Es lo que me vino a la mente con cierta fuerza al leer el más reciente "exhorto" del CORDICOM. Sin disponer de datos de primera mano ni estar debidamente familiarizado con el tema, al leer el resumen del caso que proporciona el propio CORDICOM, y a sabiendas de qué tipo de programa se trata ("Vamos con Todo") estoy por decir que probablemente tienen razón al criticar la manera burda y sensacionalista en que se explota el personaje y el problema de la drogadicción, manejando todo tipo de apestoso estereotipo de manera irresponsable en busca de mayores ratings. O si no tienen razón, por lo menos el tema podría dar lugar a una discusión interesante y fructífera, en que por ejemplo se buscaría con mayor claridad examinar los estereotipos relevantes, de dónde provienen, y cuál sería una manera "responsable" de enfrentarse a ellos. Pero las buenas intenciones (de las que no dudo) del autor del exhorto se chocan frontalmente con el hecho notorio de que el CORDICOM forma parte de un aparato represivo y censor, que cuando quiere, recurre a la fuerza para imponer sus versiones y sus criterios. Entonces el caso es un poco como si un ladrón entra en tu casa y mientras sus compinches te atan de pies y manos, se permite largarte un sermón sobre que los cigarrillos son malos para la salud, y por eso es porque todos esos cartones que él acaba de encontrar debajo de tu cama, se los va a llevar, desde luego por tu propio bien.
Puede que, de hecho, los cigarrillos sean malos: pero quién menos me va a convencer de ello es ese tipo, por razones que estimo obvias.
O busquemos otra analogía. En la literatura pornográfica de cariz sadomasoquista, es notable que nunca faltan los sermones, que muchas veces emplean los azotes como puntuación o a modo de letra cursiva: al mismo tiempo que se inflige el dolor, se explica por qué ese castigo es merecido, y por qué el que maneja el rebenque tiene toda la razón al actuar así. Con esto, se supone, se intenta aplacar cierta conciencia moral residual de parte del protagonista (o del autor), que intenta auto convencerse de que está actuando éticamente: o si no, si al protagonista no le importa actuar éticamente o no es capaz de discernirlo, entonces la explicación consistiría en esa exquisitez de la mente sádica, que más allá de la humillación física de la víctima busca también humillarla mentalmente, al hacerla reconocer internamente (y no solamente por palabra) su condición de miserable transgresora merecedora de castigo ejemplar. Y sostengo que esa sensación de exquisitez sádica es la que inevitablemente acompañará a cualquier persona medianamente inteligente que hojee, por ejemplo, las páginas de Opinión del Telégrafo, o que sea capaz de aguantar uno de esos sermones sabatinos del Presidente. La cuestión es que las víctimas ni siquiera tengan la dudosa y triste satisfacción interna de poder reconocerse, a pesar de todas sus tribulaciones, como portadoras de la razón. Es la consigna de los voceros del poder, perpetuamente renovada.
Y es por eso que yo digo: esas opiniones que sobran, esas voces que por el bien de todos deben callarse, ya de una vez, son las que justifican el poder, las que emanan de una cara invisible escondida tras la bota sobre el cuello: o sea, las del gobierno y de sus instancias representativas. Evidentemente, no estoy diciendo que el partido o movimiento que se haya hecho con el poder debería callarse: claro que no puede, tiene un deber que cumplir que es conseguirse la reelección mediante propaganda electoral. En algunos países afortunados, esas "voces" sólo se escuchan cuando se acercan las elecciones; pero si acá quieren hacer campaña electoral permanente, bueno, sus razones tendrán, pero por favor, no mezclemos conceptos: una cosa es la opinión racional y sustentada, y otra la propaganda. Y colocar continuamente propaganda electoral bajo la rúbrica de "opinión", como hace El Telégrafo, no es bueno para nadie. Por eso les recomiendo, señores del CORDICOM: absténganse de opinar sobre programas televisivos, que ya nadie les toma en serio cuando lo hacen (la punta metálica de su bota reluce más que la de su pluma, o en términos aristotélicos, carecen por completo de ethos), y limítense a hacer lo que hacen mejor, que es multar y sancionar. Otros pueden opinar sobre la ética de sus patadas al cuello, de sus alambicadas restricciones y su concepto decimonónico del Bien Común: pero que ustedes mismos lo hagan, señores, es el colmo de la desvergüenza y del absurdo.
