El último boffin y la red tribal
Un amigo en Inglaterra el otro día me mandó este link. Su único comentario: "ahhh... nostalgia...". Para los cortos de tiempo, es la primera parte de una serie disponible completito en YouTube, una especie de docudrama que cuenta la historia trepidante de dos de los primeros fabricantes británicos de computadoras personales (no confundir con Personal Computers, concepto patentado más tarde por IBM), en su carrera para ganarse un lucrativo contrato con la BBC, para la fabricación de computadoras para fines educativos, allá a principios de los 80. He dicho trepidante. Lo tengo y lo sostengo y lo mantengo y me retengo. Claro que trepidante sólo si eres inglés, es decir raro (nerds no nos hace justicia, es una cultura), de lo contrario creo que esta serie sería la apoteosis del aburrimiento. ¿Qué interés pueden tener las múltiples frustraciones de un inventor de incierto talento y voz robotizada, y su ex colaborador convertido en competidor, sobre todo cuando el espectador ya se sabe el triste final de la historia, es decir que ambos se pierden el bus (mejor dicho, el camión) del éxito comercial transnacional? En fin, nostalgia quizás lo resume todo.
Sir Clive Sinclair fue una de las figuras emblemáticas de la transición años 70-años 80, que marcó el final de la filosofía haroldwilsoniana del calor blanco de la innovación estatal. Hasta la llegada de Uncle Clive, cuya vida tiene la triste y despiadada sencillez moralista de una fábula de Esopo, había, en ese país, quienes creyeron que podía darse una fructífera alianza entre el emprendimiento individual y la capitalización estatal. "Vengan, inventores, emprendedores, muéstrennos sus ideas, y si son buenas, les conectamos con el tubo de la financiación gubernamental" (que en ese entonces se llamaba NEB) " para que contribuyan al desarrollo y a la prosperidad nacionales". Este si son buenas, claro está, nos suena a cursiva, a una cursiva que dice hubris, con todas las letras. El citado programa, de modo muy lacónico, nos muestra el final del sueño: un autodenominado emprendedor que de alguna manera ha conseguido gastarse millones y millones de libras de las arcas públicas, y que al final lo único que puede mostrar es algo que parece un vehículo para niños, apto para dar un par de vueltas por el parque bajo la atenta mirada de papá, pero que según el mismo emprendedor es la solución al problema del transporte en el siglo venidero. Y lo tierno es que Sir Clive nunca se deshace de este sueño, siquiera en el último episodio, en que él mismo se vuelve niño, niño trajeado, mascándose los kilómetros en su C5 en media autopista mientras se despiden de él los enormes camiones de Microsoft y IBM. Es difícil no querer a un soñador así, tan, infantil, tan obsesivo... hasta que uno recuerda los millones en impuestos que de alguna manera consiguió devorarse.
Para nada.
A él se le atribuye, no sé con qué corrección histórica, la visión de "a computer in every household" (no confundir con "A Compudder in Every Home", de incontestable inspiración gatesiano). Sus tropiezos como profeta ("¡las compus no van a salvar el mundo!") a estas alturas parecen pecado venial al lado de los de Gates (ya saben: "64k es suficiente para cualquier hombre razonable", "esto del Internet es una moda pasajera", etcétera), y sin embargo, la inspiración y la innovación británicas, a pesar de contar con gangas como el contrato de la BBC, parecen destinados a marchitarse siempre en cuanto se asoma un competidor americano, según Sinclair (esta vez la cita es de la vida real) "porque no tengo talento para los negocios a gran escala". Y esto, tal vez, producto inevitable de la esperma aguada que se nos quedó al final de la última guerra mundial (ya saben: el gene pool que se le queda a un país después de una guerra: pies planos, dentadura schoenbergiana, tendencias keynesianas o llanamente spiv, noblesse oblige, coles de Bruselas demasiado hervidos). Lo cual nos conduce, pero muy lentamente, hasta el presente.
