Tener fe es esto


Es duro esto de ser profesor universitario bajo la Revolución Ciudadana. Lo digo sobre todo por la composición de mis clases. Antes, si dabas clases en una universidad podías estar seguro de que tus estudiantes eran todos humanos. Ahora, con la nueva Constitución que le da derechos a la Naturaleza, entre ellos el derecho a una educación, me he dado cuenta de que la mayoría de mis estudiantes son filogenéticamente lejanos. Algunos son plantas. Otros, hongos. Otros, reptiles. En la primera clase que tuve esta mañana había un tiburón, una gacela, tres perezosos, una cebolla, un oso hormiguero, cuatro pingüinos, dos canguros (macho y hembra), un pavo real, cinco gallinas, una hormiga, una colonia de Streptococcus, un pulpo, y seis ranas. Prueba tú de enseñar el uso correcto del presente perfecto continuo a un oso hormiguero. Es realmente deprimente, por no decir desesperante.

Bueno, en realidad lo que acabo de decir es mentira. Lo dije con el fin de desestabilizar el gobierno, nomás. Y es que la tentación de desestabilizarlo a veces puede más que uno. Y ¡es tan fácil! Parece que todo lo desestabiliza últimamente: una leve corriente de aire, el chirrido de una puerta, una palabra fuera de turno, un estornudo, un chiste, una manifestación. Uno diría que el gobierno de Ecuador es algo así como un castillo de naipes erigido temerariamente encima del lomo de un gato dormido. "Antes de entrar en esta sala del museo, es mi deber avisarles que hay un gobierno dentro: por favor, bajen la voz, no hagan ruido, no hagan movimientos bruscos. Admírenlo de lejos pero no toquen." La verdad, no he visto en la vida algo tan condenadamente, seductoramente desestabilizable como este gobierno. Por eso esa tentación permanente de hacerlo caer estrepitosamente acercándose y diciendo algo así como "¡bu!" Pero no se diga de mí que fui el que dijo bu en Ecuador. No quisiera pasar al otro vida con esa carga sobre mi conciencia. Nada de bues aquí. Tranquilos.

En todo caso, lo que acabo de decir es mentira. No quería desestabilizar el gobierno alegando que mis alumnos eran animales, plantas, hongos, insectos y bacteria. En realidad lo dije porque a veces me lo parecen. Ustedes me comprenderán. Uno se vuelve viejo, la vista empieza a fallar, y además algunas neuronas empiezan a dar problemas, y entonces es cuando alguien en la clase levanta la mano y miras y por unos instantes crees estar viendo, no una mano levantada, sino la cornamenta de un caribú, o el tentáculo de un calamar gigante que se yergue sobre una océano de cabezas y celulares. Sin duda el problema (extensible a otros muchos aspectos de la vida cotidiana) de la creciente incapacidad del cerebro para reconocer y clasificar objetos familiares se debe a alguna degeneración puntual en los centros visuales producto de la extrema senectud: pero yo también lo asocio a otro fenómeno, que es de lo que realmente quería hablar aquí. La cuestión es que empiezo a extrañar a los seres humanos de verdad.

¿Serán cosas de la vejez, o de los tiempos que corren? No lo sé. Pero a veces me parece que ante el reto de Alan Turing (diséñenme una computadora que converse con la inteligencia impredecible de un ser humano) los científicos de bata blanca, del Colgate Plus y del detergente ¡biológico! se han juntado en infernal contubernio, no para elevar la inteligencia de la computadora para igualarla al del ser humano, sino al revés: bajarle la inteligencia del ser humano corriente para igualarla a la computadora, y así ganar el Turing Test, los $6.000 y el viaje a Bujumbura. Ustedes me dirán. No pienso extenderme, pero por cinco dólares: ¿qué tienen en común los siguientes fenómenos culturales: (a) la película de 50 Sombras de Grey, (b) las hermanas Kardashian, (c) el papa Francisco en su faceta de superestrella enciclista, (d) las sabatinas de Correa, (e) el twerking? Correcto: todos ellos hubieran sido arriesgados hace 20 años, inviables hace 30, impensables hace 40, por insultar bien a la inteligencia, bien a la estética (o ambas cosas a la vez). Eso, por los tiempos que corren. Pero también hay que reconocer que antes tampoco era yo tan exigente con mis hermanos humanos. Cuando uno es joven, las personas que te rodean pueden ser inteligentes, intensas, espiritualmente profundas, o pueden ser frívolas, conformistas, superficiales, y te da casi lo mismo porque lo que más te interesa es el tottie, visto como ente metafísico unitario y todopoderoso. Como sea que la vejez es una especie de clínica destottificadora, y que a estas alturas a dicho ente metafísico uno ya le está viendo las costuras, y nombrando las partes (which in your case you have not got), pues los seres humanos importan más. También hay eso.

La cuestión es que uno empieza a tener fe. No en ningún dios, que a perro viejo no hay dios que le valga ni le diga tus tus, sino en que algo de lo que eres y de lo que sientes encontrará, puntualmente, su interlocutor y su respuesta en ese Sargasso Sea de extraña, inexplicable y maravillosa inteligencia que flota sobre el océano del descerebrado mimetismo.

Esa esa inteligencia que flota en el aire entre carro y carro en el parqueo donde a veces, entre clases, salgo a fumar. Que persigue al pájaro de cola larga que discurre entre árboles. Que lucha por brotar entre las hierbas que puntúan las grietas en el suelo.


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