"La Verdad ya es de todos"
La Consulta ya es una farsa. Las autoridades supuestamente encargadas de asegurar un mínimo de equidad entre las distintas fuerzas alíneadas a favor o en contra del Sí A Todo hace mucho quedaron retratadas con ese resignado encogerse de hombros y esa sonrisa entre disculpatoria e irónica: "¿Equidad, entre gobierno y oposición? Supongo que bromean". La verdad, si no hubiera entrado en Twitter en estos últimos días habría dicho que a favor del No sólo había como cuatro o cinco personas en el país, todos columnistas de El Universo. Hoy fui a Guayaquil, a pesar de tener un día de supuesto descanso laboral: en el mismo puente, saliendo de Durán, han pintado las vallas que protegen la salida del nuevo e incompleto puente, colores de AP, mensaje algo así como "DURÁN DICE SÍ. CÓRDOVA Y RAFFO, MOVIMIENTO PAIS". Al otro extremo del puente, una extraña pancarta de una asociación desconocida de "profesionales", también promoviendo el Sí. Por toda la ciudad, pancartas del Sí en los lugares públicos más inesperados. Lo único curioso es que no se ven, por ningún lado, y muy a diferencia de la campaña de la Constipación del 2008, declaraciones de adhesión personal, excepto por parte de los periodistas. Ninguna camiseta, ningún pegatín de carro, ni por el sí ni (apenas) por el no. Sólo una inmensa y costosa publicidad oficial a gran escala, ante una población, al parecer, curiosamente indiferente.
Llego a casa, y la tele está puesta. Tengo una familia a la que les gusta ver tele. Pero no indiscriminadamente. El suegro es adicto a los canales cristianos, a los predicadores de vistosas corbatas, carnívoros caminares y cierto discreto embonpoint. A mi esposa le gustan las noticias, las Bodas Reales, y alguna telenovela romántica. A mi hijo: Barney, Dora, y todo lo que sea dibujo y programación infantil, a menos que haya violencia, cosa que le provoca llanto y desesperación. A mi hijastra, teeny-memeces en la línea de Justin Bieber o High School Musical. A mí me hacen feliz las faldas cortas, estén dónde estén. Hace mucho aprendí que es lo más que se puede esperar de la televisión ecuatoriana: faldas cortas y fallidos intentos de sincronización coreográfica, donde - como dijeron a propósito del viejo musical Oh! Calcutta - "no todo se detiene cuando la música se detiene". Es lo que hay.
En lo que ha durado la campaña hasta ahora, no he visto en la tele ninguna propaganda por el No. Lo que se dice ninguna. Ni en forma de anuncios, "spots", ni tampoco en forma velada, de "mesas redondas" de una sola tendencia: nada. No digo que no haya habido (no veo mucha tele), sólo que he conseguido, hasta ahora, no coincidir con ella. No así con el Sí.
En este mismo momento, viendo a través de la sala la pantalla encendida, veo que están haciendo otro anuncio por el Sí A Todo. Sale Mahuad, luego Hurtado, luego Lucio. No escucho lo que dicen (estoy demasiado lejos de la pantalla) pero aparecen unos textos superpuestos que me informan, de manera servicial, que se trata de "mentiras" (como los tres son políticos, eso ya se supone: la puntualización me parece un poco de trop). Luego otro texto, esta vez juguetón: "¡Qué vergüenza!" Y al final, una invitación a votar por el Sí (se supone, a todo). En resumen, hay que votar "sí" a una serie de preguntas sobre diferentes temas inconexos porque unos ex presidentes han dicho algunas mentiras. La lógica de esta conclusión me parece un poco, digamos, opaca, pero el anuncio en sí ni me sorprende ni me ofende. Es lo típico, lo consagrado en estos casos. Nada que objetar.