Sinclair fue el último boffin. No tiene traducción, pero reconocerán el estereotipo, mejor encarnado en el personaje de Q, en las películas de Bond. Un boffin era un científico, pero no a la usanza actual de un anónimo sacerdote de la religión mayoritaria occidental (hoy, en el colectivo 17: "les presento un producto comprobado por los científicos") sino un individuo con proyectos propios, que sólo él entendía, personalidad casi tridimensional, nombre propio, y sobre todo, frente bien alta. En el caso de Sinclair, creo que fue la prematura calvicie del tipo lo que le garantizó su desastroso éxito, su fatal capacidad de hipnotizar a los banqueros y financistas. Desde joven, a mí también me enseñaron que mientras más alta la frente, más inteligencia cabía. Por lo mismo sucedió que un joven BF Skinner, cuya estatura frontal rayaba en deformidad, pudo arrasar con la extraña teoría de que los seres humanos somos en realidad ratas aventajadas (teoría tal vez no tan, tan descabellada: veremos qué pasa el sábado): para un venture capitalist, ver una frente así es algo así como para Hugh Hefner ver una descomunal pechera: bingo con lo principal, lo demás ya se vendrá por añadidura.
Y claro, para ser boffin, tus proyectos tenían que ostentar ese elusivo je ne sais quoi de excentricidad. Si Sir Clive hubiera inventado un carro grandecito, con espacio para toda una familia y las compras del sábado, no hubiera sido Sir Clive. Como dicen los grandes del marketing: no se trata de darle a la gente lo que necesita, sino de convencerles de que necesitan lo que tú tienes para darles.
Lo que me lleva al presente, a Twitter, a la red tribal, pero no sin antes dar una vueltecita cariñosa por mi noviazgo con las computadoras. Y es que el programa ése me resulta nostálgico, no sólo por los detalles de época (música de Kraftwerk, pubs llenos de humo, etcétera) sino porque mi primera computadora fue una BBC (así se llamaban). Las usaba tanto en la oficina de la Citizens Advice Bureau, donde trabajaba de voluntario, allá por el ¿85?, como en la Politécnica donde trabajaba de auxiliar con adolescentes "especiales" (mitad Downs, mitad "otros") enseñandoles aritmética mediante programas hechos a medida. Y si algo me ha quedado como lección de esos recuerdos, es que en estos últimos 25 años, realmente no se ha inventado gran cosa en materia informática. No me lo van a creer, esto. El Internet en esa época era desconocido, pero podíamos comunicarnos mediante otro sistema, vía Prestel, lo cual recuerdo como infinitamente más emocionante. Había chat ¡en tiempo real! (las salas virtuales se llamaban clines, de chat line), y como esos sistemas eran todavía muy caros, podías garantizar que en esas salas de chat, uno de cada dos usuarios (mínimo) era una chica joven que trabajaba en una agencia de viajes y que se aburría como una ostra por falta de clientes. De modo que hasta un maladaptado como yo podía concertarse citas sin demasiada dificultad con espectaculares rubias, y ser envidiado durante lo que duraba una cerveza apresurada a mediodía, antes del inevitable "me olvídé, tengo que ir a hacer... algo". Sin hablar de los juegos, que eran muchísimo mejores que los de ahora; recuerdo especialmente el "ppong", que tenía el siguiente grandioso aspecto:
lo que casi me convence para que recree, en un entorno actual, el primer y último juego que programé, el Beerwasp o avispa cervecera, que eran cuatro carácteres del juego extendido ASCII ("abdomen de guillemets", casi suena a insulto) que el usuario tenía que acercar a la cerveza dentro de la jarra, teniendo en cuenta que a medida que bebía, los movimientos de la avispa se volvían más impredecibles, aumentando el riesgo de que se ahogara el insecto dentro del líquido. Si recuerdo bien, la tecla para beber era la barra espaciadora, con lo cual le salía un proboscis funcional y simpático, y cada movimiento aleatorio producido por la embriaguez iba acompañado por las letras "hic", lo que se tendría que interpretar como onomatopeya y no como instrucción en latín. En fin. Ese juego lo programé en Mallard BASIC, para la máquina PCW8256, de Amstrad, compañía dirigida por el tal Alan Sugar, que tiene un papel cameo en el mencionado programa como insufrible listillo Thatcheriano (no lo dicen, pero pongamos que "not quite top drawer") que hereda los sueños rotos del desdichado de Clive. Para aquel entonces, claro, yo ya estaba en España. Otro mundo.
Lo curioso, repito, es que todo lo que se puede hacer hoy con una computadora casera con 4GB de memoria, ya se podía hacer - e incluso con mayor velocidad - a finales de los ochenta con sólo 64K... todo, aparte de enseñarte chicas redondeadas y no hechas de barras y asteriscos. Para mí que el progreso en informática, en conectividad, la Ley de Moore y demás, ha sido mayormente porn-driven. No hay cómo fertilizar el ingenio humano sin curvas o sin una razón cadera:cintura cercana al ideal 10:7. Ni siquiera la Patria, vamos. Las cosas son así.
