Nosotros

Me vino a la mente a propósito de Romer y su simpatiquísimo neocolonialismo al estilo de la Liga Hanseática y la leyenda de Hong Kong. Entre toda esa larga letanía de razones que cualquiera esgrime tristemente en su contra, se repite una misma palabra todo el rato como bajo ostinato: nosotros, nosotros, nosotros. En otras lecturas hoy, la misma palabra salió de la página y me picó como zancudo: un británico, en discusión con un yanqui, que argumentaba que la guerra de Irak carecía de justificación decía y entonces, si el pretexto es un gobierno miserable, ¿cuándo iremos nosotros a declararle la guerra a China? Ese nosotros, carente de ironía, me chocó cual obscenidad en una página de Rosalía de Castro. Así que por mucho que protesta la dama, en el fondo de ese psique persiste un miserable nosotros, medio OTAN, medio special relationship, y la discusión, con todas esas alargadas sombras ideológicas, era nomás entre familia.

Ya hablé antes (a propósito de cleavage) de lo entrañables que me resultan esas palabras que se autocontradicen sin ayuda externa, es decir, de los antónimos de sí mismos. Tal resulta ser ese vocablo nosotros, que tan extraño olor persiste en desprender en mi laboratorio. ¿Cómo demonios se ha de tomar este matrimonio entre nos y otros? ¿Como vamos a ser otros sin dejar de ser nos? No llegó a tanto mi formación lingüística, pero sospecho que la intención de ese nous autres acoplado habrá sido fundamentalmente excluyente, es decir, dar a entender que cuando digo nosotros tú te quedas fuera. Otros idiomas son más prácticos: pronombres separados son el nosotros que te incluye y el que te excluye. De todas maneras, es todo un detalle y una marca de toalla sanitaria que haya también una nosotras (estaba en mi lista de las 10 palabras más erógenas, hasta que empecé a frecuentar Mi Comisariato). Personalmente, dejé constancia hace tiempo que conseguí pasar una década entera, desde los 30 hasta los 40 años, sin usar ni una sola vez esa palabra nosotros, en ninguna de sus traducciones, salvo en las clases (donde uno se acostumbra a enseñar cosas inútiles). Simplemente, no había cómo. Soy, para empezar, apátrida, por preferencia y temperamento. (Las naciones me parecen casi tan estúpidas y anacrónicas como las religiones. Sólo sirven para joder.) Pero ahora, sí lo uso, eso sí, con cuentagotas, y a veces con algo de malicia. De vez en cuando dejo caer un nosotros con sentido de "nosotros, los ecuatorianos", a ver si alguien muerde (todavía no hubo suerte: puedo esperar). Cuando no lo digo con ironía es a mi hijo: formamos un nosotros bastante empírico y compacto, él es (todavía) mi retrato (me gustaría que no lo fuera tanto). A veces, cuando hay sueño, no queda muy claro dónde él termina y yo empiezo (si es que empiezo). Eso parece apuntar a una categoría especial, un nosotros de identificación plena, de atroz semblanza genética, de un compartir que va más allá de la voluntad, pero no estoy por la labor, es tarde.

Valga la simple constatación de que de cada 100 nosotroses que encuentras, 99 huelen a presumido, a podrido, como el que acabo de señalar, ese "nosotros los poseedores de armas nucleares y lecturas en Milton, pese a cualquier desavenencia". Entre esos tirando a podridos, el nosotros ecuatoriano, esa frágil esencia imaginaria que une a serranos con costeños y a éstos con la ciudad de Guayaquil, que de no ser ya motor imprescindible para la economía nacional fuera candidato a experimentos Romerianos (en un mundo paralelo, sin Correas y sin otras muchas cosas). Imagínese: Guayaquil, territorio enclave de EEUU (o de Canadá, o de Francia, poco importa), con salud y nivel de vida de importación, y con auténtica libertad de prensa. ¿A cuántos nosotros eso ofendería? Me atrevo a decir que a más de una veintena: y sin embargo, pese a lo irrealizable, qué hermoso sueño.

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