Lindberg se hace el sueco


Resumiendo: Goren Lindberg, el jefe de policía de Uppsala, Suecia, nos resultó ser cliente asiduo de prostitutas, lo cual en ese país (desde el año 2000) conforma una ilegalidad. También fue convicto de violación, aunque sigue negando tal acusación. Por último, es un hombre que considera apropiado llevar esposas, un látigo de cuero y algunos amigos a una cita con una chica de catorce años.

Lo que sobre este caso le interesa al autor del artículo de The Guardian: el tal Lindberg, aparte de ser jefe de policía e incondicional del sexo pagado (lo cual, en otro país europeo como España, dicho sea de paso, se vería como una asociación natural, casi una redundancia, como ser lobo y a la vez aficionado a comer ovejas), tenía otra faceta tal vez más sorprendente: era paladín de la corrección política en lo que refiere a la oposición al "sexismo". Tanto, que se erigió en portavoz nacional sobre la igualdad de género en la policía. "Discutía con sus colegas, daba discursos, se creó una reputación de defensor incansable de los derechos de las mujeres," comenta el articulista con evidente fascinación y cierte aire de asombro. Un lobo que predicaba el vegetarianismo, se diría, eso sí, sin practicarlo él mismo.

Llegado a este punto en la lectura, algunas feministas de las que yo conocí en la universidad se habrán repantigado en sus sillones con aire triunfal, sacándose el meerschaum de la boca para emitir un No shit, Sherlock. Es hombre, ahí está todo dicho. Aplastante demostración hasta para las más ingenuas de que a ese género no se le puede esperar nada: a lo sumo, hipocresía.

Es decir, para ellas el dedo acusatorio se ha de dirigir, aquí y siempre, hacia la cromosoma Y, sin detenerse en las particularidades de cualquier portador de la misma. El problema es estructural. En cierto sentido, es un problema bioquímico. Pídeles soluciones y ya verás: tratamientos hormonales, tijeras podadoras. A más no llegan.

Para otros, u otras, en cambio, el tal Lindberg seguirá apareciendo, dentro del género masculino, como un ejemplar vistosamente decepcionante: duplicidad, criminalidad y perversión en infernal contubernio. (Bastante peor, digamos, que ese vecino tuyo que te presta la bomba de agua los domingos.) A lo que podríamos añadir, según el articulista, otra descalificación que para algunos resulta todavía más grave: el tal Lindberg nos ha salido, a más de policía estereotipo, muy poco sueco.

Ese último aspecto de la cuestión, confieso que no tengo los conocimientos necesarios para hacerle justicia. El articulista de The Guardian se complace en contrastar esa sociedad modelo de la que, al parecer, muchos suecos aún se sienten orgullosos, ese bienestar universal, esa exquisita sensibilidad izquierdista que se traduce en leyes, normas y actitudes progresistas, con lo que denomina el "lado oscuro" de la misma sociedad, que se manifiesta en "tenebrosas conspiraciones derechistas y círculos de prostitución", a más de algún que otro brote de "racismo y xenofobia". Señala que el mito del paraíso sueco ya fue golpeado, en su día, por las circunstancias económicas que obligaron a recortar muchas prestaciones del estado, así como por el magnicidio, nunca aclarado, de Olof Palme; y nos plantea diversas lecturas, entre las que figura la teoría de que la sociedad sueca tiene dos élites, el político y el industrial-militar: aquél internacionalista y progresista, éste nacionalista y "pro-occidente", para el cual la retórica de la corrección política es, en elocuente resumen de algún entrevistado, "just horseshit".

Que yo no sea conocedor en profundidad del modelo sueco, siquiera en su nueva versión 3.0 beta, se hace patente con la simple constatación de que no sabía, hasta leer este artículo, que los suecos habían criminalizado el uso de la prostitución. El dato me sorprendió, aunque un poco de reflexión me convenció de su perversa lógica. Como dice una entrevistada en el artículo, la maravillosamente clínica (y cínica) Petra Ostergren:

"Just as the gay man has been normalised, so the heterosexual buyer has been pathologised. To satisfy society's need for normality, you need something that is not normal. Now that is the sex buyer."

A continuación, nos recuerda que hasta bien entrados los 70 en Suecia hubo esterilización coercitiva de personas consideradas racialmente impuras (el programa sueco fue, a nivel europeo, el segundo en magnitud después del de los Nazis), entre ellas, personas de raza gitana y otras consideradas desviadas, prostitutas incluidas.

"Fundamentally, she believes, what many Swedes dislike about prostitution is its transgressive, unhygienic, uncontrolled nature. (...) '"It's all part of the long project towards perfection and being modern'. "

¿A qué nos recuerda esa modernidad de angulares edificios, puros ojos azules y triunfos de la voluntad?

