Reasons to be cantankerous, part 33

Bueno, ya está todo claro. Correa no da su brazo a torcer, así que a acabar con la empresa familiar se ha dicho. Si fuera joven tal vez lo cogería con otro talante, pero a estas alturas de la vida, uno se siente un poco turista, dispuesto a buscar entre los escombros de batallas que ya no le conciernen ese detalle pintoresco... así que diré simplemente que me impresiona, a pesar de todo, que un Presidente, nada menos, pueda salir en los medios y decir: quiero aniquilar el 80% de las empresas del país, enviar a toda esa gente a la calle, quiero que mi país sea el Triangulo de las Bermudas de los inversionistas, quiero presidir desempleo y miseria, hasta que me toque jubilarme, alejarme de ese país en ruinas y ocupar mi cómodo apartamento en Bélgica que ustedes, cojudos, me han financiado, muchas gracias. Impresiona que sea tan franco. Otros políticos se han cargado la matriz productiva de su país pero ninguna que yo sepa ha anunciado con antelación su deseo de hacer precisamente eso. Así que, a pesar de todo, olé.

En fin, yo no tengo empresa familiar, así que por ese lado debo estar tranquilo.

La herencia... vengo de una familia de ésas sobre las que cuelga una novelesca maldición, como en El Perro de los Baskervilles, o en Dragonwyck, o en La Caída de la Casa de Usher, con brotes de locura incluidos y todo tipo de pintoresca desgracia. Así que si tuviera algo que dejar en herencia, probablemente sería una mansión lóbrega y siniestra llena de espectros y ataúdes y telarañas, con puertas que chirrían y mujeres que andan sonámbulas por la noche en ropa interior. La verdad es que no tengo eso (o no todo eso), pero como si lo tuviera. El Estado que se lleve lo que quiera de tan desdichada herencia familiar. Lo único que se puede heredar de un ser como yo es la mala suerte y las oscuras persecuciones nocturnas.

Bien. Cuando pienso en la muerte, que es con la misma frecuencia que los jóvenes piensan en el sexo, hay sólo un detalle que me molesta... pero la solución estaría en cogerme una tarde libre y cambiar mi cédula de una vez, especificando ese "no jueguen con mi cadáver" que ahora se estila entre los avaros y egoístas neoliberales neogolpistas financiados por la CIA. Aunque la verdad, me daría bastante curiosidad poder saber qué idearían hacer esa gente del Estado con una carcasa como ésta, donde absolutamente nada se ve aprovechable. Los ojos, viejos y cansados y miopes, los pulmones, destrozados por el tabaco, el corazón roto, los dientes casi inexistentes, la piel arrugada y vieja, el estómago ulcerado, el único testículo que me queda en huelga hace fuuu (o por lo menos en work-to-rule), el cerebro, encogido y reseco por tantos años de abuso del alcohol y del neoliberalismo, el páncreas...¡! ahí está. Todavía tengo un páncreas más o menos funcional. Y se lo dejara alegremente a quienquiera que fuese (¿alguien quiere un páncreas de segunda mano?) con la única condición de que me lo pidieran decentemente, con educación. Porque la educación sí importa.

Bueno, yo creo que sí importa. Pero parece que nadie está de acuerdo conmigo, así que hay que sopesar la posibilidad de que soy un viejo tonto y ridículo que vive con otros esplendores en un pasado que nunca fue.

Me explico. Entre la gente que sale y saldrá a protestar por eso de la herencia, habrá bastantes que con la Ley bajo la lupa perderán, no sé, tal vez $20, o bien $200. O aunque fuesen $200.000. La cuestión es que según la machacona propaganda oficial, ese dinero se meterá en la Máquina de la Redistribución, que le das una vuelta con esa manga larga que tiene y si salen tres elefantes en línea, el premio recae en Los Pobres (y si no, se va a esas cuentas turbias que los asambleístas tienen en EEUU, para volver Cuando El País Lo Necesita). Bien. La cuestión es que esa plata será para los pobres por lo menos si crees en el Ratoncito Pérez. ¿Por qué protestar entonces? Si esa misma gente, pidiéndoselo con educación, cualquier día es capaz de dar esas mismas cantidades, según su bolsillo, a ese pobre que les llama la atención desde la vereda, o desde la pantalla de la tele, o desde los melifluos labios de Michelle O'Bama. Pues ahí está. No es que sean tan, tan egoístas, avaros, acaparadores, antipatriotas, ruines, protervos, &c, &c (consulte la edición del Telégrafo más cercano para más adjetivos), sino que esa gente es tan anticuada que insiste en que se lo pidan con cortesía.

Y, tonto de mí, es lo que yo hiciera. Porque no creo que por muy 1% que sean esos "ricos", ni por muy 90% que sea la cantidad de recursos que controlan, yo tenga derecho a estirar la mano y coger lo que no me pertenece, lo que yo no me trabajé, lo que no se me ocurrió, lo que otros amasaron mientras yo dormía plácidamente en una cabina telefónica en el oeste de Uxbridge (¿o fue Northolt?).  En breve, creo que todos nacemos sin derechos y morimos sin derechos, y probablemente vivimos sin derechos, y cuando nos damos cuenta de eso, nos convertimos en seres más corteses, más alegres, más compasivos y más humanos. O en otras palabras:

Odio significa creer que lo que otro "tiene" te corresponde a ti. Es así de sencillo. La natural consecuencia del odio es afear a ese otro, convertirle en esperpento dentro de tu mente, en un ser ruin. La segunda consecuencia es que busques hacerle daño. Si no odias, no querrás hacer daño a nadie, y además, podrás ver a otros seres humanos como lo que son: otros seres humanos. Son dos ventajas de peso a favor de no odiar. Yo personalmente prefiero no odiar. Y si me dicen que para disponer de la prueba (última, final, incontrovertible) de que "los ricos" tienen algo que, como pobre o tirando a, me corresponde a mí, tengo que leerme tres veces el Kapital, de Marx, la segunda vez en bañador y la tercera colgado de un trapecio, y que además tengo que verme con el plasta ese de Piketty, y además tengo que aprender a razonar "dialécticamente", y que además hará falta ahondar en el turbio pasado de esos "ricos", que quién sabe si alguno de ellos no mató a Abel y se cogió sus ovejas, etcétera, pues qué quieren que diga, no estoy por la labor y prefiero quedarme con lo evidente, y las evidencias apuntan a que soy un vago que no se merece gran cosa, salvo posiblemente una patada en el trasero. (Si pudiera ser una tunda administrada por una señora con ligueros y en stilettos, mejor. Soy inglés.)

Una última cosa. Nebot es un pendejo y un payaso. Es oficial (you heard it here first). ¿Que por qué lo digo? Pues resulta que esta mañana, llevando el niño al colegio se me ocurre encender la radio y sale un "espacio de opinión" que consiste en un largo discurso del susodicho burgomaestre, donde grandemente era cuestión de lo nefasto de estas últimas leyes (ninguna discusión) y la necesidad de protestar y hacer frente a ellas (ninguna discusión) y confesaré que hacia el final del discurso me estaba quedando un poco boquiabierto: este hombre, me dije, sí sabe hacer discursos. Luego vino esto (no es textual, pero más o menos da la idea):

"Y si a alguno de nosotros nos toca morir en la contienda, pues así sea, pero morir con la espada en alta, oé, oé"

¿Morir?

QED. Pendejo.


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