Distinta cosa fue la "cadena" de hace una hora que también vi, incompleta (no porque me faltara voluntad de verla entera, para así mejor criticarla, sino porque en una casa pequeña llena de gente bulliciosa no hay manera de ver nada entero). Arrancó con una extraña historia de una persona supuestamente agredida por el Diablo, que habría salido en el Extra y que de algún modo habrá dado lugar a una detención y a un encarcelamiento injustificados. Insisto, no había manera ni de subir el volumen ni de extraerme del ruido circundante ni de escaquearme a las responsabilidades domésticas puntuales, pero entendí que el mensaje era que "los medios" publican vistosas mentiras, y que dichas mentiras pueden hacer daño a la gente, en el sentido de provocar arrestos. Si tal fue el mensaje, creo que podrían haber buscado mejor ejemplo. No me cabe en la cabeza que en país alguno del mundo, con las posibles excepciones de Haiti y de Sierra Leone, pueda producirse una detención por culpa de una denuncia que involucre al Demonio (en Nigeria a veces arrestan a las cabras, pero eso es un mal menor, si uno no es de descendencia chiva); pero si eso es realmente lo que ha pasado, responsabilizar a los medios en lugar de a un cuerpo de policía o a un sistema de justicia ambos demenciales me parece demasiado perverso. A este paso, querrán que DC Comics pague indemnizaciones a todos los niños que alguna vez descubrieron, mediante dolorosísimos experimentos, que saltarse de una ventana y echar a volar no es tan fácil como parece.
A continuación, hubo una serie de entrevistas con diversos académicos desconocidos por mí, que (de nuevo tuve que hacer un ejercicio de lip reading) coincidieron en que diarios como El Universo frecuentemente publican informaciones sesgadas. Con lo que sólo pude exclamar, mientras cambiaba el pañal al niño: ¡Descubrieron América!
Acto seguido, posiblemente el plato fuerte (no pude ver hasta el final, para asegurarme de esto): un PowerPoint bastante elaborado, que pretendía por lo visto demostrar que los medios más populares en este país son propiedad de unos grupos empresariales con cartera muy diversificada. Obviamente, el mensaje iba a ser que estos "intereses" de las demás empresas del grupo son los que dictan el sesgo y dan lugar a las mentiras, con lo cual, si se vota mayoritariamente "sí" a la pregunta 3, esos medios ya no soportarán la sucia injerencia de los desalmados banqueros, desaparecerán el sesgo y la mentira y tendremos unos medios cualitativamente mejores.
Bueno, el lector ya sabe lo que pienso al respecto. Primero, que no existe un medio en el mundo que no demuestre sesgo y parcialidad: exigirles imparcialidad a los medios es simplemente infantil, como lo sería exigirle lo mismo a este blog, aunque evidentemente cabe matizar, pues hay sesgo grande y pequeño, consciente e inconsciente, honroso y deshonroso. Segundo, dado el hecho de que entre el 80% y el 90% de los ingresos de cualquier medio masivo son en concepto de publicidad, ésta en la práctica puede resultar tanto o más determinante en cuanto a sesgo que los "intereses" de accionistas posiblemente minoritarios o que se reducen a simples afinidades de cartera: y este problema se vuelve especialmente acuciante cuando se trata de medios que no cuentan (por prohibiciones gubernamentales o por otras razones) con inyecciones de capital provinientes de otras fuentes, y que por tanto tienen que prostituirse a sus anunciantes estrella como cuestión de supervivencia. Tercero, que en todo caso la solución a ambos problemas (el sesgo y los intereses comerciales subyacentes), como al problema de las "mentiras", es que el público disponga de una diversidad de medios de distinta propiedad, para poder contrastar fuentes, lo cual, evidentemente, se conseguiría mejor quitándole a los aspirantes a dueños de medios privados todo impedimento artificial que se pueda - no acumulando impedimentos como ahora se pretende. Y finalmente, la pregunta más cuidadosamente evitada: ¿quién decide lo que es sesgo, o lo que es una mentira? ¿Cómo sabemos que los ejemplos de supuestas mentiras mencionadas en esta cadena son certeros? ¿Alguien, a estas alturas, está dispuesto a fiarse del criterio del Ministerio de Propaganda? Debe de ser evidente que quien tiene que decidir estas cosas es el propio ciudadano: poner al Estado en la posición de rector de los medios es poner al lobo como guardíán del rebaño. Entonces, si el ciudadano tiene criterio (y si no tiene, no merece el nombre de tal) para decidir por sí sólo qué es una mentira y qué no es, y de qué manera se demuestra el sesgo en cualquier medio - son cosas que se aprende en la escuela - entonces ¿cuál es el problema? Yo no necesito que el gobierno busque maneras de "protegerme" contra los sinsabores de los medios: yo mismo me protejo, muchas gracias, mucho mejor que cualquier político pudiera o quisiera, y si yo puedo, otro también puede.
