Bonjour tristesse
Ser niño también es esto: interesarse por las explosiones, los malos olores fascinantes, los artilugios hechos con bandas de goma elástica.

La ilustración es del Borderline Sociopathic Blog For Boys, el descubrimiento mío de la semana. Su tesis es muy sencilla: para ser niño a cabalidad, hace falta enfrentarse al peligro. Lo que, sin que el autor aparente darse cuenta, lo enfrenta con el Zeitgeist de modo irreconciliable. Toda Inglaterra ahora es una enorme residencia para ancianos, llena de enfermeras veloces y acucarachadas que esconden obsesivamente las tijeras y censuran escrupulosamente los anuncios de lencería. Acá (ver Informe de Labores Presidencial), tres cuartos de lo mismo.
En los comentarios al blog, un lector confiesa que su juego preferido de la niñez se llamaba "la Maleta de la Muerte". Uno se metía en una maleta en lo alto de un armario, tus compañeros lo cerraban, luego lo hacían caer al piso. El truco era sobrevivir a la caída sin ningún hueso roto. Eso es un juego y no el Interactivo Descubre la Biodiversidad Con Dora y Diego "los murciélagos y los banqueros hacen Iii, Iii".
Y seguirá siendo por mucho que los peligros arrojen víctimas, que es lo propio de los peligros.En nuestro caso, ni la más benigna enfermera-estado lo hubiera evitado.
Ayer, sin embargo, llegó a casa llorando mi esposa. Me contó que se acababa de enterar de que había habido reunión de madres de familia en el maternal donde llevamos al niño desde hace meses. Ella no fue invitada. Cuando preguntó por qué, le contestaron: "porque su hijo no es un niño normal. Es especial."
Así son los apóstoles de la diversidad. En este mundo feliz, todos han de ser ganadores, y quien se resiste a serlo, es especial, es Caliban, y su madre no es siquiera madre de familia.
Se equivocan.
Él es y siempre será ganador, pero sólo donde yo también intenté serlo, donde no se nota ni se tiene en cuenta, en el alma, donde reside eso que algunos llaman pureza. Que él nunca sea capacitado para entender cuando le dicen aquí viene el tonto: no creo que ahí pierda nada. En casi cincuenta años aprendí lo prescindible del qué dirán. Tal vez nunca pueda hablar: poca cosa pierde. Yo sí aprendí a hacerlo y ¿de qué me ha servido? Lo único que importa, ese extraño entusiasmo por el agua, ese embelesarse delante de una cascada, ese saber de dónde vinimos y adónde hemos de volver todos, tarde o temprano, y mientras tanto, me agarra la mano para llevarme adonde quiere.
La normalidad, un truco demasiado fácil. También los encerrados en cuartos acolchados en San Lorenzo viven sin peligro.
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