Opiniones que sobran (2)
Me olvidé de decir en el anterior artículo que a fuerza de no entenderlo, creo entender perfectamente al Sr. Orlando Pérez (sí, también soy maestro zen en mis ratos libres). Veamos si no (la siguiente cita es de uno de mis posts anteriores):
La gente que defiende la libertad de expresión sin tener nada ellos mismos que expresar, creo que estaría mejor ocupada regando postes de iluminación pública con una original mezcla de Pilsener, tequila, urea, ácido úrico y sales inorgánicas.
Son maneras de hablar, naturalmente. Lo que quise decir con esto es: si no tienes nada que expresar, nada cuya expresión valga la pena defender contra los censores gubernamentales, tienes un grave problema que no sé si llamar existencial o sicológico. Lo único que se me ocurre recomendarte a corto plazo es que dejes de defender conceptos que no entiendes y salgas a emborracharte, con la esperanza de que el vino te ayude a vencer esa censura interna que te está impidiendo descubrir tu verdadera originalidad y tu auténtico lugar en el mundo.
Sí, el vino a veces ayuda, aunque sólo sea para darte cuenta de lo fascinantes, novelescos y dignos de ser compartidos que son tus avatares emocionales. Y no creas: también ayuda mucho el retraimiento, el silencio, la soledad, el austero y sosegado raciocinio. En otro post anterior también cité a Bonhoeffer en el siguiente sentido:
Unless we have the courage to fight for a revival of wholesome reserve between man and man, we shall perish in an anarchy of human values… . Socially it means the renunciation of all place-hunting, a break with the cult of the “star,” an open eye both upwards and downwards, especially in the choice of one’s more intimate friends, and pleasure in private life as well as courage to enter public life. Culturally it means a return from the newspaper and the radio to the book, from feverish activity to unhurried leisure, from dispersion to concentration, from sensationalism to reflection, from virtuosity to art, from snobbery to modesty, from extravagance to moderation.
Este hombre, sin duda, sí sabía un buen rato sobre lo importante que es no dejarse llevar por la opinión y el prejuicio ajenos, y forjarse un centro de gravedad propio, tanto intelectual como emocional, so pena de convertirse en un Hollow Man.
Y sí, el artículo de Pérez podría leerse de esta manera, como un voto a favor de ese "wholesome reserve"... podría, si no fuera porque sabemos quién lo escribió y con qué fácilmente presumibles fines. ¿Cómo lo digo? Si una enfermera en un hospital me dice "cállese", obedezco por respeto, porque sé que ella tiene en mente los intereses de sus pacientes. Si un contrincante en un debate público me dice "cállese", en cambio, mi respuesta y mi interpretación de la situación serán muy diferentes. Ahora bien, de Orlando vocación de enfermero no se le conoce (puedo equivocarme), mientras que el puesto de Editor de un diario partidista gubernamental le coloca en la posición de vocero permanente, de contrincante en un debate público sin fin, con lo que la invocación implícita del artículo "todos los que no estén de acuerdo conmigo, que se callen de una puta vez" difícilmente se podría interpretar como un voto benigno y sabio a favor de la reflexión y de la sustentación de las ideas, y mas fácilmente como el equivalente literario a esa pistola contra la sien que en las películas precede a la llamada telefónica del rehén.
Lo siento, Orlando: si quieres que te tomen en serio intelectualmente, un primer paso sería dejar de alinearte con los violentos. Luego hablamos.
¿"Los violentos"?