Lo que a su vez significa que ni Gates ni siquiera Jobs (bueno, también, a menos que sepas el nombre de quien diseñó el sistema Xerox que le sirvió de camino a Damasco), sino aquellos boffins, aquella gente que todavía creía que las cosas se podían inventar a solas, y cuyo único pecado era no saber vender. En algún momento, hace no tanto, era posible todavía tener ideas para cambiar el mundo. Mientras que ahora, a lo más que podemos aspirar es a coger esas cosas ya inventadas y hacerlas más chiquitas y más rápidas. Ah, y que haya modelos color rosado. Y para más inri, desinventar lo inventado (cuando yo era joven, había una cosa llamado un VCR, donde podías ¡grabar! los programas de la tele, y verlos en otro momento. ¿Cuándo se le ocurrirá a alguien inventar eso para DVD, a precio asequible?)
Ahora sí, redes tribales.
No quiero sonar quejumbroso. Twitter no es tan, tan, tan malo. Al fin y al cabo, funciona en tiempo real (o da esa sensación) y permite, a veces, llevar una suerte de conversación, eso sí, algo staccato y breve, aunque muchas veces lo que se lee parece producto de un extraño solipsismo colectivo. Además, el límite de carácteres, discutiblemente, podría fomentar buenos hábitos de parsimonia verbal. No digo que no. Pero, señal de los tiempos, supongo, para acceder a esa oscura dimensión no te queda otra que "seguir". Seguir o ser seguido: es lo que hay. No sé si nunca me acostumbraré a eso.
Quiero contarles algo. Hace mucho, mucho tiempo, en la época heroica de la humanidad, cuando la gente no se seguía, sino que inventaba ridículas coches y relojes digitales que no funcionaban, y se procuraban sus propios sueños en lugar de bajarlos, y cruzarías media ciudad para poder ver un pezón femenino impreso en papel couché, ¡a color!, en ese entonces había un sistema llamado Usenet, que mediante el protocolo nntp y servidores especiales tipo dejanews, permitía hacer todo lo que Twitter, sólo que no había límite de carácteres, y no tenías que seguir a nadie, sino simplemente escoger un tema, y donde se podía llevar hasta una discusión de alto nivel intelectual entre docenas de personas.
No, ya sé, no cuela. No me creyeron. Da lo mismo.
Lo peor es esto. En aquel entonces, decían: este invento hara posible la comunicación. Hará que la gente se entienda mejor. Descubriremos al otro.
En lugar de eso, cuando entras en Twitter, sólo te descubres a ti. A ti y a tu tribu, entendida como aquel conjunto de seres que validan tus limitaciones, reproduciéndolas tan bien como pueden (porque ellos también necesitan amor, comprensión y ternura).
Sir Clive Sinclair fue una de las figuras emblemáticas de la transición años 70-años 80, que marcó el final de la filosofía haroldwilsoniana del calor blanco de la innovación estatal. Hasta la llegada de Uncle Clive, cuya vida tiene la triste y despiadada sencillez moralista de una fábula de Esopo, había, en ese país, quienes creyeron que podía darse una fructífera alianza entre el emprendimiento individual y la capitalización estatal. "Vengan, inventores, emprendedores, muéstrennos sus ideas, y si son buenas, les conectamos con el tubo de la financiación gubernamental" (que en ese entonces se llamaba NEB) " para que contribuyan al desarrollo y a la prosperidad nacionales". Este si son buenas, claro está, nos suena a cursiva, a una cursiva que dice hubris, con todas las letras. El citado programa, de modo muy lacónico, nos muestra el final del sueño: un autodenominado emprendedor que de alguna manera ha conseguido gastarse millones y millones de libras de las arcas públicas, y que al final lo único que puede mostrar es algo que parece un vehículo para niños, apto para dar un par de vueltas por el parque bajo la atenta mirada de papá, pero que según el mismo emprendedor es la solución al problema del transporte en el siglo venidero. Y lo tierno es que Sir Clive nunca se deshace de este sueño, siquiera en el último episodio, en que él mismo se vuelve niño, niño trajeado, mascándose los kilómetros en su C5 en media autopista mientras se despiden de él los enormes camiones de Microsoft y IBM. Es difícil no querer a un soñador así, tan, infantil, tan obsesivo... hasta que uno recuerda los millones en impuestos que de alguna manera consiguió devorarse.
Para nada.
