Hay que saber jinglés

El presidente del gobierno de España (ojo, para incautos: no el "presidente de España") en el período 1996-2004, según Wikipedia, fue un tal José María Aznar. Según otra teoría, que considero respetable, fue un tal Manuel Pacho. Lo que es indudable es que sin Pacho, Aznar no hubiera llegado a ninguna parte. Sin Aznar, en cambio, Pacho se queda tan Pacho. Sólo podemos especular lo que habría pasado si en vez del Partido Popular, el primer encargo importante de la fábrica de jingles de Pacho hubiera sido para el PSOE, u otra agrupación política. Pero llegaron primero los peperos, y el resto es historia.

Lastimosamente, el único audio que encuentro de la legendaria musiquilla es el que sale (audio/corporativo, última fila) en la misma página de Pacho, y no me quiere downloadear entero. Aún así, los primeros compases les darán alguna idea. Si quieren saber algo de la evolución musical posterior del PP, esta página. Procedo a desmenuzar.

El tutti del principio del mp3, no lo recuerdo. La melodía propiamente dicha arranca en clave de do, con un modesto salto do-mi, a continuación do-fa, es decir primero sube al segundo travesaño de la escalera, luego al tercero, como si probara sus fuerzas. Siguiente compás, otra vez do-mi, bajando vía re a do y otra vez subiendo a fa, como si se asegurara de estos primeros travesaños antes de emprender una subida más ambiciosa. Siguiente compás: do-mi, sol-do, es decir trepa imparable por todo el octavo, antes de repetir el motif establecido, en base al sol, para terminar todavía más alto, en re. Según mis recuerdos, ahí empezaba el fade, para que el eslógan o lo que fuera coincidiera con ese vuelo todavía más ambicioso que nos sitúa en el mi más alto y sigue apuntando hacia arriba. Creo que nunca llegué a escuchar el último compás, donde se supone espera resolución armónica y cadencia final, pues el jingle servía siempre como cortísimo preludio a un mensaje hablado, y evidentemente interesaba más dejar en la mente del oyente ese élan de ascensión, abierto e irresuelto. De hecho, uno se pone a imaginar lo que sería una resolución rápida para que la melodía quepa en ocho compases, y sólo se te ocurren banalidades.

En honor a la verdad, cuando por primera vez empecé a escuchar ese jingle, me molestaba sobremanera. Me parecía cursi, algo al estilo de esos leitmotivs cacafónicos de viejas celebridades en programas de entrevistas, donde se quiere recordar que el plasta decrépito que acaba de de bajar las escaleras del escenario con pretendida gallardía tiene, o tenía, "su propia canción" (uno imagina a un Aznar setentón, calvito, en programa de variedades perpetrando algo jocosamente masónico con codos y cintura para rematar la faena). Pero funcionó, vaya si funcionó. Antes del jingle, el PP era un partido extenuado, sombrío, nostálgico, de malos antecedentes; de repente, con la musiquilla, era una formación joven, enérgica, pujante, ambiciosa. También, por la música uno imaginaba una organización de mediocre alcance intelectual y cultural; pero eso no importaba tanto. Por entonces, todo el mundo sabía que la cultura era, por definición, de izquierdas. La gente ya se hartaba de tanta cultura.

Un día por aquella época, sintonicé el congreso nacional del PSOE, con curiosidad para saber qué música habían encargado crear para llevar la batalla electoral al pentagrama. Cuando escuché la música socialista, me salió una mueca irónica: lo único que tenían era un fondo sinfónico, lleno de afectada grandeur y pinceladas patriótico-militares: evidentemente, ellos habían pensado lo mismo que yo al principio: que los peperos se ahorquen ellos mismos con su cursilonería de jingle, que va a dejar harta a la gente, con empacho de Pacho, nosotros simplemente nos mantenemos al margen, con nuestra gravitas de estadistas intacta. Se equivocaron. El jingle arrasó. Tanto, que para apuntalar el triunfo electoral, a Aznar no le hizo falta más que repetir, como un loro, "Váyase, Señor González". La música ya le estaba enseñando la puerta.

Por consiguiente, se fue.

Mi profesor de historia en el colegio lo dijo, a propósito del famoso encuentro televisivo Nixon-Kennedy: a veces se ganan unas elecciones afeitándose bien. A veces con una musiquilla, un eslógan demoledor (piensen Thaatchi & Thaatchi, 1979: "Labour Isn't Working"). Acá, entiendo que la tradición ha sido siempre: "con camisetas". (Es preciso admirar la calidad y durabilidad de esas camisetas: en el mercado de Durán los sábados, las hay de todas las elecciones del último cuarto de siglo: comprar limones es como asistir a una clase de historia.) Ya no. Si algo de revolucionario ha habido en toda esta triste historia de los últimos cuatro años, entiendo que ha sido la puesta al día del marketing electoral, que los de PAIS han entendido muy bien y el resto, ni flores. (Algo así pasó con las primeras elecciones en que ganó Blair, con Mandelson como éminence grise: la oposición quedó KO con el nuevo y agresivo enfoque tecnológico, con sus Unidades de Respuesta Rápida y todo el intríngulis: adiós, aficionados.) La máquina de ganar votos de PAIS, pienses lo que pienses de su ideología y de sus objetivos, es de una eficacia feroz y demoledora. Hasta da pena verle a ese Lucio, luciendo nueva nariz chata y confiando ciegamente en ese malicioso asesor que le habría aconsejado que vaya por ahí hablando de sí mismo en tercera persona, para darse más credibilidad. No han entendido que las reglas han cambiado. Ya salimos del Triásico, señores.

Es hasta impresionante pararse a considerar la tanda de triunfos de la oposición política en este país en los últimos cuatro años:

Eslóganes memorables...............0
Jingles pegadizos..................0
Epítetos arrasadores...............0
Escándalos hábilmente aprovechados 0
Espacios de propaganda productivos 0
Personajes con carisma.............0.667

Es como si pensaran que hacer oposición era otra cosa. Dios sabrá qué cosa. ("Negociarse una universidad", se me ocurre de repente.)

Hay que saber jinglés. Hay que entender que votar en función de propuestas y programas es de excéntricos, y Ecuador no es un país de excéntricos. Se vota por un imagen, aquí y en todas partes, pero sobre todo aquí.

Me atrevo a predecir que el partido que le gane a Correa (o su heredero, sea quien sea, de aquí diez, quince años) tendrá un jingle que, como el del PP, constará de figuras melódicas ascendientes, que permita contrapunto de nuevas voces (para dar la idea de algo que crece en tamaño) y que sea fácilmente adaptable a ritmos de cumbia, de bachata y tal vez de garage band rock. Tendrán como candidata a una mujer, entre otras razones por ésta:

ENTREVISTADOR/A: ¿No le parece que su enfoque es excluyente y sexista?
CANDIDATO: Ejem, en realidad, bla. Por otra parte, bla y bla. Pero déjeme terminar. Bla, bla, bla (cont. en la p. 96)
CANDIDATA: (esboza sonrisa irónica)


Y sobre todo, tendrán una agencia publicitaria de solvencia que les proporcionará spots televisivos de fino y demoledor sarcasmo a pedir de boca.

Ya lo sé: ciencia ficción.

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