Cuando viví en España, durante un tiempo era asiduo de la Plaza del Peligro, en Barcelona, a la que el turista puede acceder desde las Ramblas a través de la Calle de la Unión. Ambos nombres siempre me parecieron poéticos. Cuando llegabas a la Plaza, siempre podías estar seguro de encontrar allí dos cosas: primero, un grupo de trabajadoras sexuales mayormente latinas, y segundo, un carro de policía vacío, parqueado al lado de uno de esos "hoteles". En Barcelona, la Policía tiene la responsabilidad de velar para que la prostitución y el turismo estén convenientemente separados. ¿Qué mejor manera de hacerlo que asegurarse de que los ingresos de las profesionales que se retiren a ese lugar apartado y medio escondido no sufran deterioro alguno, enviándoles clientela uniformada a diario? Parece que tal grado de civilización y de sensibilidad, sin embargo, no convencería a la población sueca, que en palabras de otro entrevistado, el Prof. Kjell Nordström, valora sobre todo "la igualdad, la modernidad y el consenso". Aquí, la palabra clave es, sin duda, la de igualdad: el sueco medio cree que por mucho que haya acuerdo y consenso entre las partes, una transacción de compra y venta de sexo es un ejercicio de desigualdad, de poder y de explotación.

Que me lo digan a mí. Las profesionales que frecuenté allá en Barcelona me explotaban que daba gusto. En cuestión de pocos meses mi cuenta bancaria, antaño pletórica, se volvió tísica que ni la Dama de las Camelias. Y sin embargo, no se me ocurrió reclamar leyes al respecto. Ser cojudo está para mí entre los derechos más sagrados que existen. Hay errores que vale la pena cometer.
Y por si la soberana estupidez de tal filosofía de igualdad, en lo que a relaciones sexuales se refiere, requiere demostración, más allá de la acumulación de casos como el de Lindberg, el autor del artículo nos regala algunas citas más, bastante a propósito:

(De un "observador bien relacionado de la vida social de Stockholm":)
"Some of the most outspoken male politicians on gender equality are also renowned as the most active pursuers of women"

(De un periodista sueco:)
"the thing about Lindberg is that he's so absolutely politically correct on the outside and kinky on the inside"

De lo que uno colige, que para entrar en el club de los políticamente correctos (los de verdad, los correctos hasta el tuétano), de los bienaventurados del evangelio igualitario, hace falta que uno no solamente se abstenga de "perseguir" a las mujeres, sino que destierre de su mente todo pensamiento capaz de concebirse como "kinky" (sabroso adjetivo que insiste en traducirse como "pervertido", pero que carece de carga condenatoria, y que suele usarse como etiqueta para toda práctica que se aleje un ápice de lo vainilla, de lo misionero, en fin, de the home life of our own dear Queen). Es decir, la corrección política a lo sueco requiere en la práctica, o bien que uno se abstenga de combinar género masculino con orientación heterosexual, o bien que sea un consumado hipócrita. Claro que también existe la opción de dejar de ambicionar membresía de tan exclusivo club. Por algunos datos que trascienden en el artículo, parece que esta última opción no sirve para conservar el puesto de Jefe de Policía sueco. Las expresiones de incredulidad y de asombro en el artículo empiezan, desde este ángulo, a parecer un poco, digamos, ingenuos. Si no fuera por los alegatos de violación y de sexo con menores, el tal Lindberg sería todo un modelo de rol para la nueva masculinidad del s. XXI: un ser inteligente que descubrió, durante un tiempo, el secreto de cómo armonizar las exigencias del trabajo, del ocio y de la vida sexual. Que su quehacer profesional haya sido un ejercicio sostenido de hipocresía y de conformismo, si no fuera por lo sensacional del caso, no tendría que sorprender a nadie: ¿quién no es hipócrita en su trabajo? Qui sine peccato est...

En fin, será por lo esquematizado de mi forma de pensar, pero no puedo evitar de ver aquí el acostumbrado conflicto entre dos maneras de concebir la sociedad, la una colectivista y la otra individualista; la una apta para seres infantiles, la otra para adultos. El colectivismo, en el caso sueco, no puede concebir un problema ("la prostitución") sin proponer una solución coercitiva ("criminalicemos a los usuarios"). No se fía del ejercicio libre de la responsabilidad individual (por ejemplo, la de cada usuario de evitar de contribuir a situaciones de explotación y esclavitud), pero tiene una extraña fe en la perfectibilidad humana bajo esquemas de control estatal de pensamientos y de conducta (con suficientes campañas anti-machismo, ¡reinventaremos el género masculino!). Ante cada nuevo problema la solución pasa por crear más prohibiciones, hasta que el punto que nadie, con la mejor voluntad, puede estar seguro en cualquier momento de que no está infringiendo alguna ley (lo cual, evidentemente, contribuye a una sociedad muy poco igualitaria, de consagradas víctimas y sospechosos habituales): y luego, cuando la presión acumulada explota de una u otra forma, el colectivismo se hace cruces y se refugia en orgías de moralismo inculpatorio, sin darse cuenta de que muchas explosiones se evitan simplemente dejando que para cada foco de presión siga habiendo alguna válvula, así sea poco higiénica, de escape.

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