Relleno de Arellano

Algunos se acordarán, aunque quizás no con claridad, del oscuro escándalo de los diezmos revolucionarios de hace dos años. Se trata del entonces superintendente de compañías, un tal Francisco Arellano Raffo, quien accedió al puesto al parecer por su condición de amigo y "viejo profesor" de Correa, tras un historial poco edificante de contratos de corta duración en diversas instituciones. Al poco tiempo, los funcionarios de la Superintendencia reclamaban encarecidamente que se le removiese del cargo, entre otras razones por el mismo tema de los diezmos al partido que insistía en cobrar a los recién entrados y ascendidos en dicha institución. Entre los documentos al respecto de este tema que circulan por la web, recomendable la lectura de esta denuncia, que nos proporciona un retrato más íntimo de este encantador personaje, en parte basándose en una carta de protesta del personal femenino de la institución, que se mostraron poco impresionadas por el trato revolucionario recibido por parte del personaje: Llámale a la culona, ¿Dónde está la tetona?, A chuchalud (a modo de brindis), entre otras lindezas.

Lo curioso del caso es que el mismo tipo ahora nos sale en su nuevo avatar de columnista de El Telégrafo, donde intenta cumplir un papel de rottweiler al servicio del amigo Presidente de la República, a quien se refiere habitualmente en estos términos:

"...el Presidente de los ecuatorianos, que no se arredra ante nadie..."
"...
trabaja como un titán a pesar de no contar con el equipo adecuado en ciertas áreas. Que Rafael Vicente Correa es un verdadero conductor de pueblos, lo reconocen amigos y enemigos"

A la par de semejante grasosa adulación, que en mi país le haría merecedor de la Orden de la Nariz Marrón, hay que reconocerle cierta incontinencia en la asignación de epitetos deshonrosos a supuestos "enemigos", categoría que por lo visto conforman todos aquellos que en algún momento hayan tenido discrepancias con su adorado Caudillo. En esta lista entra, por ejemplo, el periodista Emilio Palacio, "pobre diablo", "miserable", "malandrin", "repulsivo payaso", "tonto alegre y despreocupado" preso de "desarreglo hormonal y mental", etcétera. También entra don Francisco Proaño, ese valiente embajador ecuatoriano en la OEA que hace poco dimitió porque su conciencia no le permitía cometer las ilegalidades requeridas por Patiño: tal valentía, para Arellano, le convierte en un "perdedor", y su separación del cargo, motivo de maliciosa complacencia. Hoy le toca, entre otros, al "despreciable Lelo Listo", y todos los miembros de la Junta Cívica de Guayaquil, se supone por lo de la demanda de daños morales en contra del Presi.

Lo cual sugiere ciertas preguntas y reflexiones, no sobre el personaje en sí, sino sobre la política editorial de El Telégrafo.

Algunos viejos periodistas, al parecer, recuerdan cuando El Telégrafo era "un diario serio". Yo no. Cuando recién había descubierto su versión en línea, tocaba elecciones, y todavía tengo fresco en la memoria cómo, desde las columnas de opinión, pedían descaradamente el voto por Correa, cómo denunciaban una supuesta (a estas alturas, cómica) afiliación de Lucio al Opus Dei, cómo nos invitaban a rechazar a un candidato de la oposición quiteña por la profunda y sesuda razón de que tenía ojos azules y aspecto de gringo. Pero lo que no sabíamos en ese entonces es cuánto más bajo aún podía caer esa página de opinión, tras la exclusión del elemento naïf al cual le sorprendió la censura. A la vista está (de la edición de hoy, nomás):



Y pregunto: ¿dónde está la tetona?

Creo que en semejante tétrica fiesta de Hallowe'en, ya no es razonable esperar su grata presencia. Ya la cagaron, amigos. Mejor se solazan con sus anécdotas del Gran Caudillo y abran otro Liebfraumilch. Esta noche todavía da para largo.

Y sigo preguntando: ¿como diario gobiernista, El Telégrafo da la pauta? Quiero decir, eso de contratar a repulsivos payasos para endilgarle el mote de repulsivo payaso a otros, a cuenta del contribuyente, en artículos que no tienen más argumento ni más razón de ser que el insulto y la más rastrera adulación, ¿es a lo que se visa con la nueva Ley de Comunicación? ¿Para esto salimos de la larga noche neoliberal?

Comments

  1. "Hay que acusar a la BBC por servir de escusa para crearse altavoces de plataforma sectaria"

    Sólo puede funcionar como excusa si uno parte de la premisa de que todo lo que se hace en esos países del "primer mundo" bien hecho ha de estar.

    Es lo malo de vivir en un país sin autoestima.

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