Snotscape

Qué descansada vida la del que mueve patrás el asiento, se enciende otro Líder algo amarillento, y escucha disolverse el firmamento. Se enturbia el parabrisas de gotas temblorosas y de vaho, zigzagueo sin prisas de líquido salado que evoca a un Seurat Monetizado; y el dulce oleaje de los carros que surcan allá fuera supera los brebajes de cualquier cervecera en fuerza calmadora y zalamera. Desgraciadamente, ni estamos en invierno ni tengo ya carro para aparcar en algún lugar desierto y entregarme a la contemplación extasiada, por no hablar de la devota oración horaciana, de la lluvia. Pero recordaré aquellos momentos enfundados en fibra de vidrio como la última calma previa a esta tormenta que por lo visto, ya no tiene noción de amainar: ya no más. Empezó hace dos abriles con el robo, el que convirtió la mayor parte de esta casa en territorio frío y enemigo. Siguió el accidente de mi hijo, que le hizo valiente y triste antes de cumplir los dos años, luego el desesperado intento del negocio que nos birló ahorros y estabilidad; sobrevinieron desencuentros familiares inesperados; y últimamente, en este paisaje de sorprendente y eternamente renovada escualidez, parece que toca de nuevo el turno, tan previsible y aburrido como el fútbol, de la enfermedad. Claro que ésta de ahora no es más que una vulgar gripe de andar estornudando por casa, y confieso que me encantó anoche sudar la gota gorda durante unas horas, con esos sueños inquietos y esas sábanas caladísimas que tan bien recordaban los de la vacuna del tifus - qué quieren que les diga, tener fiebre me entusiasma, pues es el único momento en que uno puede realmente abrigarse en este país sin sentirse idiota, además de que te vuelves como niño (mi niñez fue puras fiebres, por lo visto) - pero no me refiero principalmente a esta enfermedad, sino a todas las demás. Y es que ser viejo es otra cosa. De joven, las enfermedades se suceden, con largos veranos en medio, tanto que te olvidas de ellas, pero de viejo, ya las acumulas de manera polígama. Pasados los 45, olvídate de recuperarte de ninguna: se instalan en tu vida de forma permanente. Las gripes no tanto, pero las otras sí. He perdido la cuenta de las que ahora arrastro. Hace unos meses hubiera dicho, bromeando, bueno, por lo menos tengo las rodillas sanas. Ahora, ni eso. A veces tengo la fantasía de algún día encontrar a un médico de esos míticos de película prohibida a quien le sobrara tiempo, y que no tuviera nada mejor que hacer que ponerse a catalogar todas mis dolencias e idear un tratamiento que, holísticamente o no, las incluiría a todas, en una especie de orgía de curación en la que yo (muy importante) estuviera estirado todo el rato sobre una mesa de mármol en plan Exhibit A, en gozoso contacto con mi lado femenino. A veces, cojeando por la carretera tras el bus, me pongo a pensar en lo maravilloso que es este mundo en que algunas personas todavía, a pesar de todo, consiguen sentirse importantes, y me pregunto si alguna vez me habré sentido así. Tal vez. Ya no me acuerdo. Tengo el don de la mala memoria, que es lo único que hace falta para que nunca te deprimas; no recordar nada, y disponer de un poco de oxígeno mental así sea con mal olor, lo justo, y andando. Pero a veces como que intuyo que otro mundo es posible.

Lo que pasa es que no te dejan salir hasta que no hayas descrito la jaula a conciencia, sin despreciar detalle.

A falta de lluvia, no obstante, mocos. Los míos algo de semen imberbe evocan, y algo de Camembert derrotado. Y un sabor que demuestra una rica vida interior, tan rica y punzante que me deja boquiabierto al acercarme al retrete-escupidero. Estas gripes también te tornan en poesía profunda palabras como maxilofacial. Te hacen pensar que un simple rostro puede estar lleno de cavernas secretas con sendas comunidades de diminutos cristianos perseguidos, dedicados a la producción artesanal subterránea de mocosidad de calidad superior (en venta en la tienda de la salida: imprescindible tu Virgen negra). Eso, cuando no están dibujando grafitos en tu tabique nasal.

Y uno se duerme tiritando y sueña con Titan, esa luna de Saturno, con su atmósfera de nitrógeno y metano y su temperatura hiperescocesa, y de todos esos presuntos seres vivos que pueblan el paisaje, seres tan exhaladores de metano como un discurso presidencial, y de cómo se sentirán viendo esa cosa enorme anillada acaparando eternamente su cielo, y uno se pone a escudriñar el paisaje y he aquí que hay mocos, estalagmitas de mocosidad por doquier, snot everywhere. Parece ser que sin mocos no hay siquiera lunas posibles.

Comments

  1. Conozco una señora que acaba de cumplir 93 años. Si le cuento que te consideras "viejo" después de los 45 se me va a reír en la cara.

    Ella se aferra a la vida como a nadie he visto hacerlo, trabajó hasta cuando tenía casi 80 según me cuentan.

    Sabiendo que existe en el mundo gente como ella, me parece simple y llanamente ridículo y retrograda que en Ecuador si tienes más de 35 ya no seas considerado un "buen" candidato para darte un empleo.

    Viejo a los 45? No, no lo comparto, pero en fin, los achaques no le restan brillantez a tus palabras.

    Saludos.

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  2. No tengo pretensiones de validez general, ni menos universal. Lo que a mí me pasó a los 45 a otro puede que le pase a los 30 (aunque sería sorpresa), o a los 70, o nunca. Y valga también la precisión de que envejecí prematuramente en parte tal vez por causas genéticas (carácter proclive a la ansiedad), tal vez por circunstancias, y seguramente por malos hábitos. Nadie que me viera diría que tengo 49 años: la gente suele echarme 10 años más. Y si ser viejo es empezar a contar los años que te quedan en vez de los que cumpliste, entonces el tener una enfermedad crónica y mortal (enfisema) lógicamente contribuye. (No puedo costearme ese tipo de médico que te dice cuánto te queda de vivir: ojalá, sería útil ese dato). En todo caso, sigo pensando que es un tema que da de sí, en la medida en que ser viejo pasó de moda hace aproximadamente 60 años (con los ceros que quieras), y desde entonces no se habla del tema: es lo más parecido a un tabú que queda entre gente civilizada. Ni para avisarte de que envejecer no es algo paulatino sino repentino: a mí me pasó en una sola noche. El día anterior, alguna mujer con miopía podría tomarme todavía por buen partido: el día siguiente, de repente, el buen partido era ese putativo hijo que entonces todavía no tenía. O nieto. El día anterior, podías hablar de tus "ambiciones" sin provocar carcajadas: el otro día ya no. Ese dato, de que la vejez se apodera de ti como un virus, creo que vale la pena difundirlo, para que la gente se tomen las precauciones que consideren pertinentes.

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