Entre británico y baile

Algunos dicen que es mi hermano (joven). Puede haber cierta semejanza, pero no es así. Le conocí en un foro de Internet hace cosa de ¿15 años?, donde si recuerdo bien el punto de consenso era lo atractivo que resulta cambiar todos los s por f en un texto, basándose en la semejanza de estas letras en ciertos manuscritos antiguos, cuyo estilo también uno intentaba reproducir en lo posible. Ahora está aquí: ha traido la traducción de Beowulf de Seamus Heaney, el Sir Gawain de Tolkien y un montón de tesoros más. Ayer fuimos a la despedida de una comadre mía durandeña que se va a la Yoni el miércoles que viene (many are called, but few are chosen). Ahí estaban todas las que ella describe como "bandidas": la bailarina set. Fue una ocasión valiosa para determinar si en realidad sigo siendo británico o si la mutación aleatoria me ha arrastrado tan lejos de mis origenes que ahora soy simplemente mei generis. He aquí los resultados.

Yo no bailo, salvo en estado de manifiesta embriaguez etílica, o a solas. En el segundo caso, el estilo preferido es bastante libre, y se asemeja a los gestos de un caballero muy serio que a más de tener los zapatos llenos de canicas, por razones ignotas se encuentra con diferentes especies de roedores de afilada dentadura metidos dentro de sus mangas, en las piernas de su pantalón y debajo del cinturón. En el primer caso, sin embargo, mi instinto camaleónico me induce a intentar copiar los movimientos de las personas que me rodean. Anoche, de ser necesario habría tomado como referente aquel primer bailarín, que apretaba contra él a su consorte mientras se movía como si estuviera en una cornisa en un edificio muy alto y quería acercarse a un balcón cercano sin arriesgarse ni hacer ruido. Ese estilo de baile me gustaba: era sobrio, minimalista y eficaz. Sin embargo, noté con desazón que iba alternando con unos pasos más exuberantes y decididos, muy por fuera de mis posibilidades. Me quedé mirando desde el sofá, contento por el hecho de que mi esposa (por estar de duelo) tampoco iba a bailar, y así me servía de coartada. Mi sorpresa fue mayor, sin embargo, cuando vi que el amigo necesitó de muy poca persuasión para levantarse y avanzar hacia el centro de la sala.

Lo que luego perpetró será recordado en Durán, creo, por mucho tiempo como la definición viva de cómo no se puede bailar salsa. Lo más impresionante, ese demente aleteo de codos que sugería un ahogado en ancho mar. Quedé impresionado. Es cierto que tal espectáculo desató una risa algo generalizada y contagiosa, pero ésta parecía no desanimar en absoluto al novato devoto de Terpsícore. Claro que había tomado lo mismo que yo, y yo ya estaba levemente plutibundo. Fue mucho más tarde, ya de vuelta en casa, cuando él me explicó que contaba con lo que él llamaba "la excusa británica". ¿Cuál excusa es esa? le pregunté, intrigado. Pues se supone que todos habrán visto alguna película con Hugh Grant, murmulló. Tenemos licencia para ser un poco absurdos. Se espera.

Cierto, pensé, pero sin embargo... La conversación siguió, y descubrí que estábamos absolutamente de acuerdo en varias cosas de trascendental importancia, por ejemplo, en que las mujeres británicas no sirven para nada, e incluso que dudosamente merecen el apelativo de mujeres, y por eso es muy necesario que vengan más bangladeshíes y más de lo que sea (hola, Anónimo). Para mujeres, lo que había en esa sala. Claro que no tenemos exactamente los mismos gustos. Apreciamos la exuberancia carnal, pero lo suyo, lo de mi amigo, es algo exagerado. Es rabelaisiano, boteriano. Yo hasta allí no le puedo seguir, pero lo veo como una nimiedad. La cuestión es que no nos conformamos con la mezquina e insípida esbeltez de las modelos consagradas de pasarela y estudio. Pero sí hubo un comentario que me chocó.