A él se le atribuye, no sé con qué corrección histórica, la visión de "a computer in every household" (no confundir con "A Compudder in Every Home", de incontestable inspiración gatesiano). Sus tropiezos como profeta ("¡las compus no van a salvar el mundo!") a estas alturas parecen pecado venial al lado de los de Gates (ya saben: "64k es suficiente para cualquier hombre razonable", "esto del Internet es una moda pasajera", etcétera), y sin embargo, la inspiración y la innovación británicas, a pesar de contar con gangas como el contrato de la BBC, parecen destinados a marchitarse siempre en cuanto se asoma un competidor americano, según Sinclair (esta vez la cita es de la vida real) "porque no tengo talento para los negocios a gran escala". Y esto, tal vez, producto inevitable de la esperma aguada que se nos quedó al final de la última guerra mundial (ya saben: el gene pool que se le queda a un país después de una guerra: pies planos, dentadura schoenbergiana, tendencias keynesianas o llanamente spiv, noblesse oblige, coles de Bruselas demasiado hervidos). Lo cual nos conduce, pero muy lentamente, hasta el presente.
Sinclair fue el último boffin. No tiene traducción, pero reconocerán el estereotipo, mejor encarnado en el personaje de Q, en las películas de Bond. Un boffin era un científico, pero no a la usanza actual de un anónimo sacerdote de la religión mayoritaria occidental (hoy, en el colectivo 17: "les presento un producto comprobado por los científicos") sino un individuo con proyectos propios, que sólo él entendía, personalidad casi tridimensional, nombre propio, y sobre todo, frente bien alta. En el caso de Sinclair, creo que fue la prematura calvicie del tipo lo que le garantizó su desastroso éxito, su fatal capacidad de hipnotizar a los banqueros y financistas. Desde joven, a mí también me enseñaron que mientras más alta la frente, más inteligencia cabía. Por lo mismo sucedió que un joven BF Skinner, cuya estatura frontal rayaba en deformidad, pudo arrasar con la extraña teoría de que los seres humanos somos en realidad ratas aventajadas (teoría tal vez no tan, tan descabellada: veremos qué pasa el sábado): para un venture capitalist, ver una frente así es algo así como para Hugh Hefner ver una descomunal pechera: bingo con lo principal, lo demás ya se vendrá por añadidura.
Y claro, para ser boffin, tus proyectos tenían que ostentar ese elusivo je ne sais quoi de excentricidad. Si Sir Clive hubiera inventado un carro grandecito, con espacio para toda una familia y las compras del sábado, no hubiera sido Sir Clive. Como dicen los grandes del marketing: no se trata de darle a la gente lo que necesita, sino de convencerles de que necesitan lo que tú tienes para darles.
Lo que me lleva al presente, a Twitter, a la red tribal, pero no sin antes dar una vueltecita cariñosa por mi noviazgo con las computadoras. Y es que el programa ése me resulta nostálgico, no sólo por los detalles de época (música de Kraftwerk, pubs llenos de humo, etcétera) sino porque mi primera computadora fue una BBC (así se llamaban). Las usaba tanto en la oficina de la Citizens Advice Bureau, donde trabajaba de voluntario, allá por el ¿85?, como en la Politécnica donde trabajaba de auxiliar con adolescentes "especiales" (mitad Downs, mitad "otros") enseñandoles aritmética mediante programas hechos a medida. Y si algo me ha quedado como lección de esos recuerdos, es que en estos últimos 25 años, realmente no se ha inventado gran cosa en materia informática. No me lo van a creer, esto. El Internet en esa época era desconocido, pero podíamos comunicarnos mediante otro sistema, vía Prestel, lo cual recuerdo como infinitamente más emocionante. Había chat ¡en tiempo real! (las salas virtuales se llamaban clines, de chat line), y como esos sistemas eran todavía muy caros, podías garantizar que en esas salas de chat, uno de cada dos usuarios (mínimo) era una chica joven que trabajaba en una agencia de viajes y que se aburría como una ostra por falta de clientes. De modo que hasta un maladaptado como yo podía concertarse citas sin demasiada dificultad con espectaculares rubias, y ser envidiado durante lo que duraba una cerveza apresurada a mediodía, antes del inevitable "me olvídé, tengo que ir a hacer... algo". Sin hablar de los juegos, que eran muchísimo mejores que los de ahora; recuerdo especialmente el "ppong", que tenía el siguiente grandioso aspecto:
lo que casi me convence para que recree, en un entorno actual, el primer y último juego que programé, el Beerwasp o avispa cervecera, que eran cuatro carácteres del juego extendido ASCII ("abdomen de guillemets", casi suena a insulto) que el usuario tenía que acercar a la cerveza dentro de la jarra, teniendo en cuenta que a medida que bebía, los movimientos de la avispa se volvían más impredecibles, aumentando el riesgo de que se ahogara el insecto dentro del líquido. Si recuerdo bien, la tecla para beber era la barra espaciadora, con lo cual le salía un proboscis funcional y simpático, y cada movimiento aleatorio producido por la embriaguez iba acompañado por las letras "hic", lo que se tendría que interpretar como onomatopeya y no como instrucción en latín. En fin. Ese juego lo programé en Mallard BASIC, para la máquina PCW8256, de Amstrad, compañía dirigida por el tal Alan Sugar, que tiene un papel cameo en el mencionado programa como insufrible listillo Thatcheriano (no lo dicen, pero pongamos que "not quite top drawer") que hereda los sueños rotos del desdichado de Clive. Para aquel entonces, claro, yo ya estaba en España. Otro mundo.
