Vimos a los gigantes
A las cuatro y media de la madrugada, silenciosamente, una gran pancarta aparece en el cielo. Reza: "yo estuve allí. Yo lo vi." Al cabo de cinco minutos, desaparece.
La gente se despierta. Ninguno se acuerda. Este país es tan pequeño que sólo caben dos opciones: ser correísta o ser neoliberal. Ambas son esperpentos, apenas existentes salvo en la imaginación enfermiza de sus adversarios, y lógicamente, dan de qué masticar a los esperpénticos. Uno peina los diarios, cada mañana, en espera de otra cosa, y de vez en cuando vislumbra una mente plácida, educadamente escéptica respecto a las grandes y vociferantes ortodoxias, pero aquéllos son tan educados que sólo emiten clichés, por no ofender. Nada.
Yo crecí en un país relativamente grande. No en extensión, sino en opciones. Allá, nadie se preguntaba, suspicaz, si "libre" querría decir "libertino", sino que se entendía que la libertad servía, principalmente, para dedicar una vida a la entomología o a coleccionar fósiles, como Mary Anning. Acá, Mary Anning sería sospechosa de narcotráfico o de evasión de impuestos. ¿Para qué tantas horas a solas en la playa? ¿Qué estará tramando allí? ¡Reeducación!
Ese país tampoco existe. Se diría que sólo es recordado por nostálgicos conservadores que también han dejado crecer encima, como musgo, el esperpento. Reconocen que el Spitfire es, aparte de ser un avión de guerra obsoleto, una belleza de forma y de ingeniería que arranca lágrimas. Luego lo estropean aseverando que existe algo que se llama "diseño inteligente". Evidentemente, no han estado nunca en el Malecón.
El maniqueísmo se reproduce a nivel mundial. Siempre son dos equipos, el de los razonables y justos y equilibrados, y el de los otros, lleno de seres despreciables, egoistas, inmerecidamente privilegiados. Tal parece, hemos perdido los anticuerpos, hemos olvidado la vacuna. Ya no existe la posibilidad de abrir la ventana y recordar que nada de lo que pensamos es real, y que tenemos mucho más de cinco sentidos, que casi todo lo que es interesante en el mundo está bordeado por el misterio.
Los viejos recordamos la fracasada epopeya, la Mesa Redonda, los gigantes, las batallas. Recordamos cuando las modas duraban centenares de años, cuando tocaba morir, feliz, por una religión en la que ya nadie creía, simplemente porque ella sí creía en ti.
Es triste, y da algo de asco, ver trastornos de la adolescencia elevados a valores universales, por la falta de un rito de pasaje hacia la madurez reconocible. Ver el miedo a la soledad dignificado como imprescindible nexo social, ver el tribalismo convertido en urbanidad. Tener que desayunar cada día guerras de niños con otros niños.
Hermes Trismegistus, sácame de esta Red.
La gente se despierta. Ninguno se acuerda. Este país es tan pequeño que sólo caben dos opciones: ser correísta o ser neoliberal. Ambas son esperpentos, apenas existentes salvo en la imaginación enfermiza de sus adversarios, y lógicamente, dan de qué masticar a los esperpénticos. Uno peina los diarios, cada mañana, en espera de otra cosa, y de vez en cuando vislumbra una mente plácida, educadamente escéptica respecto a las grandes y vociferantes ortodoxias, pero aquéllos son tan educados que sólo emiten clichés, por no ofender. Nada.
Yo crecí en un país relativamente grande. No en extensión, sino en opciones. Allá, nadie se preguntaba, suspicaz, si "libre" querría decir "libertino", sino que se entendía que la libertad servía, principalmente, para dedicar una vida a la entomología o a coleccionar fósiles, como Mary Anning. Acá, Mary Anning sería sospechosa de narcotráfico o de evasión de impuestos. ¿Para qué tantas horas a solas en la playa? ¿Qué estará tramando allí? ¡Reeducación!
Ese país tampoco existe. Se diría que sólo es recordado por nostálgicos conservadores que también han dejado crecer encima, como musgo, el esperpento. Reconocen que el Spitfire es, aparte de ser un avión de guerra obsoleto, una belleza de forma y de ingeniería que arranca lágrimas. Luego lo estropean aseverando que existe algo que se llama "diseño inteligente". Evidentemente, no han estado nunca en el Malecón.
El maniqueísmo se reproduce a nivel mundial. Siempre son dos equipos, el de los razonables y justos y equilibrados, y el de los otros, lleno de seres despreciables, egoistas, inmerecidamente privilegiados. Tal parece, hemos perdido los anticuerpos, hemos olvidado la vacuna. Ya no existe la posibilidad de abrir la ventana y recordar que nada de lo que pensamos es real, y que tenemos mucho más de cinco sentidos, que casi todo lo que es interesante en el mundo está bordeado por el misterio.
Los viejos recordamos la fracasada epopeya, la Mesa Redonda, los gigantes, las batallas. Recordamos cuando las modas duraban centenares de años, cuando tocaba morir, feliz, por una religión en la que ya nadie creía, simplemente porque ella sí creía en ti.
Es triste, y da algo de asco, ver trastornos de la adolescencia elevados a valores universales, por la falta de un rito de pasaje hacia la madurez reconocible. Ver el miedo a la soledad dignificado como imprescindible nexo social, ver el tribalismo convertido en urbanidad. Tener que desayunar cada día guerras de niños con otros niños.
Hermes Trismegistus, sácame de esta Red.
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