3 horizontal: criatura acuática que tiene ocho patas (5 letras)
Es decir, éstos son crucigramas aptas para distraer la mente momentáneamente en la sala de espera de un dentista, y poco más. En cambio, en el crucigrama "críptico" es más probable que vean algo así:
ACROSS
1 Lane difficult to cry on? (4, 8)
donde la solución se determina mediante un algoritmo recursivo con una heurística que con el tiempo y la experiencia se agiliza: primero se escoge alguno de los elementos de la "pista" (clue) como posible indicación general del significado de la palabra o expresión en cuestión (en este caso, probemos primero con "lane", camino) y a continuación, se consulta al léxico del idioma, obteniendo así diversas posibles soluciones (para "lane", hay muchos candidatos: road, way, highway, thoroughfare, street, etc), cada una de las cuales se tiene que interrogar, primero sobre su coincidencia con el número de letras indicado (4, 8 en este caso, o sea tiene que ser dos palabras), segundo sobre su coincidencia con las letras que ya sabemos que tiene que contener en determinadas posiciones según lo que hemos solucionado en otros casos, y tercero, con el resto de la pista que puede incluir definiciones de partes de la solución, o anagramas, o referencias literarias, etcétera, por eso la denominación "críptico". En este caso, al cual un compositor (así se llaman) de crucigramas calificaría de "ridículamente fácil", obtenemos la solución al darnos cuenta de que "hard shoulder" (carril de emergencia en una autopista) contiene el número de letras adecuado, 4 y 8, es un tipo de "lane" (carril), y además, "hard" es sinónimo de "difficult" y "to cry on" es una expresión que muchas veces se empareja con "shoulder". De modo que el avezado solucionador de crucigramas en esos medios "tradicionales" pone a prueba diariamente su dominio de todo el vasto léxico del inglés, al tiempo que sus conocimientos literarios, geográficos, zoológicos, históricos, etcétera, y a más de todo esto, su habilidad para descifrar anagramas, y esa agilidad mental que se demuestra en manejar algoritmos iterativos y recursivos, probando y desechando posibles soluciones parciales. Tal vez por eso la membresía de esa clase patricia y meritocrática que supuestamente (más en las películas que en la vida real, desde luego) dirigía, desde Whitehall o el Parlamento o la Cámara de Comercio, el destino del país, se ponía a prueba a diario, en el tren hacia Londres o en el escritorio del despacho, solucionando en un tiempo razonable (media hora o menos) el crucigrama del Times, que en esos tiempos aún no era tabloide.
Ahora, empiezo a creer que el privilegio de vivir en Ecuador hace a uno partícipe de otro entretenimiento burgués casi casi tan desafiante como el mencionado, y es el ritual dominical de intentar entender qué demonios quiere decir Orlando Pérez en su columna habitual del Telégrafo.
No soy culto, como algunos quisieran y como otros acertadamente me califican. (1 horizontal)
¿Lo ven? Si "otros" le califican a Orlando de "culto", y lo hacen "acertadamente", será porque lo es en realidad: pero él lo niega en la primera oración, de modo que ya, de entrada, se introduce esa disonancia cognitiva, que da lugar a ese denso matorral de contradicciones forzadas que forma parte del estilo del escritor. Para el hambriento de pistas crípticas, esto es a la vez un desafío y una tentación deliciosa: se lee el artículo para tratar de entender cómo una persona puede a la vez no ser culta, y ser descrita "acertadamente" como culta: y lo mejor del desafío estriba en que no se sabe de entrada si la solución se encuentra en un ingenioso juego de palabras, al estilo del crucigrama tradicional, o si tendrá más que ver con cierta tradición del budismo zen, sobre la cual citemos directamente del Tío Wiki:
Muchas veces el kōan parece un problema absurdo (véase: aporía), ilógico o banal. Para resolverlo el novicio debe desligarse del pensamiento racional común para así entrar en un sentido racional más elevado y así aumentar su nivel de conciencia para intuir lo que en realidad le está preguntando el maestro, que trasciende al sentido literal de las palabras.
Pues bien, en el presente caso lamento tener que confesar que no tengo el pensamiento tan elevado todavía para entender a Orlando Pérez, más allá del "sentido literal de las palabras", que en el citado artículo parece resumirse en una simple y lapidaria frase hecha famosa hace algunos años por el Rey de España, y dirigida, en este caso, a los medios de comunicación o a la sociedad ecuatoriana en general:
¿Por qué no te callas?
O en formulación del Sr Pérez:
¿Cuánto silencio les hace falta a algunos? ¿No será para todos ellos un acto de liberación no tener que decir nada y poder callar, como recomienda Deleuze?
Cuando leo esto, el crítico literario que hay en mí se pone en alerta: no será el sous-texte de esta afirmación una queja, a la vez simpática y desgarradora, ante la triste necesidad que persigue al editor de un diario gubernamental, de "tener que decir algo" con monótona regularidad, aunque no se le ocurra nada interesante, y se vea otra vez obligado al final a recurrir a su tradicional bete noire, verbigracia, la "irresponsabilidad" de las izquierdas no correístas, o a falta de eso, lo corruptos, mentirosos y procaces que son todos los medios ecuatorianos menos el suyo, e intentar sazonar esa pobreza temática con el artilugio de un estilo deliberadamente confuso y contradictorio? En todo caso, parece que aquí tenemos una paradoja digna del más elevado maestro zen: una persona que no tiene nada que decir se abstiene de callarse con el fin de recomendar que las personas que no tengan nada que decir no se abstengan de callarse.