A este respecto, el que el único verdadero "problema" que una cadena de 10 minutos pudo blandir a favor de su planteamiento hiperregulador haya sido uno causado directamente por la injerencia de órganos del Estado (jueces babosos, policías zombis) no deja de ser revelador. Hasta los mismos del gobierno no pueden dejar de recordarnos que el único villano en todo esta historia es el mismo Estado.
Lo he dicho en otras ocasiones, pero merece repetición: el discurso del gobierno respecto a los medios no es solamente exagerado y grotesco: es, también, peligrosamente infantilista en el sentido de descansar sobre una visión de las noticias, de la información, absolutamente maniquea, a más de inculta y fanática, donde sólo hay cabida para "la verdad" y "la mentira", como si la información siempre se nos presentara servicialmente bajo una de estas dos rúbricas. Sobre lo inadecuado de esta visión, lo mejor es dejar hablar los propios propagandistas del gobierno, que no paran de quejarse de que los medios sólo informan sobre "lo que les interesa", y que a veces reportan cosas que, si bien son ciertas, no "interesa" que se sepan - es decir, ellos mismos admiten que una verdad puede parecerse mucho a una mentira cuando se le suprime el contexto necesario para entenderlo, y conversamente, que una mentira puede hacer las veces de verdad si se la maneja con honestidad (the darkest hour is just before the dawn, botón de muestra de una "mentira verdadera"). Ejemplo de tal infantilismo exigente y berrinchero: los medios de todo el mundo "hicieron eco", dolosamente, de las aseveraciones de Bush, Blair y Cía sobre las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein en Iraq. De acuerdo que la existencia de tales armas en ese momento era mentira: pero lo que los medios hacían no era ni más ni menos que informar sobre lo que los políticos decían, lo que se supone era su trabajo. Es decir, las mentiras fueron de los propios políticos; los medios, al decir "Bush ayer dijo tal cosa", decían la verdad. Los socialistas, en cambio, hubieran preferido que los medios pusieran "ayer Bush dijo que había WMDs, ¡pero él está mintiendo!" Desgraciadamente, no podían decir eso, tampoco, porque no había cómo refutar esas mentiras en ese entonces. Podían ser cautos y escépticos, y de hecho, muchos lo fueron; pero para el socialista tal cautela nunca iba a ser suficiente. Al final, la Verdad resultará siempre ser lo que provenga de Carondelet, o (a su vez) de Miraflores; no importan las evidencias o falta de ellas, sólo importa que todos digamos y pensemos lo mismo.
Pero en realidad no era de eso que quería hablar. Lo que quisiera manifestar aquí no es otra cosa que una sensación, no un pensamiento, una sensación de asco, de horror, de humillación, la que todo el o la que haya sido víctima de una agresión conoce. Porque esa cadena fue una agresión. No sólo para mí, sino para todos los que la vieron, es decir todos los ecuatorianos que en ese momento tenían encendida la televisión. Un gobierno de cínicos vividores con perversas tendencias dictatoriales, que siente hacia nosotros, los ciudadanos, solamente un ilimitado desprecio, se permite secuestrar nuestro tiempo, nos niega la libertad para ver lo que queremos ver en ese momento, y nos somete a un intento de lavado de cerebro basado en argumentaciones deshonestas y pueriles, y todo eso ¿con qué finalidad? Simplemente con la intención de que, con nuestro voto, legitimemos nuestra esclavitud: que digamos "sí" a la pregunta subyacente a todas las demás, "¿quiere que el gobierno decida todo por usted?"