Si alguna vez has participado en un debate con algún SJW (guerrero de Justicia Social), te sabrás el guión prácticamente de memoria. Resumiendo, y obviando las habituales invocaciones a la Ley de Godwin, etcétera: Según ellos, la confiscación de grandes fortunas por parte del gobierno sirve para volver la sociedad más igualitaria. Puede ser. Más igualitaria en el sentido de más pobre, con una pobreza más uniformemente distribuida. Bien. Ahora, si en el universo alternativo del Buen Vivir "los pobres" son felices, y se pasan el tiempo canturreando los loores del gobernante de turno por falta de otra cosa que hacer (pues el 80% de las empresas, por ser "familiares", se han ido al traste, y cualquier que haya trabajado para el Estado sabe que el gobierno sería tan capaz de llevar una empresa solvente como yo de ganar el Miss Universo: hasta pagar a tiempo los salarios a veces se les vuelve imposible a esos manes), me parece requetebién por supuesto: pero donde se me hace que la teoría se vuelve un poco... complicada, difícil de sostener, es cuando insiste en que el Buen Vivir, para el ciudadano, se manifiesta en un ejercicio permanente de generosidad, de solidaridad, de espíritu comunitario. Y lo digo porque si al simple hecho de dejar algo (dinero, propiedad) en herencia a tus propios hijos lo tratan como un crimen, mediante impuestos surrealistas, y en cambio se premia el egoísmo, el gastar toda tu plata mientras vivas, en ti mismo, en artículos suntuarios y consumo extravagante y ostentoso, a sabiendas de que lo que no te gastas el gobierno de todas maneras se lo va a llevar cuando te mueres, entonces es difícil de evitar la conclusión de que el altruismo popular, para ellos, al igual que el ahorro personal, apesta, que lo que hay que hacer es cuidar al Número Uno porque sobre la generosidad y la solidaridad el gobierno tiene exclusivo patente, y tú no eres el gobierno. Si a los de AP les parece que dejarles algo a tus hijos debería ser multado, ¿qué castigos no se idearán para quienes se atreven a dar algo en vida a personas menos íntimamente relacionadas, por ejemplo, a tus trabajadores? Bueno, la respuesta también ya la recibimos: si cometes el error de darles demasiada plata a ellos, a tus empleados, mediante pago de utilidades, también vienen a por ti con el mazo y el exprimidor. De modo que la intención del gobierno parece ser doble: no solamente quitarles a las personas el dinero que según parece les está sobrando, sino también, volver inútil a ese dinero que a uno le puede quedar, después de pagar todos esos impuestos, pues una persona normal en lo que primero piensa es en sus hijos y su familia, después en otras personas que pueden depender de ella, empleados por ejemplo, y por último en si mismo, en sus propios placeres y entretenimientos. Con lo que se abre el siguiente panorama: (1) A mis hijos y a mi familia, si les doy algo por encima de lo estipulado, me multan; (2) lo mismo pasa con mis empleados: (3) si quiero gastar ese dinero en mí mismo, encuentro de repente que no hay en qué, pues casi todo lo bueno viene de ultramar y hay tanto salvaguarda que ya no hay productos extranjeros en las estanterías.
Entonces para qué trabajar, para qué esforzarse.
Siempre lo pensé, sólo que ahora parece que se esfuerzan por demostrármelo: el Buen Vivir es una sociedad de vaguería, un rêve de paresse grossière que diría Rimbaud. Es el sueño de que todos estarán felices si nadie se levanta por la mañana, porque serán tan ignorantes que vivir en la mierda y comer cucarachas les parecerá el mayor de los lujos.
Pero no se le escapará al más astuto de mis lectores que lo que se propone es el antónimo de una sociedad libre, emprendedora, solidaria, generosa, con fuertes vínculos sociales, y por tanto, capaz de manifestar estabilidad, desarrollo, progreso, y de contener y cobijar a personas felices. Lo que se propone con cada vez mayor agresión e insistencia es rigidez, estancamiento, pobreza, envidia, desesperación, corrupción y viveza criolla.
Con el obvio y necesario corolario de que todo esto se tiene que defender con violencia. "Los violentos"... sí, no se me ocurre qué otro nombre cabe para quien se propone colocarse entre padre/madre e hijo/hija, con oscuras amenazas y rifle en mano, o para quien se proponga explícitamente "acabar con la empresa familiar" y con ella, obviamente, con la familia misma, en tanto ella siempre ha sido una especie de microsociedad solidaria y generadora de virtudes solidarias.
Ya lo dije hace tiempo: el Presidente me parece a mí una persona con graves trastornos sicológicos. Estos últimos proyectos de ley parecen demostrarlo. Apres moi, le déluge. En tal escenario, cobra importancia como nunca antes de qué lado de la barricada se sitúa el opinador, si con el poder fomentador de odio y devastador de sociedades, o en contra de ese poder. Ya no caben medias tintas ni elegantes incoherencias ni juguetones oxymorons. Eso, si alguna vez cupieron.