Pero si al leer este artículo tuve una especie de epifanía espiritual, no fue precisamente por esto sino porque me puso sobre la pista de un fenómeno interesante, que tiene que ver con el ethos de la retórica aristotélica, y que se puede resumir así:
Si tengo que escoger entre dejarme convencer por tu opinión, y dejarme convencer por tu bota que en este momento me oprime el cuello, probablemente optaré por lo segundo: con lo cual, lo primero sobra.
¿Qué quiero decir con esto? Pues simplemente, que es un poco ridículo que una persona que haya optado definitivamente por el uso de la fuerza bruta, por ejemplo, accediendo a formar parte de toda la maquinaria represora, censuradora y propagandística del gobierno, luego intente convencer a sus víctimas, posteriormente, con argumentos intelectuales que justifiquen su actuar. Es lo que me vino a la mente con cierta fuerza al leer el más reciente "exhorto" del CORDICOM. Sin disponer de datos de primera mano ni estar debidamente familiarizado con el tema, al leer el resumen del caso que proporciona el propio CORDICOM, y a sabiendas de qué tipo de programa se trata ("Vamos con Todo") estoy por decir que probablemente tienen razón al criticar la manera burda y sensacionalista en que se explota el personaje y el problema de la drogadicción, manejando todo tipo de apestoso estereotipo de manera irresponsable en busca de mayores ratings. O si no tienen razón, por lo menos el tema podría dar lugar a una discusión interesante y fructífera, en que por ejemplo se buscaría con mayor claridad examinar los estereotipos relevantes, de dónde provienen, y cuál sería una manera "responsable" de enfrentarse a ellos. Pero las buenas intenciones (de las que no dudo) del autor del exhorto se chocan frontalmente con el hecho notorio de que el CORDICOM forma parte de un aparato represivo y censor, que cuando quiere, recurre a la fuerza para imponer sus versiones y sus criterios. Entonces el caso es un poco como si un ladrón entra en tu casa y mientras sus compinches te atan de pies y manos, se permite largarte un sermón sobre que los cigarrillos son malos para la salud, y por eso es porque todos esos cartones que él acaba de encontrar debajo de tu cama, se los va a llevar, desde luego por tu propio bien.
Puede que, de hecho, los cigarrillos sean malos: pero quién menos me va a convencer de ello es ese tipo, por razones que estimo obvias.
O busquemos otra analogía. En la literatura pornográfica de cariz sadomasoquista, es notable que nunca faltan los sermones, que muchas veces emplean los azotes como puntuación o a modo de letra cursiva: al mismo tiempo que se inflige el dolor, se explica por qué ese castigo es merecido, y por qué el que maneja el rebenque tiene toda la razón al actuar así. Con esto, se supone, se intenta aplacar cierta conciencia moral residual de parte del protagonista (o del autor), que intenta auto convencerse de que está actuando éticamente: o si no, si al protagonista no le importa actuar éticamente o no es capaz de discernirlo, entonces la explicación consistiría en esa exquisitez de la mente sádica, que más allá de la humillación física de la víctima busca también humillarla mentalmente, al hacerla reconocer internamente (y no solamente por palabra) su condición de miserable transgresora merecedora de castigo ejemplar. Y sostengo que esa sensación de exquisitez sádica es la que inevitablemente acompañará a cualquier persona medianamente inteligente que hojee, por ejemplo, las páginas de Opinión del Telégrafo, o que sea capaz de aguantar uno de esos sermones sabatinos del Presidente. La cuestión es que las víctimas ni siquiera tengan la dudosa y triste satisfacción interna de poder reconocerse, a pesar de todas sus tribulaciones, como portadoras de la razón. Es la consigna de los voceros del poder, perpetuamente renovada.
Y es por eso que yo digo: esas opiniones que sobran, esas voces que por el bien de todos deben callarse, ya de una vez, son las que justifican el poder, las que emanan de una cara invisible escondida tras la bota sobre el cuello: o sea, las del gobierno y de sus instancias representativas. Evidentemente, no estoy diciendo que el partido o movimiento que se haya hecho con el poder debería callarse: claro que no puede, tiene un deber que cumplir que es conseguirse la reelección mediante propaganda electoral. En algunos países afortunados, esas "voces" sólo se escuchan cuando se acercan las elecciones; pero si acá quieren hacer campaña electoral permanente, bueno, sus razones tendrán, pero por favor, no mezclemos conceptos: una cosa es la opinión racional y sustentada, y otra la propaganda. Y colocar continuamente propaganda electoral bajo la rúbrica de "opinión", como hace El Telégrafo, no es bueno para nadie. Por eso les recomiendo, señores del CORDICOM: absténganse de opinar sobre programas televisivos, que ya nadie les toma en serio cuando lo hacen (la punta metálica de su bota reluce más que la de su pluma, o en términos aristotélicos, carecen por completo de ethos), y limítense a hacer lo que hacen mejor, que es multar y sancionar. Otros pueden opinar sobre la ética de sus patadas al cuello, de sus alambicadas restricciones y su concepto decimonónico del Bien Común: pero que ustedes mismos lo hagan, señores, es el colmo de la desvergüenza y del absurdo.
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