No sé cuántos estarán en mi caso, pero hélo aquí. Si yo acabara de llegar ayer al Ecuador; si hubiera escuchado solamente maravillas de su gobierno; si no supiera nada de las preguntas de la Consulta; incluso si Correa personalmente hubiera descubierto la semana pasada una cura para el cáncer, y la hubiera distribuido gratis a todos los pacientes sufridores del mundo... sólo con ver esa cadena, yo ya sería enemigo declarado de tal gobierno y por tanto opuesto a todo lo que pudiera fortalecerlo en algún sentido, en cualquiera. Soy una persona, por lo general, paciente (aunque menos con la edad, hay que reconocerlo) y colaboradora, siempre dispuesto a ver el otro lado de la cuestión... pero cuando vienen y me insultan en mi propia casa, como lo hizo durante diez minutos ininterrumpidamente esa odiosa voz en off, dando a entender que soy un babeante imbécil que ni siquiera es capaz de detectar solito una mentira o decidir el grado de confianza que merece un medio de comunicación libre de injerencia gubernamental... entonces, ya no hay cabida para la comprensión ni para la transigencia. Conmigo se la cagaron. Con los demás, ya veremos.
Llego a casa, y la tele está puesta. Tengo una familia a la que les gusta ver tele. Pero no indiscriminadamente. El suegro es adicto a los canales cristianos, a los predicadores de vistosas corbatas, carnívoros caminares y cierto discreto embonpoint. A mi esposa le gustan las noticias, las Bodas Reales, y alguna telenovela romántica. A mi hijo: Barney, Dora, y todo lo que sea dibujo y programación infantil, a menos que haya violencia, cosa que le provoca llanto y desesperación. A mi hijastra, teeny-memeces en la línea de Justin Bieber o High School Musical. A mí me hacen feliz las faldas cortas, estén dónde estén. Hace mucho aprendí que es lo más que se puede esperar de la televisión ecuatoriana: faldas cortas y fallidos intentos de sincronización coreográfica, donde - como dijeron a propósito del viejo musical Oh! Calcutta - "no todo se detiene cuando la música se detiene". Es lo que hay.
En lo que ha durado la campaña hasta ahora, no he visto en la tele ninguna propaganda por el No. Lo que se dice ninguna. Ni en forma de anuncios, "spots", ni tampoco en forma velada, de "mesas redondas" de una sola tendencia: nada. No digo que no haya habido (no veo mucha tele), sólo que he conseguido, hasta ahora, no coincidir con ella. No así con el Sí.
En este mismo momento, viendo a través de la sala la pantalla encendida, veo que están haciendo otro anuncio por el Sí A Todo. Sale Mahuad, luego Hurtado, luego Lucio. No escucho lo que dicen (estoy demasiado lejos de la pantalla) pero aparecen unos textos superpuestos que me informan, de manera servicial, que se trata de "mentiras" (como los tres son políticos, eso ya se supone: la puntualización me parece un poco de trop). Luego otro texto, esta vez juguetón: "¡Qué vergüenza!" Y al final, una invitación a votar por el Sí (se supone, a todo). En resumen, hay que votar "sí" a una serie de preguntas sobre diferentes temas inconexos porque unos ex presidentes han dicho algunas mentiras. La lógica de esta conclusión me parece un poco, digamos, opaca, pero el anuncio en sí ni me sorprende ni me ofende. Es lo típico, lo consagrado en estos casos. Nada que objetar.
Distinta cosa fue la "cadena" de hace una hora que también vi, incompleta (no porque me faltara voluntad de verla entera, para así mejor criticarla, sino porque en una casa pequeña llena de gente bulliciosa no hay manera de ver nada entero). Arrancó con una extraña historia de una persona supuestamente agredida por el Diablo, que habría salido en el Extra y que de algún modo habrá dado lugar a una detención y a un encarcelamiento injustificados. Insisto, no había manera ni de subir el volumen ni de extraerme del ruido circundante ni de escaquearme a las responsabilidades domésticas puntuales, pero entendí que el mensaje era que "los medios" publican vistosas mentiras, y que dichas mentiras pueden hacer daño a la gente, en el sentido de provocar arrestos. Si tal fue el mensaje, creo que podrían haber buscado mejor ejemplo. No me cabe en la cabeza que en país alguno del mundo, con las posibles excepciones de Haiti y de Sierra Leone, pueda producirse una detención por culpa de una denuncia que involucre al Demonio (en Nigeria a veces arrestan a las cabras, pero eso es un mal menor, si uno no es de descendencia chiva); pero si eso es realmente lo que ha pasado, responsabilizar a los medios en lugar de a un cuerpo de policía o a un sistema de justicia ambos demenciales me parece demasiado perverso. A este paso, querrán que DC Comics pague indemnizaciones a todos los niños que alguna vez descubrieron, mediante dolorosísimos experimentos, que saltarse de una ventana y echar a volar no es tan fácil como parece.
