Full circle

Sucedió al final de una clase esta mañana. Se me acercó una estudiante para preguntar algo. Ella no olía a perfume, ni a nada femenino ni siquiera, acaso, humano. Olía a un pasillo estrecho al lado de un edificio enorme, de ladrillos, con algunos brotes de hierba en el suelo, con un cántaro mugriento echado de lado, toda la escena atravesada de grandes y puntiagudas sombras, con un sol pequeño e impotente que vacila en el aire, metros arriba, como una abeja indecisa. Dentro del edificio alguien está tocando el concierto No. 2 de Rachmaninov al estilo S. Richter. Hay algo siniestro en el ambiente. Cierro los ojos: necesito identificar esta escena, pero no puedo. Contesto su pregunta. Ella sonríe y se aleja por el aula vacío. Grito tras ella: "Perdón, ¿cuál es ese perfume que usted lleva?" Ella da media vuelta y dice: es mi sudor. O a lo mejor dice: se llama Allée Étroite Avec Drainage, es de Chanel. O tal vez dice: es el del aceite de mi carro, que esta mañana estuve media hora cambiando las bujías. En fin, podría haber dicho muchas cosas, nunca lo sabré, pues no soy quien para ir preguntando cosas como qué perfume lleva usted, no soy así de desvergonzado.

Nunca lo sabré. Lo único que puedo decir es que fue perfume de mi infancia. Bien de la que tuve, o bien de la que debería haber tenido.

No tuve apenas mayor suerte con el aroma que me asaltó en la escalera del edificio de la CISE una mañana hace tres años. Olor a algún artículo de limpieza, eso es seguro. También olor a mi escuela, eso creo. A algo más también, a algo que sucedió en esa escuela, pero no alcanzo a recordar...

El estiércol de caballo me es plenamente identificable. Me aturde, me embelesa, me desorienta, me provoca. Por razones que, ahí sí, más o menos recuerdo. Lo otro no.

Leopoldo Alas lo denomina "Viaje Redondo". Uno sale al encuentro de la vida, aprende, piensa, siente, tropieza, hace tonterías, se vuelve krausista un tiempo, se enamora, se desespera, envejece... y al final se encuentra de nuevo en el punto de partida, con el mismo cielo de esfinge azul, el misterio insondable misterio, las mismas preguntas destinadas a no ser contestadas, la misma inmensa soledad.

Para orientarme en esa infancia, el globo negro que equivocadamente solté una tarde, para verlo alejarse veloz por el mismo cielo, el de las nubes-pescado, el del parque al lado del Támesis, el de más allá, de las tierras de dragones y doncellas. Entonces supe de otra tragedia que por primera vez, no era mía, y lloré desesperado durante media hora. Mi madre se asustó y me dio a probar una golosina turquesa. Sirven para todo, las turquesas.

Hay que esforzarse. Hay que seguir viviendo la vida como si algo de lo que haces todavía tuviera algún sentido. Como si todo lo importante no estuviera situado en esa infancia, a la que accedes a la manera de Proust, a través de los olores únicamente, que son puertas en el tiempo. Como si no andaras desnudo bajo tu gastada ropa de emperador, como si no estuvieras cayendo en pedazos, como si tus órganos no yacieran esparramados en el suelo del aula, como si no te citaras con las lágrimas sin sentido a modo de furtivo adúltero, como si el animal que se escondía tras ti en ese pasillo no estuviera a punto de devorar el mundo y apagar las estrellas.

Comments

Popular posts from this blog

Odio

Relaciones diplomáticas

The OK Salvadoran