Lo curioso, repito, es que todo lo que se puede hacer hoy con una computadora casera con 4GB de memoria, ya se podía hacer - e incluso con mayor velocidad - a finales de los ochenta con sólo 64K... todo, aparte de enseñarte chicas redondeadas y no hechas de barras y asteriscos. Para mí que el progreso en informática, en conectividad, la Ley de Moore y demás, ha sido mayormente porn-driven. No hay cómo fertilizar el ingenio humano sin curvas o sin una razón cadera:cintura cercana al ideal 10:7. Ni siquiera la Patria, vamos. Las cosas son así.
Lo que a su vez significa que ni Gates ni siquiera Jobs (bueno, también, a menos que sepas el nombre de quien diseñó el sistema Xerox que le sirvió de camino a Damasco), sino aquellos boffins, aquella gente que todavía creía que las cosas se podían inventar a solas, y cuyo único pecado era no saber vender. En algún momento, hace no tanto, era posible todavía tener ideas para cambiar el mundo. Mientras que ahora, a lo más que podemos aspirar es a coger esas cosas ya inventadas y hacerlas más chiquitas y más rápidas. Ah, y que haya modelos color rosado. Y para más inri, desinventar lo inventado (cuando yo era joven, había una cosa llamado un VCR, donde podías ¡grabar! los programas de la tele, y verlos en otro momento. ¿Cuándo se le ocurrirá a alguien inventar eso para DVD, a precio asequible?)
Ahora sí, redes tribales.
No quiero sonar quejumbroso. Twitter no es tan, tan, tan malo. Al fin y al cabo, funciona en tiempo real (o da esa sensación) y permite, a veces, llevar una suerte de conversación, eso sí, algo staccato y breve, aunque muchas veces lo que se lee parece producto de un extraño solipsismo colectivo. Además, el límite de carácteres, discutiblemente, podría fomentar buenos hábitos de parsimonia verbal. No digo que no. Pero, señal de los tiempos, supongo, para acceder a esa oscura dimensión no te queda otra que "seguir". Seguir o ser seguido: es lo que hay. No sé si nunca me acostumbraré a eso.
Quiero contarles algo. Hace mucho, mucho tiempo, en la época heroica de la humanidad, cuando la gente no se seguía, sino que inventaba ridículas coches y relojes digitales que no funcionaban, y se procuraban sus propios sueños en lugar de bajarlos, y cruzarías media ciudad para poder ver un pezón femenino impreso en papel couché, ¡a color!, en ese entonces había un sistema llamado Usenet, que mediante el protocolo nntp y servidores especiales tipo dejanews, permitía hacer todo lo que Twitter, sólo que no había límite de carácteres, y no tenías que seguir a nadie, sino simplemente escoger un tema, y donde se podía llevar hasta una discusión de alto nivel intelectual entre docenas de personas.
No, ya sé, no cuela. No me creyeron. Da lo mismo.
Lo peor es esto. En aquel entonces, decían: este invento hara posible la comunicación. Hará que la gente se entienda mejor. Descubriremos al otro.
En lugar de eso, cuando entras en Twitter, sólo te descubres a ti. A ti y a tu tribu, entendida como aquel conjunto de seres que validan tus limitaciones, reproduciéndolas tan bien como pueden (porque ellos también necesitan amor, comprensión y ternura).



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