La gente que defiende la libertad de expresión sin tener nada ellos mismos que expresar, creo que estaría mejor ocupada regando postes de iluminación pública con una original mezcla de Pilsener, tequila, urea, ácido úrico y sales inorgánicas.
Son maneras de hablar, naturalmente. Lo que quise decir con esto es: si no tienes nada que expresar, nada cuya expresión valga la pena defender contra los censores gubernamentales, tienes un grave problema que no sé si llamar existencial o sicológico. Lo único que se me ocurre recomendarte a corto plazo es que dejes de defender conceptos que no entiendes y salgas a emborracharte, con la esperanza de que el vino te ayude a vencer esa censura interna que te está impidiendo descubrir tu verdadera originalidad y tu auténtico lugar en el mundo.
Sí, el vino a veces ayuda, aunque sólo sea para darte cuenta de lo fascinantes, novelescos y dignos de ser compartidos que son tus avatares emocionales. Y no creas: también ayuda mucho el retraimiento, el silencio, la soledad, el austero y sosegado raciocinio. En otro post anterior también cité a Bonhoeffer en el siguiente sentido:
Unless we have the courage to fight for a revival of wholesome reserve between man and man, we shall perish in an anarchy of human values… . Socially it means the renunciation of all place-hunting, a break with the cult of the “star,” an open eye both upwards and downwards, especially in the choice of one’s more intimate friends, and pleasure in private life as well as courage to enter public life. Culturally it means a return from the newspaper and the radio to the book, from feverish activity to unhurried leisure, from dispersion to concentration, from sensationalism to reflection, from virtuosity to art, from snobbery to modesty, from extravagance to moderation.
Este hombre, sin duda, sí sabía un buen rato sobre lo importante que es no dejarse llevar por la opinión y el prejuicio ajenos, y forjarse un centro de gravedad propio, tanto intelectual como emocional, so pena de convertirse en un Hollow Man.
Y sí, el artículo de Pérez podría leerse de esta manera, como un voto a favor de ese "wholesome reserve"... podría, si no fuera porque sabemos quién lo escribió y con qué fácilmente presumibles fines. ¿Cómo lo digo? Si una enfermera en un hospital me dice "cállese", obedezco por respeto, porque sé que ella tiene en mente los intereses de sus pacientes. Si un contrincante en un debate público me dice "cállese", en cambio, mi respuesta y mi interpretación de la situación serán muy diferentes. Ahora bien, de Orlando vocación de enfermero no se le conoce (puedo equivocarme), mientras que el puesto de Editor de un diario partidista gubernamental le coloca en la posición de vocero permanente, de contrincante en un debate público sin fin, con lo que la invocación implícita del artículo "todos los que no estén de acuerdo conmigo, que se callen de una puta vez" difícilmente se podría interpretar como un voto benigno y sabio a favor de la reflexión y de la sustentación de las ideas, y mas fácilmente como el equivalente literario a esa pistola contra la sien que en las películas precede a la llamada telefónica del rehén.
Lo siento, Orlando: si quieres que te tomen en serio intelectualmente, un primer paso sería dejar de alinearte con los violentos. Luego hablamos.
¿"Los violentos"?