A continuación, hubo una serie de entrevistas con diversos académicos desconocidos por mí, que (de nuevo tuve que hacer un ejercicio de lip reading) coincidieron en que diarios como El Universo frecuentemente publican informaciones sesgadas. Con lo que sólo pude exclamar, mientras cambiaba el pañal al niño: ¡Descubrieron América!
Acto seguido, posiblemente el plato fuerte (no pude ver hasta el final, para asegurarme de esto): un PowerPoint bastante elaborado, que pretendía por lo visto demostrar que los medios más populares en este país son propiedad de unos grupos empresariales con cartera muy diversificada. Obviamente, el mensaje iba a ser que estos "intereses" de las demás empresas del grupo son los que dictan el sesgo y dan lugar a las mentiras, con lo cual, si se vota mayoritariamente "sí" a la pregunta 3, esos medios ya no soportarán la sucia injerencia de los desalmados banqueros, desaparecerán el sesgo y la mentira y tendremos unos medios cualitativamente mejores.
Bueno, el lector ya sabe lo que pienso al respecto. Primero, que no existe un medio en el mundo que no demuestre sesgo y parcialidad: exigirles imparcialidad a los medios es simplemente infantil, como lo sería exigirle lo mismo a este blog, aunque evidentemente cabe matizar, pues hay sesgo grande y pequeño, consciente e inconsciente, honroso y deshonroso. Segundo, dado el hecho de que entre el 80% y el 90% de los ingresos de cualquier medio masivo son en concepto de publicidad, ésta en la práctica puede resultar tanto o más determinante en cuanto a sesgo que los "intereses" de accionistas posiblemente minoritarios o que se reducen a simples afinidades de cartera: y este problema se vuelve especialmente acuciante cuando se trata de medios que no cuentan (por prohibiciones gubernamentales o por otras razones) con inyecciones de capital provinientes de otras fuentes, y que por tanto tienen que prostituirse a sus anunciantes estrella como cuestión de supervivencia. Tercero, que en todo caso la solución a ambos problemas (el sesgo y los intereses comerciales subyacentes), como al problema de las "mentiras", es que el público disponga de una diversidad de medios de distinta propiedad, para poder contrastar fuentes, lo cual, evidentemente, se conseguiría mejor quitándole a los aspirantes a dueños de medios privados todo impedimento artificial que se pueda - no acumulando impedimentos como ahora se pretende. Y finalmente, la pregunta más cuidadosamente evitada: ¿quién decide lo que es sesgo, o lo que es una mentira? ¿Cómo sabemos que los ejemplos de supuestas mentiras mencionadas en esta cadena son certeros? ¿Alguien, a estas alturas, está dispuesto a fiarse del criterio del Ministerio de Propaganda? Debe de ser evidente que quien tiene que decidir estas cosas es el propio ciudadano: poner al Estado en la posición de rector de los medios es poner al lobo como guardíán del rebaño. Entonces, si el ciudadano tiene criterio (y si no tiene, no merece el nombre de tal) para decidir por sí sólo qué es una mentira y qué no es, y de qué manera se demuestra el sesgo en cualquier medio - son cosas que se aprende en la escuela - entonces ¿cuál es el problema? Yo no necesito que el gobierno busque maneras de "protegerme" contra los sinsabores de los medios: yo mismo me protejo, muchas gracias, mucho mejor que cualquier político pudiera o quisiera, y si yo puedo, otro también puede.
A este respecto, el que el único verdadero "problema" que una cadena de 10 minutos pudo blandir a favor de su planteamiento hiperregulador haya sido uno causado directamente por la injerencia de órganos del Estado (jueces babosos, policías zombis) no deja de ser revelador. Hasta los mismos del gobierno no pueden dejar de recordarnos que el único villano en todo esta historia es el mismo Estado.