La cuestión es que quise reprenderlo por lo que consideré una falta de tacto en la última fase de la fiesta. Y cuando digo falta de tacto es, además, en sentido literal.

- ¿Alguna vez has visto ese tipo de baile, me refiero a eso del reguetón - ? le pregunté con toda la cautela que mi estado permitía.

- No sé, tal vez sí. ¿A qué te refieres?

- Pues a que lo que se pretende con ese estilo de baile es más o menos sexo simulado.

(Es que el infeliz había tenido delante suyo a una bandida que quería intentar, so pretexto dionisíaco, un acercamiento al estilo Soyuz-Mir entre sus posaderas y la zona genital de mi compañero, quedando frustrado el intento cuando éste dio un saltito hacia atrás, como queriendo defender a ultranza el sagrado personal space, quedando también sus manos muy arriba en actitud de banderillero pasmado. Hay que precisar que pese a sus 39 años, es virgen.)

- Ja, claro. De eso algo sé. Allá en Japón hasta es moda eso. Es como el air guitar. Los adolescentes allá hacen el amor con el aire de sus dormitorios. Y yo me pregunto: ¿para qué? ¿Para qué se simulan las cosas? Lo único que vale, que sirve, es lo verdadero. (lo que a él se le había escapado esa noche, pero no se lo dije)

"¿Para qué se simulan las cosas?" Si eso es ser británico, estoy condenado. A confesión de parte, relevo de pruebas.

Por lo menos sé la respuesta. Se lo dije, anoche. Las cosas se simulan (chuta) para practicar, para ensayar, para poder hacerlas mejor. El baile reguetón, y los demás estilos de manera más sútil, todos son escuela de sexo. La danza se inventó para eso precisamente. Y es por eso que nadie nos quiere a los británicos. Porque no sabemos bailar, y siendo así la cosa, es bastante evidente para cualquier observador casual que tampoco sabremos coger.

De acuerdo que algo se puede aprender en el mismo campo de batalla. Ha sido (forzosamente) mi caso. Pero no se puede comparar a uno que baila cumbia desde los 8 años con alguien que recién, con 40 y pico, empezó a sospechar que había algunos músculos atrofiados en la zona ilíaca que podrían servirle para algo interesante. Veamos.


A lo que voy es al músculo psoas-ilíaco. No estoy muy seguro, pero creo que es ése, en conspiración con el tensor fasciae latae. Es la razón por que el británico no puede aprender a bailar cumbia. Ese músculo, simplemente, está en atrofia total y permanente. No fue siempre así. Antes, los ingleses se lanzaban a la caza del zorro (ver la excelente película de Tom Jones) y así la exigente loma del caballo les obligó a ejercitarlo. Ahora, con las prohibiciones biempensantes, ya no. Por eso me quedo simplemente anonadado cuando, como anoche, veo unas caderas femeninas que se balancean de lado a lado como un pato de goma en una tormenta, quedando sin embargo el torso erecto y el centro de gravedad inafectado. ¿Cómo demonios hacen eso? Ninguna inglesa, desde luego, podría reproducirlo. Y la razón de lo último es evidente: porque no bailan cumbia ni salsa.

Aquí, hasta los hombres parecen tener una limitada movilidad de cadera.

Es desesperante.

El amigo mío lo tiene claro: va a ser virgen para siempre. Veo que es verdad: ya no me place intentar disuadirlo. En mi caso, no volveré a serlo, pero tampoco voy a tener nunca diploma de graduado en baile erótico. Quedaré como siempre como un simple aprendiz, torpe y poco prometedor. Es a lo más que se puede, teniendo en cuenta el lugar de nacimiento, aspirar.

En el lado positivo, muchos de nosotros somos excelentes creadores de ferrocarriles de modelo, y otros, impresionantes taxonomistas de aves.

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