Si alguna vez has participado en un debate con algún SJW (guerrero de Justicia Social), te sabrás el guión prácticamente de memoria. Resumiendo, y obviando las habituales invocaciones a la Ley de Godwin, etcétera: Según ellos, la confiscación de grandes fortunas por parte del gobierno sirve para volver la sociedad más igualitaria. Puede ser. Más igualitaria en el sentido de más pobre, con una pobreza más uniformemente distribuida. Bien. Ahora, si en el universo alternativo del Buen Vivir "los pobres" son felices, y se pasan el tiempo canturreando los loores del gobernante de turno por falta de otra cosa que hacer (pues el 80% de las empresas, por ser "familiares", se han ido al traste, y cualquier que haya trabajado para el Estado sabe que el gobierno sería tan capaz de llevar una empresa solvente como yo de ganar el Miss Universo: hasta pagar a tiempo los salarios a veces se les vuelve imposible a esos manes), me parece requetebién por supuesto: pero donde se me hace que la teoría se vuelve un poco... complicada, difícil de sostener, es cuando insiste en que el Buen Vivir, para el ciudadano, se manifiesta en un ejercicio permanente de generosidad, de solidaridad, de espíritu comunitario. Y lo digo porque si al simple hecho de dejar algo (dinero, propiedad) en herencia a tus propios hijos lo tratan como un crimen, mediante impuestos surrealistas, y en cambio se premia el egoísmo, el gastar toda tu plata mientras vivas, en ti mismo, en artículos suntuarios y consumo extravagante y ostentoso, a sabiendas de que lo que no te gastas el gobierno de todas maneras se lo va a llevar cuando te mueres, entonces es difícil de evitar la conclusión de que el altruismo popular, para ellos, al igual que el ahorro personal, apesta, que lo que hay que hacer es cuidar al Número Uno porque sobre la generosidad y la solidaridad el gobierno tiene exclusivo patente, y tú no eres el gobierno. Si a los de AP les parece que dejarles algo a tus hijos debería ser multado, ¿qué castigos no se idearán para quienes se atreven a dar algo en vida a personas menos íntimamente relacionadas, por ejemplo, a tus trabajadores? Bueno, la respuesta también ya la recibimos: si cometes el error de darles demasiada plata a ellos, a tus empleados, mediante pago de utilidades, también vienen a por ti con el mazo y el exprimidor. De modo que la intención del gobierno parece ser doble: no solamente quitarles a las personas el dinero que según parece les está sobrando, sino también, volver inútil a ese dinero que a uno le puede quedar, después de pagar todos esos impuestos, pues una persona normal en lo que primero piensa es en sus hijos y su familia, después en otras personas que pueden depender de ella, empleados por ejemplo, y por último en si mismo, en sus propios placeres y entretenimientos. Con lo que se abre el siguiente panorama: (1) A mis hijos y a mi familia, si les doy algo por encima de lo estipulado, me multan; (2) lo mismo pasa con mis empleados: (3) si quiero gastar ese dinero en mí mismo, encuentro de repente que no hay en qué, pues casi todo lo bueno viene de ultramar y hay tanto salvaguarda que ya no hay productos extranjeros en las estanterías.
Entonces para qué trabajar, para qué esforzarse.
Siempre lo pensé, sólo que ahora parece que se esfuerzan por demostrármelo: el Buen Vivir es una sociedad de vaguería, un rêve de paresse grossière que diría Rimbaud. Es el sueño de que todos estarán felices si nadie se levanta por la mañana, porque serán tan ignorantes que vivir en la mierda y comer cucarachas les parecerá el mayor de los lujos.
Pero no se le escapará al más astuto de mis lectores que lo que se propone es el antónimo de una sociedad libre, emprendedora, solidaria, generosa, con fuertes vínculos sociales, y por tanto, capaz de manifestar estabilidad, desarrollo, progreso, y de contener y cobijar a personas felices. Lo que se propone con cada vez mayor agresión e insistencia es rigidez, estancamiento, pobreza, envidia, desesperación, corrupción y viveza criolla.
Con el obvio y necesario corolario de que todo esto se tiene que defender con violencia. "Los violentos"... sí, no se me ocurre qué otro nombre cabe para quien se propone colocarse entre padre/madre e hijo/hija, con oscuras amenazas y rifle en mano, o para quien se proponga explícitamente "acabar con la empresa familiar" y con ella, obviamente, con la familia misma, en tanto ella siempre ha sido una especie de microsociedad solidaria y generadora de virtudes solidarias.
Ya lo dije hace tiempo: el Presidente me parece a mí una persona con graves trastornos sicológicos. Estos últimos proyectos de ley parecen demostrarlo. Apres moi, le déluge. En tal escenario, cobra importancia como nunca antes de qué lado de la barricada se sitúa el opinador, si con el poder fomentador de odio y devastador de sociedades, o en contra de ese poder. Ya no caben medias tintas ni elegantes incoherencias ni juguetones oxymorons. Eso, si alguna vez cupieron.
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