Lo he dicho en otras ocasiones, pero merece repetición: el discurso del gobierno respecto a los medios no es solamente exagerado y grotesco: es, también, peligrosamente infantilista en el sentido de descansar sobre una visión de las noticias, de la información, absolutamente maniquea, a más de inculta y fanática, donde sólo hay cabida para "la verdad" y "la mentira", como si la información siempre se nos presentara servicialmente bajo una de estas dos rúbricas. Sobre lo inadecuado de esta visión, lo mejor es dejar hablar los propios propagandistas del gobierno, que no paran de quejarse de que los medios sólo informan sobre "lo que les interesa", y que a veces reportan cosas que, si bien son ciertas, no "interesa" que se sepan - es decir, ellos mismos admiten que una verdad puede parecerse mucho a una mentira cuando se le suprime el contexto necesario para entenderlo, y conversamente, que una mentira puede hacer las veces de verdad si se la maneja con honestidad (the darkest hour is just before the dawn, botón de muestra de una "mentira verdadera"). Ejemplo de tal infantilismo exigente y berrinchero: los medios de todo el mundo "hicieron eco", dolosamente, de las aseveraciones de Bush, Blair y Cía sobre las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein en Iraq. De acuerdo que la existencia de tales armas en ese momento era mentira: pero lo que los medios hacían no era ni más ni menos que informar sobre lo que los políticos decían, lo que se supone era su trabajo. Es decir, las mentiras fueron de los propios políticos; los medios, al decir "Bush ayer dijo tal cosa", decían la verdad. Los socialistas, en cambio, hubieran preferido que los medios pusieran "ayer Bush dijo que había WMDs, ¡pero él está mintiendo!" Desgraciadamente, no podían decir eso, tampoco, porque no había cómo refutar esas mentiras en ese entonces. Podían ser cautos y escépticos, y de hecho, muchos lo fueron; pero para el socialista tal cautela nunca iba a ser suficiente. Al final, la Verdad resultará siempre ser lo que provenga de Carondelet, o (a su vez) de Miraflores; no importan las evidencias o falta de ellas, sólo importa que todos digamos y pensemos lo mismo.
Pero en realidad no era de eso que quería hablar. Lo que quisiera manifestar aquí no es otra cosa que una sensación, no un pensamiento, una sensación de asco, de horror, de humillación, la que todo el o la que haya sido víctima de una agresión conoce. Porque esa cadena fue una agresión. No sólo para mí, sino para todos los que la vieron, es decir todos los ecuatorianos que en ese momento tenían encendida la televisión. Un gobierno de cínicos vividores con perversas tendencias dictatoriales, que siente hacia nosotros, los ciudadanos, solamente un ilimitado desprecio, se permite secuestrar nuestro tiempo, nos niega la libertad para ver lo que queremos ver en ese momento, y nos somete a un intento de lavado de cerebro basado en argumentaciones deshonestas y pueriles, y todo eso ¿con qué finalidad? Simplemente con la intención de que, con nuestro voto, legitimemos nuestra esclavitud: que digamos "sí" a la pregunta subyacente a todas las demás, "¿quiere que el gobierno decida todo por usted?"
No sé cuántos estarán en mi caso, pero hélo aquí. Si yo acabara de llegar ayer al Ecuador; si hubiera escuchado solamente maravillas de su gobierno; si no supiera nada de las preguntas de la Consulta; incluso si Correa personalmente hubiera descubierto la semana pasada una cura para el cáncer, y la hubiera distribuido gratis a todos los pacientes sufridores del mundo... sólo con ver esa cadena, yo ya sería enemigo declarado de tal gobierno y por tanto opuesto a todo lo que pudiera fortalecerlo en algún sentido, en cualquiera. Soy una persona, por lo general, paciente (aunque menos con la edad, hay que reconocerlo) y colaboradora, siempre dispuesto a ver el otro lado de la cuestión... pero cuando vienen y me insultan en mi propia casa, como lo hizo durante diez minutos ininterrumpidamente esa odiosa voz en off, dando a entender que soy un babeante imbécil que ni siquiera es capaz de detectar solito una mentira o decidir el grado de confianza que merece un medio de comunicación libre de injerencia gubernamental... entonces, ya no hay cabida para la comprensión ni para la transigencia. Conmigo se la cagaron. Con los demás, ya veremos.
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